sábado, 19 de septiembre de 2026

¿Puede un cuento ayudar a un niño a expresar lo que siente?

Milagros para Pequeños Corazones.


¿Puede un cuento ayudar a un niño a expresar lo que siente?

Hay ocasiones en las que preguntamos a un niño qué le sucede y recibimos una respuesta muy breve: «Nada», «No lo sé» o «Déjame». Tal vez lo vemos preocupado, enfadado o más silencioso de lo habitual, pero cuanto más insistimos en saber qué ocurre, más parece cerrarse.

Podemos pensar que no quiere hablar con nosotros. Sin embargo, muchas veces no se trata de falta de confianza ni de voluntad. Sencillamente, el niño todavía no sabe cómo ordenar lo que siente ni encuentra las palabras necesarias para explicarlo.

Las emociones no siempre llegan con un nombre. A veces aparecen como un nudo en el estómago, unas ganas repentinas de llorar, una respuesta agresiva, dificultad para dormir o el deseo de alejarse de los demás. El niño siente algo, pero no necesariamente comprende qué es, de dónde viene o cómo puede comunicarlo.

En esos momentos, un cuento puede convertirse en un puente.

Hablar de otro para comenzar a hablar de uno mismo.

Cuando un niño escucha una historia, no tiene que responder directamente sobre su propia vida. Puede observar lo que le sucede a un personaje y hacerlo desde una distancia que le proporciona seguridad.

Quizá el protagonista tiene miedo de entrar en un lugar nuevo, se enfada porque un amigo no quiere jugar con él o se siente culpable por algo que hizo. El niño puede reconocer su experiencia en la historia sin sentirse interrogado ni obligado a confesar nada.

En lugar de preguntarle inmediatamente: «¿Tú también tienes miedo?», podemos comenzar diciendo:

«¿Por qué crees que este personaje se siente así?».

La pregunta parece referirse únicamente al cuento. Sin embargo, al responder, el niño puede estar empezando a hablar también de sí mismo.

Tal vez diga que el personaje teme quedarse solo, que piensa que nadie lo quiere o que está enfadado porque no se han dado cuenta de lo que necesitaba. Es posible que esas palabras estén describiendo algo que el propio niño todavía no puede expresar directamente.

El cuento le presta un personaje, una situación y un lenguaje. Le permite acercarse a su emoción sin tener que exponerse de golpe.

El personaje se convierte en un lugar seguro.

Los niños se identifican con los personajes de una manera muy natural. No necesitan analizar psicológicamente la historia. Entran en ella, imaginan lo que está ocurriendo y sienten junto a sus protagonistas.

Cuando un personaje tiene miedo, el niño puede reconocer su propio miedo. Cuando comete un error y descubre que puede repararlo, el niño contempla esa posibilidad para sí mismo. Cuando aprende a detenerse antes de responder desde el enfado, el niño observa una alternativa que quizá nadie le había mostrado de una manera comprensible.

La historia no le dice directamente: «Esto es lo que tienes que hacer». Le muestra a alguien atravesando una experiencia parecida y descubriendo una nueva forma de mirarla.

Esto es importante porque los consejos directos suelen despertar resistencia, especialmente cuando el niño está alterado. Si le decimos «no tengas miedo», «no te enfades» o «eso no tiene importancia», quizá nuestra intención sea tranquilizarlo, pero también podemos transmitirle que su emoción es incorrecta o que debería dejar de sentirla.

El cuento actúa de una manera diferente. Primero reconoce la experiencia. Después abre una posibilidad.

No niega el miedo, el enfado o la tristeza. Los introduce en una historia donde pueden ser observados, comprendidos y transformados.

Escuchar sin convertir el cuento en un examen.

Para que esta experiencia funcione, el adulto no necesita explicar continuamente el significado de la historia ni comprobar si el niño ha entendido su enseñanza.

Podemos caer fácilmente en preguntas como: «¿Has visto lo que deberías hacer tú?», «¿Comprendes ahora que no tenías razón?» o «¿Qué enseñanza has aprendido?». Aunque tengan buena intención, estas preguntas pueden convertir un momento de encuentro en una nueva lección que el niño debe aprobar.

Es preferible formular preguntas abiertas y permitir cualquier respuesta.

«¿Qué parte te ha gustado más?».

«¿Cómo crees que se sentía el personaje?».

«¿Qué habrías hecho tú en su lugar?».

«¿Hubo algo que te recordara a una situación que conoces?».

También debemos aceptar que el niño no quiera responder. Puede haber escuchado y estar procesando la historia en silencio. Quizá hable de ella más tarde, mientras juega, dibuja o se prepara para dormir. No necesitamos obtener una reacción inmediata para que el cuento haya cumplido su función.

Acompañar no es extraer una respuesta. Es ofrecer un espacio.

Un ejemplo cotidiano:

Imaginemos que un niño ha discutido con un compañero y vuelve a casa enfadado. Si le preguntamos directamente qué ha ocurrido, puede defenderse, acusar al otro o negarse a hablar.

Esa noche leemos una historia en la que dos personajes quieren utilizar el mismo juguete. Uno de ellos grita, el otro se marcha y ambos terminan sintiéndose solos. Más adelante, uno de los personajes se detiene, observa su enfado y descubre que debajo de él había miedo a no ser tenido en cuenta.

Al terminar, podemos preguntar: «¿Qué necesitaba realmente ese personaje?».

El niño quizá responda: Quería que lo escucharan.

No es necesario añadir inmediatamente: «Eso es lo que te ha pasado hoy». Podemos dejar que la respuesta permanezca abierta. Si se siente preparado, él mismo establecerá la relación. Y si no lo hace, la historia ya habrá sembrado una posibilidad: detrás del enfado puede existir una necesidad que merece ser escuchada.

Del cuento a la experiencia.

Una historia puede abrir la puerta, pero la experiencia se vuelve más profunda cuando el niño puede expresarla de otras maneras. Algunos niños hablan con facilidad; otros necesitan dibujar, representar, jugar o utilizar algún símbolo.

Después de leer, podemos proponerle que dibuje la emoción del personaje como si fuera un color, un animal o un paisaje. También podemos preguntarle dónde cree que el personaje sentía esa emoción en el cuerpo o invitarlo a imaginar qué podría ayudarle a recuperar la calma.

Estas actividades no buscan interpretar cada dibujo ni descubrir significados ocultos. Su propósito es ampliar el lenguaje emocional del niño. Cuantas más formas tenga de reconocer y expresar lo que siente, menos necesitará comunicarlo únicamente mediante gritos, aislamiento o conductas difíciles de comprender.

No estamos enseñándole a evitar las emociones. Le estamos ayudando a observarlas sin quedar completamente dominado por ellas.

El adulto también forma parte del cuento.

Compartir una historia con un niño no consiste únicamente en ayudarlo a él. También puede mostrarnos cómo escuchamos nosotros.

Quizá descubramos que tenemos prisa por resolver lo que le sucede, que nos incomoda verlo triste o que interpretamos su enfado como un ataque personal. Tal vez queramos que se calme rápidamente porque su emoción despierta algo que nosotros tampoco sabemos manejar.

El cuento introduce una pausa para ambos. Durante unos minutos no hay que resolver, corregir ni convencer. Solo escuchar, imaginar y permanecer juntos.

A veces, lo más importante no será lo que el niño aprenda del personaje, sino lo que experimente junto al adulto: que puede hablar sin ser juzgado, que su emoción no asusta a quien lo acompaña y que no tiene que saber explicarlo todo perfectamente para ser escuchado.

Esa experiencia puede permanecer en su memoria mucho después de olvidar los detalles de la historia.

Cuentos que ayudan a mirar de otra manera.

Milagros para Pequeños Corazones nació precisamente con este propósito: acercar a los niños enseñanzas sobre la paz, el perdón, la confianza, la gratitud y el cambio de mirada mediante un lenguaje que pudieran imaginar y experimentar.

Sus 55 cuentos están acompañados de preguntas para reflexionar, actividades creativas, juegos, ejercicios de paz, pequeñas prácticas diarias y afirmaciones. No se trata de decir al niño qué debe pensar, sino de ofrecerle oportunidades para reconocer lo que ocurre en su interior y descubrir que puede elegir una respuesta diferente.

El libro está inspirado en las lecciones de Un Curso de Milagros, pero no exige que el niño conozca el Curso ni que el adulto convierta la lectura en una explicación metafísica. Las enseñanzas se acercan a la vida cotidiana mediante personajes que sienten miedo, se enfadan, se equivocan, necesitan perdonar, aprenden a confiar o descubren una manera más amorosa de mirar.

Puede leerse en casa, en el aula o en pequeños grupos. No es necesario seguirlo deprisa ni terminar un bloque completo. A veces, un solo cuento puede acompañar durante varios días una situación que el niño está viviendo.

Diez minutos pueden ser suficientes.

No siempre necesitamos mantener una conversación larga. Diez minutos de atención verdadera pueden ser más valiosos que una hora de preguntas.

Podemos leer un cuento, guardar unos segundos de silencio y hacer una sola pregunta. Después, escuchar lo que aparezca sin corregirlo inmediatamente.

Quizá el niño hable del personaje. Quizá termine hablando de sí mismo. Quizá no diga nada ese día, pero vuelva a la historia una semana después.

Cada niño tiene su tiempo y su manera de acercarse a lo que siente. El cuento no fuerza esa puerta. Se sienta junto a ella, enciende una pequeña luz y espera.

Porque algunas historias terminan cuando llegamos a la última página. Otras continúan viviendo en la manera en que un niño aprende a comprenderse, a pedir ayuda, a mirar a los demás y a reconocer la paz que también existe dentro de él.

Milagros para Pequeños Corazones está disponible en tapa blanda, en formato Kindle y mediante Kindle Unlimited:

https://amzn.eu/d/0hLy5qKR

Reflexión: Cuando un niño no sabe explicar lo que siente, ¿intentamos obtener rápidamente una respuesta o somos capaces de ofrecerle tiempo, historias y una presencia que lo ayude a encontrar sus propias palabras?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 262

LECCIÓN 262 No dejes que hoy perciba diferencias. 1.  Padre, tienes un  solo Hijo.  2 Y  es a él a quien hoy deseo contemplar.  3 Él es Tu ...