domingo, 20 de septiembre de 2026

¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?

¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?

Esta pregunta puede producir rechazo inmediato. Porque “dejar de defender mi vida” parece significar volverme vulnerable, permitir que otros me hagan daño, abandonar mis responsabilidades o dejar de proteger aquello que amo. Pero Un Curso de Milagros no nos está invitando a descuidar el cuerpo, renunciar al sentido común o permanecer pasivos ante situaciones que requieren una respuesta. Su pregunta es mucho más profunda: ¿qué es exactamente lo que creo que estoy defendiendo cuando vivo permanentemente a la defensiva? Quizá no esté protegiendo la Vida que Dios creó, sino el personaje que he fabricado para sustituirla.

Desde muy temprano aprendemos que vivir significa protegernos. Defendemos el cuerpo, nuestras posesiones, nuestras relaciones, nuestra imagen, nuestras opiniones, nuestros proyectos y nuestra manera de entendernos a nosotros mismos. Nos defendemos de la enfermedad, del rechazo, del fracaso, de la pérdida, de las críticas y de todo aquello que pueda alterar la estructura sobre la que hemos construido nuestra seguridad. Una cosa es utilizar razonablemente los medios disponibles para desenvolvernos en el mundo y otra muy distinta convertir la defensa en el fundamento de nuestra identidad. Entonces vivimos como si estuviéramos continuamente rodeados de amenazas y nuestra paz dependiera de detectar el peligro antes de que llegue.

La Lección 135 plantea precisamente esta inversión con una frase desconcertante: “Si me defiendo he sido atacado”. Su razonamiento es sencillo: nadie se defendería si no creyera primero que existe un ataque real del que debe protegerse. Así, la defensa no elimina necesariamente el miedo, sino que puede confirmar la premisa que lo produjo: “Estoy amenazado y soy vulnerable”. El Curso añade que hacemos esto cuando intentamos planear el futuro, reactivar el pasado u organizar el presente de acuerdo con nuestros deseos (L-135.1:1-4).

Esto explica algo importante: cuanto más intento construir una vida completamente protegida, más razones puedo encontrar para sentirme amenazado. Pongo una defensa y descubro otro peligro. Aseguro una situación y comienzo a temer perderla. Consigo controlar algo y me angustia dejar de controlarlo. La propia Lección 135 señala que las defensas nacen del miedo y lo intensifican; parecen ofrecer seguridad, pero al mismo tiempo proclaman que el miedo está justificado (L-135.3:1-5).

Tal vez, entonces, lo que estoy defendiendo no sea mi verdadera Vida. Estoy defendiendo la imagen de un yo frágil que puede ser atacado, disminuido o destruido por lo que ocurre fuera. Defiendo mi reputación porque creo que la opinión de los demás puede alterar mi valor. Defiendo mis razones porque pienso que equivocarme disminuye quién soy. Defiendo una relación porque temo quedarme incompleto sin ella. Defiendo mis planes porque creo que determinado futuro contiene mi salvación. Defiendo mi cuerpo como si fuera la totalidad de mi identidad. El ego reúne todas estas defensas alrededor de una misma conclusión: “Esto que ves es lo que eres y tienes que protegerlo a cualquier precio”.

Por eso abandonar las defensas produce miedo. Si dejo de explicar constantemente quién soy, de justificarme, de tener razón, de controlar los resultados y de anticipar todas las amenazas, ¿qué quedará de mí? El ego responde: “Nada”. Pero el Espíritu Santo responde exactamente lo contrario: quedará aquello que nunca necesitó defensa. La verdadera Identidad no puede ser atacada porque no pertenece al sistema de separación que hace posible el ataque. No estoy aprendiendo a hacer invulnerable al personaje; estoy empezando a recordar que el Ser que Dios creó nunca compartió su vulnerabilidad.

Aquí cobra sentido otra de las afirmaciones más radicales del Libro de Ejercicios: “En mi indefensión radica mi seguridad” (L-153). El Curso reconoce que contemplamos un mundo cambiante, con relaciones que parecen llegar y desaparecer y cosas que hoy parecen ofrecernos seguridad para mañana poder perderse. Precisamente por eso afirma que el mundo no puede proporcionarnos una seguridad permanente. Si buscamos nuestra seguridad únicamente allí, terminamos viviendo a la defensiva (L-153.1-2).

Pero “indefensión” no significa desprotección física ni ausencia de límites. Puedo cerrar una puerta, acudir al médico, administrar prudentemente mi dinero, decir que no, denunciar una injusticia o alejarme de alguien cuya conducta resulta perjudicial. La cuestión es qué propósito doy a esas acciones. Puedo hacerlo desde una mente aterrorizada que ve enemigos por todas partes o desde una mente que atiende serenamente lo que parece necesario sin convertirlo en prueba de que mi verdadero Ser está amenazado. La forma puede ser exactamente la misma; el contenido interior es completamente diferente.

El ego dice: “Defiéndete porque estás en peligro”. El Espíritu Santo dice: “Haz lo que sea útil, pero no conviertas el miedo en tu maestro”. El ego necesita enemigos para justificar sus murallas. El Espíritu Santo puede utilizar incluso una situación difícil para enseñarme que no tengo que atacar para estar seguro. Uno construye la seguridad mediante separación; el Otro me enseña que mi seguridad procede de recordar quién soy.

También puedo observar cómo me defiendo psicológicamente. Alguien hace una observación y siento inmediatamente la necesidad de explicar mis motivos. Alguien discrepa y comienzo a reunir argumentos. Alguien no me valora como esperaba y trato de demostrar mi importancia. Alguien recuerda un error y siento que debo justificar el pasado. En todos estos casos puedo preguntarme: “¿Qué creo que está siendo atacado?”. Quizá descubra que no estoy defendiendo la verdad, sino una determinada imagen de mí mismo.

Esto no significa que nunca tenga que aclarar algo o responder a una acusación. Significa que puedo aprender a distinguir entre responder y defenderme interiormente. La respuesta puede ser breve y tranquila. La defensa necesita convencer, vencer y proteger una identidad. Cuando sé quién soy, puedo explicar sin justificar mi existencia. Puedo reconocer un error sin sentir que yo mismo soy un error. Puedo permitir que alguien piense de mí algo que no comparto sin convertir su opinión en una amenaza contra mi Ser.

La paradoja es que las defensas que construí para protegerme pueden haberme mantenido prisionero. Cuantas más condiciones necesito para sentirme seguro, menos libre soy. Necesito que determinadas personas me quieran, que ciertas cosas no cambien, que mi cuerpo funcione como deseo, que mis planes prosperen, que nadie me critique y que el futuro responda a mis expectativas. Una vida así puede parecer cuidadosamente protegida, pero depende de demasiadas condiciones. La indefensión que propone el Curso empieza a decir: “Puedo cuidar todas estas formas, pero ninguna de ellas contiene lo que soy”.

Entonces algo comienza a relajarse. No necesito ganar todas las discusiones. No necesito anticipar cada dificultad. No necesito convencer a todo el mundo. No necesito garantizar el futuro. No necesito conservar cada forma para conservarme a mí mismo. Esto no me vuelve indiferente a la vida; puede permitirme vivirla con mucha más presencia, porque dejo de contemplarla exclusivamente como un territorio que debo vigilar.

Cuando sienta el impulso de defenderme, puedo detenerme y preguntarme: “¿Qué creo que está realmente en peligro?”. “¿Estoy protegiendo algo práctico o intentando proteger mi identidad?”. “¿Qué ocurriría si no tuviera que demostrar quién soy?”. “¿Puedo actuar sin convertir esta situación en un ataque contra mí?”. Estas preguntas no pretenden obligarme a bajar defensas para las que todavía no estoy preparado. Pretenden ayudarme a reconocer qué función están cumpliendo.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he vivido creyendo que tengo que defender continuamente mi vida porque he confundido mi Vida con un personaje vulnerable. No quiero utilizar esta enseñanza para negar las necesidades prácticas ni para permitir aquello que deba ser corregido. Enséñame qué defensas nacen del miedo y qué acciones son realmente útiles. Ayúdame a recordar que puedo poner límites sin atacar, responder sin condenar y cuidar el cuerpo sin convertirlo en mi identidad. Muéstrame la seguridad que no depende de que el mundo obedezca mis deseos”.

Entonces comienzo a comprender que dejar de defender mi vida no significa abandonarla. Significa dejar de defender una idea limitada de lo que la Vida es. Puedo seguir ocupándome de mis responsabilidades, de mi cuerpo, de las personas que amo y de las situaciones que requieren atención, pero ya no necesito hacer de todo ello una fortaleza levantada contra el mundo.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?”, sino: “¿Qué descubriría acerca de mí si dejara de creer que lo que verdaderamente soy puede ser atacado?”.

Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, comienzo a comprender por qué el Curso puede afirmar algo que al ego le parece imposible: mi seguridad no aumenta cuanto más fuerte es mi armadura.

Mi seguridad comienza cuando recuerdo que mi verdadero Ser nunca necesitó una.

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