viernes, 24 de marzo de 2017

Principio 35: Los milagros son expresiones de amor...

PRINCIPIO 35

Los milagros son expresiones de amor, pero puede que no siempre tengan efectos observables.


Este Principio, repite la misma idea expuesta en el Principio 3, cuyo contenido recordamos:

Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro”.

El hecho de esta repetición nos está indicando la importancia de su enseñanza. Me atrevería a decir, sin el menor temor a caer en la simplicidad, que todo el Curso de Milagros podríamos sintetizarlo como la invitación a extender lo que verdaderamente Somos: Amor.

Sin embargo, no podemos olvidar lo que nos refiere el Texto, “este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está más allá de lo que se puede enseñar. Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural”.

El amor no es algo que se pueda aprender. Su significado re­side en sí mismo. Y su aprendizaje finaliza una vez que hemos reco­nocido todo lo que no es amor. Ésa es la interferencia, eso es lo que hay que eliminar. El amor no es algo que podamos aprender porque jamás ha habido un solo instante en que no lo conociésemos.

Pretender dedicar este Principio para hacer un monográfico sobre el amor, sería prácticamente una tarea que excedería los límites que estamos destinando a estos artículos, aparte de que dicha iniciativa nos llevaría a versionar casi al completo el Curso, pues, su contenido nos habla permanentemente del amor.

A pesar de ello, me he propuesto presentar alguna de las ideas que he considerado más interesantes para el propósito que nos anima, desarrollar el contenido de este Principio.

Me gusta pensar, que nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él.

Se deduce del párrafo anterior, que el amor no es un valor externo a nosotros, sino que forma parte de nuestro verdadero Ser.

En este sentido, el Curso nos indica, que el Amor de Dios está en todo lo que Él creó, pues Su Hijo está en todas partes. Lo que quiere decir, que Dios Es Amor y Su Hijo, creado a Su Imagen y Semejanza, también lo es.

Somos única­mente amor, mas cuando lo negamos hacemos de lo que somos algo que tenemos que aprender a recordar. Si pasamos por alto el amor nos estamos pasando por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado a nosotros mismo.

Cuando despertamos al amor, estamos simplemente olvidando lo que no somos, lo cual nos capacita para recordar lo que sí somos.

El hecho de que Dios es Amor no requiere que se crea en ello, pero sí requiere aceptación. Podemos cierta­mente negar los hechos, pero no podemos hacer que cambien.

Hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor y ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. Si nuestra mente percibe sin amor, percibe tan sólo un armazón vacío y no se da cuenta del espíritu que mora adentro. Pero la Expiación restituye el espíritu al lugar que le corresponde. La mente que sirve al espíritu es invulnerable. Cuando la Expiación se haya completado, todos los Hijos de Dios compartirán todas las aptitudes. Dios es imparcial. Todos Sus Hijos disponen de todo Su Amor, y Él da todos Sus dones libremente a todos por igual.

Me pregunto, ¿por qué siendo Amor en Esencia, nuestra mente elige no amar?

El Curso en el Capítulo 12, en el apartado IV “Buscar y hallar”, nos refiere lo siguiente:

El ego está seguro de que el amor es peligroso, y ésta es siem­pre su enseñanza principal. Nunca lo expresa de este modo. Al contrario, todo el que cree que el ego es la salvación parece estar profundamente inmerso en la búsqueda del amor. El ego, sin embargo, aunque alienta con gran insistencia la búsqueda del amor, pone una condición: que no se encuentre. Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: "Busca, pero no halles". Esta es la única promesa que el ego te hace y la única que cumplirá. Pues el ego persigue su objetivo con fanática insistencia, y su juicio, aunque seriamente menoscabado, es completamente coherente”.

Cuando despertemos al verdadero Amor, dejaremos de creer en la separación; en el especialismo; en la individualidad; en el cuerpo; en la muerte… dejaremos de creer, en todos los ídolos en los que el ego ha otorgado poder y realidad. Esa es la razón por la que el ego piensa que el amor es peligroso. Aparentemente busca el amor, pero siempre le impone límites. El verdadero Amor no tiene límites y es Universal y Eterno. Así lo expresa el Curso:

“El amor es libertad. Ir en su busca encadenándote a ti mismo es separarte de él. ¡Por el Amor de Dios, no sigas buscando la unión en la separación ni la libertad en el cautiverio! Según concedas libertad, serás liberado. No te olvides de esto, o, de lo contrario, el amor será incapaz de encontrarte y ofrecerte consuelo”.

Tener al amor por objetivo es algo a lo que tenemos derecho, y ello es así a pesar de nuestros sueños. Mientras creamos que estamos en un cuerpo, podemos elegir entre canales de expresión sin amor o canales de expresión milagrosos.

Estar consciente del cuerpo es lo único que hace que el amor parezca limitado, pues el cuerpo es un límite que se le impone al amor. La creencia en un amor limitado fue lo que dio origen al cuerpo, que fue concebido para limitar lo ilimitado. No creamos que esto es algo meramente alegórico, pues el cuerpo fue concebido para limitarnos.

El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. Su absoluta falta de límites es su significado. Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar.

Todo pensamiento amoroso que el Hijo de Dios jamás haya tenido es eterno. Los pensamientos amorosos que nuestra mente per­cibe en este mundo constituyen nuestra única realidad. Siguen siendo percepciones porque todavía creemos estar separados. Mas son eternos porque son amorosos. Y al ser amorosos son semejantes al Padre, y, por lo tanto, no pueden morir.

Cuando lo único que deseemos sea amor no veremos nada más.

He aprendido una lección importante gracias a las enseñanzas del Curso de Milagros, con relación al sacrificio y el amor. Desde pequeño, me han enseñado que para amar hay que sacrificarse. Sin embargo, el Curso nos revela en este sentido:

Tú que crees que el sacrificio es amor debes aprender que el sacrificio no hace sino alejarnos del amor. Pues el sacrificio conlleva culpabilidad tan inevitablemente como el amor brinda paz. La culpabilidad es la condición que da lugar al sacrificio, de la misma manera en que la paz es la condición que te permite ser consciente de tu relación con Dios”.

Mientras que el Espíritu Ama, el ego teme. Mientras que el Espíritu es Inocente e Impecable, el ego, hace el miedo y de la culpa su principales aliados para mantener y conservar su credibilidad.
El Curso en el Capítulo 19, dedica un apartado dedicado a la atracción de la culpabilidad. Veamos su contenido, pues resulta de gran interés:

La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.
El amor envía a sus mensajeros tiernamente, y éstos retornan con mensajes de amor y de ternura. A los mensajeros del miedo se les ordena con aspereza que vayan en busca de culpabilidad, que hagan acopio de cualquier retazo de maldad y de pecado que puedan encontrar sin que se les escape ninguno so pena de muerte, y que los depositen ante su señor y amo respetuosa­mente. La percepción no puede obedecer a dos amos que piden distintos mensajes en lenguajes diferentes. El amor pasa por alto aquello en lo que el miedo se cebaría. Lo que el miedo exige, el amor ni siquiera lo puede ver. La intensa atracción que la culpa­bilidad siente por el miedo está completamente ausente de la tierna percepción del amor. Lo que el amor contempla no signi­fica nada para el miedo y es completamente invisible”.

¿Por qué no creemos en el Amor de Dios?

Al estar identificada nuestra mente con el ego no podemos creer que Dios nos ame. No amamos lo que hemos hecho, y lo que hicimos no nos ama. El ego, que fue engendrado como resultado de haber negado al Padre, no nos guarda lealtad. No podemos ni imaginarnos la relación real que existe entre Dios y Sus creaciones debido al odio que le tenemos al ser que fabricamos. Proyectamos  sobre el ego nuestra decisión de estar separados, y esto entra en conflicto con el amor que, por ser su hacedor, sentimos por él. No hay amor en este mundo que esté exento de esta ambivalencia, y puesto que ningún ego ha experimentado amor sin ambivalencia, el amor es un con­cepto que está más allá de su entendimiento. El amor aflorará de inmediato en cualquier mente que de verdad lo desee, pero tiene que desearlo de verdad. Esto quiere decir desearlo sin ninguna ambivalencia, y esta forma de desear está completamente despro­vista de la "compulsión de obtener" del ego.

El ego, que es un producto del miedo, reproduce miedo. Le es leal a éste, y esa lealtad le hace traicionar al amor porque nosotros somos amor. El amor es nuestro poder, que el ego tiene que negar.

En el amor no hay cabida para el miedo. En el amor perfecto no hay cabida para el miedo porque el amor perfecto no conoce el pecado y sólo puede ver a los demás como se ve a sí mismo.

¿Cómo podemos amar en este mundo?

El Amor del Espíritu Santo es nuestra fortaleza, pues el nuestro está dividido y, por lo tanto, no es real. No podemos confiar en nuestro pro­pio amor cuando lo atacamos.  No podemos aprender lo que es el amor perfecto con una mente dividida, porque una mente dividida se ha convertido a  sí misma en un mal estudiante.

Me encanta este consejo del Curso:

Hazte a un lado y deja pasar al amor, el cual tú no creaste, pero sí puedes extender. En la tierra eso quiere decir perdonar a tu hermano, para que las tinieblas desaparezcan de tu mente”.

¿Podemos hablar de varios tipos de amor?

Para responder a esta cuestión, permítanme compartir el contenido de la Lección 127 del Libro de Ejercicios, el que tiene como título: “No hay otro amor que el de Dios”:

Lección 127: “No hay otro amor que el de Dios”

1. Tal vez creas que hay diferentes clases de amor. 2Tal vez creas que hay un tipo de amor para esto y otro para aquello; que es posible amar a alguien de una manera y a otra persona de otra. 3El amor es uno. 4No tiene partes separadas ni grados; no hay ­diferentes clases de amor ni tampoco diferentes niveles; en él no hay divergencias ni distinciones. 5Es igual a sí mismo, sin ningún cambio en ninguna parte de él. 6Ninguna persona o circunstancia puede hacer que cambie. 7Es el Corazón de Dios y también el de Su Hijo.

2.  El significado del amor queda velado para todo aquel que crea que el amor puede cambiar, 2pues no se da cuenta de que un amor cambiante es algo imposible. 3Y así, cree que algunas veces puede amar y otras odiar. 4Cree también que se puede profesar amor sólo a una persona, y que el amor puede seguir siendo lo que es aunque se le niegue a los demás. 5El que crea estas cosas acerca del amor demuestra que no entiende su significado. 6Si el amor pudiese hacer tales distinciones, tendría que discernir entre justos y pecadores, y percibir al Hijo de Dios fragmentado.

3. El amor no puede juzgar. 2Puesto que en sí es uno solo, contempla a todos cual uno solo. 3Su significado reside en la unici­dad*. 4Y no puede sino eludir a la mente que piensa qué el amor es algo parcial o fragmentado. 5No hay otro amor que el de Dios, y todo amor es de Él. 6Ningún otro principio puede gobernar allí donde no hay amor. 7El amor es una ley que no tiene opuestos. 8Su plenitud es el poder que mantiene a todas las cosas unidas, el vínculo entre Padre e Hijo que hace que Ambos sean lo mismo eternamente.

4. Ningún curso cuyo propósito sea enseñarte a recordar lo que realmente eres podría dejar de subrayar que no puede haber dife­rencia entre lo que realmente eres y lo que es el amor. 2El significado  del amor es tu propio significado, el cual Dios Mismo comparte. 3Pues lo que tú eres es lo que Él es. 4No hay otro amor que el Suyo, y lo que Él es, es lo único que existe. 5Nada lo limita, y, por lo tanto, tú eres tan ilimitado como Él.

5. Ninguna ley que el mundo obedezca puede ayudarte a enten­der el significado del amor. 2Las creencias del mundo fueron con­cebidas para ocultar el significado del amor y para mantenerlo oculto y secreto. 3No hay ni un solo principio de los que el mundo defiende que no viole la verdad de lo que es el amor, y de lo que, por ende, eres tú también.

6. No busques tu Ser en el mundo. 2El amor no se puede encontrar en las tinieblas ni en la muerte. 3Sin embargo, es perfectamente evidente, para los ojos que ven y para los oídos que oyen la Voz del amor. 4La práctica de hoy consiste en liberar a tu mente de todas las leyes que crees que debes obedecer, de todas las limita­ciones que rigen tu vida y de todos los cambios que crees forman parte del destino humano. 5Hoy vamos a dar el paso más ambi­cioso de los que requiere este curso en tu avance hacia el objetivo que ha establecido.

7. Si hoy consigues tener el más leve vislumbre de lo que signi­fica el amor, habrás salvado una distancia inconmensurable hacia tu liberación y te habrás ahorrado un tiempo que no se puede medir en años. 2Juntos, pues, regocijémonos de dedicarle algún tiempo a Dios y de comprender que no hay mejor manera de emplear el tiempo que ésa.

He dejado para el final de este artículo, la coletilla que acompaña a la afirmación que recoge este Principio y que expresa lo siguiente: “pero puede que no siempre tengan efectos observables”.

Quisiera compartir lo que Kenneth Wapnick escribe con respeto a este tema:

“Esto es muy importante. Una de las trampas en las cuales cae la gente, como he dicho ya, bien sea que trabaje con Un curso en milagros o que siga cualquier otra forma de curación, es que quiere resultados. Si no obtengo resultados, si su catarro no desaparece, si la herida no se sana, si este tumor no desaparece, entonces quiere decir que no soy un buen sanador. Todo lo que ha ocurrido es que hemos caído en la misma trampa de hacer real el cuerpo.
Una de las advertencias principales que el Curso expresa consistentemente es: No hagan el error real. Un curso en milagros no cree en el pecado; pero si creyera, el pecado en contra del Curso sería hacer el error real. Hacemos el error real cuando creemos que debemos hacer algo al respecto o en contra del error. Una vez creamos que hay un problema en el nivel del cuerpo que tiene que curarse, estamos entonces haciendo el error real. Tratar de proyectar un círculo de luz alrededor de usted o alrededor de otra persona es un ejemplo de hacer el error real, porque entonces usted afirma que la luz tiene que proteger a esta persona o a mí mismo en contra de la oscuridad. Obviamente, pues, usted hace la oscuridad real. Usted no tiene que luchar en contra de algo que es irreal. Usted sólo lucha o se protege en contra de éste cuando cree que es real. La protección de que habla el Curso es la de nuestro sistema de pensamiento, lo cual quiere decir que corrijamos los pensamientos erróneos que tenemos”.

El Curso nos refiere lo siguiente sobre esta cuestión:

“Los milagros se dan en la mente que está lista para ellos. Dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello. La naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador. Como expresión de lo que verdaderamente eres, el milagro sitúa a la mente en un estado de gracia. La mente, entonces, naturalmente da la bienvenida tanto al Huésped interno como al desconocido externo. Al invitar adentro al desco­nocido, éste se convierte en tu hermano.
El hecho de que el milagro pueda tener efectos en tus herma­nos de los que ni siquiera eres consciente no debe preocuparte. El milagro siempre te bendecirá. Los milagros que no se te ha pedido que hagas no dejan de tener valor. Siguen siendo expre­siones de tu estado de gracia, pero dado mi absoluto conoci­miento del plan en su totalidad, yo debo controlar su ejecución. La naturaleza impersonal de la mentalidad milagrosa asegura tu gracia, pero sólo yo estoy en posición de saber dónde pueden concederse”. (T. 1.III.7:8)


En otra parte de la enseñanza, se nos dice que los milagros demuestran que el aprendizaje ha tenido lugar bajo la debida dirección, pues el aprendizaje es invisible y lo que se ha aprendido sólo se puede reconocer por sus resultados.

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