¿Estoy
intentando cambiar al otro para no cambiar yo?
Esta pregunta toca uno de los mecanismos más
sutiles del ego. Cuando una relación nos produce malestar, casi siempre creemos
saber cuál es la solución: que la otra persona cambie.
Que sea más cariñosa. Que deje de controlar. Que
aprenda a escuchar. Que reconozca lo que hizo. Que sea más responsable. Que
piense de otra manera.
Y muchas veces nuestra petición puede parecer
completamente razonable. Es posible que determinadas conductas realmente
necesiten ser corregidas en el nivel práctico. Sin embargo, Un Curso de
Milagros nos invita a mirar algo mucho más profundo: ¿he convertido el cambio
del otro en una condición para mi paz?
Porque ahí comienza el verdadero problema.
Una cosa es preferir que alguien se comporte de otra manera, y otra muy distinta decir interiormente: “No podré estar en paz mientras sigas siendo así”.
En ese instante le he entregado a mi hermano el
poder sobre mi estado mental.
Entonces mi proyecto ya no consiste únicamente en
mejorar una relación. Consiste en modificar al otro para evitar mirar qué
necesita ser corregido en mí.
El Curso lo expresa de una forma
extraordinariamente directa: “Tu función no es cambiar a tu hermano, sino
simplemente aceptarlo tal como es” (T-9.III.6:4). Esto no significa aprobar
todos sus comportamientos, sino reconocer que sus errores no constituyen su
verdadera identidad y que reaccionar ante ellos como si definieran lo que él es
hace que esos errores sean reales para nuestra propia mente.
Esta diferencia es esencial. Aceptar a alguien
tal como es no significa decir sí a todo lo que hace.
Puedo pedir respeto. Puedo expresar que algo me
duele. Puedo establecer límites. Puedo negarme a participar en determinadas
dinámicas. Incluso puedo decidir alejarme.
Lo que el Curso cuestiona no es la acción
externa, sino el propósito interno desde el que actúo.
¿Estoy poniendo un límite para preservar la paz o
para castigar?
¿Estoy explicando lo que necesito o intentando
obligar al otro a convertirse en el personaje que deseo?
¿Quiero resolver una situación concreta o
demostrar que yo tengo razón y él está equivocado?
El ego tiene una estrategia muy eficaz:
concentrar toda nuestra atención en aquello que el otro debería cambiar.
Mientras examino sus defectos, no examino mis
juicios. Mientras intento corregir su carácter, no cuestiono mis expectativas. Mientras
espero que reconozca su culpabilidad, no observo cuánto necesito que sea
culpable para conservar mi propia inocencia.
Así aparece una paradoja: creo estar intentando
sanar la relación, pero puedo estar utilizando la relación para evitar mi
propia curación.
Por ejemplo, puedo pensar: “Estaría tranquilo si
mi pareja fuese más atenta”. “Estaría en paz si mi hijo tomara mejores
decisiones”. “Podría perdonar si esa persona reconociera lo que hizo”. “Sería
feliz si mi familia dejara de comportarse así”.
Todas estas frases tienen algo en común: sitúan
la causa de mi paz fuera de mí. Y mientras la causa esté fuera, también lo
estará la solución.
Entonces quedo esperando. Esperando que alguien
madure. Que comprenda. Que pida perdón. Que actúe como yo considero correcto. Y
puedo pasar años intentando modificar una figura del sueño sin cuestionar al
soñador que le ha dado el poder de determinar cómo me siento.
El Curso devuelve la responsabilidad allí donde
puede producirse un verdadero cambio. En el capítulo 21 afirma: “Soy
responsable de lo que veo” y “Elijo los sentimientos que experimento”. No se
trata de culpabilidad, sino de recuperar el poder de decisión que habíamos
proyectado sobre las circunstancias (T-21.II.2:3-7).
Esta enseñanza puede resultar incómoda porque
acaba con una de las mayores defensas del ego: “Yo estaría bien si tú fueses
diferente”.
El Espíritu Santo introduce otra posibilidad: “Puedo
estar en paz aunque tú todavía no hayas cambiado”.
Esto no significa que la relación deba continuar
igual. Significa que ya no necesito perder mi paz para decidir qué hacer con
ella.
Desde el conflicto, intento cambiar al otro para
sentirme mejor. Desde la paz, puedo decidir con claridad si hablar, esperar,
poner un límite, ayudar o retirarme. La diferencia es enorme.
Cuando intento cambiar al otro desde el ego,
suelo tener una imagen previa de cómo debería ser. No estoy relacionándome con
él; estoy comparándolo continuamente con mi modelo.
“Debería ser más cariñoso”. “Debería entenderme
sin que tenga que explicárselo”. “Debería pensar como yo”. “Debería haber
aprendido ya”.
Cada “debería” se convierte en una pequeña
sentencia contra el presente.
No veo a la persona que está ante mí. Veo la
distancia entre lo que es y lo que quiero que sea. Y esa distancia se convierte
en conflicto.
A veces incluso llamamos amor a este intento de
transformación. “Se lo digo por su bien”. “Solo quiero ayudarle”. “Si me
hiciera caso, estaría mejor”.
Quizá sea verdad que vemos algo útil. Pero el
Curso nos invita a examinar cuánto miedo, superioridad o necesidad de control
puede esconderse detrás de nuestra ayuda.
El Texto llega a decir que cualquier intento de
corregir a un hermano desde nuestra propia autoridad implica creer que somos
nosotros quienes sabemos cómo corregirlo, y denomina a esto “la arrogancia del
ego” (T-9.III.7:8-9). La corrección verdadera pertenece a Dios; nuestra función
es aprender a mirar sin condenación.
Esto puede cambiar profundamente nuestra manera
de acompañar a otros.
No necesito convertirme en el maestro de su vida.
Puedo ofrecer una opinión sin exigir que la siga. Puedo ayudar sin hacerme
responsable del resultado. Puedo amar a alguien mientras atraviesa un proceso
que no comprendo. Puedo permitir que cometa errores sin convertir cada error en
una emergencia personal.
Porque quizá el cambio que necesito no sea
conseguir que el otro sea diferente. Quizá sea dejar de necesitar que sea
diferente para poder amarlo.
Aquí aparece una pregunta todavía más delicada:
¿qué ocurriría con mi identidad si el otro cambiase de repente? Si siempre me
he considerado víctima de su carácter, ¿quién sería sin ese problema? Si mi
papel ha sido corregir, salvar o aconsejar, ¿qué haría si dejara de
necesitarme? Si durante años he contado la historia de lo difícil que es esa
persona, ¿estoy verdaderamente dispuesto a abandonar la historia?
A veces decimos que queremos que alguien cambie,
pero también necesitamos que continúe igual para conservar el papel que hemos
construido frente a él.
Necesito al irresponsable para ser el
responsable. Necesito al débil para ser el fuerte. Necesito al culpable para
ser el inocente. Necesito al que no entiende para ser quien sabe. Así se
alimentan mutuamente dos personajes.
El Espíritu Santo no intenta mejorar estos
papeles. Nos enseña a dejar de necesitarlos.
El Curso señala que cuando nuestro estado mental
indica que hemos elegido equivocadamente, el trabajo no consiste simplemente en
modificar la conducta externa. Debemos examinar honestamente lo que hemos
pensado acerca de nuestro hermano y “cambiar entonces de mentalidad”
(T-4.IV.2:1-9).
El cambio empieza ahí.
Tal vez el otro continúe comportándose de la
misma manera, pero yo puedo dejar de utilizar su conducta para justificar mi
ataque.
Puedo dejar de interpretar su miedo como una
agresión personal. Puedo dejar de exigir que comprenda lo que todavía no está
dispuesto a comprender. Puedo dejar de convertirme en juez de su proceso.
Esto no hace que pierda poder. Me lo devuelve.
Ya no tengo que esperar a que alguien cambie para
decidir qué clase de mente quiero tener.
Cuando aparezca el deseo de corregir a alguien,
puedo preguntarme: “¿Qué necesito que esta persona haga para que yo pueda estar
en paz?”. “¿Qué estoy intentando controlar?”. “¿Estoy tratando de ayudar o de
imponer mi solución?”. “¿Qué cambiaría en mí si dejara de exigirle que fuese
diferente?”.
Estas preguntas trasladan la atención desde la
conducta del hermano hacia el propósito de mi propia mente.
Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu
Santo, quiero que esta persona cambie porque creo que así recuperaré mi paz.
Estoy dispuesto a considerar que quizá estoy buscando la solución en el lugar
equivocado. Muéstrame qué juicio, expectativa o necesidad de control debo
entregarte. Enséñame cuándo hablar, cuándo poner límites y cuándo guardar
silencio. Sobre todo, ayúdame a no convertir los errores de mi hermano en su
identidad”.
Entonces empiezo a comprender algo profundamente
liberador.
No necesito cambiar al otro para cambiar mi
experiencia de la relación. No necesito que reconozca su error para abandonar
mi resentimiento. No necesito que piense como yo para dejar de atacarlo
mentalmente. No necesito que se convierta en otra persona para recordar quién
soy.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Estoy
intentando cambiar al otro para no cambiar yo?”, sino: “¿Qué tendría que
cambiar en mi mente para dejar de necesitar que el otro fuese diferente?”.
Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, descubro que el cambio que estaba exigiendo fuera era precisamente la invitación que estaba esperando dentro.

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