sábado, 31 de octubre de 2026

¿Estoy dispuesto a no defender la imagen que tengo de mí?

Las dudas de los estudiantes.

¿Estoy dispuesto a no defender la imagen que tengo de mí?

Esta pregunta puede resultar mucho más incómoda de lo que parece, porque solemos pensar que defender nuestra imagen es defender quiénes somos. Cuando alguien cuestiona nuestras intenciones, critica una decisión, no reconoce nuestras cualidades o nos atribuye algo con lo que no estamos de acuerdo, sentimos inmediatamente la necesidad de explicar, justificar, corregir o demostrar. “Yo no soy así”. “No has entendido lo que quería decir”. “No sabes todo lo que he hecho”. “No puedes juzgarme por esto”. A veces aclarar una situación es perfectamente razonable. Pero Un Curso de Milagros nos invita a mirar algo más profundo: ¿qué es exactamente lo que siento amenazado cuando necesito defenderme?

Tal vez no esté defendiendo mi verdadero Ser. Quizá esté defendiendo una imagen que he construido de mí mismo y que necesito conservar para saber quién creo ser. Puedo verme como una persona buena, generosa, responsable, fuerte, inteligente, sacrificada, espiritual o justa. También puedo mantener imágenes aparentemente negativas: “soy inseguro”, “soy alguien a quien siempre abandonan”, “soy muy sensible”, “nunca he tenido suerte”, “a mí me cuesta más que a los demás”. Unas imágenes me gustan y otras me hacen sufrir, pero todas tienen algo en común: me dicen quién soy.

El capítulo 31 dedica una sección completa a “El concepto del yo frente al verdadero Ser”. Allí afirma que el mundo nos enseña a fabricar un concepto de nosotros mismos y que, con el paso del tiempo, llegamos a perfeccionarlo para desenvolvernos dentro de sus reglas. Pero después hace una afirmación radical: ese concepto que fabricamos “no guarda semejanza alguna contigo” y funciona como un ídolo que ocupa el lugar de nuestra realidad como Hijo de Dios (T-31.V.1-2).

Esto significa que la pregunta “¿quién soy?” suele responderla primero el ego mediante una colección de conceptos. “Soy esto porque hice aquello”. “Soy así porque me sucedió esto otro”. “Soy una buena persona porque actúo de esta manera”. Poco a poco construyo un personaje relativamente coherente y después comienzo a defenderlo. Necesito que los demás lo vean como yo lo veo. Cuando alguien confirma mi imagen, siento alivio. Cuando la contradice, puedo sentirme atacado.

Tal vez por eso determinadas críticas nos afectan tanto. Una observación insignificante puede provocar una reacción desproporcionada si toca precisamente una imagen que necesitamos proteger. Si me considero especialmente competente, me dolerá que cuestionen mi capacidad. Si necesito verme como una persona generosa, me resultará difícil que alguien me llame egoísta. Si mi identidad consiste en ser quien siempre ayuda, quizá me moleste descubrir que nadie necesita mi ayuda. Si pienso que soy un buen estudiante de UCDM, puede inquietarme reconocer cuánto juicio, miedo o resentimiento continúa apareciendo en mi mente.

El ego dice: “Defiende quién eres”. Pero quizá debería preguntar antes: “¿Quién es ese ‘yo’ que necesita ser defendido?”.

El Curso explica que los conceptos acerca de nosotros mismos son aprendidos, no naturales. Han sido fabricados, reciben el significado que nosotros les damos y necesitan ser deshechos si queremos experimentar verdadera paz interior (T-31.V.7-8). Esto es importante porque significa que no estamos renunciando a algo verdadero cuando cuestionamos nuestra autoimagen. Estamos empezando a retirar nuestra fidelidad de algo aprendido.

Pero hacerlo puede dar miedo. Mi imagen de mí mismo me proporciona orientación. Me dice qué debo hacer para seguir siendo “yo”. Si soy “la persona responsable”, quizá sienta que nunca puedo descansar mientras quede algo pendiente. Si soy “el fuerte de la familia”, quizá no me permita pedir ayuda. Si soy “el que siempre perdona”, tal vez esconda mi enfado para conservar una apariencia espiritual. Si soy “la víctima de lo que otros me hicieron”, abandonar esa identidad puede parecer incluso una traición a mi propia historia.

La imagen puede doler y, sin embargo, resultar familiar. Por eso la defendemos.

El Texto utiliza una expresión extraordinaria: “El concepto del yo se alza como un escudo, como una silenciosa barricada contra la verdad”. Nos dice que contemplamos el mundo a través de esa barrera y que, por ello, nuestra visión queda deformada (T-31.VII.7:1-6). La imagen que intento proteger no solo condiciona cómo me veo; condiciona también cómo veo a los demás. Si necesito ser inocente según los criterios del ego, alguien tendrá que cargar con la culpa. Si necesito ser superior, alguien tendrá que parecer inferior. Si necesito ser la víctima, necesitaré un verdugo. Si necesito ser quien siempre tiene razón, tendré que encontrar a alguien equivocado.

Así descubrimos algo incómodo: defender una imagen puede exigir que otros representen determinados papeles para sostenerla.

Por eso dejar de defender mi autoimagen no significa aceptar todo lo que los demás digan de mí. Si alguien afirma algo falso, puedo aclararlo. Si existe una acusación injusta, puedo responder. Si una situación exige establecer límites, puedo hacerlo. El Curso no propone pasividad. Lo que puedo observar es desde dónde respondo. ¿Estoy aclarando un hecho o intentando salvar mi identidad? ¿Puedo decir lo necesario y después permanecer en paz, o necesito convencer absolutamente al otro de que mi versión de mí mismo es la correcta?

Aquí aparece la enseñanza de la indefensión. La Lección 153 afirma: “En mi indefensión radica mi seguridad”. Explica que las defensas parecen protegernos, pero en realidad dan testimonio de que primero hemos aceptado la idea de debilidad y amenaza. La indefensión, en cambio, reconoce una fortaleza que no puede ser atacada (L-153.1-9).

Aplicado a nuestra pregunta, podría significar algo sorprendente: si realmente soy tal como Dios me creó, ninguna opinión puede cambiar lo que soy. Alguien puede equivocarse respecto a mí sin que mi Identidad se vea modificada. Puede admirarme sin aumentar mi valor. Puede rechazarme sin disminuirlo. Puede interpretarme mal sin transformarme en aquello que cree ver.

El ego encuentra esto insoportable porque vive de imágenes. Necesita saber qué piensan los demás, comparar, corregir percepciones, obtener reconocimiento y evitar todo aquello que ponga en peligro el personaje. El Espíritu Santo me invita a una libertad completamente diferente: “No necesitas proteger una imagen. Puedes permitir que Yo te enseñe quién eres”.

La Lección 152 lo expresa de una manera muy directa. Reconocer al Hijo de Dios implica dejar a un lado todos los conceptos acerca de nosotros mismos y reconocer su falsedad. Después nos invita a aceptar lo que somos tal como la Voluntad de nuestro Padre dispuso que fuésemos (L-152.10-12). No se trata de sustituir una imagen mala por otra más positiva. No estamos cambiando “soy indigno” por “soy extraordinario”. Estamos aprendiendo a ir más allá de la necesidad misma de definirnos mediante conceptos.

Esto puede aplicarse a situaciones muy cotidianas. Alguien no agradece mi ayuda y puedo observar si necesito seguir siendo “el generoso”. Me equivoco y puedo observar si intento salvar la imagen de “persona competente”. Alguien critica mi forma de estudiar UCDM y puedo preguntarme si estoy defendiendo la enseñanza o una identidad espiritual. Una persona recuerda un error del pasado y puedo reconocer que aquello ocurrió sin convertir toda mi energía en demostrar que “yo ya no soy esa persona”.

Tal vez incluso pueda decir interiormente: “No necesito decidir ahora quién soy basándome en esto”.

Eso abre un espacio enorme. Puedo equivocarme sin convertirme en el error. Puedo acertar sin convertirme en el éxito. Puedo ser reconocido sin construir una identidad con el reconocimiento. Puedo ser criticado sin tener que construir otra identidad con la crítica. La imagen cambia continuamente; el Ser permanece.

Cuando sienta la necesidad urgente de defenderme, puedo preguntarme: “¿Qué imagen de mí siento amenazada?”. “¿Qué necesito que esta persona piense de mí para poder estar en paz?”. “¿Estoy defendiendo la verdad o un personaje?”. “¿Quién sería ahora si no tuviera que demostrar nada acerca de mí?”.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he construido muchas imágenes acerca de quién soy y después he intentado protegerlas. Algunas me gustan y otras me hacen sufrir, pero todas me mantienen pendiente de demostrar, justificar y defender. No quiero utilizar esta enseñanza para quedarme callado cuando deba hablar, pero tampoco quiero confundir mi verdadera Identidad con una imagen. Muéstrame qué estoy intentando proteger. Ayúdame a responder cuando sea necesario sin defender un personaje y enséñame a aceptar lo que soy tal como Dios me creó”.

Entonces quizá descubra que dejar de defender mi imagen no me hace más vulnerable. Me libera de una tarea agotadora: conseguir que el mundo confirme continuamente quién creo ser.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Estoy dispuesto a no defender la imagen que tengo de mí?”, sino: “¿Quién sería si ya no necesitara ninguna imagen para saber quién soy?”.

Y cuando durante un instante dejo de responder yo mismo esa pregunta, algo comienza a quedarse en silencio. La imagen no tiene que ser defendida. El Ser solo necesita ser recordado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario