La Lección 252 de Un
Curso de Milagros, «El Hijo de Dios es mi Identidad», me enseña que mi
verdadera naturaleza no es la que perciben mis sentidos, sino la que Dios creó
en la eternidad. Esta lección me invita a recordar quién soy y a aceptar con
gratitud la herencia divina que me ha sido concedida. Reconocer mi identidad
como Hijo de Dios disuelve toda duda, restaura la paz en mi mente y me conduce
al recuerdo de la unidad con mi Creador.
Cada día, al
despertar, mi primer pensamiento se eleva en agradecimiento a Dios por
concederme la luz necesaria para hacerme consciente de lo que soy realmente.
Este acto de gratitud fortalece mi espíritu y orienta mi mente hacia la verdad.
Repetir este pensamiento a lo largo de la jornada me permite mantener viva la
conciencia de Su Presencia. Como enseña el Curso: «Mi mente alberga sólo lo que
pienso con Dios» (L-pI.156.1:2). En esta certeza encuentro serenidad, propósito
y claridad interior.
Soy consciente de las
limitaciones y artimañas que utiliza el ego para persuadirme de que estoy
perdiendo el tiempo al buscar una nueva identidad. Sin embargo, el ego teme el
despertar, pues sabe que reconocer la verdad implica renunciar a su dominio. Cuando
despierto del sueño de la ilusión, descubro que su aparente poder se desvanece.
Tal como afirma el Curso: «No soy un cuerpo. Soy libre» (L-pI.199.8:7). En esta
comprensión se revela la inexistencia de toda limitación.
Recordar mi verdadera
Identidad no supone adquirir algo nuevo, sino aceptar lo que siempre ha sido
verdad. Soy el santo Hijo de Dios, creado en la inocencia y en el Amor. Al
reconocerlo, acepto también mi función en el mundo: extender la luz y reflejar
la paz divina. El Curso lo expresa con claridad: «Mi santidad envuelve todo lo
que veo» (L-pI.36.1:1). Así, cada encuentro se convierte en una oportunidad
para manifestar la unidad y el amor.
Con humildad y
devoción elevo hoy mi plegaria: «¡Padre!, soy tu santo Hijo. Hoy reclamo mi
herencia. Que mi voluntad sea hacer Tu Voluntad; que mi amor sea expandir Tu
Amor y que mi pensamiento no tenga otro propósito que expresar la Unidad que
emana de Tu Mente». En esta entrega encuentro mi verdadera libertad.
¡Que así sea! Amén.
SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:
La lección 252 enseña que:
- Tu
identidad no es personal, es divina.
- No puede
ser comprendida, sólo reconocida.
- Es amor
ilimitado, puro e inmutable.
- No
pertenece al mundo, pero no está separada de ti.
- Está
disponible en el instante en que dejas de identificarte con lo falso.
No es transformación. Es revelación.
PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:
Practicar la apertura a esta verdad: “El Hijo de Dios es mi Identidad.”
Cada repetición debilita la identificación con el
ego, disuelve la autoimagen limitada, abre la mente a lo infinito y permite una
experiencia más profunda del Ser.
No es afirmación mental… es una
puerta.
ASPECTOS PSICOLÓGICOS:
Esta lección actúa en el nivel más profundo: la estructura del “yo”.
Normalmente, la identidad está basada en la historia
personal, en los roles, en experiencias y en juicios internos.
Esto genera inseguridad, comparación, miedo a
perder y necesidad de validación.
Cuando esta estructura se afloja, aparece
silencio interno, disminuye la autoexigencia, se disuelve la presión por “ser
alguien” y surge una sensación de suficiencia.
No porque te definas mejor… sino porque dejas de
definirte.
ASPECTOS ESPIRITUALES:
Espiritualmente, esta lección es directa:
- eres
extensión de Dios
- no estás
separado
- no has
cambiado en esencia
- el Cielo
no se ha perdido
Y revela algo profundamente restaurador: No tienes que volver a Dios… porque
nunca te fuiste.
Tu identidad es una con Él, una con la verdad y una con el Amor.
INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:
Hoy:
- Permanece
en quietud unos instantes.
- Suelta
cualquier pensamiento sobre ti mismo.
Y abre espacio a esta idea: “El Hijo de Dios es mi Identidad.”
Sin intentar entenderla. Sin intentar sentir algo específico. Sólo, permitir.
❌ No intentar
imaginar tu identidad divina.
❌ No convertir la idea en concepto
intelectual.
❌ No compararte con una “versión
ideal”.
✔ Permitir no
saber cómo es.
✔ Soltar definiciones personales.
✔ Usar la idea como apertura, no
como conclusión.
La verdad no se piensa… se revela en el silencio.
RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:
Aquí el proceso alcanza un punto muy alto:
- 247 → Veo
correctamente.
- 248 → No soy
lo que sufre.
- 249 → El
sufrimiento desaparece.
- 250 → No hay
límites en mí.
- 251 → No
necesito nada.
- 252 → Soy.
Ya no hay búsqueda. No hay corrección. Sólo reconocimiento.
CONCLUSIÓN FINAL:
La Lección 252 no te lleva a ningún lugar… te detiene.
Y en ese detenerte, algo se revela:
No eres lo que creías.
No eres lo que defendías.
No eres lo que temías perder.
Eres algo que no cambia, no se reduce y no se fragmenta,
Y cuando esto se intuye, aunque sea levemente, todo se vuelve más simple y todo
se vuelve más silencioso.
Porque reconozco que nunca dejé de ser lo que soy.
FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo
de buscar quién soy, la verdad de mi Ser se revela en silencio.”
Para muchos
estudiantes de Un Curso de Milagros, especialmente al comienzo de su
estudio, no resulta claro quién es el Hijo de Dios. Surgen entonces preguntas
inevitables: ¿Es Cristo el Hijo de Dios? ¿Somos nosotros el Hijo de Dios? Estas
dudas son comprensibles, pues el lenguaje del Curso desafía las concepciones
tradicionales y nos invita a trascender las interpretaciones dualistas
heredadas.
No menos interesantes
son las cuestiones relacionadas con el supuesto acto pecaminoso atribuido al
Hijo de Dios, el cual se ha convertido en la piedra angular sobre la que
descansa nuestro actual sistema de creencias. Con el propósito de arrojar luz
sobre estas inquietudes, examinemos algunos mensajes extraídos del Texto del
Curso.
Se nos dice: «El Hijo de Dios incluye tanto al Padre como al Hijo porque es a la vez Padre e Hijo» (T-11.II.1:3).
Y también: «Cristo es el Hijo de Dios que no está en modo alguno separado de Su Padre y
cuyos pensamientos son tan amorosos como el Pensamiento de Su Padre, mediante
el cual fue creado» (T-11.VIII.9:4).
Estas afirmaciones
revelan una profunda verdad metafísica. Si el Hijo de Dios es el fruto de la
Creación, una extensión de la Mente divina, es lógico comprender que incluya en
sí mismo la naturaleza de su Fuente. De igual modo, si Cristo es el Hijo de Dios,
y el Hijo incluye tanto al Padre como al Hijo, entonces Padre, Cristo y
Filiación constituyen una unidad inseparable. No se trata de entidades
separadas, sino de una realidad única y eterna.
Cada Hijo de Dios es
uno en Cristo, porque su Ser reside en Él, del mismo modo que Cristo reside en
Dios. Aunque esta idea pueda parecer confusa en un primer momento, se aclara al
comprender que Cristo no es una figura exclusiva, sino el Arquetipo del Amor
divino, la verdadera Identidad que compartimos con Dios.
La redacción del Curso
puede dar la impresión de que el Hijo de Dios y Cristo son entidades distintas,
pero no es así. Cristo representa el Pensamiento Amoroso de Dios, mientras que
el Hijo de Dios es la extensión de ese Pensamiento. En esencia, ambos son uno.
El error radica en que el Hijo de Dios ha olvidado su verdadera naturaleza y ha
dado lugar a un pensamiento ilusorio que le ha llevado a creerse pecador y
culpable.
Por ello, el Curso nos
advierte: «No te engañes con respecto al Hijo de Dios, pues, si lo haces, no podrás
sino engañarte inevitablemente con respecto a ti mismo» (T-11.VIII.9:5-6).
El Hijo de Dios cree
estar perdido en la culpabilidad, solo en un mundo tenebroso donde el dolor
parece acecharle desde el exterior. Sin embargo, cuando mira en su interior y
contempla la luz que allí reside, recuerda cuánto lo ama su Padre. Entonces comprende
que jamás ha sido condenado y que su pureza permanece intacta.
El Texto lo expresa
con claridad: «La traición que el Hijo de Dios cree haber cometido sólo tuvo lugar en
ilusiones… Su realidad es eternamente inmaculada. El Hijo de Dios no necesita
ser perdonado, sino despertado» (T-17.I.1:1-5).
Así, el llamado
“pecado original” no es más que un error de percepción, un sueño sin
consecuencias reales. No requiere castigo, sino corrección. Esa corrección se
produce mediante la Expiación, que nos conduce al recuerdo de nuestra verdadera
identidad.
El Espíritu Santo
custodia esta verdad en nuestra mente y nos guía hacia su reconocimiento: «El Espíritu Santo mantiene a salvo la visión de Cristo para cada Hijo de
Dios que duerme» (T-12.VI.5:1).
Cuando aceptamos esta
visión, comenzamos a despertar del sueño de la separación y a reinvertir en
nuestra verdadera realidad, la cual es una con el Padre y con el Hijo.
Finalmente, el Curso
nos invita a contemplar nuestra santidad con reverencia: «Contempla al Hijo de Dios, observa su pureza y permanece muy quedo»
(T-13.X.11:10-11).
La Lección 252 nos
recuerda que el Hijo de Dios es nuestra verdadera Identidad. No somos seres
culpables ni separados, sino expresiones eternas del Amor divino. Reconocer
esta verdad es despertar a la unidad con Dios y aceptar la paz que nos
pertenece.
Hoy acepto mi
verdadera Identidad.
Hoy recuerdo que soy el Hijo de Dios.
Hoy reconozco que en Cristo permanezco para siempre, uno con mi Padre.
Reflexión: La verdad es que soy el Hijo de Dios.

Juan José, vengo siguiéndole diariamente en sus conclusiones de cada lección. Gracias.
ResponderEliminarGracias por tu confianza y apoyo. Un fraternal saludo.
EliminarBello y profundo comentario de lección de hoy....gracias
ResponderEliminarGracias!!!
ResponderEliminarA ti Gloria.
EliminarGracias Juan José. Que bueno q te encontré tus reflexiones me han abierto el entendimiento, ahora todo se me hace más razonable digamos así
ResponderEliminarGracias J.J
ResponderEliminarSoy un Hijo de Dios Libre y Perdonado🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏💙💙💙💙💙💙💙
ResponderEliminarJuan José te sigo a diario en cada leccion, como la explicas es de vital importancia para mi, que hermoso es leer todo lo que publicas....gracias
ResponderEliminarBendiciones
Rosa
ResponderEliminarMi gratitud. 🙏
EliminarGracias, que maravillosa información
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