domingo, 26 de julio de 2026

¿Estoy avanzando aunque siga cayendo en los mismos errores?

¿Estoy avanzando aunque siga cayendo en los mismos errores?

Ésta es una de las preguntas que más desanima a un estudiante de Un Curso de Milagros. Después de meses o incluso años de práctica, descubre que sigue reaccionando con miedo, que vuelve a juzgar, que se enfada por las mismas situaciones o que repite una y otra vez los mismos patrones de pensamiento. Entonces aparece una voz conocida que susurra: «No has aprendido nada. Sigues siendo el mismo».

Pero esa voz no es la del Espíritu Santo.

El ego tiene una manera muy particular de medir el progreso: compara el presente con un ideal imaginario y concluye que siempre falta algo. Nunca reconoce un avance porque su supervivencia depende precisamente de que sigamos creyendo que todavía no somos suficientes. Si pudiera convencernos de que hemos fracasado, abandonaríamos el entrenamiento y volveríamos a identificarnos con él.

El Espíritu Santo, en cambio, nunca evalúa desde la culpa. No mira cuántas veces has caído, sino cuántas veces has estado dispuesto a levantarte. No observa el error para condenarlo, sino para corregirlo con suavidad.

Muchas veces confundimos repetir un error con no haber aprendido nada. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre repetir un patrón inconscientemente y reconocerlo mientras está ocurriendo. Antes reaccionábamos con miedo, creyendo que el miedo era la verdad. Ahora, aunque reaccionemos, una parte de nuestra mente empieza a observar lo que sucede y se pregunta: «¿Quiero seguir viendo esto así?». Ese pequeño instante de conciencia ya es un milagro.

El Libro de Ejercicios nos recuerda que «Una mente sin entrenar no puede lograr nada» (L-in.1:3). Entrenar una mente significa sustituir hábitos profundamente arraigados por una nueva manera de percibir. Ningún hábito desaparece de un día para otro. La práctica consiste en elegir una y otra vez, con paciencia, hasta que la paz resulte más natural que el conflicto.

El ego interpreta cada recaída como una prueba de que el Curso no funciona. El Espíritu Santo la contempla como una nueva oportunidad de elegir de nuevo. Lo que antes era un motivo de culpa se convierte ahora en un aula de aprendizaje.

Además, el progreso espiritual rara vez es espectacular. No suele manifestarse mediante experiencias extraordinarias, sino en cambios casi imperceptibles: tardamos menos en recuperar la paz, necesitamos menos tiempo para abandonar un resentimiento, reaccionamos con un poco más de comprensión o dejamos de alimentar un juicio que antes habría ocupado nuestra mente durante días.

A veces, el cambio más profundo consiste simplemente en dejar de identificarnos con nuestros errores. El ego dice: «Has vuelto a caer; por lo tanto, eres un fracaso». El Espíritu Santo responde: «Has olvidado quién eres por un instante; ahora puedes recordarlo otra vez».

El Curso nunca nos pide perfección. Nos pide disposición. Nos invita a elegir una y otra vez, incluso cuando creemos haber retrocedido. De hecho, cada vez que dejamos de utilizar un error para atacarnos y lo entregamos para su corrección, estamos debilitando el sistema de pensamiento del ego.

Quizá el verdadero progreso no consista en no volver a tropezar, sino en dejar de convertir cada tropiezo en una identidad. El camino espiritual no es una línea recta; es un aprendizaje continuo en el que cada caída puede transformarse en una oportunidad para practicar el perdón con uno mismo.

Y entonces descubrimos una paradoja maravillosa: aquello que el ego llama fracaso puede ser precisamente la puerta por la que entra la humildad, la paciencia y la confianza.

Tal vez la pregunta ya no sea: «¿Estoy avanzando aunque siga cayendo en los mismos errores?»

Sino esta otra: «¿Y si cada vez que elijo levantarme, en lugar de condenarme, ya estoy recordando un poco más quién soy realmente?»

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