Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Por qué
necesitamos controlar a los demás?
A veces creemos que queremos controlar a los
demás porque sabemos qué les conviene. Queremos que nuestra pareja actúe de una
determinada manera, que nuestros hijos tomen decisiones que consideramos
correctas, que un familiar deje de comportarse como lo hace, que un compañero
de trabajo cambie su actitud o que alguien responda como esperamos. Y muchas
veces nuestra intención puede parecer buena: “Solo quiero ayudar”, “Lo hago
porque me preocupa”, “Si me hiciera caso, estaría mejor”. Pero cuando miramos un
poco más profundamente, podemos descubrir que detrás del deseo de controlar
suele haber algo muy humano: miedo. Nos cuesta aceptar que los demás puedan
tomar decisiones que no compartimos porque sentimos que esas decisiones pueden
alterar nuestra seguridad, nuestras expectativas o nuestra paz.
Una pregunta muy útil puede ser: “¿Qué temo que
ocurra si esta persona no hace lo que yo quiero?” Tal vez temamos que nuestro
hijo sufra, que nuestra pareja se aleje, que un familiar nos decepcione o que
perdamos control sobre una situación. A veces el miedo es razonable. Pero otras
veces descubrimos algo más profundo: “Si no hace lo que espero, yo no sabré
estar en paz.” Y ésta es precisamente la creencia que podemos empezar a
cuestionar.
Imaginemos que nuestro hijo adulto toma una
decisión con la que no estamos de acuerdo. Le damos nuestra opinión. No nos
escucha. Insistimos. Volvemos a hablar. Preguntamos constantemente. Cada vez
que vemos algo que confirma nuestro temor, volvemos a intervenir. Desde fuera
puede parecer preocupación. Pero quizá dentro haya también una necesidad: “Necesito
que cambies para poder tranquilizarme.” Cuando llegamos a ese punto, ya no
estamos acompañando. Estamos intentando vivir la experiencia del otro por él.
Esto no significa que debamos permanecer
indiferentes. Podemos advertir, aconsejar, expresar una preocupación o
intervenir cuando exista un peligro real. La diferencia está en lo que ocurre
después. Podemos decir lo que pensamos y aceptar que el otro tiene libertad
para decidir, o podemos seguir presionando hasta que haga lo que nosotros
queremos. Una pregunta sencilla puede ayudarnos: “¿Estoy acompañando o estoy
intentando dirigir?”
El control también aparece en las relaciones de
pareja. Queremos saber dónde está el otro, qué piensa, con quién habla, por qué
está distante, qué decisión tomará. A veces pensamos que si conocemos todos los
detalles podremos evitar una decepción. Pero cuanto más intentamos controlar,
más inseguridad sentimos, porque siempre queda algo que no podemos saber. El
ego promete que el control nos dará seguridad, pero rara vez cumple esa
promesa. Siempre queda una nueva pregunta: “¿Y si…?”
Podemos empezar a reconocer que controlar no es
lo mismo que cuidar. Cuidar respeta. Controlar exige. Cuidar puede decir: “Me
preocupa esto y quiero hablar contigo.” Controlar dice: “Tienes que hacer lo
que yo creo correcto.” Cuidar deja espacio para la libertad del otro. Controlar
necesita que el otro cambie para recuperar nuestra tranquilidad.
También puede ayudarnos observar cómo
reaccionamos cuando alguien hace algo distinto de lo que esperábamos. Quizá
sentimos enfado, decepción o incluso traición. Podemos preguntarnos: “¿Había
convertido mi expectativa en una obligación para el otro?” Tal vez pensábamos:
“Después de todo lo que he hecho, debería actuar así.” Pero las expectativas no
expresadas pueden convertirse en contratos invisibles que solo una parte
conoce. Y cuando el otro no cumple ese contrato imaginario, sentimos que nos ha
fallado.
Desde UCDM podemos mirar esta dinámica con mucha
honestidad. Las relaciones especiales suelen estar cargadas de condiciones: “Te
doy amor si respondes como necesito.” “Me siento seguro si me eliges.” “Estoy
tranquilo si haces lo que espero.” Entonces el amor se mezcla con negociación.
Podemos preguntarnos: “¿Estoy amando a esta persona o estoy intentando que
cumpla una función para que yo me sienta bien?”
Esta pregunta no busca culpabilizarnos. Todos
hacemos esto en algún grado. La práctica consiste en empezar a verlo. Porque
solo aquello que vemos puede cambiar.
Otra razón por la que controlamos es porque nos
cuesta aceptar la incertidumbre. Queremos saber qué ocurrirá. Queremos
anticipar todos los problemas. Queremos evitar que alguien se equivoque. Pero
la vida no ofrece ese nivel de garantía. Podemos tomar decisiones sensatas,
prevenir riesgos y cuidar, pero no podemos dirigir todos los resultados. Cuando
intentamos hacerlo, terminamos agotados.
Podemos preguntarnos: “¿Qué parte de esta
situación depende realmente de mí?” Quizá podemos hablar, ayudar, aconsejar o
poner un límite. Y después: “¿Qué parte no depende de mí?” La reacción del
otro. Su decisión. Su aprendizaje. Su tiempo. Su camino. Esta distinción puede
resultar profundamente liberadora.
También necesitamos recordar que soltar control
no significa volvernos pasivos. Podemos poner límites muy claros. Si alguien
nos falta al respeto, podemos decirlo. Si una situación nos perjudica, podemos
tomar distancia. Si un hijo necesita ayuda urgente, podemos actuar. Soltar
control no significa “que cada uno haga lo que quiera y yo no hago nada”.
Significa dejar de creer que para estar en paz necesitamos dirigir la mente y
la vida de los demás.
Cuando sentimos el impulso de controlar, podemos
introducir una pausa. Antes de llamar otra vez, antes de insistir, antes de
repetir un consejo por quinta vez, preguntarnos: “¿Estoy haciendo esto porque
realmente hay algo nuevo que aportar o porque necesito reducir mi propia
ansiedad?” A veces descubriremos que ya hemos dicho lo que teníamos que decir.
El resto es nuestra dificultad para soltar.
Podemos utilizar una frase sencilla: “Puedo amar
sin controlar.” Parece simple, pero puede cambiar mucho. Podemos amar a un hijo
sin decidir por él. Podemos amar a una pareja sin vigilarla. Podemos querer a
un familiar sin exigir que piense como nosotros. Podemos estar disponibles sin
invadir.
Desde el Curso, podemos pedir interiormente: “Ayúdame
a distinguir entre ayudar y controlar. Muéstrame qué me corresponde hacer y qué
necesito soltar.” Esta petición puede ser muy práctica, porque no siempre la
respuesta será “no hagas nada”. A veces necesitaremos hablar. Otras, callar. A
veces poner un límite. Otras, permitir que el otro viva una consecuencia.
Cuando aparezca la necesidad de controlar,
podemos utilizar algunas preguntas: ¿Qué temo que ocurra? ¿Estoy intentando
evitar mi propio miedo? ¿Esta persona necesita realmente mi intervención o
necesito yo sentir que tengo el control? ¿Ya he expresado lo que tenía que
expresar? ¿Puedo respetar una decisión que no comparto? ¿Qué depende de mí y
qué no? ¿Puedo amar sin dirigir?
No tenemos que conseguirlo siempre. Habrá
momentos en que insistiremos demasiado. Tal vez después nos demos cuenta.
Podemos corregir. Podemos decir: “Creo que estoy presionando porque tengo
miedo.” Esa honestidad puede cambiar mucho una relación.
Quizá una práctica sencilla sea, cuando sintamos
el impulso de intervenir, esperar unos minutos y decir interiormente: “Quiero a
esta persona, pero no soy responsable de controlar toda su vida. Puedo expresar
lo que pienso, puedo ayudar si corresponde y puedo poner límites cuando sea
necesario. Pero no necesito que haga exactamente lo que yo quiero para poder
estar en paz.”
Y quizá ésa sea una de las enseñanzas más
profundas que Un Curso de Milagros puede ofrecernos sobre el control: comprender
que muchas veces intentamos dirigir a los demás no porque sepamos mejor cómo
deben vivir, sino porque todavía estamos aprendiendo a vivir nosotros con la
incertidumbre.
Soltar control no significa dejar de amar. Significa
aprender a amar con menos miedo.


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