¿Qué intento proteger cuando quiero controlarlo todo?
Esta pregunta
puede resultar incómoda porque controlar suele parecernos sensato. Organizamos,
anticipamos, revisamos, corregimos, planificamos y tratamos de asegurarnos de
que las cosas salgan bien.
Queremos controlar nuestro trabajo. Nuestras relaciones. Nuestra salud. El comportamiento de las personas que amamos. Lo que sucederá mañana. Incluso, algunas veces, lo que los demás deberían pensar acerca de nosotros.
Y solemos
llamar a todo esto responsabilidad.
Sin embargo,
Un Curso de Milagros nos invita a mirar detrás de esa necesidad y preguntar:
¿qué creo que ocurriría si dejara de controlarlo todo?
Tal vez ahí
aparezca el verdadero miedo.
Una cosa es
organizar una situación práctica y otra necesitar que la realidad obedezca mis
planes para poder sentirme seguro. Una cosa es tomar decisiones y otra creer
que mi paz depende de controlar el resultado.
El problema no
es hacer planes. El problema comienza cuando convierto el plan en mi salvación.
Entonces ya no
digo: “Esto es lo que parece conveniente hacer”. Digo interiormente: “Esto
tiene que suceder así para que yo pueda estar bien”.
Y cuando algo
amenaza el resultado esperado, aparece el miedo.
Desde la
perspectiva de UCDM, detrás de la necesidad de control existe una creencia
mucho más profunda: “Estoy solo y tengo que protegerme”.
Si realmente
confiara en que no estoy separado de Dios, no necesitaría controlar cada
circunstancia. Podría actuar, decidir y responder, pero no sentiría que mi
existencia depende de que todo ocurra según mis expectativas.
El control
intenta proteger a un yo que se percibe vulnerable. Un yo que puede perder. Que
puede ser rechazado. Que puede equivocarse. Que puede enfermar. Que puede
quedarse sin aquello que necesita.
Por eso la
necesidad de control revela mucho acerca de la identidad con la que me estoy
identificando.
El ego me
dice: “Si no vigilas, algo malo ocurrirá”. “Si no lo haces tú, nadie lo hará
correctamente”. “Si no piensas en todas las posibilidades, estarás indefenso”. “Si
no consigues que esa persona cambie, sufrirás”.
Parece una voz
protectora. Pero cuanto más la escucho, más peligroso parece el mundo.
Porque para
justificar el control tengo que creer primero que estoy amenazado. De esta
manera, el ego fabrica el miedo y después se ofrece como solución.
El Texto
señala que la presencia del miedo indica que no hemos permitido que nuestra
mente sea guiada correctamente. También recuerda que nuestro verdadero poder de
decisión se encuentra en el nivel del pensamiento, no simplemente en intentar
dominar sus efectos externos (T-2.VI.1:1-8; 2:5-10).
Por eso cuanto
más intento controlar los efectos, menos observo la causa.
Si temo que
alguien me abandone, intento controlar su comportamiento. Si temo equivocarme,
intento prever cada posibilidad. Si temo ser juzgado, intento controlar la
imagen que los demás tienen de mí. Si temo perder algo, intento asegurar el
futuro.
Las formas son
diferentes, pero todas parecen decir: “Necesito controlar porque no estoy
seguro”.
Y quizá esto
sea precisamente lo que intento proteger cuando quiero controlarlo todo: mi
sensación de ser un individuo separado que debe garantizar su propia
supervivencia.
El control
protege al personaje. Al que cree saber. Al que necesita tener razón. Al que
piensa que puede determinar qué acontecimientos son buenos y cuáles son malos. Al
que cree saber cómo deberían desarrollarse las vidas de los demás.
Aquí aparece
otra enseñanza fundamental del Curso: “No percibo lo que más me conviene”. La
Lección 24 explica que no puedo reconocer verdaderamente lo que más me conviene
mientras no sepa quién soy, y que aquello que creo conveniente puede mantenerme
aún más atado a las ilusiones. Por eso propone seguir al Guía que Dios nos ha
dado en lugar de confiar únicamente en nuestra propia percepción (L-24).
Esta idea
resulta difícil para el ego. Porque controlar presupone que sé. Sé qué debería
pasar. Sé cuándo debería suceder. Sé con quién. Sé cómo debería reaccionar la
otra persona. Sé qué resultado me hará feliz.
Pero ¿cuántas
veces obtuve exactamente lo que quería y después descubrí que no me
proporcionaba la paz esperada?
¿Y cuántas
veces algo que inicialmente interpreté como un problema terminó conduciéndome a
un aprendizaje que no habría elegido?
El Espíritu
Santo no me pide que deje de decidir. Me invita a dejar de decidir solo. Esta
diferencia es esencial.
Entregar el
control no significa volverme pasivo, irresponsable o incapaz de actuar. Significa
dejar de utilizar el miedo como director de mi vida.
Puedo
organizar un viaje sin exigir que nada inesperado ocurra. Puedo cuidar mi salud
sin convertir cada sensación corporal en una amenaza. Puedo preparar mi futuro
económico sin pretender asegurar todos los años que todavía no han llegado. Puedo
educar a mis hijos sin creer que puedo controlar sus decisiones. Puedo expresar
lo que necesito en una relación sin intentar gobernar la mente del otro.
El ego
confunde control con seguridad. El Espíritu Santo enseña confianza.
Control
significa: “Necesito saber qué va a ocurrir”. Confianza significa: “No sé qué
va a ocurrir, pero puedo recibir orientación cuando llegue el momento”.
Control dice:
“Necesito garantizar el resultado”. Confianza responde: “Necesito únicamente
saber qué se me pide ahora”.
Y ahí aparece
uno de los mayores temores del ego: el presente.
Porque
controlar significa vivir mentalmente en el futuro.
¿Qué ocurrirá?
¿Y si sucede esto? ¿Qué haré si pasa aquello? ¿Y si pierdo lo que tengo?
La mente
intenta viajar hacia un tiempo que todavía no existe para solucionar problemas
que quizá nunca aparezcan.
Entonces
sacrifica el único instante en el que puede encontrar paz: ahora.
La Lección 242
expresa justamente la alternativa: “Hoy no dirigiré mi vida por mi cuenta”.
Reconoce que no entendemos el mundo y que intentar dirigir nuestra vida
exclusivamente desde esa comprensión limitada carece de sentido. Por eso
entrega el día a Aquel que sabe qué es lo que realmente nos conviene
(L-242.1:1-5).
Esto no es una
renuncia a nuestra libertad. Es utilizarla de otra manera.
El ego piensa
que libertad significa: “Yo decido cómo tiene que ser todo”.
El Espíritu
Santo enseña: “Soy libre de dejar de interpretar todo por mi cuenta”.
Tal vez lo que
intento proteger mediante el control sea también mi miedo a sentirme
vulnerable.
Si tengo todo
previsto, no tengo que reconocer que no sé. Si dirijo a todos, no tengo que
confiar. Si mantengo una respuesta preparada, no tengo que abrirme a lo
inesperado.
El control se
convierte entonces en una armadura. Pero las armaduras no solamente impiden que
entre el peligro. También dificultan que entre el amor.
No puedo
experimentar verdadera confianza mientras permanezca completamente defendido. No
puedo recibir orientación mientras haya decidido de antemano cuál debe ser la
respuesta. No puedo ser conducido mientras insista en marcar yo todo el
recorrido.
Por eso el
Curso introduce una idea extraordinariamente sencilla: “No tengo que hacer
nada”.
No significa
que debamos permanecer físicamente inmóviles. El propio Texto describe ese
reconocimiento como un centro interior de quietud al que podemos regresar
incluso en medio de toda nuestra actividad. Desde ese centro, el Espíritu Santo
puede enseñarnos cómo actuar (T-18.VII.6:7-8; 7:7-9; 8:1-4).
“No tengo que
hacer nada” significa: No tengo que fabricar mi seguridad. No tengo que
asegurarme de que todos actúen como deseo. No tengo que conocer todo el camino.
No tengo que resolver hoy los problemas de mañana. No tengo que controlar el
mundo para merecer estar en paz.
Puedo actuar
desde la quietud.
Cuando
aparezca el impulso de controlarlo todo, puedo detenerme y preguntar: “¿Qué
temo que ocurra si no controlo esta situación?”. “¿Qué resultado he convertido
en condición de mi paz?”. “¿Estoy respondiendo a algo que sucede ahora o a algo
que imagino que podría suceder?”. “¿Creo realmente que sé qué es lo mejor?”. “¿Qué
ocurriría si pidiera orientación antes de actuar?”.
Estas
preguntas no pretenden eliminar toda planificación. Pretenden separar la acción
útil del miedo que se esconde detrás de ella.
Puedo comenzar
con una oración sencilla: “Espíritu Santo, intento controlarlo todo porque creo
que así estaré seguro. Tengo miedo de no saber qué ocurrirá y he confundido
control con protección. No quiero utilizar mis planes para sustituir Tu guía.
Muéstrame qué me corresponde hacer ahora y ayúdame a entregar aquello que no
puedo controlar. Enséñame que puedo estar seguro sin conocer el futuro”.
Entonces
empiezo a descubrir algo sorprendente. Soltar el control no significa perder el
control. Significa dejar de intentar controlar aquello que nunca estuvo bajo mi
dominio.
No puedo
controlar el futuro. No puedo controlar completamente a otra persona. No puedo
controlar todas las circunstancias. Pero sí puedo elegir con qué maestro voy a
contemplarlas.
Quizá la
verdadera pregunta no sea: “¿Qué intento proteger cuando quiero controlarlo
todo?”, sino: “¿Qué parte de mí creo que estaría en peligro si dejara de
controlar?”.
Y cuando
permito que el Espíritu Santo responda, comienzo a descubrir que aquello que
verdaderamente soy nunca estuvo amenazado.
Era el
personaje quien necesitaba controlar para sentirse seguro.
Mi Ser solo
necesita ser recordado.

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