VI. Los testigos del pecado.
3. El cuerpo, que de por sí carece de propósito, contiene todas tus memorias y esperanzas. 2Te vales de sus ojos para ver y de sus oídos para oír, y dejas que te diga lo que siente. 3Mas él no lo sabe. 4Cuando invocas los testigos de su realidad, te repiten únicamente los términos que les proporcionaste para que él los usara. 5No puedes elegir cuál de entre ellos es real, pues cualquiera que elijas es igual que los demás. 6Lo único que puedes hacer es decidir llamarlo por un nombre o por otro, pero eso es todo. 7No puedes hacer que un testigo sea verdadero sólo porque lo llames con el nombre de la verdad. 8La verdad se encuentra en él si lo que representa es la verdad. 9De lo contrario, miente, aunque lo invoques con el santo Nombre de Dios Mismo.
Sin embargo, la mente proyecta sobre él sus
memorias y sus esperanzas. Lo convierte en recipiente del pasado y del futuro.
En él deposita recuerdos, heridas, deseos, expectativas, miedos, placeres,
proyectos, identidades y definiciones personales. Después, una vez que ha hecho
eso, recurre al mismo cuerpo para que le confirme lo que ella misma le puso
dentro.
Por eso el Curso dice que utilizamos sus ojos
para ver, sus oídos para oír y dejamos que nos diga lo que siente. Pero
inmediatamente corrige: “Mas él no lo sabe.” El cuerpo no sabe lo que siente en
el sentido de comprender la verdad de lo que ocurre. Sólo reproduce las
instrucciones que la mente le dio. Sólo refleja el significado que la mente le
asignó.
Mensaje central del punto.
- El cuerpo no tiene propósito propio.
- No trae en sí mismo significado, verdad ni interpretación.
- La mente proyecta en él memorias, esperanzas y significados.
- Después usa al cuerpo para confirmar lo que ella misma proyectó.
- El cuerpo no sabe nada por sí mismo.
- Sus “testigos” repiten lo que la mente les enseñó a decir.
- No hay un testigo corporal más verdadero que otro.
- Todos pertenecen al mismo sistema si sirven al mismo propósito.
- Cambiar el nombre de una experiencia no la convierte en verdad.
- Llamar “verdad” a algo no lo hace verdadero.
- Sólo es verdad si lo que representa es realmente verdad.
- Si representa una ilusión, entonces miente, aunque lo recubras con lenguaje espiritual.
Claves de comprensión.
Aquí el Curso está desenmascarando una dinámica
muy profunda: la mente fabrica una interpretación y luego la proyecta sobre el
cuerpo para que el cuerpo parezca confirmarla.
Por ejemplo:
- “Mi cuerpo demuestra que soy débil.”
- “Mi cuerpo demuestra que estoy separado.”
- “Mi cuerpo demuestra que me hirieron.”
- “Mi cuerpo demuestra que me falta algo.”
- “Mi cuerpo demuestra que esta experiencia es absolutamente real.”
- “Mi cuerpo demuestra que necesito esto para ser feliz.”
Pero en realidad el cuerpo no está demostrando
nada por sí solo. Está siendo utilizado como testigo de una decisión previa de
la mente.
Por eso el Curso dice que no puedes elegir cuál
de esos testigos es verdadero. No hay uno mejor que otro dentro del mismo
sistema. Si todos están siendo convocados para sostener la misma ilusión, todos
son iguales. Uno puede llamarse dolor, otro placer, otro deseo, otro cansancio,
otro miedo, otro enfermedad, otro euforia. Pero si todos están siendo usados
para hacer real la identidad corporal, entonces todos cumplen la misma función.
Aplicación práctica en la vida cotidiana.
Observa cuándo usas al cuerpo como autoridad
final:
- “Me siento así, luego esto es verdad.”
- “Mi cuerpo reacciona, luego el peligro es real.”
- “Tengo esta emoción física, luego esta interpretación debe ser correcta.”
- “Mi cansancio demuestra que estoy solo.”
- “Mi ansiedad demuestra que no puedo.”
- “Mi deseo demuestra que eso me hará feliz.”
- “Mi dolor demuestra que algo esencial en mí está dañado.”
Entonces pregúntate:
→ “¿Estoy dejando que el cuerpo interprete por
mí?”
→ “¿Qué significado le he dado yo antes a esta experiencia?”
→ “¿Estoy usando el cuerpo como testigo de una creencia previa?”
→ “¿He decidido ya lo que esto significa antes de mirar con el Espíritu Santo?”
→ “¿Estoy llamando verdad a algo sólo porque lo siento intensamente?”
→ “¿Representa esto realmente la verdad, o sólo una interpretación aprendida?”
Este punto también nos ayuda a ser muy sinceros
con el lenguaje espiritual. A veces podemos bautizar algo con palabras elevadas
y seguir dentro del mismo sistema egoico. Podemos llamar “intuición” a un
miedo, “amor” a un apego, “verdad” a una preferencia, “cuidado” a un control,
“prudencia” a una defensa, “paz” a una evitación. Pero ponerle un nombre santo
a una ilusión no la convierte en verdad.
Por eso la práctica podría ser: “Espíritu Santo,
no quiero que el cuerpo me diga lo que es verdad. Quiero reconocer el
significado que yo le he dado y dejar que Tú lo corrijas. No quiero llamar
verdad a lo que sólo repite mis antiguas interpretaciones.”
Preguntas para la reflexión personal.
- ¿En qué situaciones dejo que el cuerpo interprete por mí?
- ¿Qué memorias y esperanzas proyecto sobre él?
- ¿Estoy usando mis sensaciones como prueba definitiva de verdad?
- ¿Qué experiencias corporales he convertido en testigos de separación?
- ¿Llamo “verdad” a algo sólo porque lo siento intensamente?
- ¿Estoy dispuesto a reconocer que el cuerpo sólo repite lo que la mente le enseñó?
- ¿Qué nombre “sagrado” estoy poniendo quizá a una vieja ilusión?
- ¿Puedo permitir que el Espíritu Santo dé un propósito nuevo a mi experiencia?
Conclusión.
Este punto nos enseña que el cuerpo no es un
maestro de verdad.
No sabe. No interpreta por sí mismo. No contiene
en sí la respuesta.
La mente proyecta sobre él sus significados y
luego lo usa para confirmar lo que ya quiso creer. Por eso sus testigos no son
fiables en sí mismos. No importa cuál de ellos parezca más convincente. Si
representan una ilusión, todos son iguales.
La gran corrección aquí es sencilla y profunda: no
todo lo que siento o percibo a través del cuerpo es verdad sólo porque lo
experimente. La experiencia puede estar al servicio de una interpretación
falsa. Y cambiarle el nombre no la corrige. Llamar “verdad” a una ilusión no la
santifica.
La verdad no depende del nombre que le pongamos. Depende
de lo que realmente representa.
Si representa la paz, el amor, la inocencia y la
unidad, entonces apunta hacia la verdad. Pero si representa miedo, separación,
carencia o identidad corporal, entonces no dice la verdad, aunque se exprese
con palabras bellas o espirituales.
Por eso el camino no es despreciar el cuerpo,
sino dejar de usarlo como juez supremo. Y permitir que el Espíritu Santo nos
enseñe a mirar más allá de los testigos que nosotros mismos habíamos convocado.
Frase inspiradora: “No dejaré que el cuerpo defina la verdad por mí; entregaré al Espíritu Santo cada percepción, para que sólo lo que realmente representa la verdad permanezca en mi mente.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario