¿Es
normal que el ego parezca más fuerte cuanto más practico?
Muchos
estudiantes de Un Curso de Milagros atraviesan una etapa desconcertante.
Comienzan a practicar con ilusión, sienten momentos de paz y claridad, pero,
inesperadamente, empiezan a experimentar más miedo, más dudas, más juicios o
una sensación de conflicto interior que antes parecía menos intensa. Entonces
surge una pregunta inquietante: «¿Estoy haciendo algo mal o es que el ego se
está haciendo más fuerte?»
La
respuesta puede resultar sorprendente: el ego no se está fortaleciendo. Lo que
ocurre es que está siendo visto.
Es
parecido a entrar en una habitación iluminada por una tenue vela. El polvo
siempre estuvo allí, pero sólo cuando la luz aumenta empezamos a verlo. La luz
no ha creado el polvo; simplemente lo ha revelado.
Por
eso el Curso afirma que «el ego siempre habla primero» (T-6.IV.1:2). Ha ocupado
durante tanto tiempo el lugar de intérprete de nuestra experiencia que resulta
normal que su voz siga apareciendo con fuerza. La diferencia es que ahora ya no
pasa desapercibida.
Además,
el ego percibe el progreso espiritual como una amenaza para su supervivencia.
No puede aceptar que existe una manera distinta de mirar el mundo porque toda
su identidad se basa en la separación. Cuando comenzamos a elegir el perdón, la
paz o la confianza, el ego reacciona intentando recuperar el control mediante
más miedo, más dudas o más resistencia.
Muchos
estudiantes interpretan esa resistencia como un fracaso. Piensan: «Si realmente
estuviera avanzando, ya no tendría estos pensamientos». Pero el Curso nunca
promete que el ego dejará de hablar de un día para otro. Lo que cambia es
nuestra disposición a creerle.
La
práctica no consiste en eliminar inmediatamente los pensamientos de miedo, sino
en dejar de identificarnos con ellos. Poco a poco aprendemos a observarlos como
nubes que cruzan el cielo de la mente sin necesidad de seguirlas. Descubrimos
que el problema no era que el ego hablara, sino que nosotros pensábamos que esa
voz era nuestra identidad.
El
Libro de Ejercicios nos recuerda que «Una mente sin entrenar no puede lograr
nada» (L-in.1:3). Ese entrenamiento consiste precisamente en aprender a
reconocer qué maestro estamos escuchando en cada instante. Cada vez que
elegimos no alimentar un juicio, no responder desde el ataque o no seguir una
interpretación basada en el miedo, estamos debilitando el hábito del ego,
aunque éste parezca protestar con más intensidad.
Existe
además una paradoja hermosa: cuanto más conscientes somos del ego, menos poder
real tiene sobre nosotros. La oscuridad sólo parece fuerte mientras permanece
oculta. Cuando la luz entra en la habitación, la oscuridad no lucha;
simplemente desaparece. Del mismo modo, el ego no puede defenderse de la
conciencia, porque depende del olvido para mantenerse.
Quizá
por eso muchos estudiantes sienten que están retrocediendo cuando, en realidad,
están empezando a ver con mayor honestidad el contenido de su mente. Lo que
antes pasaba inadvertido ahora se presenta claramente para ser corregido. No es
una regresión; es una oportunidad de sanación.
Tal
vez el verdadero progreso espiritual no consista en escuchar cada vez menos al
ego, sino en recordar cada vez con mayor rapidez que no estamos obligados a
creerle.
Y
entonces la pregunta cambia de sentido: ¿Y si el ego no se estuviera haciendo
más fuerte, sino que la luz de mi práctica estuviera iluminando por fin aquello
que siempre estuvo esperando ser entregado al Espíritu Santo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario