martes, 18 de agosto de 2026

Capítulo 27. II. El temor a sanar (11ª parte).

 II. El temor a sanar (11ª parte).

11. En una mente escindida, la identidad no puede sino dar la impresión de que está dividida. 2Nadie puede percibir que una función está unificada, si ésta tiene propósitos conflictivos y obje­tivos diferentes. 3Para una mente tan dividida como la tuya, corre­gir no es sino una manera de castigar a otro por los pecados que tú crees son tus propios pecados. 4Y de este modo, el otro se con­vierte en tu víctima, no en tu hermano, diferente de ti por el hecho de ser más culpable, y tener, por lo tanto, necesidad de que lo corrijas, al ser tú más inocente que él. 5Esto separa su función de la tuya, y os da a ambos un papel diferente. 6Y así, no podéis ser percibidos como uno y con una sola función, lo cual querría decir que compartís una misma identidad y un solo objetivo.

Este punto continúa la enseñanza anterior sobre la función de corregir. El Curso nos dice que, en una mente escindida, la identidad parece estar dividida. Es decir, cuando la mente cree estar separada de Dios y de sus hermanos, también percibe funciones separadas, propósitos distintos y objetivos opuestos.

La mente dividida no puede comprender una función unificada porque vive desde el conflicto. Cree que uno debe corregir y otro debe ser corregido; uno debe tener razón y otro debe estar equivocado; uno debe ser inocente y otro culpable. Así, la corrección deja de ser perdón y se convierte en castigo.

Desde esta percepción, corregir al hermano significa señalarle una culpa que en realidad creemos propia, pero que no queremos reconocer en nosotros. Por eso el Curso dice que corregir, para una mente dividida, es una manera de castigar a otro por los pecados que creemos que son nuestros.

El hermano se convierte entonces en víctima de nuestra necesidad de proyectar culpa.

Mensaje central del punto:

  • En una mente escindida, la identidad parece dividida.
  • Cuando la mente tiene propósitos conflictivos, no puede percibir una función unificada.
  • La corrección, desde el ego, se convierte en castigo.
  • Castigamos al hermano por culpas que en realidad creemos propias.
  • Así, el hermano deja de ser visto como hermano y se convierte en víctima.
  • Lo vemos diferente de nosotros porque lo consideramos más culpable.
  • Creemos que necesita corrección porque nos creemos más inocentes.
  • Esta percepción separa su función de la nuestra.
  • Nos asigna papeles distintos: corrector y corregido, inocente y culpable, juez y acusado.
  • Mientras aceptemos esos papeles, no podremos vernos como uno.
  • Compartir una sola función significa compartir una misma identidad y un solo objetivo.

Claves de comprensión:

  • El ego divide para conservar la separación.
  • Necesita diferencias para sostener su sistema de culpa.
  • Si yo soy el corrector y tú eres el corregido, ya no somos iguales.
  • Si yo soy más inocente y tú más culpable, ya no compartimos identidad.
  • Si tu función es aprender de mí y la mía es juzgarte, la relación se convierte en jerarquía.
  • El ego usa la corrección como forma de superioridad espiritual.
  • Pero toda superioridad niega la unidad.
  • La verdadera corrección no castiga; perdona.
  • La verdadera función no separa; une.
  • No tengo una función distinta de la de mi hermano.
  • Ambos compartimos una misma meta: recordar nuestra inocencia y despertar de la culpa.
  • La función compartida revela la identidad compartida.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo te colocas en el papel de corrector:

  • “Yo veo más claro que él”.
  • “Él necesita que yo lo corrija”.
  • “Yo estoy más avanzado”.
  • “Su error es más grave que el mío”.
  • “Yo tengo que hacerle ver su culpa”.
  • “Si no lo corrijo, no aprenderá”.
  • “Yo sé lo que le conviene”.

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy viendo a mi hermano como hermano o como víctima de mi juicio?”
→ “¿Estoy intentando corregirlo para ayudarlo o para sentirme más inocente?”
→ “¿Estoy proyectando en él una culpa que temo mirar en mí?”
→ “¿Estoy separando su función de la mía?”
→ “¿Me estoy colocando como juez, maestro o salvador personal?”
→ “¿Puedo recordar que compartimos una misma función y un mismo objetivo?”

Este punto no significa que nunca podamos orientar, acompañar, aconsejar o expresar algo necesario. La diferencia está en el propósito. Si hablo desde el juicio, mi palabra separa. Si hablo desde el perdón, mi palabra puede servir a la unión.

No es lo mismo decir interiormente: “Yo voy a corregirte porque estás equivocado”, que decir: “Espíritu Santo, corrige primero mi percepción para que yo no use esta situación contra mi hermano”.

La primera actitud nace de la mente dividida.
La segunda nace de la disposición a sanar.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué relaciones me siento más inocente que el otro?
  • ¿A quién considero más culpable y, por tanto, necesitado de corrección?
  • ¿Estoy usando la corrección como una forma de castigo?
  • ¿Qué culpa propia estoy proyectando en mi hermano?
  • ¿Lo veo como víctima de mi juicio o como compañero en la misma función?
  • ¿Estoy dispuesto a renunciar al papel de corrector?
  • ¿Puedo aceptar que mi hermano y yo compartimos una sola función?
  • ¿Qué cambiaría si recordara que tenemos una misma identidad y un solo objetivo?

Conclusión:

La mente dividida no puede percibir una función unificada.

Por eso el ego necesita repartir papeles. Uno corrige, otro es corregido. Uno acusa, otro se defiende. Uno parece inocente, otro carga con la culpa. Uno enseña desde arriba, otro recibe desde abajo. Pero todos esos papeles pertenecen al sueño de separación.

Cuando asumo el papel de corrector, dejo de ver a mi hermano como igual. Lo convierto en víctima de mi juicio. Lo hago diferente de mí. Le asigno una función distinta. Y al hacer eso, refuerzo la creencia de que no compartimos la misma identidad.

Pero el Espíritu Santo nos recuerda otra cosa: tenemos una sola función. No estamos aquí para acusarnos, corregirnos desde la culpa o demostrar quién está más cerca de la verdad. Estamos aquí para perdonar juntos, sanar juntos y recordar juntos quiénes somos.

La verdadera corrección no separa. No castiga. No humilla. No establece jerarquías.

La verdadera corrección es perdón, porque devuelve a ambos a la misma inocencia.

Cuando dejo de ver a mi hermano como alguien a quien debo corregir, puedo verlo como compañero de camino. Y entonces nuestra función vuelve a ser una: aceptar la curación que deshace la culpa y revela la identidad compartida.

Frase inspiradora: “No haré de mi hermano la víctima de mi necesidad de corregir; recordaré que compartimos una sola función, una misma identidad y un único objetivo.”

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