Practicando Un Curso de Milagros
¿Cómo aplicar el perdón cuando alguien me ha hecho mucho daño?
Hay situaciones en las que hablar de perdón
resulta relativamente sencillo. Alguien nos hace un comentario desagradable,
tenemos una pequeña discusión o sentimos que una persona no se ha comportado
con nosotros como esperábamos. Nos molestamos durante un tiempo y, quizá
después de pensarlo, conseguimos dejarlo pasar. Pero hay otras experiencias
ante las que la palabra perdón adquiere una dimensión completamente
diferente. Una traición. Un abandono. Una infidelidad. Una humillación. Un
engaño. Una injusticia. Alguien que nos ha causado un profundo daño emocional.
En esos momentos, decir simplemente “tienes que perdonar” puede resultar no
solo insuficiente, sino incluso doloroso. Porque la persona que está sufriendo
puede pensar: “Es muy fácil hablar de perdón cuando no has vivido lo que yo he
vivido.” Y probablemente tenga razón.
Imaginemos que una persona en quien confiábamos
profundamente nos traiciona. Descubrimos algo que jamás esperábamos de ella y
nuestra mente comienza inmediatamente a trabajar: “¿Cómo pudo hacerme esto?”,
“Después de todo lo que hice por él”, “No se lo perdonaré jamás”, “Quiero que
algún día comprenda lo que me ha hecho”, “Espero que la vida se lo devuelva”.
Estas reacciones son profundamente humanas. El Curso no nos pide que nos
sintamos culpables por tenerlas. Nos invita a observarlas. Porque una cosa es lo
que ocurrió y otra es todo lo que nuestra mente continúa haciendo con lo
ocurrido.
Ésta es una distinción importantísima. Tal vez el
daño ocurrió hace una semana, un año o veinte años, pero cada vez que lo
recordamos podemos volver a experimentar la misma rabia, la misma tristeza y la
misma sensación de injusticia. La persona quizá ni siquiera esté presente, pero
nuestra mente continúa manteniendo la relación con ella a través del
resentimiento. El acontecimiento pertenece al pasado, pero nosotros lo traemos
continuamente al presente. Y es ahí donde comienza el trabajo del perdón.
Podríamos hacernos una primera pregunta muy
sencilla: ¿qué estoy sintiendo ahora cuando pienso en esta persona? Tal vez
rabia. Quizá tristeza, impotencia, odio, decepción o deseo de venganza. No
tenemos que corregir inmediatamente esa emoción. Solo reconocerla. Después
podemos preguntarnos: ¿qué estoy pensando para sentirme así? Y probablemente
aparezcan pensamientos como: “Me arruinó la vida”, “Me quitó algo que
necesitaba”, “Por su culpa ya no puedo confiar en nadie”, “No podré estar en
paz hasta que reconozca lo que hizo”, “Necesito que pague de alguna manera”.
Aquí comienza a aparecer algo fundamental para Un
Curso de Milagros. Sin darnos cuenta, hemos colocado nuestra paz en manos de la
persona que nos dañó. Estamos diciendo, de una forma u otra: “Podré estar en
paz cuando tú cambies, cuando reconozcas tu culpa, cuando me pidas perdón,
cuando repares lo que hiciste o cuando recibas el castigo que mereces.” Y quizá
ninguna de esas cosas suceda nunca. ¿Significa eso que tendremos que permanecer
prisioneros de ese resentimiento durante el resto de nuestra vida?
Ésa es precisamente la prisión de la que el
perdón quiere liberarnos.
Perdonar no significa liberar al otro de una
condena que nosotros tenemos derecho a imponerle. Significa comenzar a
liberarnos nosotros de la necesidad de seguir utilizando aquello que ocurrió
para continuar sufriendo hoy. Éste es un punto difícil, porque una parte de
nuestra mente puede interpretar que si dejamos de estar enfadados estamos
permitiendo que el otro “se salga con la suya”. El ego nos dice: “No puedes
soltar esto. Si lo haces, estarás diciendo que no fue importante.” Pero nuestro
dolor no castiga necesariamente a la otra persona. Muchas veces solamente nos
castiga a nosotros.
Podemos llevar años resentidos con alguien que
duerme tranquilamente cada noche.
Entonces quizá convenga hacernos otra pregunta: ¿quiero
tener razón respecto a lo terrible que fue lo que ocurrió o quiero empezar a
recuperar mi paz? No siempre estaremos preparados para elegir inmediatamente la
paz. Y tampoco pasa nada. El Curso habla mucho de nuestra pequeña dosis de
buena voluntad. Tal vez hoy no podamos decir “te perdono”, pero sí podamos
decir: “Estoy dispuesto a no seguir sufriendo de esta manera.” A veces ése es
un enorme comienzo.
El perdón puede empezar simplemente reconociendo:
“No sé cómo mirar esto de otra manera.” No tenemos por qué saber. Precisamente
por eso pedimos ayuda. Podemos decir interiormente: “Esto me duele. Sigo
creyendo que esta persona es la causa de mi sufrimiento. No sé cómo perdonar lo
que ocurrió, pero estoy dispuesto a aprender otra manera de verlo.” Esta
oración sencilla contiene ya un cambio profundo, porque dejamos de exigirnos
saber cómo resolver el conflicto y abrimos nuestra mente a otra interpretación.
Aquí es donde entra lo que el Curso llama el
Espíritu Santo. Para hacerlo cercano, podemos entenderlo como esa posibilidad
dentro de nuestra mente de mirar la situación sin el miedo, el odio y la
condena con los que la estamos mirando ahora. El ego nos presenta una historia
completamente cerrada: “Tú eres la víctima. El otro es culpable. Lo que ocurrió
demuestra quién es esa persona. No olvides jamás lo que hizo.” El Espíritu
Santo introduce una pequeña grieta en esa certeza: “Tal vez no estés viendo
todo. Quizá puedas mirar esto de otra manera.”
Eso no significa que la conducta del otro se
convierta mágicamente en correcta. Si alguien mintió, mintió. Si alguien nos
engañó, nos engañó. Si alguien actuó de manera irresponsable, podemos
reconocerlo. El Curso no nos pide que confundamos discernimiento con
ingenuidad. Lo que comienza a cuestionar es algo diferente: ¿tenemos que
convertir el error de una persona en su identidad?
Cuando alguien nos hace daño solemos pasar muy
rápidamente de “esta persona hizo algo que considero terrible” a “esta persona
es terrible”. Ahí hemos dejado de juzgar una conducta y hemos comenzado a
condenar a un ser. El perdón nos invita a separar ambas cosas. Podemos
reconocer el error sin convertirlo en la verdad definitiva acerca del otro. De
la misma manera que nosotros hemos cometido errores que no expresan todo lo que
somos, la persona que nos dañó tampoco queda reducida para siempre al peor acto
que cometió.
Éste puede ser uno de los pasos más difíciles del
perdón, porque nuestra mente busca culpables. Creemos que si dejamos de
condenar al otro perderemos nuestra condición de inocentes. Pero el Curso
propone algo mucho más liberador: nuestra inocencia no necesita la culpabilidad
de nadie. No necesitamos demostrar que otro es malo para poder ser nosotros
buenos. No necesitamos mantener a alguien condenado para recuperar nuestra
dignidad.
Ahora bien, todo esto necesita convertirse en
práctica. Imaginemos que hoy aparece nuevamente el recuerdo. Sentimos cómo
comienza la misma conversación mental de siempre. En ese momento podemos
detenernos. No para luchar contra el pensamiento, sino para reconocerlo: “Aquí
está otra vez mi resentimiento.” Después podemos preguntarnos: “¿Quiero seguir
alimentando esta historia ahora?” Tal vez descubramos que llevamos diez minutos
imaginando lo que deberíamos haber dicho hace cinco años. Ahí podemos elegir
detenernos y decir: “Eso ya ocurrió. No necesito volver a vivirlo ahora.”
Otro día quizá nos encontremos imaginando que la
otra persona sufre las consecuencias de lo que hizo. También podemos
observarlo: “Una parte de mí quiere castigo porque cree que así encontrará
paz.” No tenemos que sentirnos culpables. Solo reconocerlo y preguntarnos: “¿De
verdad mi paz depende de que otro sufra?”
Poco a poco algo empieza a cambiar.
Quizá durante semanas sigamos sintiendo dolor.
Tal vez durante meses aparezcan recuerdos. El perdón no siempre es un instante
espectacular en el que desaparece todo resentimiento. Muchas veces es un
proceso compuesto por numerosas pequeñas elecciones. Hoy dejamos de alimentar
durante una hora un pensamiento que antes alimentábamos durante todo el día.
Mañana conseguimos recordar a la persona sin sentir tanta rabia. Otro día
descubrimos que ya no necesitamos contar una y otra vez lo ocurrido para
demostrar nuestra condición de víctima.
Eso también es sanar.
Y llegará quizá un momento en el que podamos
mirar atrás y descubrir algo sorprendente: lo ocurrido no ha cambiado, pero
nuestra relación con ello sí. Seguimos sabiendo lo que sucedió, pero ya no
necesitamos utilizarlo para definir nuestro presente. El recuerdo continúa
existiendo, pero ha perdido buena parte de su capacidad para herirnos.
Eso es mucho más cercano al verdadero sentido del
perdón.
También puede ocurrir que tengamos que actuar
externamente. Quizá debamos hablar con esa persona. Tal vez sea necesario
establecer límites. Puede que tengamos que terminar una relación, reclamar algo
que nos pertenece o incluso acudir a la justicia. El perdón no nos obliga a
permanecer pasivos. La pregunta sería: ¿desde dónde quiero actuar? ¿Desde el
deseo de destruir al otro o desde el deseo de resolver una situación? ¿Desde la
venganza o desde la claridad? ¿Quiero hacer justicia o quiero castigar?
La acción exterior puede ser exactamente la
misma, pero el contenido interior puede ser completamente diferente.
Podemos decir “no quiero volver a relacionarme
contigo” sin odio. Podemos reclamar una deuda sin convertir al deudor en
nuestro enemigo. Podemos denunciar un abuso sin desear la destrucción de quien
lo cometió. Podemos protegernos sin atacar mentalmente. No siempre será fácil,
pero ahí encontramos una de las formas más profundas de llevar UCDM a la vida
cotidiana.
También conviene recordar algo importante: perdonar
no significa olvidar. El recuerdo puede seguir ahí y, de hecho, a veces
necesitamos recordar para no repetir determinadas situaciones. Lo que cambia es
la función del recuerdo. Antes lo utilizábamos para mantener viva la herida;
después podemos utilizarlo simplemente como aprendizaje. Ya no decimos: “Esto
demuestra que jamás podré confiar.” Podemos decir: “Esto me enseñó algo y ahora
puedo elegir con más claridad.”
Entonces el pasado deja de ser una prisión y
empieza a convertirse en una enseñanza.
Quizá podamos resumir todo el proceso con unas
preguntas muy sencillas para utilizar cuando sintamos que alguien nos ha hecho
mucho daño: ¿Qué estoy sintiendo ahora? ¿Qué estoy pensando acerca de lo
ocurrido? ¿Estoy haciendo depender mi paz de que la otra persona cambie?
¿Quiero seguir utilizando este recuerdo para sufrir? ¿Estoy dispuesto, aunque
todavía no sepa cómo, a contemplar otra manera de verlo? ¿Qué me pide el
resentimiento que haga? ¿Qué haría si pudiera responder desde una mente un poco
más serena?
No necesitamos responderlas todas perfectamente. Basta con comenzar a mirar.
Porque quizá el verdadero perdón no comience
cuando finalmente conseguimos decir: “Te perdono”. Quizá comience mucho antes,
en ese instante humilde en el que reconocemos:
“Ya no quiero seguir llevando conmigo este dolor de la misma manera.” Y entonces podemos entregar la situación, una vez más: “No sé cómo perdonar esto. No sé todavía cómo mirarlo sin dolor. Pero estoy dispuesto a que se me enseñe otra manera de verlo.”
Ahí el Curso deja de ser teoría.
La persona quizá no cambie. El pasado quizá no pueda corregirse externamente. La disculpa que esperábamos quizá nunca llegue. Pero algo mucho más importante comienza a quedar nuevamente en nuestras manos: la posibilidad de recuperar nuestra paz.
Y quizá ése sea uno de los regalos más profundos
del perdón que enseña Un Curso de Milagros: descubrir que liberarnos del
resentimiento no significa decir que lo que ocurrió estuvo bien.
Significa decidir que lo que ocurrió ya no tendrá
el poder de decidir por nosotros cómo vamos a vivir hoy.

No hay comentarios:
Publicar un comentario