domingo, 23 de agosto de 2026

¿Es posible que me haya acostumbrado al conflicto?

¿Es posible que me haya acostumbrado al conflicto?

Esta pregunta puede resultar difícil de aceptar. En principio, nadie desea vivir en conflicto. Queremos relaciones tranquilas, estabilidad emocional, comprensión y paz.

Sin embargo, hay momentos en los que la calma nos desconcierta.

Cuando nadie discute, sospechamos que algo ocurre. Cuando una relación atraviesa un periodo sereno, buscamos señales de distanciamiento. Cuando un problema se resuelve, recordamos otro. Cuando alguien nos habla con neutralidad, interpretamos reproche, rechazo o indiferencia.

Entonces puede surgir una pregunta honesta: ¿es posible que me haya acostumbrado tanto al conflicto que ya no sepa reconocer la paz?

Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, la respuesta es sí. No porque nuestro verdadero Ser ame el conflicto, sino porque la parte de la mente identificada con el ego ha aprendido a utilizarlo como una forma de continuidad.

El conflicto le resulta conocido. La paz, en cambio, amenaza la identidad que ha construido.

Una cosa es sufrir por una discusión y otra reconocer que, de algún modo, la mente continúa buscándola. Una cosa es querer que termine un problema concreto y otra estar dispuesto a abandonar el sistema de pensamiento que necesita que siempre haya algo contra lo que luchar.

Por eso puedo decir que deseo paz y, al mismo tiempo, conservar las condiciones que hacen imposible experimentarla. Puedo querer armonía, pero seguir necesitando tener razón. Puedo desear una relación sana, pero interpretar cada diferencia como un ataque. Puedo afirmar que quiero perdonar, pero continuar repasando lo que el otro hizo. Puedo cansarme del conflicto y, sin embargo, sentirme extraño cuando desaparece.

Esto no significa que conscientemente quiera sufrir. Significa que el conflicto puede haberse convertido en una manera de saber quién soy.

Quizá me he definido como quien debe defenderse. Quien nunca es escuchado. Quien siempre cede. Quien tiene que luchar para que se reconozca su valor. Quien vive rodeado de personas difíciles.

Cuando el conflicto sostiene mi identidad, abandonarlo parece dejarme sin historia. Si ya no soy la víctima, el salvador, el acusado, el incomprendido o el que siempre tiene razón, ¿quién soy?

El ego responde creando un nuevo enfrentamiento.

Puede hacerlo de manera evidente, provocando discusiones. Pero también puede mantener el conflicto silenciosamente: imaginando conversaciones, atribuyendo intenciones, comparando, juzgando o preparando defensas para ataques que todavía no han ocurrido.

Externamente puedo estar en silencio, mientras interiormente libro una batalla completa.

El Curso afirma que Dios permanece en perfecta quietud porque en Él no existe conflicto, y añade que “el conflicto es la raíz de todos los males”, pues siempre termina atacando al Hijo de Dios, que soy yo mismo (T-11.III.1:6-8).

Esta afirmación revela que el conflicto no se limita al desacuerdo entre dos personas. Su raíz está en la división de la mente.

Una parte de mí desea amar. Otra quiere atacar.

Una parte desea perdonar. Otra exige reparación.

Una parte pide paz. Otra cree que estar en paz significaría perder, ceder o quedar indefensa.

Mientras intente obedecer simultáneamente a estos dos propósitos, experimentaré tensión. No porque la paz sea imposible, sino porque todavía no he decidido completamente qué quiero.

El ego necesita mantener esta indecisión. Su existencia depende de que siga creyendo que el amor y el miedo son alternativas igualmente reales.

Por eso no siempre crea conflictos insoportables. A veces los reduce lo suficiente para que podamos tolerarlos, pero no para que renunciemos a ellos. El Texto explica que el ego intenta perpetuar el conflicto y ofrece soluciones que parecen mitigarlo porque no quiere que llegue a parecernos tan intolerable que decidamos abandonarlo por completo (T-7.VIII.2:2-4).

Esta es una estrategia muy sutil.

El ego provoca un problema y después se ofrece para resolverlo. Me convence de que alguien me ha atacado y luego me aconseja cómo defenderme. Me hace interpretar una situación como peligrosa y luego propone controlar a todos los implicados. Genera resentimiento y después me ofrece una justificación para conservarlo.

Así parece ser mi protector, cuando en realidad es la fuente de la interpretación que me mantiene intranquilo.

El ciclo se repite: Percibo ataque. Me defiendo. Mi defensa provoca otra reacción. Esa reacción confirma que estaba en peligro. Y la nueva defensa parece aún más necesaria. De esta manera, termino llamando seguridad a un estado permanente de vigilancia.

Acostumbrarse al conflicto significa que la tensión empieza a parecer normal. La serenidad puede sentirse vacía, sospechosa o incluso aburrida. La intensidad emocional se confunde con vitalidad. Las reconciliaciones dramáticas se confunden con amor. La preocupación constante se confunde con responsabilidad.

Entonces una relación pacífica puede parecer que “no tiene chispa”, mientras una relación llena de altibajos parece intensa y significativa.

Pero la intensidad no siempre es amor. A veces es miedo alternando entre esperanza y decepción.

El ego necesita contrastes: acercamiento y alejamiento, aprobación y rechazo, triunfo y fracaso. Sin esos movimientos, pierde los referentes mediante los cuales mantiene al personaje ocupado.

La paz verdadera no funciona así. No necesita un enemigo para reconocerse. No depende de vencer, convencer ni obtener un resultado concreto. Es una condición de la mente que ha dejado de otorgar realidad a la separación.

Por eso la Lección 331 establece una diferencia radical: “Estar en conflicto es estar dormido; la paz, estar despierto” (L-331.1:8). El conflicto pertenece al sueño en el que creemos tener una voluntad distinta de la de Dios; la paz refleja el recuerdo de que solo existe la Voluntad del Amor.

Esto no significa que una persona despierta nunca afronte desacuerdos. Dos personas pueden tener necesidades, opiniones o decisiones distintas sin convertir la diferencia en una guerra.

El problema no es que alguien piense de otra manera. El problema comienza cuando utilizo esa diferencia para demostrar que estamos separados, que uno debe vencer y que la paz solo llegará cuando el otro cambie.

Desde el ego, el desacuerdo se convierte en identidad: “Yo soy quien tiene razón y tú quien está equivocado”. “Yo soy inocente y tú culpable”. “Yo comprendo y tú no”. “Yo quiero la paz, pero tú me impides tenerla”.

Así, la causa del conflicto parece estar fuera de mí. Y mientras piense que el otro es su causa, esperaré que él lo resuelva.

El Espíritu Santo no me pide que niegue lo ocurrido ni que tolere comportamientos dañinos. Puedo poner límites, retirarme de una situación o expresar con claridad lo que necesito. Pero puedo hacerlo sin convertir al otro en enemigo y sin utilizar el límite como castigo.

El ego pone límites para separar. El Espíritu Santo puede utilizar los límites para evitar que el miedo siga dirigiendo la relación. La diferencia está en el propósito.

También es posible que me aferre al conflicto porque me ofrece una falsa sensación de poder. Mientras estoy enfadado, puedo sentirme fuerte. La indignación me impulsa, me da argumentos y me permite evitar emociones que considero más vulnerables: tristeza, miedo, inseguridad o necesidad de afecto.

Pero el poder del ataque es ilusorio. Cada vez que condeno, enseño a mi mente que la condenación es real y que también puede aplicarse contra mí.

Por eso el conflicto siempre termina volviéndose contra quien lo sostiene. Incluso cuando parece dirigido hacia otro, mantiene mi propia mente dividida.

No necesito culpabilizarme por haber aprendido esta dinámica. Tal vez durante mucho tiempo el conflicto me pareció la única manera de protegerme, ser escuchado o conservar una relación. Quizá crecí viendo que el afecto siempre iba acompañado de tensión, reproches o miedo.

El Curso no me pide negar ese aprendizaje. Me invita a reconocer que lo aprendido puede deshacerse.

Pero para ello debo mirar el conflicto sin justificarlo ni esconderlo. La Lección 333 enseña que no puede resolverse evitándolo, negándolo, cambiándole el nombre o situándolo en otra persona. Debe contemplarse exactamente como es, reconociendo la realidad y el propósito que la mente le ha atribuido (L-333.1:1-4).

Puedo empezar observando qué ocurre cuando todo está tranquilo.

¿Busco algo que criticar? ¿Recuerdo una ofensa antigua? ¿Interpreto el silencio como rechazo? ¿Necesito plantear un asunto en ese preciso momento para recuperar una intensidad conocida? ¿Me siento invisible si no estoy luchando contra algo?

Estas preguntas no son una acusación. Son una forma de sacar a la luz el propósito oculto.

Cuando aparezca el impulso de entrar de nuevo en conflicto, puedo detenerme antes de responder. No para reprimir lo que siento, sino para preguntar: “¿Qué quiero obtener mediante esta reacción?” “¿Quiero comprender o quiero vencer?” “¿Estoy protegiendo la paz o defendiendo mi identidad?” “¿Sería posible contemplar esto de otra manera?”

El Curso ofrece una instrucción sencilla: “Para tener paz, enseña paz para así aprender lo que es” (T-6.V-B.7:5). Enseño paz cuando dejo de utilizar mis palabras, mis silencios y mis gestos como armas. La enseño cuando recuerdo que lo que ofrezco al otro lo refuerzo primero en mi propia mente.

Puedo comenzar con una oración: “Espíritu Santo, quizá me he acostumbrado al conflicto y he confundido la tensión con la vida, la defensa con la seguridad y la intensidad con el amor. No quiero condenarme por ello, pero tampoco quiero seguir protegiéndolo. Muéstrame qué identidad intento conservar cuando lucho. Ayúdame a elegir la paz sin creer que pierdo algo valioso”.

Tal vez el conflicto no desaparezca inmediatamente. Pero cada vez que dejo de alimentarlo, la mente aprende algo nuevo.

Aprende que puede discrepar sin atacar. Que puede poner límites sin condenar. Que puede sentirse viva sin vivir en tensión. Que puede amar sin dramatismo. Que puede permanecer en paz aunque el otro todavía no la elija.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Me he acostumbrado al conflicto?”, sino: “¿Estoy dispuesto a dejar de llamarlo hogar?”.

Y cuando acepto que la paz no es extraña a mi naturaleza, descubro que no tengo que aprender a fabricarla.

Solo tengo que dejar de defender aquello que la ocultaba.

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