II. El temor a sanar (13ª parte).
13. Observa cómo esta percepción de ti mismo no puede sino extenderse, y no pases por alto el hecho de que todo pensamiento se extiende porque ése es su propósito debido a lo que realmente es. 2De la idea de que el ser se compone de dos partes, surge necesariamente el punto de vista de que su función está dividida entre las dos. 3Pero lo que quieres corregir es solamente la mitad del error, que tú crees que es todo el error. 4Los pecados de tu hermano se convierten, de este modo, en el blanco central de la corrección, no vaya a ser que tus errores y los suyos se vean como el mismo error. 5Los tuyos son equivocaciones, pero los suyos son pecados y, por ende, no son como los tuyos. 6Los suyos merecen castigo, mientras que los tuyos, si vamos a ser justos, deberían pasarse por alto.
Aquí el ego opera con una estrategia muy
concreta: no niega del todo el error, pero lo reparte de manera desigual.
Admite que “yo también me equivoco”, pero considera que mis errores son
menores, comprensibles, corregibles o incluso perdonables. En cambio, los del
hermano se convierten en pecados: graves, culpables, merecedores de castigo.
Ésta es la gran trampa. El ego necesita que mis
errores sean vistos como simples equivocaciones, mientras que los de mi hermano
sean percibidos como prueba de su diferencia, de su culpa y de su merecido
castigo. De ese modo, no se permite ver que ambos errores proceden de la misma
raíz: la creencia en la separación.
Mensaje central del punto:
- La percepción de uno mismo siempre se extiende.
- Si me percibo dividido, veré también una función dividida.
- La mente egoica no quiere corregir el error completo, sino sólo “la mitad” que atribuye al hermano.
- Los pecados del hermano se convierten en el blanco principal de la corrección.
- Así se evita ver que mis errores y los suyos proceden del mismo error original.
- El ego considera mis faltas como equivocaciones, pero las del hermano como pecados.
- Mis errores parecen disculpables; los suyos parecen castigables.
- Ésta es una forma de preservar la separación.
- Mientras vea diferencias entre mi culpa y la suya, no podré aceptar la corrección verdadera.
- La curación comienza cuando reconozco que ambos compartimos el mismo error y necesitamos la misma liberación.
Claves de comprensión:
- Todo pensamiento se extiende.
- Si pienso desde la división, extiendo división.
- Si pienso desde la culpa diferenciada, extiendo juicio.
- El ego no quiere una corrección total, porque una corrección total desharía la separación.
- Por eso elige un blanco externo: el hermano.
- El hermano se convierte en el “problema principal”.
- Así el ego protege la idea de un yo relativamente inocente.
- Mis errores quedan minimizados.
- Los errores del otro quedan magnificados.
- Yo me percibo como alguien que “se equivoca”.
- Al otro lo veo como alguien que “peca”.
- Pero el Curso enseña que el error es uno solo: la creencia en la separación.
- Si esto se reconoce, desaparecen los grados de culpa y se abre la puerta al perdón.
Aplicación práctica en la vida cotidiana:
Observa cuándo tu mente clasifica los errores de
manera desigual:
- “Sí, yo me equivoqué, pero lo mío no fue tan grave”.
- “Lo que él hizo ya es otra cosa”.
- “Yo cometí un error; él actuó con mala intención”.
- “Mis fallos son humanos; los suyos son inaceptables”.
- “Yo merezco comprensión; él merece corrección”.
- “Mis errores deberían pasarse por alto; los suyos no”.
- “Lo mío fue una equivocación; lo suyo, un pecado”.
Entonces pregúntate:
→ “¿Estoy viendo dos clases de error?”
→ “¿Estoy convirtiendo las faltas de mi hermano en el centro de mi juicio?”
→ “¿Estoy usando una doble medida?”
→ “¿Quiero que mis errores sean comprendidos y los suyos castigados?”
→ “¿Estoy evitando ver que ambos procedemos del mismo error de separación?”
→ “¿Puedo permitir que la corrección alcance la raíz y no sólo la parte que
proyecto fuera?”
Este punto es muy práctico porque muestra cómo
opera el ego incluso en relaciones cotidianas. A veces no decimos abiertamente
que el otro “pecó”, pero interiormente sí establecemos una jerarquía:
- Yo estaba cansado.
- Yo tenía motivos.
- Yo no quise hacer daño.
- Yo sólo reaccioné.
- Pero él sí es responsable.
- Él sí debería cambiar.
- Él sí necesita corrección.
Ahí la mente ha dividido el error y ha preservado
la culpa.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿En qué situaciones minimizo mis errores y agrando los de mi hermano?
- ¿A quién estoy convirtiendo en el blanco central de la corrección?
- ¿Estoy usando una justicia diferente para mí y para el otro?
- ¿Veo mis errores como equivocaciones y los suyos como pecados?
- ¿Qué gano manteniendo esa diferencia?
- ¿Estoy dispuesto a reconocer que el error es el mismo en ambos?
- ¿Puedo renunciar a la necesidad de castigar al hermano?
- ¿Qué cambiaría si viera que ambos necesitamos la misma curación?
El ego siempre divide para juzgar.
Divide la percepción del ser. Divide la función. Divide la culpa. Divide la corrección. Y, finalmente, divide la inocencia.
Así logra que mis errores parezcan leves y los
del hermano graves. Así preserva una imagen de mí mismo más favorable y
convierte al otro en el centro del problema. Pero el Curso nos enseña que esto
impide la curación, porque sólo se quiere corregir “la mitad del error”, la
parte que parece estar fuera.
Mientras el hermano siga siendo el blanco
principal de la corrección, no se reconocerá la raíz común del error. Y
mientras no se reconozca la raíz común, la separación seguirá pareciendo real.
La verdadera corrección no dice: “Yo me
equivoqué, pero tú pecaste.”
La verdadera corrección reconoce: “Ambos hemos
creído en la separación, y ambos necesitamos la misma luz.”
Ahí el error deja de ser arma y se convierte en oportunidad de sanación.
Ahí el hermano deja de ser el blanco de la corrección y vuelve a ser compañero en la curación.
Frase
inspiradora: “No dividiré el error para condenar a mi hermano y
absolverme a mí; reconoceré que ambos necesitamos la misma corrección y la
misma paz.”

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