sábado, 26 de septiembre de 2026

¿Por qué siento que avanzo y luego vuelvo a empezar?

¿Por qué siento que avanzo y luego vuelvo a empezar?

Esta pregunta aparece con frecuencia en el camino espiritual. Hay etapas en las que sentimos que algo ha cambiado profundamente: reaccionamos con menos miedo, perdonamos con mayor facilidad, experimentamos momentos de verdadera paz y pensamos que por fin hemos comprendido una enseñanza que antes solo entendíamos intelectualmente. Pero, de repente, ocurre algo y reaparecen la ira, la preocupación, el resentimiento o una antigua forma de reaccionar. Entonces surge la sensación desalentadora de haber perdido todo lo aprendido: “Otra vez estoy igual. Creía que había avanzado y parece que vuelvo al principio”.

Un Curso de Milagros nos invita a revisar esa interpretación. Tal vez no estemos volviendo al principio. Tal vez estemos encontrándonos nuevamente con una lección que todavía no hemos aprendido completamente. El capítulo 31 lo expresa con enorme claridad: las pruebas por las que pasamos son lecciones que aún no hemos aprendido y que vuelven a presentarse para que, donde antes hicimos una elección equivocada, podamos hacer ahora una mejor. Ante cada dificultad, confusión o disgusto, Cristo vuelve a decirnos: “Hermano mío, elige de nuevo” (T-31.VIII.3:1-2).

Desde esta perspectiva, repetir una situación no significa necesariamente retroceder. Puede significar que la mente ha llegado otra vez al mismo lugar, pero esta vez dispone de una nueva oportunidad. El escenario puede parecer idéntico, pero yo no soy exactamente el mismo observador que fui la vez anterior. Ahora quizá reconozco antes mi reacción, detecto con más claridad el juicio, necesito menos tiempo para recuperar la paz o simplemente soy consciente de que existe otra manera de mirar. Todo eso también forma parte del aprendizaje.

El ego, sin embargo, convierte el camino espiritual en una escala. Quiere medir cuánto he avanzado, comparar cómo reaccionaba hace un año con cómo reacciono ahora y decidir si soy un “buen estudiante”. Si un día estoy en paz, piensa: “Ya lo he conseguido”. Si al día siguiente pierdo la paciencia, concluye: “He fracasado”. De este modo consigue introducir nuevamente el juicio en aquello que precisamente está destinado a deshacerlo. Pero UCDM no nos pide demostrar que nunca volveremos a equivocarnos. Nos enseña a utilizar cada error como una nueva oportunidad de elección. Incluso la tentación puede ser contemplada como “una oportunidad más para elegir de nuevo” (T-31.VIII.4:1-2).

Puedo haber trabajado durante mucho tiempo el miedo al abandono y sentirme bastante libre, hasta que una persona importante se distancia y reaparece una reacción intensa. Puedo haber aprendido mucho acerca del perdón y descubrir que determinada ofensa todavía despierta resentimiento. Puedo pensar que he entregado mi necesidad de control y encontrarme de nuevo intentando organizar el comportamiento de todos a mi alrededor. La primera reacción puede ser: “No he aprendido nada”. Pero quizá la pregunta más útil sea: “¿Cómo estoy viendo ahora este mismo conflicto?”. Tal vez antes tardaba meses en reconocer mi proyección y ahora la reconozco en unas horas. Tal vez antes culpaba completamente al otro y ahora una parte de mí recuerda que mi paz no depende de él. Quizá todavía haya dolor, pero también exista una pequeña disposición a elegir otra cosa. Ese pequeño cambio importa.

El problema es que solemos identificar progreso con ausencia de conflicto. Pensamos que avanzar significa no sentir miedo, no enfadarnos, no tener pensamientos del ego y no experimentar resistencia. Pero mientras todavía estemos aprendiendo, esas experiencias pueden aparecer. La cuestión fundamental no es que nunca surjan, sino qué hacemos con ellas cuando aparecen. ¿Las utilizo para condenarme o para pedir ayuda? ¿Las convierto en prueba de mi fracaso o en material para la curación? ¿Digo “otra vez soy el mismo” o “aquí hay otra oportunidad para elegir de nuevo”?

El Curso comienza recordándonos que su propósito no es enseñarnos qué es el Amor, sino retirar los obstáculos que impiden experimentar Su presencia (T-In.1:6-8). Esto significa que muchas veces avanzar consiste precisamente en descubrir obstáculos que antes no veíamos. Puedo sentir que estoy peor porque comienzo a ser más consciente de mis juicios, mis necesidades de control o mis resentimientos. Pero quizá esos pensamientos ya estaban presentes y simplemente permanecían ocultos. Verlos no significa haberlos creado ahora. Significa que han llegado a un lugar en el que pueden ser entregados.

Por eso algunas etapas del camino pueden parecer más difíciles después de haber experimentado mucha paz. Hemos conocido otra manera de mirar y, cuando reaparece el ego, el contraste se hace mucho más visible. Antes vivíamos dentro del conflicto y lo considerábamos normal; ahora lo reconocemos como conflicto. Esa incomodidad puede interpretarse como retroceso cuando, en realidad, la conciencia del error es precisamente lo que permite corregirlo.

También necesitamos recordar que hemos aprendido durante mucho tiempo el sistema de pensamiento del ego. El Texto señala que esas lecciones están profundamente arraigadas y se levantan como “pesadas cortinas” que ocultan lo simple y evidente. Pero también nos recuerda que, si fuimos capaces de aprender un sistema tan complejo de separación, tenemos capacidad para aprender las sencillas lecciones que ofrece la salvación (T-31.I.3:3-6; 4:1-6). No se nos pide desesperarnos porque aparezcan viejos hábitos mentales. Se nos pide llevarlos una y otra vez ante otra enseñanza.

Tal vez por eso la práctica espiritual tiene mucho menos que ver con alcanzar una posición desde la que nunca más caemos y mucho más con aprender a regresar. Regresar a la quietud. Regresar al perdón. Regresar a la decisión. Regresar a la pequeña dosis de buena voluntad. Cada regreso debilita la creencia de que el ego es nuestro único maestro.

El ego quiere utilizar incluso nuestros tropiezos para reforzar su identidad. Dice: “Después de todo este tiempo sigues enfadándote”. “No deberías tener estos pensamientos”. “Si realmente hubieras aprendido el Curso, esto no estaría ocurriendo”. Parece exigirnos perfección espiritual, pero su verdadero propósito es que utilicemos el error para atacarnos. El Espíritu Santo no utiliza el error de esa manera. No dice: “Ya deberías saberlo”. Dice: “Aquí estamos otra vez. Miremos juntos. Elige de nuevo”.

Esto cambia profundamente nuestra relación con los momentos de aparente retroceso. Ya no tengo que convertir una reacción en una identidad. Haber sentido miedo no significa que “soy miedoso”. Haber juzgado no significa que “soy un mal estudiante”. Haber vuelto a un antiguo hábito no significa que todo lo aprendido haya desaparecido. Significa simplemente que, en ese instante, he vuelto a elegir una interpretación que no me da paz. Y si pude elegirla, puedo elegir nuevamente.

Incluso puede ocurrir que una misma lección regrese bajo formas cada vez más profundas. Primero trabajo mi necesidad de aprobación en una relación. Después aparece en el trabajo. Más tarde la descubro en mi deseo de ser reconocido espiritualmente. Podría pensar que siempre estoy enfrentándome al mismo problema, pero quizá estoy viendo distintas capas de una misma creencia. La forma cambia; la raíz se va haciendo visible.

Por eso no necesito medir mi progreso por la cantidad de días en que me siento en paz. Puedo observar algo más sencillo: ¿soy un poco más dispuesto a cuestionar mis interpretaciones? ¿Tardo menos en reconocer que quiero tener razón? ¿Puedo pedir ayuda antes? ¿Estoy aprendiendo a no hacer de cada caída una condena? Quizá ahí se encuentre un indicador mucho más profundo de que la mente está cambiando.

Cuando tenga la sensación de estar empezando otra vez, puedo detenerme y decir: “No necesito juzgar dónde debería encontrarme. Esta es la lección que está ante mí ahora”. No necesito resolver todo mi camino espiritual en este momento. Solo necesito reconocer qué maestro estoy eligiendo en esta situación.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, siento que he vuelto al mismo lugar y una parte de mí cree que todo mi progreso se ha perdido. No quiero utilizar este momento para atacarme. Ayúdame a reconocer la lección que vuelve a presentarse y a verla como una nueva oportunidad. Muéstrame dónde estoy eligiendo nuevamente el miedo y enséñame a elegir contigo. No necesito demostrar cuánto he avanzado. Solo necesito estar dispuesto a elegir de nuevo ahora”.

Entonces quizá comprenda que el camino no consiste en no equivocarme nunca más, sino en dejar de convertir cada equivocación en una razón para abandonar el camino. No estoy condenado a comenzar desde cero cada vez que reaparece el ego. Cada reconocimiento, cada instante de perdón y cada elección de paz permanece como parte del aprendizaje.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué avanzo y luego vuelvo a empezar?”, sino: “¿Y si aquello que llamo volver a empezar fuera simplemente otra oportunidad de elegir, esta vez con un poco más de conciencia?”.

Y cuando dejo de juzgar el recorrido, comienzo a descubrir algo hermoso: tal vez no estaba caminando en círculos. Estaba regresando una y otra vez al mismo lugar hasta aprender que, allí mismo, podía elegir otra dirección.

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