Cuando deseamos que un niño aprenda a vivir con mayor serenidad, podemos pensar que nuestra tarea consiste en explicarle qué es la paz, pedirle que se calme o enseñarle cómo debería comportarse. Le decimos que no grite, que comparta, que perdone o que piense antes de actuar. Sin embargo, la paz no se aprende únicamente mediante instrucciones. Un niño puede repetir todas esas ideas y no saber encontrarlas cuando aparece el miedo, el enfado o la frustración.
La paz necesita ser experimentada. Antes de
comprenderla como una idea, el niño debe descubrir cómo se siente estar junto a
un adulto que no se asusta ante sus emociones, que escucha sin juzgar
inmediatamente, que pone límites sin humillar y que permanece presente cuando
las cosas no salen bien. En esos momentos, la paz deja de ser una palabra
bonita y se convierte en una experiencia que puede reconocer.
Por eso, quizá nuestra función no sea enseñar al
niño a ser paz, sino crear un espacio donde pueda reconocer la paz que ya
existe en él.
La paz no
significa estar siempre tranquilo.
Pero un niño puede permanecer callado y estar
lleno de miedo. También puede expresar enfado y comenzar a relacionarse con él
de una manera más consciente.
La paz no consiste en dejar de sentir. Consiste
en descubrir que ninguna emoción tiene que decidir completamente lo que
hacemos.
El niño puede estar enfadado y aprender a no
golpear. Puede sentir miedo y pedir ayuda. Puede estar triste sin pensar que
algo va mal en él. Puede equivocarse sin convertir el error en una definición
de sí mismo.
Si le pedimos que deje de sentir para recuperar
la calma, quizá aprenda a ocultar lo que le ocurre. Si lo acompañamos para que
observe su emoción sin hacerse daño ni hacérselo a otros, comenzará a reconocer
que la paz continúa siendo una posibilidad.
El adulto crea
el primer espacio.
Cuando un niño se altera, nosotros también
podemos alterarnos. Su grito despierta nuestro enfado; su tristeza, nuestra
impotencia; su miedo, la necesidad de convencerlo de que no pasa nada. A veces
queremos que se calme rápidamente porque su emoción despierta algo que tampoco
nosotros sabemos manejar.
Entonces aparecen frases como:
«Deja de llorar». «No es para tanto». «Tienes que
aprender a controlarte». «Pídele perdón ahora mismo».
Estas palabras pueden detener momentáneamente una
conducta, pero no siempre ayudan al niño a comprenderse. Incluso pueden
transmitirle que algunas emociones son demasiado molestas para ser compartidas.
Crear un espacio de paz comienza cuando el adulto
hace una pequeña pausa y se pregunta: «¿Qué necesita este niño de mí ahora?».
Quizá necesite un límite firme, unos minutos de
silencio, que nombremos lo que parece estar sintiendo o que le recordemos que
hablaremos cuando ambos estén más tranquilos. Lo importante es que nuestra
intervención no nazca únicamente de la urgencia por eliminar la emoción.
Escuchar antes
de corregir.
Escuchar no significa darle la razón en todo ni
permitir cualquier comportamiento. Significa intentar comprender su experiencia
antes de modificarla.
Si dice que nadie lo quiere porque sus amigos no
han querido jugar con él, podemos responder: «Eso no es verdad». Queremos
tranquilizarlo, pero quizá él escuche que su dolor ha sido rechazado.
Podríamos comenzar diciendo: «Parece que te has
sentido muy solo cuando no te dejaron jugar».
Esta frase no confirma que nadie lo quiera.
Reconoce lo que ha experimentado. Después habrá tiempo para revisar lo
sucedido, buscar otras interpretaciones y pensar qué puede hacer.
También podemos utilizar expresiones sencillas: «Gracias
por contármelo». «Tiene sentido que esto te haya dolido». «No sé todavía cómo
resolverlo, pero podemos mirarlo juntos». «Puedes sentirte así. Estoy aquí
contigo».
Estas palabras no solucionan automáticamente el
problema. Crean algo anterior a la solución: un lugar seguro desde el que poder
observarlo.
Poner límites
también es una forma de paz.
Acompañar las emociones no significa permitir
agresiones, insultos o conductas que hagan daño. La paz no exige pasividad.
Podemos impedir que golpee, retirar un objeto
peligroso o separar a dos niños. La diferencia está en cómo lo hacemos.
No es lo mismo decir: «¡Eres imposible! ¡Siempre
estás haciendo daño!».
que decir: «No voy a permitir que golpees. Veo
que estás muy enfadado y voy a ayudarte a detenerte».
En el primer caso, el comportamiento se convierte
en una acusación contra la identidad del niño. En el segundo, limitamos la
conducta sin definirlo por su error.
El mensaje es claro: «Puedes estar enfadado. No
puedes hacer daño».
El límite sereno protege a todos. Le muestra que
el amor no permite cualquier conducta, pero tampoco necesita humillar para
corregir.
Crear un
rincón de calma.
Un espacio físico puede ayudar al niño a
practicar la serenidad. Puede ser un pequeño rincón con un cojín, una manta,
algunos cuentos, una planta, lápices para dibujar o una luz suave.
No debe utilizarse como castigo ni como el lugar
al que enviamos al niño cuando molesta. Podemos presentárselo diciendo: «Este
lugar es para cuando los pensamientos hacen demasiado ruido o una emoción se
vuelve muy grande».
Al principio, el adulto puede sentarse con él.
Tal vez lean un cuento, respiren juntos, dibujen lo que ha ocurrido o
permanezcan unos minutos en silencio. Con el tiempo, el niño podrá utilizar
algunos recursos por sí mismo.
El objetivo no es que dependa siempre de ese
rincón, sino que vaya descubriendo interiormente aquello que representa: pausa,
seguridad, escucha y posibilidad de elegir de nuevo.
Practicar la
paz en lo cotidiano.
La paz resulta más fácil de reconocer cuando no
la reservamos únicamente para las crisis. Podemos integrarla mediante gestos
sencillos.
Por la mañana, podemos pensar juntos en algo por
lo que sentimos gratitud. Durante el día, detenernos para respirar tres veces.
Por la noche, preguntar: «¿Qué momento te hizo sentir bien hoy?». «¿Hubo algo
que te pesó y te gustaría soltar?». «¿Necesitas que hablemos de algo antes de
dormir?».
También podemos recurrir al dibujo, la música o
el juego. El niño puede representar su enfado como una tormenta, crear una caja
para guardar preocupaciones o dibujar algo que desea dejar atrás. Estas
actividades permiten expresar aquello que todavía no puede decir directamente.
El ejemplo del
adulto.
Los niños pueden olvidar nuestras explicaciones,
pero recuerdan cómo respondemos cuando estamos cansados, cuando alguien nos
contradice o cuando cometemos un error.
Mostrar paz no significa ser adultos perfectos.
Significa estar dispuestos a corregirnos: «Antes te hablé con demasiada dureza.
El límite era necesario, pero podría habértelo explicado sin gritar». «Me he
enfadado y necesito unos minutos antes de continuar». «Creí que sabía lo que te
pasaba y no te escuché bien».
Cuando un adulto reconoce su error sin
derrumbarse ni justificarse, enseña algo esencial: equivocarse no rompe el amor
y siempre es posible elegir de nuevo.
No convertir
la paz en otra exigencia.
Frases como «elige la paz», «piensa con amor» o
«tienes luz dentro» pueden ser valiosas, pero resultan dolorosas si se utilizan
para silenciar una emoción: «No deberías estar triste; elige la paz».
«Si pensaras con amor, no estarías enfadado».
La paz no debe convertirse en una nueva forma de
culpabilidad. El niño no fracasa porque tenga miedo, se enfade o tarde en
perdonar. Podemos recordarle su capacidad de elegir sin negar lo que siente: «Sé
que estás muy enfadado. No tienes que fingir que no lo estás. Cuando estés
preparado, buscaremos otra manera de responder».
Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, la
paz no es algo que debamos fabricar. Permanece en nosotros, aunque el miedo o
el conflicto parezcan ocultarla. Acercar esta idea a un niño no requiere
explicaciones complejas. Puede vivirse mediante una respiración antes de
contestar, un adulto que escucha, un límite sin ataque o una nueva oportunidad
después de equivocarse.
Nuestra función no es colocar la paz dentro del
niño. Es ayudarlo a reconocer que todavía puede regresar a ella.
Una guía para
caminar juntos.
Milagros para Pequeños Corazones incluye una
guía para padres y educadores y reúne 55 cuentos con preguntas, actividades
creativas, juegos, ejercicios de paz y pequeñas prácticas cotidianas.
No pretende convertir la espiritualidad en una
asignatura ni decirle al niño qué debe sentir. Propone momentos de encuentro en
los que adulto y niño puedan observar, respirar, imaginar y elegir juntos otra
manera de mirar.
Porque la paz no se impone ni se utiliza para
negar lo que duele. Se reconoce cuando alguien nos ofrece un lugar seguro para
detenernos, sentir y recordar que podemos elegir de nuevo.
No enseñes al niño a ser paz. Sé tú el espacio
sereno donde pueda comenzar a reconocerla.
Milagros para Pequeños Corazones está
disponible en tapa blanda, formato Kindle y mediante Kindle Unlimited:
Reflexión: Cuando un niño pierde la calma,
¿intentamos que deje de sentir rápidamente o le ofrecemos un espacio donde
pueda comprender lo que le ocurre? ¿Nuestros límites nacen de la serenidad o de
nuestra propia reacción?

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