¿Estoy dispuesto a soltar el sufrimiento que digo no querer?
Ésta es una
de las preguntas más incómodas que un estudiante de Un Curso de Milagros puede
hacerse. A primera vista, la respuesta parece obvia: «Por supuesto que quiero
dejar de sufrir». Sin embargo, el Curso nos invita a mirar más profundamente y
descubrir que, muchas veces, existe en nosotros una parte de la mente que se
aferra al sufrimiento porque cree obtener algo de él.
El ego
utiliza el dolor como una prueba de que la separación es real. Mientras me
sienta herido, puedo pensar que alguien me ha hecho daño, que el mundo es
injusto o que mi pasado explica mi presente. El sufrimiento se convierte así en
una forma de preservar una identidad basada en la vulnerabilidad. Si dejo de
sufrir, el ego siente que pierde la historia sobre la que ha construido su
existencia.
El
sufrimiento también puede convertirse en una forma de obtener amor o
reconocimiento. A veces esperamos que los demás comprendan nuestro dolor, nos
consuelen o justifiquen nuestras reacciones. Sin darnos cuenta, utilizamos el
sufrimiento para reforzar la identidad personal. El ego susurra: «Si abandono
esto, ¿quién seré?».
Sin
embargo, el Espíritu Santo contempla la situación de otra manera. No nos pide
que neguemos lo que sentimos, sino que cuestionemos el valor que le estamos
otorgando. El dolor no es un castigo divino ni una prueba de nuestra pequeñez;
es una interpretación nacida de una percepción equivocada. Y toda percepción
puede corregirse.
Por eso el
Curso nos recuerda que «Podría ver paz en lugar de esto» (L-34). No dice que
debamos fabricar la paz, sino reconocer que siempre ha estado disponible. El
problema no es el sufrimiento en sí, sino nuestra decisión inconsciente de
seguir utilizándolo para demostrar que el ego tiene razón.
Muchas
veces creemos que queremos sanar, pero en realidad sólo queremos sentirnos un
poco mejor sin abandonar nuestras viejas interpretaciones. Queremos conservar
el resentimiento, mantener el juicio o seguir culpando a alguien, esperando al
mismo tiempo experimentar la paz. El Curso nos invita a reconocer que ambas
cosas son incompatibles.
Soltar el
sufrimiento no significa que el pasado desaparezca ni que el mundo cambie.
Significa dejar de usar el pasado para definir quién soy. Significa aceptar que
mi verdadera Identidad permanece intacta, más allá de cualquier experiencia que
haya vivido.
Tal vez,
entonces, la cuestión no sea si deseo dejar de sufrir, sino si estoy dispuesto
a abandonar los beneficios ocultos que el ego cree obtener del sufrimiento.
Porque, al final, cada instante nos ofrece una elección silenciosa: ¿Quiero tener razón… o quiero recordar la paz de Dios?

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