¿Por
qué sigo reaccionando con miedo si ya sé que no soy un cuerpo?
Ésta
es una de las preguntas más honestas que un estudiante de Un Curso de Milagros
puede hacerse. Después de meses o incluso años de estudio, comprende
intelectualmente que no es un cuerpo, que su verdadera Identidad es espíritu y
que nada real puede ser amenazado. Sin embargo, basta una enfermedad, una mala
noticia, una crítica o la incertidumbre sobre el futuro para que el miedo
aparezca con toda su fuerza.
Entonces
surge la duda: «Si realmente he entendido el Curso, ¿por qué sigo reaccionando
así?»
La respuesta del Curso no es una condena, sino una invitación a la paciencia. Saber una idea no significa haberla aceptado completamente. La mente puede comprender una verdad mientras continúa identificándose con un viejo hábito de percepción. Durante toda una vida hemos aprendido a pensar desde el cuerpo, a interpretar el mundo desde la vulnerabilidad y a creer que nuestra existencia depende de lo que sucede fuera de nosotros. No es extraño que esos hábitos sigan apareciendo.
Por
eso el Libro de Ejercicios comienza recordándonos que «Una mente sin entrenar
no puede lograr nada» (L-in.1:3). El miedo no demuestra que el Curso sea falso
ni que estemos fracasando; simplemente pone de manifiesto qué maestro estamos
eligiendo en ese instante.
El
ego interpreta cualquier cambio como una amenaza. Si una molestia aparece en el
cuerpo, inmediatamente construye una historia: «Puede ser grave», «Voy a perder
el control», «Algo malo va a pasar». No reacciona al hecho, sino a la
interpretación que hace del hecho. Y nosotros confundimos esa interpretación
con la realidad.
El
Curso no nos pide que luchemos contra el miedo ni que lo reprimamos. Nos invita
a observarlo sin convertirlo en una prueba de quiénes somos. El miedo no
demuestra que seamos un cuerpo; sólo demuestra que, durante unos instantes,
hemos vuelto a creer en la vieja identidad que el ego fabricó.
De
hecho, el Texto afirma: «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe. En
esto radica la paz de Dios» (T-In.2:2-4). El problema es que todavía damos
realidad a lo irreal. Creemos que el cuerpo es nuestro hogar, que el tiempo
define nuestra existencia y que el mundo tiene poder sobre nuestra paz.
Mientras esas creencias permanezcan ocultas, el miedo seguirá apareciendo una y
otra vez.
Pero
cada reacción de miedo puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje. En
lugar de preguntarnos: «¿Por qué sigo teniendo miedo?», podríamos preguntarnos:
«¿Qué estoy creyendo acerca de mí en este momento?». Casi siempre descubriremos
que hemos vuelto a identificarnos con un personaje limitado, vulnerable y
separado de Dios.
Entonces
el miedo deja de ser un enemigo y se convierte en un maestro. Nos señala el
lugar exacto donde todavía creemos en la separación. Y eso es una buena
noticia, porque sólo aquello que se hace consciente puede ser entregado al
Espíritu Santo para su corrección.
La
paz no llega cuando conseguimos no sentir miedo nunca más. Llega cuando dejamos
de considerar el miedo como una autoridad. Podemos sentirlo y, al mismo tiempo,
recordar que no define nuestra realidad.
Poco
a poco, la mente aprende a responder de otra manera. El cuerpo puede temblar,
el corazón puede acelerarse, los pensamientos pueden agitarse, pero en un lugar
más profundo comienza a surgir una certeza silenciosa: esto no es lo que soy.
Quizá
el progreso espiritual no consista en dejar de experimentar miedo de un día
para otro, sino en dejar de creer que el miedo tiene la última palabra.
Y
entonces la pregunta cambia por completo: ¿Y si cada vez que aparece el miedo
no fuera una prueba de mi separación, sino una nueva oportunidad para recordar
que sigo siendo tal como Dios me creó?

No hay comentarios:
Publicar un comentario