Viviendo Un Curso de Milagros
¿Cómo
aplicar Un Curso de Milagros cuando estamos enfermos?
Cuando estamos enfermos, las enseñanzas de Un
Curso de Milagros pueden resultar especialmente difíciles de comprender y de
aplicar. Una cosa es hablar del cuerpo, de la percepción o de la enfermedad
cuando nos encontramos bien, y otra muy distinta hacerlo cuando sentimos dolor,
recibimos un diagnóstico que nos preocupa o atravesamos un tratamiento que nos
produce miedo e incertidumbre. En esos momentos pueden aparecer preguntas muy
humanas: “¿Por qué me está pasando esto?”, “¿Voy a curarme?”, “¿Qué ocurrirá si
empeoro?”, “¿He hecho algo mal para enfermar?”, “Si estoy estudiando el Curso,
¿no debería ser capaz de sanar?”. Y aquí necesitamos empezar con mucha
claridad: UCDM no debe convertirse en una nueva causa de culpa para la persona
enferma. Estar enfermos no demuestra que hayamos fracasado espiritualmente, que
tengamos poca fe o que estemos haciendo mal el Curso. Tampoco necesitamos negar
los síntomas ni fingir que no sentimos miedo.
Podemos comenzar por algo mucho más sencillo: reconocer honestamente nuestra experiencia. “Estoy enfermo.” “Tengo miedo.” “Me duele.” “No sé qué va a ocurrir.” No necesitamos añadir inmediatamente una explicación metafísica. A veces, el primer acto de paz consiste simplemente en dejar de luchar contra el hecho de que en este momento estamos asustados. Porque además de la enfermedad física solemos añadir una enorme cantidad de sufrimiento mental: anticipamos el futuro, imaginamos los peores escenarios, buscamos explicaciones, nos culpamos, interpretamos cada sensación corporal como una amenaza y pensamos una y otra vez en aquello que podría suceder. El cuerpo puede estar atravesando una dificultad concreta, pero la mente puede estar viviendo al mismo tiempo veinte enfermedades futuras que todavía no han ocurrido.
Aquí encontramos una primera aplicación
profundamente práctica del Curso: distinguir entre lo que está ocurriendo ahora
y lo que nuestra mente está imaginando acerca de lo que podría ocurrir. Supongamos
que estamos esperando el resultado de una prueba médica. El hecho presente es
sencillo: todavía no conocemos el resultado. Pero nuestra mente puede haber
construido ya una historia completa. “Seguro que es grave.” “Mi vida va a
cambiar.” “No podré hacer esto.” “¿Qué será de mi familia?” Tal vez alguna de
esas posibilidades exista, pero ahora mismo seguimos reaccionando
principalmente a nuestro miedo. Podemos preguntarnos: ¿Qué sé en este momento y
qué estoy anticipando? Esa pregunta no elimina la incertidumbre, pero puede
ayudarnos a regresar al único instante en el que realmente podemos vivir: éste.
Un Curso de Milagros nos invita constantemente a
observar nuestra interpretación. Cuando aparece una enfermedad, el ego suele
convertir rápidamente el cuerpo en el centro absoluto de nuestra identidad. De
repente somos “el enfermo”, “la persona con cáncer”, “el diabético”, “el que
tiene dolor”, “la persona que ya no puede…”. Es comprensible que una enfermedad
ocupe mucha atención, especialmente cuando requiere tratamientos, pruebas o
cambios importantes, pero podemos empezar a recordar algo: tenemos una
enfermedad o atravesamos una enfermedad; no somos únicamente esa enfermedad.
Seguimos siendo una persona con capacidad de amar, relacionarnos, aprender,
reír, sentir gratitud, acompañar y recibir amor. El diagnóstico describe algo
que está ocurriendo en nuestro cuerpo. No necesita convertirse en toda nuestra
identidad.
Esto puede parecer una pequeña diferencia, pero
mentalmente es enorme. Podemos decir: “Mi cuerpo está atravesando esto” en
lugar de “Mi vida se ha convertido únicamente en esto”. Podemos permitir que
exista una parte de nuestra experiencia que no esté permanentemente absorbida
por la enfermedad. Tal vez durante un tratamiento podamos seguir disfrutando de
una conversación, de una comida, de una película, de un paseo, de la presencia
de alguien querido. No porque neguemos la enfermedad, sino porque nos negamos a
entregarle cada rincón de nuestra mente.
Una de las cuestiones más delicadas dentro de
UCDM es su manera de hablar de la relación entre mente y enfermedad. Si la
entendemos de forma superficial, podemos llegar a una conclusión muy dolorosa:
“Si la enfermedad tiene una causa mental, entonces yo me he provocado esto.” Y
desde ahí aparece inmediatamente la culpa. Pero utilizar el Curso para
acusarnos sería exactamente lo contrario de su propósito. El aprendizaje no
consiste en encontrar un culpable dentro de nosotros, sino en reconocer que la
mente puede aprender una manera diferente de relacionarse con lo que está
viviendo. La culpa no sana. El miedo no sana. Castigarnos por estar enfermos no
nos hace más espirituales.
Podemos preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo
mentalmente con esta enfermedad? Tal vez nos estemos culpando. Quizá estemos
viviendo constantemente en el futuro. Puede que sintamos rabia contra nuestro
cuerpo. Quizá estemos comparándonos con personas sanas y pensando: “¿Por qué
ellos sí y yo no?”. Tal vez sintamos miedo de convertirnos en una carga. Todo
esto puede ser observado y entregado, poco a poco, sin necesidad de resolver
inmediatamente la enfermedad física.
También es importante dejar algo muy claro: aplicar
UCDM no significa rechazar la medicina. Podemos acudir al médico, seguir un
tratamiento, tomar medicación, someternos a una intervención o pedir una
segunda opinión y, al mismo tiempo, trabajar con nuestra mente. No necesitamos
plantear una guerra entre espiritualidad y medicina. Si tenemos una infección,
podemos tomar el antibiótico que nos hayan indicado. Si necesitamos una
operación, podemos someternos a ella. Si debemos realizar una prueba, podemos
hacerla. La práctica espiritual puede acompañar esas decisiones en lugar de
sustituirlas.
Quizá podamos transformar incluso la experiencia
médica en una oportunidad de práctica. Antes de entrar en una consulta podemos
detenernos y decir interiormente: “Ayúdame a escuchar sin anticipar. Ayúdame a
recibir la información con la mayor serenidad posible.” Antes de una prueba:
“No sé cuál será el resultado. No necesito vivirlo antes de que llegue.”
Durante un tratamiento: “Ahora mismo solo tengo que atravesar este momento.” No
necesitamos eliminar completamente el miedo para practicar. Basta con dejar un
pequeño espacio en el que el miedo no tenga toda la autoridad.
Otra dificultad frecuente aparece cuando
recibimos demasiada información. Buscamos síntomas en internet, leemos
testimonios, estadísticas, casos graves, efectos secundarios, complicaciones. A
veces necesitamos informarnos y eso puede ser útil, pero llega un momento en
que dejamos de buscar información y empezamos a alimentar ansiedad. Podemos
preguntarnos: ¿Estoy buscando algo que me ayude a tomar una decisión o estoy
intentando obtener una certeza que nadie puede darme? Si llevamos dos horas
leyendo escenarios cada vez peores y nuestra mente está más asustada que antes,
quizá sea momento de detenernos.
También podemos observar la relación con nuestro
propio cuerpo. Cuando enfermamos podemos empezar a verlo como enemigo. “Mi
cuerpo me está fallando.” “Esto no debería estar ocurriendo.” “No puedo confiar
en él.” Pero esa lucha interna suele añadir más tensión. Quizá podamos comenzar
a tratarnos con mayor amabilidad. Si estamos cansados, descansar. Si
necesitamos ayuda, pedirla. Si hay algo que ya no podemos hacer temporalmente,
reconocerlo sin humillarnos por ello. El Curso no nos pide despreciar el cuerpo.
Podemos utilizarlo con cuidado mientras recordamos que nuestra identidad no
termina en él.
Esto también implica aceptar límites. Hay días en
los que podremos hacer muchas cosas y otros en los que no. Una persona
acostumbrada a ser independiente puede sufrir muchísimo cuando necesita ayuda.
Puede pensar: “No quiero molestar”, “No quiero que me vean débil”, “Tengo que
poder solo”. Pero recibir ayuda también puede convertirse en una práctica. A
veces estamos acostumbrados a dar amor y nos cuesta enormemente recibirlo. La
enfermedad puede enseñarnos algo sobre permitir que otros estén a nuestro lado.
Podemos preguntarnos: ¿Puedo aceptar ayuda sin
convertirla en una prueba de debilidad? Quizá alguien quiera acompañarnos a una
consulta. Tal vez prepare comida, haga una compra o simplemente se siente a
nuestro lado. Podemos permitirlo. No necesitamos convertir cada necesidad en
una pérdida de dignidad.
Otro miedo muy común es el de preocupar a
nuestros seres queridos. A veces intentamos protegerlos ocultando lo que
sentimos. No queremos que sufran. Pero también podemos aprender a comunicarnos
con honestidad, sin dramatismo ni silencio forzado. “Hoy estoy asustado.”
“Necesito que me escuches.” “No quiero consejos ahora, solo compañía.” “Hoy
prefiero no hablar de la enfermedad.” Expresar claramente lo que necesitamos
puede evitar mucho sufrimiento añadido.
¿Y qué ocurre cuando sentimos rabia? “¿Por qué a
mí?” Es una pregunta profundamente humana. Podemos sentir injusticia. Podemos
sentir que la vida nos ha traicionado. No necesitamos censurar ese pensamiento.
Podemos mirarlo. Quizá decir: “Estoy enfadado porque creo que esto no debería
estar ocurriendo.” Después, cuando podamos, podemos preguntarnos: “¿Puedo dejar
de luchar mentalmente contra el hecho de que ahora mismo esto está aquí?”
Aceptar no significa gustarnos. Tampoco significa rendirnos ante la enfermedad.
Significa dejar de gastar una parte enorme de nuestra energía diciendo
continuamente: “Esto no debería estar pasando”.
La aceptación y la acción pueden convivir
perfectamente. Podemos aceptar que hoy existe una enfermedad y, al mismo
tiempo, hacer todo lo razonable para tratarla. Podemos aceptar un diagnóstico
sin convertirlo en nuestro destino definitivo. Podemos aceptar que existe dolor
y buscar cómo aliviarlo. Aceptar es reconocer el punto de partida, no decidir
de antemano cómo terminará el camino.
También pueden aparecer comparaciones. Vemos a
personas que están bien y sentimos envidia o tristeza. Pensamos en todo lo que
antes podíamos hacer. Recordamos nuestra vida antes del diagnóstico. Ese duelo
también necesita espacio. Porque una enfermedad puede implicar pérdidas reales:
energía, autonomía, planes, rutinas. Podemos permitirnos sentir tristeza por
ello sin convertir la tristeza en una conclusión permanente sobre nuestro
futuro. “Echo de menos mi vida de antes” no tiene que convertirse automáticamente
en “Nunca volveré a ser feliz”.
Aquí podemos aplicar otra idea sencilla del
Curso: no sabemos qué significado final tendrá esta experiencia en nuestra
vida. Algo que hoy solo vemos como pérdida, quizá con el tiempo revele otros
aprendizajes, cambios de prioridades, relaciones más profundas, una mayor
capacidad de recibir, una valoración diferente del presente. Esto no significa
decir que la enfermedad “es buena” ni que debíamos enfermarnos para aprender.
Significa simplemente dejar abierta la posibilidad de que nuestra mente pueda
encontrar un significado distinto al miedo.
Cuando aparece el miedo a morir, el tema se vuelve todavía más profundo. Podemos sentir terror, especialmente ante determinadas enfermedades. El Curso nos invita a recordar que nuestra identidad no se limita al cuerpo, pero quizá no tengamos una certeza absoluta sobre ello. No necesitamos forzarnos. Podemos empezar con una pregunta más suave: “¿Y si soy más que este cuerpo?” No hace falta responderla hoy. Podemos dejar que nos acompañe. Quizá una parte de nosotros pueda empezar a abrirse a la posibilidad de que nuestra vida no se reduzca únicamente a la forma física que ahora está enferma.
En los días difíciles también podemos utilizar
una práctica muy sencilla. Primero reconocer: “Tengo miedo.” Después
preguntarnos: “¿Qué necesito realmente ahora?” Tal vez información. Tal vez
descansar. Tal vez llamar al médico. Quizá hablar con alguien. Quizá dejar de
hablar de la enfermedad durante unas horas. Después podemos añadir: “¿Hay algo
que pueda hacer en este momento?” Si lo hay, hacerlo. Si no lo hay, quizá no
necesitemos seguir resolviendo mentalmente aquello que todavía no puede
resolverse.
Podemos decir interiormente: “No sé qué va a
ocurrir. No quiero negar mi miedo, pero tampoco quiero entregar todo este día a
aquello que todavía no ha sucedido.” Esta frase puede resultar especialmente
útil cuando la incertidumbre se vuelve insoportable.
También podemos revisar cómo hablamos con
nosotros mismos. Tal vez cada día repetimos: “Estoy fatal”, “Esto va a peor”,
“No puedo más”. A veces describimos honestamente cómo nos sentimos, pero otras
veces nuestra propia conversación mental empieza a convertirse en una
sentencia. Podemos intentar utilizar palabras más precisas: “Hoy estoy teniendo
un día difícil.” “Hoy tengo dolor.” “Ahora mismo tengo miedo.” El “hoy” y el
“ahora” evitan convertir un momento en una eternidad.
Otra aplicación muy sencilla consiste en
preguntarnos: ¿Hay algo que todavía pueda agradecer hoy? No como obligación
espiritual ni como negación del dolor. Quizá una persona que nos llamó. Una
noche en la que dormimos algo mejor. Una comida que nos sentó bien. Un rato sin
dolor. La luz entrando por una ventana. La gratitud no elimina la enfermedad, pero
puede impedir que nuestra percepción quede completamente ocupada por ella.
También podemos permitirnos días en los que no
tengamos ninguna gran enseñanza. A veces la práctica será simplemente
descansar. O llorar. O reconocer que estamos cansados de ser fuertes. No
necesitamos convertir cada experiencia en una lección brillante. El Curso
trabaja también con nuestra pequeña disposición. Quizá hoy únicamente podamos
decir: “No sé cómo vivir esto en paz, pero estoy dispuesto a recibir ayuda.”
Eso puede ser suficiente.
Podemos utilizar algunas preguntas sencillas a lo
largo del proceso: ¿Qué está ocurriendo realmente ahora y qué estoy imaginando
sobre el futuro? ¿Estoy convirtiendo la enfermedad en toda mi identidad? ¿Me
estoy culpando por estar enfermo? ¿Estoy usando la espiritualidad para negar lo
que siento? ¿Hay algo concreto que pueda hacer hoy? ¿Qué parte necesito dejar
en manos de los profesionales? ¿Qué parte no puedo controlar? ¿Puedo tratarme
con un poco más de amabilidad? ¿Estoy dispuesto a considerar que mi paz puede
depender de algo más profundo que el estado actual de mi cuerpo?
No sabemos siempre cómo terminará una enfermedad.
Algunas se curan. Otras se vuelven crónicas. Algunas exigen cambios
importantes. Por eso quizá el objetivo práctico de UCDM no sea garantizar un
resultado físico concreto, sino ayudarnos a no convertir el miedo en la única
manera de atravesar el proceso.
Podemos cuidar el cuerpo. Podemos seguir el
tratamiento. Podemos pedir ayuda. Podemos tener miedo. Podemos incluso
enfadarnos. Y, al mismo tiempo, podemos ir aprendiendo a recordar que dentro de
nosotros existe un lugar que no necesita quedar completamente definido por el
diagnóstico.
Tal vez podamos decirnos cada día: “Hoy mi cuerpo
está atravesando una dificultad, pero no quiero convertirme únicamente en esta
dificultad. Haré lo que pueda hacer. Pediré la ayuda que necesite. No voy a
culparme. No necesito resolver ahora todo el futuro. Estoy dispuesto a
atravesar este día con un poco menos de miedo y un poco más de confianza.”
Quizá mañana vuelva la preocupación.
Volveremos a practicar. Y quizá ésa sea una de
las maneras más humanas de aplicar Un Curso de Milagros cuando estamos
enfermos: no utilizar sus enseñanzas para negar el cuerpo ni exigirnos una
curación perfecta, sino para aprender, poco a poco, a no entregar toda nuestra
identidad y toda nuestra paz al miedo que la enfermedad despierta en nosotros.


No hay comentarios:
Publicar un comentario