¿Quién
decide realmente: yo o el ego?
Ésta
es una de las preguntas más importantes que puede hacerse un estudiante de Un
Curso de Milagros. Y, curiosamente, es también una de las que más confusión
genera. Muchas veces sentimos que no elegimos nuestros pensamientos, que el
miedo aparece sin pedir permiso, que el juicio surge espontáneamente o que el
enfado toma el control antes de que podamos evitarlo. Entonces nos preguntamos:
«Si el ego piensa por mí, ¿quién está decidiendo realmente?»
El
Curso responde a esta cuestión con una enseñanza profundamente liberadora: el
ego no decide nada. El ego no es un ser, ni una mente independiente, ni una
fuerza con voluntad propia. Es simplemente un sistema de pensamiento que la
mente puede elegir o dejar de elegir.
Por
eso el Curso distingue entre el ego y el tomador de decisiones, esa parte de la
mente que conserva la capacidad de elegir entre dos maestros: el ego o el
Espíritu Santo. El ego propone una interpretación basada en el miedo, el
conflicto y la separación. El Espíritu Santo ofrece una interpretación basada
en el perdón, la inocencia y la unidad. Ninguno de los dos obliga. Ambos
esperan una elección.
Muchas
veces creemos que el ego ha decidido porque sus pensamientos aparecen con
rapidez y fuerza. Pero una idea que aparece no es todavía una decisión. El
miedo puede surgir, el juicio puede presentarse y la culpa puede llamar a la
puerta; lo único que determina nuestra experiencia es si decidimos creerles o
no.
Aquí
reside una de las enseñanzas más prácticas del Curso. No somos responsables de
que un pensamiento del ego aparezca en nuestra mente, pero sí somos
responsables de elegir si queremos convertirlo en nuestra verdad. El ego
siempre habla primero, porque es un hábito muy antiguo, pero no tiene la última
palabra.
El
Libro de Ejercicios nos recuerda continuamente que existe una capacidad de
elección que permanece intacta. La Lección 152 lo resume en una afirmación
extraordinaria: «Tengo el poder de decidir» (L-152). Y más adelante, la Lección
253 declara: «Mi Ser es amo y señor del universo» (L-253). No porque controle
el mundo, sino porque ninguna percepción puede imponerse a la voluntad de la
mente que elige.
El
ego desea hacernos creer que somos víctimas de nuestros pensamientos. El
Espíritu Santo nos enseña exactamente lo contrario: somos observadores capaces
de decidir qué significado queremos aceptar. Esa decisión puede parecer
pequeña, pero cambia por completo nuestra experiencia.
Cada
conflicto cotidiano nos ofrece esta oportunidad. Una palabra puede
interpretarse como un ataque o como una petición de amor. Un silencio puede
convertirse en rechazo o en una ocasión para escuchar. Una pérdida puede
vivirse como una condena o como una invitación a recordar que nada real puede
ser amenazado. Los hechos no eligen por nosotros; la interpretación sí, y esa
interpretación siempre puede cambiar.
La
práctica del Curso consiste precisamente en fortalecer al tomador de
decisiones. Cada vez que decimos: «No quiero seguir viendo esto de esta
manera», estamos recuperando una libertad que nunca perdimos. Poco a poco
descubrimos que el ego no era una cárcel, sino una elección repetida tantas
veces que parecía inevitable.
Y
entonces aparece una comprensión serena: el ego nunca tuvo poder sobre mí; sólo
tuvo mi consentimiento.
Quizá
la verdadera pregunta no sea: «¿Quién decide realmente: yo o el ego?»
Sino
esta otra: «¿A quién estoy eligiendo escuchar en este preciso instante y quién
quiero que interprete mi vida: el miedo o el Amor?»

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