jueves, 1 de junio de 2017

Principio 39: El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal.

PRINCIPIO 39

El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal. Esto es lo mismo que decir que al percibirse la luz la oscuridad desaparece automáticamente.



El estudio de este nuevo Principio, nos permite dar continuidad a la labor emprendida en la anterior entrega en la que tuvimos ocasión de conocer, con más detalle, el papel protagonista del Espíritu Santo.

Con el Principio 39, el Espíritu Santo nos revela una de Sus principales cualidades, la de permitirnos identificar, a la luz de la Razón, el significado ilusorio e irreal del error.

A raíz de este enunciado, me he propuesto dedicar este análisis a la idea del error, pues considero que su causa se encuentra tan arraigada en el código de nuestros pensamientos que ha dado lugar a que nuestra realidad se sustente bajo la identidad de la ilusión.

Pasemos a entresacar los pasajes que nos comparte el Texto del Curso con relación a esta cuestión:

Está en nuestras manos elegir unirnos a la verdad o a la ilusión. Elegir una es abandonar la otra. Dota­remos de belleza y realidad a la que elijamos porque nuestra elección depende de cuál valoramos más. No podemos elegir más que entre Dios o el ego. Todo sistema de pen­samiento o bien es verdadero o bien falso, y todos sus atributos se derivan naturalmente de lo que es. Únicamente los Pensamientos de Dios son verdaderos. Y todo lo que se deriva de ellos procede de lo que son, y es tan verdadero como la santa Fuente de donde procedieron.

Me encanta la siguiente aportación. En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:


El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.
Cree esto y serás libre. Sólo Dios puede establecer esta solución, y esta fe es Su don.


Por lo tanto, tenemos que tener presente, que el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir.

El Espíritu Santo separa lo verdadero de lo falso en nuestra mente, y nos enseña a juzgar cada pensamiento que dejamos que se adentre en ella a la luz de lo que Dios puso allí. Él tiene el poder de ver lo que hemos ocultado y reconocer en ello la Voluntad de Dios. Gracias a este reconocimiento, Él puede hacer que la Voluntad de Dios sea real para nosotros porque Él está en nuestra mente, y, por lo tanto, Él es nuestra realidad.

La verdad y lo falso no pueden coexistir en nuestra mente sin dividirla. Si no pueden coexistir en paz, y si lo que queremos es estar en paz, tenemos que abandonar por completo y para siempre la idea de con­flicto. Esto requiere que nos mantengamos alerta mientras no nos demos ­cuenta de lo que es verdad. Mientras sigamos creyendo que dos sistemas de pensamiento completamente contradictorios pueden compartir la verdad, es obvio que tenemos que mantenernos alerta. 

El ego, lo recordamos, está completamente comprometido a lo falso, y lo que percibe es lo opuesto a lo que percibe el Espíritu Santo, así como al conocimiento de Dios.

La Expiación, lo recordamos igualmente, conlleva una re-evaluación de todo lo que tenemos en gran estima, pues es el medio a través del cual el Espíritu Santo puede separar lo falso de lo verdadero, lo cual hemos acep­tado en nuestra mente sin hacer ninguna distinción entre ambos.

Como bien nos enseña el Curso, nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él. No es necesario que busquemos lo que es verdad, pero sí es necesario que busquemos todo lo que es falso. Toda ilusión es una ilusión de miedo, sea cual fuere la forma en que se manifieste. Y el intento de escapar de una ilusión refugiándonos en otra no puede sino fracasar. Si buscamos amor fuera de nosotros, podemos estar seguros de que estamos percibiendo odio en nuestro interior y de que ello nos da miedo. Pero la paz nunca procederá de la ilusión de amor, sino sólo de la realidad de éste.

Nos estamos adentrando poco a poco en el mundo ilusorio del error. La afirmación: “toda ilusión es una ilusión de miedo”, nos lleva a establecer una estrecha relación entre el error y el miedo. Ambos se alimentan de la misma causa, del mismo pensamiento original el cual dio lugar a un estado irreal e ilusorio al que, sin embargo, la mente le otorgó el poder de la realidad.

Repasemos cuál fue esa “causa” tan poderosa que dio lugar al error original y al miedo.

La única carencia que realmente necesitamos corregir es la sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubiésemos distorsionado nuestra percepción de la verdad, percibiéndonos así a nosotros mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya nos habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que nos vamos integrando nos volvemos uno, y nuestras necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto.

La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No podemos comportarnos con eficacia mientras operemos en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagamos, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque creemos que vivimos en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias.

Por lo tanto, podemos determinar, que todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

El primer paso correctivo para deshacer el error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.
Con lo anterior hemos descrito los pasos que podemos elegir para deshacernos del error. A continuación expondré unas aportaciones extraídas del Capítulo 12 del Curso, titulado “El Programa de Estudios del Espíritu Santo”, donde podremos ampliar información sobre los recursos que tenemos a nuestra disposición para tratar la ilusión del error.

Se te ha dicho que no le otorgues realidad al error, y la manera de hacer esto es muy simple. Si deseas creer en el error, tienes que otorgarle realidad porque el error en sí no es real. Mas la verdad es real por derecho propio, y para creer en ella no tienes que hacer nada. Comprende que no reaccionas a nada directa­mente, sino a tu propia interpretación de ello. Tu interpretación, por lo tanto, se convierte en la justificación de tus reacciones. Por  eso es por lo que analizar los motivos de otros es peligroso. Si decides que alguien está realmente tratando de atacarte, abando­narte o esclavizarte, reaccionarás como si realmente lo hubiese hecho, al haberle otorgado realidad a su error. Interpretar el error es conferirle poder, y una vez que haces eso pasas por alto la verdad.

Tú que crees que Dios es miedo tan sólo llevaste a cabo una sustitución. Ésta ha adoptado muchas formas porque fue la sustitución de la verdad por la ilusión, la de la plenitud por la fragmentación. Dicha sustitución a su vez ha sido tan desmenu­zada y subdividida, y dividida de nuevo una y otra vez, que ahora resulta casi imposible percibir que una vez fue una sola y que todavía sigue siendo lo que siempre fue. Ese único error, que llevó a la verdad a la ilusión, a lo infinito a lo temporal, y a la vida a la muerte, fue el único que jamás cometiste. Todo tu mundo se basa en él. Todo lo que ves lo refleja, y todas las relaciones espe­ciales que jamás entablaste proceden de él.

Tal vez te sorprenda oír cuán diferente es la realidad de eso que ves. No te das cuenta de la magnitud de ese único error. Fue tan inmenso y tan absolutamente increíble que de él no pudo sino sur­gir un mundo totalmente irreal. ¿Qué otra cosa si no podía haber surgido de él? A medida que empieces a examinar sus aspectos fragmentados te darás cuenta de que son bastante temibles. Pero nada que hayas visto puede ni remotamente empezar a mostrarte la enormidad del error original, el cual pareció expulsarte del Cielo, fragmentar el conocimiento convirtiéndolo en inútiles añi­cos de percepciones desunidas y forzarte a llevar a cabo más sus­tituciones.

Ésa fue la primera proyección del error al exterior. El mundo surgió para ocultarlo, y se convirtió en la pantalla sobre la que se proyectó, la cual se interpuso entre la verdad y tú. Pues la ver­dad se extiende hacia adentro, donde la idea de que es posible perder no tiene sentido y lo único que es concebible es un mayor aumento. ¿Crees que es realmente extraño que de esa proyec­ción del error surgiese un mundo en el que todo está invertido y al revés? Eso fue inevitable. Pues si se llevase la verdad ante esto, ésta sólo podría permanecer recogida en calma, sin tomar parte en la absurda proyección mediante la cual este mundo fue construido. No llames pecado a esa proyección sino locura, pues eso es lo que fue y lo que sigue siendo. Tampoco la revistas de culpabilidad, pues la culpabilidad implica que realmente ocu­rrió. Pero sobre todo, no le tengas miedo.

Cuando te parezca ver alguna forma distorsionada del error original tratando de atemorizarte, di únicamente: "Dios es Amor y el miedo no forma parte de Él", y desaparecerá. La verdad te salvará, pues no te ha abandonado para irse al mundo demente y así apartarse de ti. En tu interior se encuentra la cordura; la demencia, fuera de ti. Pero tú crees que es al revés: que la verdad se encuentra afuera y el error y la culpabilidad adentro”. (T.12.I.1-7)

Para finalizar este interesante análisis, quisiera dedicar un espacio a la idea del pecado, ese concepto equivocado acuñado para dar significado al “pensamiento original”.

“Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.


El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud”. (T.19.II.1-2)


Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una equivocación que queremos mantener oculta, una peti­ción de ayuda que no queremos que sea oída, y que, por lo tanto, se queda sin contestar?

Es tan esencial que reconozcamos que hemos fabricado el mundo que vemos, como que reconozcamos que no nos hemos creado a nosotros mismo. Pues se trata del mismo error. Nada que nuestro Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre nosotros. Y si creemos que lo que hicimos puede dictarnos lo que debemos ver y sentir, y tenemos fe en que puede hacerlo, estamos negando a nuestro Creador y creyendo que nos hemos hecho a nosotros mismo. Pues si creemos que el mundo que construimos tiene el poder de hacer de nosotros lo que se le antoje, estamos confun­diendo Padre e Hijo, Fuente y efecto.

Sólo los errores varían de forma, y a eso se debe que puedan engañar. Podemos cambiar la forma porque ésta no es verdad. Y no puede ser la realidad precisamente porque puede cambiar. La razón nos diría que si la forma no es la realidad tiene que ser entonces una ilusión, y que no se puede ver porque no existe. Y si la vemos debemos estar equivocados, pues estamos viendo lo que no puede ser real como si lo fuera. Lo que no podemos ver más allá de lo que no existe no puede sino ser percepción distorsionada, y no podemos por menos que percibir a las ilusiones como si fuesen la verdad.

Y para finalizar:

“El error no puede amenazar realmente a la verdad, la cual siem­pre puede resistirlo. En realidad, sólo el error es vulnerable. Eres libre de establecer tu reino donde mejor te parezca, pero no pue­des sino elegir acertadamente si recuerdas esto”:


El espíritu está eternamente en estado de gracia.
Tu realidad es únicamente espíritu.
Por lo tanto, estás eternamente en estado de gracia.

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