jueves, 8 de junio de 2017

Principio 46: "El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado".

PRINCIPIO 46

El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado. Los milagros no entrañan ese tipo de comunicación, debido a que son medios temporales de comunicación. Cuando retornes a la forma original de comunicación con Dios, por revelación directa, los milagros dejarán de ser necesarios.


Dios creó a cada mente comunicándole Su Mente, y estableciéndola así para siempre como un canal para Su Mente y Su Voluntad”.

“Tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comuni­cación”.

Con estas dos afirmaciones, doy comienzo al estudio de un tema que considero de gran interés, la comunicación, cuya interpretación bajo las enseñanzas de Un Curso de Milagros, adquiere un significado muy diferente al que le otorga el saber convencional. A lo largo de este análisis tendremos ocasión de hablar de los distintos rostros de la comunicación.

La primera frase con la que hemos dado comienzo a este artículo, nos enseña que somos frutos de la comunicación, pues fue la vía elegida por nuestro Creador para dar lugar a nuestra existencia y a nuestro estado de ser.
Podemos decir, que el estado natural de relación con nuestro Creador es la comunicación directa o revelación.

Sin embargo, esa comunicación directa se interrumpió al inventar, el Hijo de Dios, otra voz.

Es importante que recordemos que Dios no está dentro de nosotros en un sentido literal, más bien, nosotros formamos parte de Él. Cuando elegimos abandonarlo nos dio una Voz para que hablase por Él, pues ya no podía compartir Su conocimiento con nosotros libre­mente. Esa Voz es el Espíritu Santo.
Dios no guía porque lo único que puede hacer es compartir Su perfecto conocimiento. Guiar entraña evaluación, ya que implica que hay una manera correcta de proceder y otra incorrecta, una que se debe escoger y otra que se debe evitar. Al escoger una, renunciamos a la otra. Elegir al Espíritu Santo es elegir a Dios.

El Espíritu Santo es nuestro Guía a la hora de elegir. Reside en la parte de nuestra mente que siempre habla en favor de la elección correcta porque habla por Dios. Él es el último nexo de comuni­cación que nos queda con Dios, comunicación que podemos inte­rrumpir, pero no destruir.

Hablemos de la comunicación desde la perspectiva del ego.

El ego es aquella parte de la mente que cree que lo que define nuestra existencia es la separación. Lo único que el ego percibe es un todo separado, desprovisto de las relaciones que presupone el estado de ser. El ego, por lo tanto, está en contra de la comunicación, excepto cuando se utiliza para establecer separación en vez de para abolirla. El sistema de comunicación del ego se basa en su propio sistema de pensa­miento, al igual que todo lo demás que él impone. Su comunica­ción está controlada por la necesidad que tiene de protegerse, e interrumpirá la comunicación siempre que se sienta amenazado. Esta interrupción es una reacción hacia una o varias personas determinadas. El carácter específico de la manera de pensar del ego da lugar, entonces, a generalizaciones falsas que no son realmente abstractas en absoluto. El ego simplemente responde, de ciertas formas específicas, a todo lo que percibe como relacionado.

Decíamos al principio, que tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comunicación. La existencia, sin embargo, es específica en cuanto a qué, cómo y con quién vale la pena entablar comunicación. El estado de ser carece por completo de estas distinciones. Es un estado en el que la mente está en comunicación con todo lo que es real. En la medida en que permitamos que ese estado se vea coartado, en esa misma medida estaremos limitando la idea que tenemos acerca de nuestra propia realidad, la cual se vuelve total únicamente cuando reconocemos a toda la realidad en el glorioso contexto de la verdadera relación que tiene con nosotros.

Podemos leer en el Texto de UCDM  con respecto a Dios, que a menos que desempeñemos el papel que nos corresponde en la creación, Su gozo no será total porque el nuestro no lo es. Y Él ciertamente sabe esto. Lo sabe en Su Propio Ser y en la experiencia que Su Ser tiene de la experiencia del Hijo. El constante fluir de Su Amor se obstruye cuando Sus canales están cerrados, y se siente solo cuando las mentes que Él creó no se comunican plenamente con Él.

La revelación no es suficiente porque es una comunicación de Dios hacia nosotros solamente. Dios no tiene necesidad de que se le devuelva la revelación, lo cual sería claramente imposible, pero sí desea que se transmita a otros. Esto no se puede hacer con la revelación en sí, pues su contenido no puede ser expresado debido a que es algo sumamente personal para la mente que lo recibe. No obstante, dicha mente la puede extender a otras men­tes, mediante las actitudes generadas por la sabiduría que se deriva de la revelación.

Para el ego, la comunicación es separación, pues separa mediante el cuerpo, el único referente de su identidad. El Espíritu Santo, en cambio, utiliza el cuerpo para llegar a otros a través de él.

Para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación. Al ser el nexo de comunicación entre Dios y Sus Hijos separados, el Espíritu Santo interpreta todo lo que hemos hecho a la luz de lo que Él es.
No percibimos a nuestros hermanos tal como el Espíritu Santo lo hace porque no creemos que los cuerpos sean únicamente medios para unir mentes.

¿Qué características tiene las vías de comunicación fabricadas por el ego?

Hablamos haciendo uso de símbolos turbios y engañosos y no entendemos el lenguaje que hemos inventado. No tiene sentido, pues su propósito no es facilitar la comunicación, sino interrum­pirla. Si el propósito del lenguaje es facilitar la comunicación, ¿cómo puede tener sentido dicha lengua? Mas incluso este extraño y tergiversado esfuerzo de querer comunicar no comunicando, contiene suficiente amor como para hacer que tenga sen­tido si su intérprete no es su hacedor. Nosotros que la inventamos sólo estamos expresando conflictos, y el Espíritu Santo quiere liberarnos de ellos.

Por lo tanto, pongamos en Sus manos lo que queremos comunicar. Él lo inter­pretará con perfecta claridad, pues sabe con Quién estás en per­fecta comunicación.

Otra peculiaridad es que no sabemos lo que decimos, y, por lo tanto, no sabemos lo que se nos dice, pero nuestro Intérprete se da cuenta de lo que queremos decir en nuestro extraño lenguaje. Él no intentará comunicar lo que no tiene sen­tido, sino que separará todo lo que lo tiene, descartando el resto, y les transmitirá a aquellos que verdaderamente quieran comunicarse con nosotros lo que en verdad queremos comunicarles. Hablamos dos lenguajes al mismo tiempo, lo cual no puede sino ser algo ininte­ligible. Mas si uno de ellos no tiene sentido y el otro lo tiene, sólo este último puede utilizarse para la comunicación. El otro no haría sino obstruirla.

La comunicación desde la perspectiva del milagro.

El milagro es en gran medida como el cuerpo, en el sentido de que ambos son recursos de aprendizaje para facilitar un estado en el que finalmente se hacen innecesarios. Cuando se alcanza el estado original de comunicación directa con el espíritu, ni el cuerpo ni el milagro tienen objeto alguno. Es por ello, que el título de este Principio nos enseña que el milagro son medios temporales de comunicación.

Por otro lado, para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.


La comunicación directa: la revelación.

La revelación produce una suspensión completa, aunque tem­poral, de la duda y el miedo. Refleja la forma original de comuni­cación entre Dios y Sus creaciones, la cual entraña la sensación extremadamente personal de creación que a veces se busca en las relaciones físicas.

La revelación nos une directamente a Dios.

La revelación es algo intensamente personal y no puede trans­mitirse de forma que tenga sentido. De ahí que cualquier intento de describirla con palabras sea inútil. La revelación induce sólo a la experiencia.

La revelación es literalmente inefable porque es una experiencia de amor inefable.

Las revelaciones son indirectamente inspiradas por Jesús debido a su proximidad al Espíritu Santo y a que se mantiene alerta para cuando, nosotros, sus hermanos estemos listos para recibir la revelación. De esta manera puede obtener para nosotros más de lo que podríamos obtener para nosotros mismos.

El Espíritu Santo es el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia nosotros. La revelación no es recíproca. Procede de Dios hacia nosotros, pero no de nosotros hacia Dios.

Pongo punto final a este estudio compartiendo con todos vosotros el contenido que se recoge en las Lecciones del Libro de Ejercicios de UCDM:

La revelación de que el Padre y el Hijo son uno alboreará en toda mente a su debido tiempo. Sin embargo, ese momento lo determina la mente misma, pues es algo que no se puede enseñar.
Ese momento ya ha sido fijado. Esto parece ser bastante arbi­trario. No obstante, no hay nadie que dé ni un solo paso al azar a lo largo del camino. Todos lo han dado ya, aunque todavía no hayan emprendido la jornada. Pues el tiempo tan sólo da la impresión de que se mueve en una sola dirección. No hacemos sino emprender una jornada que ya terminó. No obstante, parece como si tuviera un futuro que todavía nos es desconocido”.
(Lección 158. Libro de Ejercicios)

Sea cual sea el momento que la mente haya fijado para la revelación ello es com­pletamente irrelevante para lo que no puede sino ser un estado constante, eternamente como siempre ha sido, y como ha de seguir siendo eternamente. Nosotros simplemente asumimos el papel que se nos asignó hace mucho, y que Aquel que escribió el guión de la salvación en el Nombre de Su Creador y en el Nombre del Hijo de Su Creador, reconoció como perfectamente realizado”. (Lección 169. Libro de Ejercicios)

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