¿Por qué me cuesta tanto aplicar lo que entiendo?
Muchos estudiantes de Un Curso de Milagros
descubren, tras un tiempo de estudio, una aparente contradicción: comprenden
intelectualmente las enseñanzas, pueden explicarlas e incluso compartirlas con
otros, pero, cuando surge un conflicto en su vida cotidiana, reaccionan con
miedo, enfado, culpa o tristeza como si nunca las hubieran aprendido. Entonces
aparece la pregunta: «Si lo entiendo, ¿por qué no puedo vivirlo?»
El propio Libro de Ejercicios nos advierte de
ello desde su introducción: «Una mente sin entrenar no puede lograr nada»
(L-in.1:3). El propósito del entrenamiento no es acumular conocimientos, sino
aprender a pensar de acuerdo con las premisas del Espíritu Santo. Por eso el
Curso añade que «es la práctica de los ejercicios... lo que te permitirá
alcanzar el objetivo del curso» (L-in.1:2).
El ego no se sostiene por falta de información,
sino por hábito. Durante años hemos aprendido a interpretar el mundo desde la
separación: alguien me ataca, algo me falta, debo defenderme o controlar lo que
sucede. Estas respuestas se han vuelto automáticas. Cuando aparece una
situación difícil, el ego reacciona antes de que seamos plenamente conscientes
de ello.
Por eso el Curso insiste en la necesidad de un
entrenamiento diario. La finalidad del Libro de Ejercicios es precisamente
sustituir los viejos hábitos de percepción por una nueva manera de mirar. De
hecho, afirma que los ejercicios están diseñados para «entrenar a tu mente de
forma sistemática a tener una percepción diferente de todas las cosas y de todo
el mundo» (L-in.4:1).
Además, el ego teme la aplicación real del Curso.
Mientras estudiamos teoría, apenas se siente amenazado. Pero cuando decidimos
perdonar de verdad, abandonar un resentimiento o dejar de juzgar, el sistema
del ego percibe que está perdiendo su fundamento. Entonces aparecen las dudas,
las resistencias e incluso la sensación de que el Curso no funciona. Sin
embargo, el Texto nos recuerda que «el Espíritu Santo separa lo verdadero de lo
falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente» (T-1.I.38:2-3).
Es precisamente este proceso de corrección el que produce incomodidad.
También conviene recordar que el aprendizaje del
Curso no es lineal. Habrá momentos en los que reaccionaremos desde el miedo y
otros en los que elegiremos la paz. Cada pequeño instante en el que decidimos
no seguir al ego debilita su dominio sobre nuestra mente. El progreso no
consiste en no equivocarse nunca, sino en reconocer cada vez más rápido que
podemos elegir de nuevo. No en vano, el Curso nos recuerda: «Tengo el poder de
decidir» (L-152), y más adelante afirma: «La salvación depende de mi decisión» (L-238).
Tal vez la dificultad no esté en aplicar lo que
entendemos, sino en aceptar que todavía creemos en otra cosa. El Curso no nos
exige perfección inmediata; sólo nos pide una disposición sincera. En uno de
sus pasajes más consoladores nos habla de «la pequeña dosis de buena voluntad»
(T-18.IV.2:1), indicando que eso es suficiente para que el Espíritu Santo pueda
obrar en nuestra mente.
En definitiva, no nos cuesta aplicar el Curso
porque sea falso, sino porque durante mucho tiempo hemos practicado exactamente
lo contrario. La paz no llega cuando acumulamos más conocimiento, sino cuando
dejamos de defender nuestras antiguas interpretaciones. Cada vez que elegimos
mirar un conflicto con los ojos del perdón, aunque sólo sea por un instante,
estamos permitiendo que nuestra percepción sea corregida.
Quizá, después de todo, la pregunta no sea: «¿Por qué me cuesta tanto aplicar lo que entiendo?» sino esta otra: «¿Estoy dispuesto a dejar de creer que el ego sabe mejor que Dios quién soy?».

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