Capítulo 27
I. El cuadro de la crucifixión (9ª parte).
9. Tu función consiste en mostrarle a tu hermano que el pecado carece de causa. 2¡Cuán fútil tiene que ser verte a ti mismo como la prueba fehaciente de que lo que tu función es, jamás tendrá lugar! 3La imagen que te ofrece el Espíritu Santo no convierte al cuerpo en algo que éste no es. 4Lo único que hace es purificarlo de todo vestigio de acusación y reproche. 5Al representársele como algo carente de propósito, no se le puede considerar ni enfermo ni saludable, ni bueno ni malo. 6No da lugar a que se le pueda juzgar en modo alguno. 7No tiene vida, pero tampoco está muerto. 8Cualquier experiencia de amor o de miedo le es ajena. 9Pues ahora no da testimonio de nada, al no tener ningún propósito y al encontrarse la mente libre otra vez para determinar cuál debe ser su propósito. 10Ahora el cuerpo no está condenado, sino en espera de que se le confiera un propósito de modo que pueda llevar a cabo la función que se le encomiende.
El
Curso plantea una pregunta muy directa: ¿qué sentido tiene verte a ti mismo
como prueba de que tu función jamás tendrá lugar? Si mi función es mostrar que
el pecado carece de causa, pero yo me presento como herido, dañado, ofendido o
destruido por el pecado de otro, entonces estoy contradiciendo mi propia
función. Estoy diciendo: “El pecado sí tuvo causa y sí tuvo efectos; mírame a
mí como prueba”.
La
imagen que ofrece el Espíritu Santo no hace del cuerpo algo que no es. No lo
convierte en espíritu, ni en identidad real, ni en algo eterno. Simplemente lo
purifica de acusación y reproche. Lo deja sin la función que el ego le había
dado.
Mensaje
central del punto.
- Tu función es mostrar que el pecado carece de causa.
- No puedes cumplir esa función si haces de ti mismo una prueba de que el pecado tuvo efectos.
- El Espíritu Santo no convierte el cuerpo en lo que no es.
- Sólo lo purifica de acusación y reproche.
- El cuerpo, sin el propósito del ego, queda vacío de juicio.
- No puede ser considerado enfermo ni saludable, bueno ni malo.
- No tiene vida, pero tampoco está muerto.
- No experimenta amor ni miedo por sí mismo.
- Ahora no da testimonio de nada.
- La mente queda libre para decidir qué propósito darle.
- El cuerpo ya no está condenado, sino disponible para una nueva función.
Claves
de comprensión.
El
ego usa el cuerpo como prueba. Prueba de culpa, prueba de pecado, prueba de
ataque, prueba de enfermedad, prueba de vulnerabilidad, prueba de separación.
El Espíritu Santo no necesita discutir con esas pruebas. Simplemente retira el
propósito que las hacía parecer significativas.
Cuando
el cuerpo queda sin propósito propio, se vuelve neutral. No es enemigo ni
salvador. No es santo ni pecaminoso. No es la fuente del miedo ni la fuente del
amor. No es el problema ni la solución. Es simplemente un medio al que la mente
puede asignar un propósito.
Ésta
es una de las grandes correcciones del Curso: el cuerpo no tiene significado
por sí mismo. El significado se lo da la mente. Si la mente lo usa para acusar,
parecerá testigo de culpa. Si la mente lo entrega al Espíritu Santo, podrá
servir a la comunicación, al perdón y a la curación.
El
cuerpo, por tanto, no necesita ser condenado. Tampoco necesita ser glorificado.
Sólo necesita ser liberado de los propósitos del pasado.
El
cuerpo sin juicio.
El
texto dice que, al representarlo como algo carente de propósito, no se le puede
considerar ni enfermo ni saludable, ni bueno ni malo. Esto no significa que en
el nivel práctico no atendamos su estado, no vayamos al médico o no cuidemos
nuestra salud. Significa que, espiritualmente, el cuerpo no define la verdad.
No demuestra inocencia ni culpa. No prueba avance ni retroceso. No establece
quién eres.
La
mente del ego quiere juzgar el cuerpo todo el tiempo:
- “Estoy bien, luego estoy a salvo.”
- “Estoy enfermo, luego algo va mal.”
- “Soy atractivo, luego valgo.”
- “Estoy deteriorado, luego pierdo.”
- “Mi cuerpo falla, luego soy vulnerable.”
- “Mi cuerpo mejora, luego soy más espiritual.”
El
Espíritu Santo retira todo eso. No convierte el cuerpo en ídolo ni en enemigo.
Lo deja en silencio. Y en ese silencio, la mente puede escoger de nuevo.
Aplicación
práctica:
Este
punto puede aplicarse observando cómo usamos el cuerpo como prueba:
- “Mi cuerpo demuestra que he sido atacado.”
- “Mi enfermedad demuestra que algo o alguien tiene culpa.”
- “Mi apariencia demuestra mi valor.”
- “Mi cansancio demuestra que no puedo cumplir mi función.”
- “Mi fragilidad demuestra que el pecado tuvo consecuencias.”
- “Mi historia corporal demuestra quién soy.”
La
práctica sería llevar esos pensamientos al Espíritu Santo y decir: “No sé cuál
es el propósito del cuerpo. No quiero usarlo para acusar ni para reprochar. Que
quede libre del pasado y reciba sólo el propósito que Tú le des.”
Así,
el cuerpo deja de ser un argumento contra alguien. Deja de ser una prueba de
culpa. Deja de ser el centro de la identidad. Queda disponible.
Y
lo disponible puede ser usado por el Espíritu Santo.
Preguntas
para la reflexión personal.
- ¿Estoy usando mi cuerpo como prueba de que el pecado tuvo efectos?
- ¿Uso la enfermedad, el cansancio o el dolor como acusación?
- ¿Creo que el estado del cuerpo define mi valor espiritual?
- ¿Estoy haciendo del cuerpo un símbolo de reproche?
- ¿Puedo verlo como neutral, sin juicio propio?
- ¿Estoy dispuesto a dejar de llamarlo bueno o malo, salvador o enemigo?
- ¿Qué propósito del pasado sigo asignándole?
- ¿Puedo dejarlo en manos del Espíritu Santo para que cumpla una función nueva?
Conclusión.
Tu
función es mostrar que el pecado carece de causa.
Para
cumplir esa función, no puedes presentarte como prueba de que el pecado tuvo
consecuencias reales. No puedes decir, mediante tu dolor, tu enfermedad, tu
reproche o tu imagen corporal: “mira lo que el pecado hizo de mí”. Esa imagen
contradice la función que el Espíritu Santo te ha dado.
La
imagen que Él ofrece no convierte al cuerpo en espíritu. No lo eleva a
identidad. No lo hace sagrado por sí mismo. Sencillamente lo limpia de
acusación. Lo libera del reproche. Lo deja sin la carga de demostrar culpa.
Y
entonces el cuerpo queda neutral.
- No es vida.
- No es muerte.
- No es amor.
- No es miedo.
- No es prueba.
- No es condena.
Queda
esperando que la mente le dé un propósito. Y si la mente lo entrega al Espíritu
Santo, el cuerpo podrá servir a la curación en lugar de servir a la culpa.
Ahí
comienza la verdadera liberación del cuerpo: no en hacerlo especial, sino en
dejar de usarlo como testigo contra nadie.
Frase
inspiradora: “No
haré del cuerpo una prueba contra mi hermano; lo entregaré sin reproche al
propósito de la curación.”

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