sábado, 25 de julio de 2026

¿Quién decide realmente: yo o el ego?

¿Quién decide realmente: yo o el ego?

Ésta es una de las preguntas más importantes que puede hacerse un estudiante de Un Curso de Milagros. Y, curiosamente, es también una de las que más confusión genera. Muchas veces sentimos que no elegimos nuestros pensamientos, que el miedo aparece sin pedir permiso, que el juicio surge espontáneamente o que el enfado toma el control antes de que podamos evitarlo. Entonces nos preguntamos: «Si el ego piensa por mí, ¿quién está decidiendo realmente?»

El Curso responde a esta cuestión con una enseñanza profundamente liberadora: el ego no decide nada. El ego no es un ser, ni una mente independiente, ni una fuerza con voluntad propia. Es simplemente un sistema de pensamiento que la mente puede elegir o dejar de elegir.

Sin embargo, mientras nos identificamos con él, parece que toma decisiones por nosotros. Es como un actor que ha interpretado durante tanto tiempo un personaje que acaba olvidando que está sobre un escenario. El personaje parece vivir por sí mismo, pero sólo existe mientras el actor continúa creyendo en él.

Por eso el Curso distingue entre el ego y el tomador de decisiones, esa parte de la mente que conserva la capacidad de elegir entre dos maestros: el ego o el Espíritu Santo. El ego propone una interpretación basada en el miedo, el conflicto y la separación. El Espíritu Santo ofrece una interpretación basada en el perdón, la inocencia y la unidad. Ninguno de los dos obliga. Ambos esperan una elección.

Muchas veces creemos que el ego ha decidido porque sus pensamientos aparecen con rapidez y fuerza. Pero una idea que aparece no es todavía una decisión. El miedo puede surgir, el juicio puede presentarse y la culpa puede llamar a la puerta; lo único que determina nuestra experiencia es si decidimos creerles o no.

Aquí reside una de las enseñanzas más prácticas del Curso. No somos responsables de que un pensamiento del ego aparezca en nuestra mente, pero sí somos responsables de elegir si queremos convertirlo en nuestra verdad. El ego siempre habla primero, porque es un hábito muy antiguo, pero no tiene la última palabra.

El Libro de Ejercicios nos recuerda continuamente que existe una capacidad de elección que permanece intacta. La Lección 152 lo resume en una afirmación extraordinaria: «Tengo el poder de decidir» (L-152). Y más adelante, la Lección 253 declara: «Mi Ser es amo y señor del universo» (L-253). No porque controle el mundo, sino porque ninguna percepción puede imponerse a la voluntad de la mente que elige.

El ego desea hacernos creer que somos víctimas de nuestros pensamientos. El Espíritu Santo nos enseña exactamente lo contrario: somos observadores capaces de decidir qué significado queremos aceptar. Esa decisión puede parecer pequeña, pero cambia por completo nuestra experiencia.

Cada conflicto cotidiano nos ofrece esta oportunidad. Una palabra puede interpretarse como un ataque o como una petición de amor. Un silencio puede convertirse en rechazo o en una ocasión para escuchar. Una pérdida puede vivirse como una condena o como una invitación a recordar que nada real puede ser amenazado. Los hechos no eligen por nosotros; la interpretación sí, y esa interpretación siempre puede cambiar.

La práctica del Curso consiste precisamente en fortalecer al tomador de decisiones. Cada vez que decimos: «No quiero seguir viendo esto de esta manera», estamos recuperando una libertad que nunca perdimos. Poco a poco descubrimos que el ego no era una cárcel, sino una elección repetida tantas veces que parecía inevitable.

Y entonces aparece una comprensión serena: el ego nunca tuvo poder sobre mí; sólo tuvo mi consentimiento.

Quizá la verdadera pregunta no sea: «¿Quién decide realmente: yo o el ego?»

Sino esta otra: «¿A quién estoy eligiendo escuchar en este preciso instante y quién quiero que interprete mi vida: el miedo o el Amor?»

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