IV. La callada respuesta (2ª parte).
2. Por eso es por lo que el tiempo no tiene nada que ver con la solución de ningún problema, ya que cualquiera de ellos puede ser resuelto ahora mismo. 2Y por eso es también por lo que, en tu estado mental, ninguna solución es posible. 3Dios tiene que haberte dado, por lo tanto, una manera de alcanzar otro estado mental en el que se encuentra la solución. 4Tal es el instante santo. 5Ahí es donde debes llevar y dejar todos tus problemas. 6Ahí es donde les corresponde estar, pues ahí se encuentra su solución. 7Y si su solución se encuentra ahí, el problema tiene que ser simple y fácil de resolver. 8No tiene objeto tratar de resolver un problema donde es imposible que se encuentre su solución. 9Mas es igualmente seguro que se resolverá si se lleva donde se encuentra la solución.
Este punto continúa la enseñanza anterior y la vuelve todavía más práctica: el problema no necesita tiempo; necesita otro estado mental.
El Curso afirma algo muy liberador: el tiempo no
tiene nada que ver con la solución de ningún problema. Esto desmonta una de las
creencias más comunes de la mente: pensar que las cosas se arreglarán “con el
tiempo”, que un conflicto se resolverá “más adelante”, que una herida sanará
“cuando llegue el momento adecuado”, o que la paz vendrá cuando cambien las
circunstancias.
Pero aquí se nos dice que cualquier problema
puede resolverse ahora mismo. No porque el mundo de la forma cambie
instantáneamente, sino porque la solución verdadera no depende del tiempo, sino
del estado mental desde el que miramos.
Y ahí está la clave: en tu estado mental, ninguna
solución es posible. Es decir, mientras la mente esté atrapada en conflicto,
miedo, interpretación, juicio o identificación con el problema, no puede hallar
respuesta. No porque la respuesta no exista, sino porque no está buscando donde
se encuentra.
Por eso Dios ha tenido que darnos una manera de
alcanzar otro estado mental. Y ese otro estado mental es el instante santo.
Mensaje central del punto:
- El tiempo no resuelve los problemas.
- Todo problema puede resolverse ahora.
- La dificultad no está en el problema, sino en el estado mental desde el que se lo mira.
- Mientras la mente permanezca en conflicto, no puede encontrar solución.
- Dios ha dado una manera de alcanzar un estado mental distinto.
- Ese estado es el instante santo.
- En el instante santo deben llevarse y dejarse todos los problemas.
- Allí se encuentra su solución.
- Si la solución está allí, el problema deja de ser complejo.
- No tiene sentido intentar resolver un problema donde su solución no puede hallarse.
- Si se lo lleva al lugar correcto, se resolverá con certeza.
Claves de comprensión:
- El ego cree que el tiempo cura.
- El Espíritu Santo enseña que cura el cambio de propósito y de percepción.
- El ego aplaza: “ya lo entenderé”, “más adelante podré perdonar”, “con el tiempo me sentiré mejor”.
- El Curso corrige esto diciendo que el tiempo no es el factor decisivo.
- La solución está disponible ahora porque Dios no la ha puesto en el futuro.
- Lo que necesita cambiar no es el problema, sino la mente que lo contempla.
- El instante santo es el espacio interior donde la mente deja de interpretar desde el ego.
- No es un lugar físico ni un momento cronológico.
- Es un estado de apertura, entrega y suspensión del juicio.
- Llevar allí el problema no significa analizarlo más, sino soltarlo.
- Dejarlo allí significa no recuperarlo inmediatamente para volver a pensarlo desde el conflicto.
Aplicación práctica en la vida cotidiana:
Observa cuándo piensas:
- “Con el tiempo esto se arreglará.”
- “Todavía no estoy preparado para resolver esto.”
- “Ahora no puedo verlo de otra manera.”
- “Necesito más tiempo para sanar.”
- “Quizás algún día encuentre la respuesta.”
- “Ahora estoy demasiado implicado para soltar este problema.”
- “Primero tienen que cambiar las cosas fuera.”
Entonces pregúntate:
→ “¿Estoy esperando del tiempo lo que sólo puede venir de un cambio de
mente?”
→ “¿Estoy intentando resolver esto desde el mismo estado mental que lo
complica?”
→ “¿Estoy llevando este problema al conflicto o al instante santo?”
→ “¿Estoy dispuesto a dejarlo donde está la solución?”
→ “¿Puedo aceptar que la respuesta no está en seguir pensándolo, sino en
entregarlo?”
→ “¿Qué pasaría si este problema fuera mucho más simple de lo que mi ego dice?”
Este punto nos enseña una práctica muy concreta:
cuando un problema nos ocupe, no debemos quedarnos dando vueltas dentro del
mismo círculo mental. Se trata de llevarlo al instante santo.
Eso puede expresarse interiormente así:
“Espíritu Santo, no quiero resolver esto desde mi estado mental actual.
Llevo este problema al instante santo.
Lo dejo donde está su solución.
No quiero seguir buscándola donde no puede encontrarse.”
Ésta es una práctica de verdadera humildad.
Reconozco que no sé resolverlo desde mi conflicto. Y precisamente por eso lo
entrego.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿Qué problema sigo dejando en manos del tiempo?
- ¿En qué situación espero una solución futura en lugar de una corrección presente?
- ¿Estoy intentando resolver algo desde una mente agitada?
- ¿Creo que el problema es complejo porque lo estoy mirando desde el ego?
- ¿Estoy dispuesto a aceptar el instante santo como lugar de resolución?
- ¿Qué significa para mí “llevar y dejar” ahí mis problemas?
- ¿Puedo dejar de recuperar el problema una y otra vez después de entregarlo?
- ¿Estoy dispuesto a confiar en que la solución ya está donde Dios la puso?
Conclusión:
Este punto nos enseña que el tiempo no es el sanador.
No es el paso de los días lo que resuelve.
No es la espera lo que trae paz.
No es el aplazamiento lo que sana.
La solución de todo problema está en otro estado mental. Y Dios, en Su
Amor, no ha dejado a Su Hijo sin el medio para alcanzarlo. Ese medio es el
instante santo.
Ahí es donde deben llevarse todos los problemas.
Ahí es donde les corresponde estar.
Ahí es donde la mente deja de complicar lo que en verdad es simple.
Ahí es donde lo insoluble se revela soluble.
Ahí es donde el conflicto pierde su autoridad.
No tiene objeto seguir buscando la solución donde
no está. No tiene sentido insistir en resolver desde el miedo, el juicio o la
confusión. Pero sí tiene pleno sentido llevar cada problema al lugar donde su
solución ya mora.
Y eso hace que la relación con los problemas
cambie por completo. Ya no son pesos interminables. Ya no son laberintos sin
salida. Ya no son realidades autónomas que nos dominan. Son llamadas a entrar
en el instante santo.
Porque donde está la solución, el problema ya no
puede conservar su complejidad. Y donde Dios ha puesto la respuesta, la paz
está asegurada.
Frase inspiradora: “No dejaré mis problemas en manos del tiempo; los llevaré al instante santo, donde Dios ya ha puesto su solución.”

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