¿Es posible que me haya acostumbrado al conflicto?
Esta pregunta puede resultar difícil de aceptar.
En principio, nadie desea vivir en conflicto. Queremos relaciones tranquilas,
estabilidad emocional, comprensión y paz.
Sin embargo, hay momentos en los que la calma nos
desconcierta.
Entonces puede surgir una pregunta honesta: ¿es
posible que me haya acostumbrado tanto al conflicto que ya no sepa reconocer la
paz?
Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, la
respuesta es sí. No porque nuestro verdadero Ser ame el conflicto, sino porque
la parte de la mente identificada con el ego ha aprendido a utilizarlo como una
forma de continuidad.
El conflicto le resulta conocido. La paz, en
cambio, amenaza la identidad que ha construido.
Una cosa es sufrir por una discusión y otra
reconocer que, de algún modo, la mente continúa buscándola. Una cosa es querer
que termine un problema concreto y otra estar dispuesto a abandonar el sistema
de pensamiento que necesita que siempre haya algo contra lo que luchar.
Por eso puedo decir que deseo paz y, al mismo
tiempo, conservar las condiciones que hacen imposible experimentarla. Puedo
querer armonía, pero seguir necesitando tener razón. Puedo desear una relación
sana, pero interpretar cada diferencia como un ataque. Puedo afirmar que quiero
perdonar, pero continuar repasando lo que el otro hizo. Puedo cansarme del
conflicto y, sin embargo, sentirme extraño cuando desaparece.
Esto no significa que conscientemente quiera
sufrir. Significa que el conflicto puede haberse convertido en una manera de
saber quién soy.
Quizá me he definido como quien debe defenderse. Quien
nunca es escuchado. Quien siempre cede. Quien tiene que luchar para que se
reconozca su valor. Quien vive rodeado de personas difíciles.
Cuando el conflicto sostiene mi identidad,
abandonarlo parece dejarme sin historia. Si ya no soy la víctima, el salvador,
el acusado, el incomprendido o el que siempre tiene razón, ¿quién soy?
El ego responde creando un nuevo enfrentamiento.
Puede hacerlo de manera evidente, provocando
discusiones. Pero también puede mantener el conflicto silenciosamente:
imaginando conversaciones, atribuyendo intenciones, comparando, juzgando o
preparando defensas para ataques que todavía no han ocurrido.
Externamente puedo estar en silencio, mientras
interiormente libro una batalla completa.
El Curso afirma que Dios permanece en perfecta
quietud porque en Él no existe conflicto, y añade que “el conflicto es la raíz
de todos los males”, pues siempre termina atacando al Hijo de Dios, que soy yo
mismo (T-11.III.1:6-8).
Esta afirmación revela que el conflicto no se
limita al desacuerdo entre dos personas. Su raíz está en la división de la
mente.
Una parte de mí desea amar. Otra quiere atacar.
Una parte desea perdonar. Otra exige reparación.
Una parte pide paz. Otra cree que estar en paz
significaría perder, ceder o quedar indefensa.
Mientras intente obedecer simultáneamente a estos
dos propósitos, experimentaré tensión. No porque la paz sea imposible, sino
porque todavía no he decidido completamente qué quiero.
El ego necesita mantener esta indecisión. Su
existencia depende de que siga creyendo que el amor y el miedo son alternativas
igualmente reales.
Por eso no siempre crea conflictos insoportables.
A veces los reduce lo suficiente para que podamos tolerarlos, pero no para que
renunciemos a ellos. El Texto explica que el ego intenta perpetuar el conflicto
y ofrece soluciones que parecen mitigarlo porque no quiere que llegue a
parecernos tan intolerable que decidamos abandonarlo por completo
(T-7.VIII.2:2-4).
Esta es una estrategia muy sutil.
El ego provoca un problema y después se ofrece
para resolverlo. Me convence de que alguien me ha atacado y luego me aconseja
cómo defenderme. Me hace interpretar una situación como peligrosa y luego
propone controlar a todos los implicados. Genera resentimiento y después me
ofrece una justificación para conservarlo.
Así parece ser mi protector, cuando en realidad
es la fuente de la interpretación que me mantiene intranquilo.
El ciclo se repite: Percibo ataque. Me defiendo. Mi
defensa provoca otra reacción. Esa reacción confirma que estaba en peligro. Y
la nueva defensa parece aún más necesaria. De esta manera, termino llamando
seguridad a un estado permanente de vigilancia.
Acostumbrarse al conflicto significa que la
tensión empieza a parecer normal. La serenidad puede sentirse vacía, sospechosa
o incluso aburrida. La intensidad emocional se confunde con vitalidad. Las
reconciliaciones dramáticas se confunden con amor. La preocupación constante se
confunde con responsabilidad.
Entonces una relación pacífica puede parecer que
“no tiene chispa”, mientras una relación llena de altibajos parece intensa y
significativa.
Pero la intensidad no siempre es amor. A veces es
miedo alternando entre esperanza y decepción.
El ego necesita contrastes: acercamiento y
alejamiento, aprobación y rechazo, triunfo y fracaso. Sin esos movimientos,
pierde los referentes mediante los cuales mantiene al personaje ocupado.
La paz verdadera no funciona así. No necesita un
enemigo para reconocerse. No depende de vencer, convencer ni obtener un
resultado concreto. Es una condición de la mente que ha dejado de otorgar
realidad a la separación.
Por eso la Lección 331 establece una diferencia
radical: “Estar en conflicto es estar dormido; la paz, estar despierto”
(L-331.1:8). El conflicto pertenece al sueño en el que creemos tener una
voluntad distinta de la de Dios; la paz refleja el recuerdo de que solo existe
la Voluntad del Amor.
Esto no significa que una persona despierta nunca
afronte desacuerdos. Dos personas pueden tener necesidades, opiniones o
decisiones distintas sin convertir la diferencia en una guerra.
El problema no es que alguien piense de otra
manera. El problema comienza cuando utilizo esa diferencia para demostrar que
estamos separados, que uno debe vencer y que la paz solo llegará cuando el otro
cambie.
Desde el ego, el desacuerdo se convierte en
identidad: “Yo soy quien tiene razón y tú quien está equivocado”. “Yo soy
inocente y tú culpable”. “Yo comprendo y tú no”. “Yo quiero la paz, pero tú me
impides tenerla”.
Así, la causa del conflicto parece estar fuera de
mí. Y mientras piense que el otro es su causa, esperaré que él lo resuelva.
El Espíritu Santo no me pide que niegue lo
ocurrido ni que tolere comportamientos dañinos. Puedo poner límites, retirarme
de una situación o expresar con claridad lo que necesito. Pero puedo hacerlo
sin convertir al otro en enemigo y sin utilizar el límite como castigo.
El ego pone límites para separar. El Espíritu
Santo puede utilizar los límites para evitar que el miedo siga dirigiendo la
relación. La diferencia está en el propósito.
También es posible que me aferre al conflicto
porque me ofrece una falsa sensación de poder. Mientras estoy enfadado, puedo
sentirme fuerte. La indignación me impulsa, me da argumentos y me permite
evitar emociones que considero más vulnerables: tristeza, miedo, inseguridad o
necesidad de afecto.
Pero el poder del ataque es ilusorio. Cada vez
que condeno, enseño a mi mente que la condenación es real y que también puede
aplicarse contra mí.
Por eso el conflicto siempre termina volviéndose
contra quien lo sostiene. Incluso cuando parece dirigido hacia otro, mantiene
mi propia mente dividida.
No necesito culpabilizarme por haber aprendido
esta dinámica. Tal vez durante mucho tiempo el conflicto me pareció la única
manera de protegerme, ser escuchado o conservar una relación. Quizá crecí
viendo que el afecto siempre iba acompañado de tensión, reproches o miedo.
El Curso no me pide negar ese aprendizaje. Me
invita a reconocer que lo aprendido puede deshacerse.
Pero para ello debo mirar el conflicto sin
justificarlo ni esconderlo. La Lección 333 enseña que no puede resolverse
evitándolo, negándolo, cambiándole el nombre o situándolo en otra persona. Debe
contemplarse exactamente como es, reconociendo la realidad y el propósito que
la mente le ha atribuido (L-333.1:1-4).
Puedo empezar observando qué ocurre cuando todo
está tranquilo.
¿Busco algo que criticar? ¿Recuerdo una ofensa
antigua? ¿Interpreto el silencio como rechazo? ¿Necesito plantear un asunto en
ese preciso momento para recuperar una intensidad conocida? ¿Me siento
invisible si no estoy luchando contra algo?
Estas preguntas no son una acusación. Son una
forma de sacar a la luz el propósito oculto.
Cuando aparezca el impulso de entrar de nuevo en
conflicto, puedo detenerme antes de responder. No para reprimir lo que siento,
sino para preguntar: “¿Qué quiero obtener mediante esta reacción?” “¿Quiero
comprender o quiero vencer?” “¿Estoy protegiendo la paz o defendiendo mi
identidad?” “¿Sería posible contemplar esto de otra manera?”
El Curso ofrece una instrucción sencilla: “Para
tener paz, enseña paz para así aprender lo que es” (T-6.V-B.7:5). Enseño paz
cuando dejo de utilizar mis palabras, mis silencios y mis gestos como armas. La
enseño cuando recuerdo que lo que ofrezco al otro lo refuerzo primero en mi
propia mente.
Puedo comenzar con una oración: “Espíritu Santo,
quizá me he acostumbrado al conflicto y he confundido la tensión con la vida,
la defensa con la seguridad y la intensidad con el amor. No quiero condenarme
por ello, pero tampoco quiero seguir protegiéndolo. Muéstrame qué identidad
intento conservar cuando lucho. Ayúdame a elegir la paz sin creer que pierdo
algo valioso”.
Tal vez el conflicto no desaparezca
inmediatamente. Pero cada vez que dejo de alimentarlo, la mente aprende algo
nuevo.
Aprende que puede discrepar sin atacar. Que puede
poner límites sin condenar. Que puede sentirse viva sin vivir en tensión. Que
puede amar sin dramatismo. Que puede permanecer en paz aunque el otro todavía
no la elija.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Me he
acostumbrado al conflicto?”, sino: “¿Estoy dispuesto a dejar de llamarlo
hogar?”.
Y cuando acepto que la paz no es extraña a mi
naturaleza, descubro que no tengo que aprender a fabricarla.
Solo tengo que dejar de defender aquello que la
ocultaba.

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