Las dudas de los estudiantes.
¿Estoy dispuesto a no defender la imagen que tengo de
mí?
Esta pregunta
puede resultar mucho más incómoda de lo que parece, porque solemos pensar que
defender nuestra imagen es defender quiénes somos. Cuando alguien cuestiona
nuestras intenciones, critica una decisión, no reconoce nuestras cualidades o
nos atribuye algo con lo que no estamos de acuerdo, sentimos inmediatamente la
necesidad de explicar, justificar, corregir o demostrar. “Yo no soy así”. “No
has entendido lo que quería decir”. “No sabes todo lo que he hecho”. “No puedes
juzgarme por esto”. A veces aclarar una situación es perfectamente razonable.
Pero Un Curso de Milagros nos invita a mirar algo más profundo: ¿qué es
exactamente lo que siento amenazado cuando necesito defenderme?
Tal vez no
esté defendiendo mi verdadero Ser. Quizá esté defendiendo una imagen que he
construido de mí mismo y que necesito conservar para saber quién creo ser.
Puedo verme como una persona buena, generosa, responsable, fuerte, inteligente,
sacrificada, espiritual o justa. También puedo mantener imágenes aparentemente
negativas: “soy inseguro”, “soy alguien a quien siempre abandonan”, “soy muy
sensible”, “nunca he tenido suerte”, “a mí me cuesta más que a los demás”. Unas
imágenes me gustan y otras me hacen sufrir, pero todas tienen algo en común: me
dicen quién soy.
Esto significa
que la pregunta “¿quién soy?” suele responderla primero el ego mediante una
colección de conceptos. “Soy esto porque hice aquello”. “Soy así porque me
sucedió esto otro”. “Soy una buena persona porque actúo de esta manera”. Poco a
poco construyo un personaje relativamente coherente y después comienzo a
defenderlo. Necesito que los demás lo vean como yo lo veo. Cuando alguien
confirma mi imagen, siento alivio. Cuando la contradice, puedo sentirme
atacado.
Tal vez por
eso determinadas críticas nos afectan tanto. Una observación insignificante
puede provocar una reacción desproporcionada si toca precisamente una imagen
que necesitamos proteger. Si me considero especialmente competente, me dolerá
que cuestionen mi capacidad. Si necesito verme como una persona generosa, me
resultará difícil que alguien me llame egoísta. Si mi identidad consiste en ser
quien siempre ayuda, quizá me moleste descubrir que nadie necesita mi ayuda. Si
pienso que soy un buen estudiante de UCDM, puede inquietarme reconocer cuánto
juicio, miedo o resentimiento continúa apareciendo en mi mente.
El ego dice:
“Defiende quién eres”. Pero quizá debería preguntar antes: “¿Quién es ese ‘yo’
que necesita ser defendido?”.
El Curso
explica que los conceptos acerca de nosotros mismos son aprendidos, no
naturales. Han sido fabricados, reciben el significado que nosotros les damos y
necesitan ser deshechos si queremos experimentar verdadera paz interior
(T-31.V.7-8). Esto es importante porque significa que no estamos renunciando a
algo verdadero cuando cuestionamos nuestra autoimagen. Estamos empezando a
retirar nuestra fidelidad de algo aprendido.
Pero hacerlo
puede dar miedo. Mi imagen de mí mismo me proporciona orientación. Me dice qué
debo hacer para seguir siendo “yo”. Si soy “la persona responsable”, quizá
sienta que nunca puedo descansar mientras quede algo pendiente. Si soy “el
fuerte de la familia”, quizá no me permita pedir ayuda. Si soy “el que siempre
perdona”, tal vez esconda mi enfado para conservar una apariencia espiritual.
Si soy “la víctima de lo que otros me hicieron”, abandonar esa identidad puede
parecer incluso una traición a mi propia historia.
La imagen
puede doler y, sin embargo, resultar familiar. Por eso la defendemos.
El Texto
utiliza una expresión extraordinaria: “El concepto del yo se alza como un
escudo, como una silenciosa barricada contra la verdad”. Nos dice que
contemplamos el mundo a través de esa barrera y que, por ello, nuestra visión
queda deformada (T-31.VII.7:1-6). La imagen que intento proteger no solo
condiciona cómo me veo; condiciona también cómo veo a los demás. Si necesito
ser inocente según los criterios del ego, alguien tendrá que cargar con la
culpa. Si necesito ser superior, alguien tendrá que parecer inferior. Si
necesito ser la víctima, necesitaré un verdugo. Si necesito ser quien siempre
tiene razón, tendré que encontrar a alguien equivocado.
Así
descubrimos algo incómodo: defender una imagen puede exigir que otros
representen determinados papeles para sostenerla.
Por eso dejar
de defender mi autoimagen no significa aceptar todo lo que los demás digan de
mí. Si alguien afirma algo falso, puedo aclararlo. Si existe una acusación
injusta, puedo responder. Si una situación exige establecer límites, puedo
hacerlo. El Curso no propone pasividad. Lo que puedo observar es desde dónde
respondo. ¿Estoy aclarando un hecho o intentando salvar mi identidad? ¿Puedo
decir lo necesario y después permanecer en paz, o necesito convencer
absolutamente al otro de que mi versión de mí mismo es la correcta?
Aquí aparece
la enseñanza de la indefensión. La Lección 153 afirma: “En mi indefensión
radica mi seguridad”. Explica que las defensas parecen protegernos, pero en
realidad dan testimonio de que primero hemos aceptado la idea de debilidad y
amenaza. La indefensión, en cambio, reconoce una fortaleza que no puede ser
atacada (L-153.1-9).
Aplicado a
nuestra pregunta, podría significar algo sorprendente: si realmente soy tal
como Dios me creó, ninguna opinión puede cambiar lo que soy. Alguien puede
equivocarse respecto a mí sin que mi Identidad se vea modificada. Puede
admirarme sin aumentar mi valor. Puede rechazarme sin disminuirlo. Puede
interpretarme mal sin transformarme en aquello que cree ver.
El ego
encuentra esto insoportable porque vive de imágenes. Necesita saber qué piensan
los demás, comparar, corregir percepciones, obtener reconocimiento y evitar
todo aquello que ponga en peligro el personaje. El Espíritu Santo me invita a
una libertad completamente diferente: “No necesitas proteger una imagen. Puedes
permitir que Yo te enseñe quién eres”.
La Lección 152
lo expresa de una manera muy directa. Reconocer al Hijo de Dios implica dejar a
un lado todos los conceptos acerca de nosotros mismos y reconocer su falsedad.
Después nos invita a aceptar lo que somos tal como la Voluntad de nuestro Padre
dispuso que fuésemos (L-152.10-12). No se trata de sustituir una imagen mala
por otra más positiva. No estamos cambiando “soy indigno” por “soy
extraordinario”. Estamos aprendiendo a ir más allá de la necesidad misma de
definirnos mediante conceptos.
Esto puede
aplicarse a situaciones muy cotidianas. Alguien no agradece mi ayuda y puedo
observar si necesito seguir siendo “el generoso”. Me equivoco y puedo observar
si intento salvar la imagen de “persona competente”. Alguien critica mi forma
de estudiar UCDM y puedo preguntarme si estoy defendiendo la enseñanza o una
identidad espiritual. Una persona recuerda un error del pasado y puedo
reconocer que aquello ocurrió sin convertir toda mi energía en demostrar que
“yo ya no soy esa persona”.
Tal vez
incluso pueda decir interiormente: “No necesito decidir ahora quién soy
basándome en esto”.
Eso abre un
espacio enorme. Puedo equivocarme sin convertirme en el error. Puedo acertar
sin convertirme en el éxito. Puedo ser reconocido sin construir una identidad
con el reconocimiento. Puedo ser criticado sin tener que construir otra
identidad con la crítica. La imagen cambia continuamente; el Ser permanece.
Cuando sienta
la necesidad urgente de defenderme, puedo preguntarme: “¿Qué imagen de mí
siento amenazada?”. “¿Qué necesito que esta persona piense de mí para poder
estar en paz?”. “¿Estoy defendiendo la verdad o un personaje?”. “¿Quién sería
ahora si no tuviera que demostrar nada acerca de mí?”.
Puedo comenzar
con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he construido muchas imágenes acerca
de quién soy y después he intentado protegerlas. Algunas me gustan y otras me
hacen sufrir, pero todas me mantienen pendiente de demostrar, justificar y
defender. No quiero utilizar esta enseñanza para quedarme callado cuando deba
hablar, pero tampoco quiero confundir mi verdadera Identidad con una imagen.
Muéstrame qué estoy intentando proteger. Ayúdame a responder cuando sea
necesario sin defender un personaje y enséñame a aceptar lo que soy tal como
Dios me creó”.
Entonces quizá
descubra que dejar de defender mi imagen no me hace más vulnerable. Me libera
de una tarea agotadora: conseguir que el mundo confirme continuamente quién
creo ser.
Quizá la
verdadera pregunta no sea: “¿Estoy dispuesto a no defender la imagen que tengo
de mí?”, sino: “¿Quién sería si ya no necesitara ninguna imagen para saber
quién soy?”.
Y cuando durante un instante dejo de responder yo mismo esa pregunta, algo comienza a quedarse en silencio. La imagen no tiene que ser defendida. El Ser solo necesita ser recordado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario