Milagros para Pequeños Corazones.
¿Puede un cuento ayudar a un niño a expresar lo
que siente?
Hay ocasiones en las que preguntamos a un niño
qué le sucede y recibimos una respuesta muy breve: «Nada», «No lo sé» o
«Déjame». Tal vez lo vemos preocupado, enfadado o más silencioso de lo
habitual, pero cuanto más insistimos en saber qué ocurre, más parece cerrarse.
Podemos pensar que no quiere hablar con nosotros.
Sin embargo, muchas veces no se trata de falta de confianza ni de voluntad.
Sencillamente, el niño todavía no sabe cómo ordenar lo que siente ni encuentra
las palabras necesarias para explicarlo.
Las emociones no siempre llegan con un nombre. A
veces aparecen como un nudo en el estómago, unas ganas repentinas de llorar,
una respuesta agresiva, dificultad para dormir o el deseo de alejarse de los
demás. El niño siente algo, pero no necesariamente comprende qué es, de dónde
viene o cómo puede comunicarlo.
En esos momentos, un cuento puede convertirse en
un puente.
Hablar de otro para comenzar a hablar de uno
mismo.
Quizá el protagonista tiene miedo de entrar en un
lugar nuevo, se enfada porque un amigo no quiere jugar con él o se siente
culpable por algo que hizo. El niño puede reconocer su experiencia en la
historia sin sentirse interrogado ni obligado a confesar nada.
En lugar de preguntarle inmediatamente: «¿Tú
también tienes miedo?», podemos comenzar diciendo:
«¿Por qué crees que este personaje se siente
así?».
La pregunta parece referirse únicamente al
cuento. Sin embargo, al responder, el niño puede estar empezando a hablar
también de sí mismo.
Tal vez diga que el personaje teme quedarse solo,
que piensa que nadie lo quiere o que está enfadado porque no se han dado cuenta
de lo que necesitaba. Es posible que esas palabras estén describiendo algo que
el propio niño todavía no puede expresar directamente.
El cuento le presta un personaje, una situación y
un lenguaje. Le permite acercarse a su emoción sin tener que exponerse de
golpe.
El personaje se convierte en un lugar seguro.
Los niños se identifican con los personajes de
una manera muy natural. No necesitan analizar psicológicamente la historia.
Entran en ella, imaginan lo que está ocurriendo y sienten junto a sus
protagonistas.
Cuando un personaje tiene miedo, el niño puede
reconocer su propio miedo. Cuando comete un error y descubre que puede
repararlo, el niño contempla esa posibilidad para sí mismo. Cuando aprende a
detenerse antes de responder desde el enfado, el niño observa una alternativa
que quizá nadie le había mostrado de una manera comprensible.
La historia no le dice directamente: «Esto es lo
que tienes que hacer». Le muestra a alguien atravesando una experiencia
parecida y descubriendo una nueva forma de mirarla.
Esto es importante porque los consejos directos
suelen despertar resistencia, especialmente cuando el niño está alterado. Si le
decimos «no tengas miedo», «no te enfades» o «eso no tiene importancia», quizá
nuestra intención sea tranquilizarlo, pero también podemos transmitirle que su
emoción es incorrecta o que debería dejar de sentirla.
El cuento actúa de una manera diferente. Primero
reconoce la experiencia. Después abre una posibilidad.
No niega el miedo, el enfado o la tristeza. Los
introduce en una historia donde pueden ser observados, comprendidos y
transformados.
Escuchar sin convertir el cuento en un examen.
Para que esta experiencia funcione, el adulto no
necesita explicar continuamente el significado de la historia ni comprobar si
el niño ha entendido su enseñanza.
Podemos caer fácilmente en preguntas como: «¿Has
visto lo que deberías hacer tú?», «¿Comprendes ahora que no tenías razón?» o
«¿Qué enseñanza has aprendido?». Aunque tengan buena intención, estas preguntas
pueden convertir un momento de encuentro en una nueva lección que el niño debe
aprobar.
Es preferible formular preguntas abiertas y
permitir cualquier respuesta.
«¿Qué parte te ha gustado más?».
«¿Cómo crees que se sentía el personaje?».
«¿Qué habrías hecho tú en su lugar?».
«¿Hubo algo que te recordara a una situación que
conoces?».
También debemos aceptar que el niño no quiera
responder. Puede haber escuchado y estar procesando la historia en silencio.
Quizá hable de ella más tarde, mientras juega, dibuja o se prepara para dormir.
No necesitamos obtener una reacción inmediata para que el cuento haya cumplido
su función.
Acompañar no es extraer una respuesta. Es ofrecer
un espacio.
Un ejemplo cotidiano:
Imaginemos que un niño ha discutido con un
compañero y vuelve a casa enfadado. Si le preguntamos directamente qué ha
ocurrido, puede defenderse, acusar al otro o negarse a hablar.
Esa noche leemos una historia en la que dos
personajes quieren utilizar el mismo juguete. Uno de ellos grita, el otro se
marcha y ambos terminan sintiéndose solos. Más adelante, uno de los personajes
se detiene, observa su enfado y descubre que debajo de él había miedo a no ser
tenido en cuenta.
Al terminar, podemos preguntar: «¿Qué necesitaba
realmente ese personaje?».
El niño quizá responda: Quería que lo
escucharan.
No es necesario añadir inmediatamente: «Eso es lo
que te ha pasado hoy». Podemos dejar que la respuesta permanezca abierta. Si se
siente preparado, él mismo establecerá la relación. Y si no lo hace, la
historia ya habrá sembrado una posibilidad: detrás del enfado puede existir una
necesidad que merece ser escuchada.
Del cuento a la experiencia.
Una historia puede abrir la puerta, pero la
experiencia se vuelve más profunda cuando el niño puede expresarla de otras
maneras. Algunos niños hablan con facilidad; otros necesitan dibujar,
representar, jugar o utilizar algún símbolo.
Después de leer, podemos proponerle que dibuje la
emoción del personaje como si fuera un color, un animal o un paisaje. También
podemos preguntarle dónde cree que el personaje sentía esa emoción en el cuerpo
o invitarlo a imaginar qué podría ayudarle a recuperar la calma.
Estas actividades no buscan interpretar cada
dibujo ni descubrir significados ocultos. Su propósito es ampliar el lenguaje
emocional del niño. Cuantas más formas tenga de reconocer y expresar lo que
siente, menos necesitará comunicarlo únicamente mediante gritos, aislamiento o
conductas difíciles de comprender.
No estamos enseñándole a evitar las emociones. Le
estamos ayudando a observarlas sin quedar completamente dominado por ellas.
El adulto también forma parte del cuento.
Quizá descubramos que tenemos prisa por resolver
lo que le sucede, que nos incomoda verlo triste o que interpretamos su enfado
como un ataque personal. Tal vez queramos que se calme rápidamente porque su
emoción despierta algo que nosotros tampoco sabemos manejar.
El cuento introduce una pausa para ambos. Durante
unos minutos no hay que resolver, corregir ni convencer. Solo escuchar,
imaginar y permanecer juntos.
A veces, lo más importante no será lo que el niño
aprenda del personaje, sino lo que experimente junto al adulto: que puede
hablar sin ser juzgado, que su emoción no asusta a quien lo acompaña y que no
tiene que saber explicarlo todo perfectamente para ser escuchado.
Esa experiencia puede permanecer en su memoria
mucho después de olvidar los detalles de la historia.
Cuentos que ayudan a mirar de otra manera.
Milagros para Pequeños Corazones nació
precisamente con este propósito: acercar a los niños enseñanzas sobre la paz,
el perdón, la confianza, la gratitud y el cambio de mirada mediante un lenguaje
que pudieran imaginar y experimentar.
Sus 55 cuentos están acompañados de preguntas
para reflexionar, actividades creativas, juegos, ejercicios de paz, pequeñas
prácticas diarias y afirmaciones. No se trata de decir al niño qué debe pensar,
sino de ofrecerle oportunidades para reconocer lo que ocurre en su interior y
descubrir que puede elegir una respuesta diferente.
El libro está inspirado en las lecciones de Un
Curso de Milagros, pero no exige que el niño conozca el Curso ni que el adulto
convierta la lectura en una explicación metafísica. Las enseñanzas se acercan a
la vida cotidiana mediante personajes que sienten miedo, se enfadan, se
equivocan, necesitan perdonar, aprenden a confiar o descubren una manera más
amorosa de mirar.
Puede leerse en casa, en el aula o en pequeños
grupos. No es necesario seguirlo deprisa ni terminar un bloque completo. A
veces, un solo cuento puede acompañar durante varios días una situación que el
niño está viviendo.
Diez minutos pueden ser suficientes.
No siempre necesitamos mantener una conversación
larga. Diez minutos de atención verdadera pueden ser más valiosos que una hora
de preguntas.
Podemos leer un cuento, guardar unos segundos de
silencio y hacer una sola pregunta. Después, escuchar lo que aparezca sin
corregirlo inmediatamente.
Quizá el niño hable del personaje. Quizá termine
hablando de sí mismo. Quizá no diga nada ese día, pero vuelva a la historia una
semana después.
Cada niño tiene su tiempo y su manera de
acercarse a lo que siente. El cuento no fuerza esa puerta. Se sienta junto a
ella, enciende una pequeña luz y espera.
Porque algunas historias terminan cuando llegamos
a la última página. Otras continúan viviendo en la manera en que un niño
aprende a comprenderse, a pedir ayuda, a mirar a los demás y a reconocer la paz
que también existe dentro de él.
Milagros para Pequeños Corazones está
disponible en tapa blanda, en formato Kindle y mediante Kindle Unlimited:
Reflexión: Cuando un
niño no sabe explicar lo que siente, ¿intentamos obtener rápidamente una
respuesta o somos capaces de ofrecerle tiempo, historias y una presencia que lo
ayude a encontrar sus propias palabras?


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