Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo saber
qué decisión tomar?
Hay momentos en los que una decisión parece
ocupar toda nuestra mente. No sabemos si aceptar un trabajo o rechazarlo,
continuar una relación o terminarla, mudarnos o quedarnos, hablar o guardar
silencio, ayudar o poner un límite. Pensamos una opción, después la contraria,
hacemos listas de ventajas e inconvenientes, preguntamos a otras personas y,
aun así, seguimos sin estar seguros. Cuanto más importante nos parece la
decisión, más deseamos una garantía: “Quiero saber que no me voy a equivocar.”
Desde Un Curso de Milagros, quizá el primer paso sea reconocer precisamente
eso: muchas veces no sufrimos únicamente porque no sabemos qué elegir, sino
porque queremos conocer de antemano el resultado de nuestra elección.
No es lo mismo decidir desde el miedo que desde
una cierta serenidad. El miedo suele tener prisa. Dice: “Decide ya.” “Si te
equivocas, será terrible.” “Tienes que controlar todas las consecuencias.”
También puede presentarnos escenarios extremos: “Si dejo este trabajo, no
encontraré otro.” “Si termino esta relación, me quedaré solo.” “Si digo que no,
esa persona dejará de quererme.” Entonces creemos estar evaluando opciones,
pero en realidad estamos reaccionando a las historias que nuestra propia mente
está fabricando.
Podemos empezar separando tres cosas: lo que sé,
lo que temo y lo que imagino. Quizá sé que tengo una oferta de trabajo. Temo
perder estabilidad. Imagino que si rechazo la oferta nunca volverá a aparecer
otra. Quizá sé que una relación me está haciendo sufrir. Temo estar solo.
Imagino que no volveré a encontrar a nadie. Esta distinción puede aportar mucha
claridad porque deja de colocar al miedo en el mismo nivel que los hechos.
Desde UCDM podemos preguntarnos también: “¿Qué
estoy intentando conseguir con esta decisión?” Tal vez buscamos paz, pero
estamos utilizando como criterio aquello que creemos que nos dará seguridad
externa. Queremos más dinero para no tener miedo. Queremos que una relación
continúe para no sentir soledad. Queremos que alguien nos apruebe para no sentir
culpa. No significa que esas cosas sean equivocadas. Significa observar si
estamos pidiendo a la decisión que resuelva algo más profundo dentro de
nosotros.
Otra pregunta muy útil puede ser: “¿Qué elegiría
si no estuviera intentando evitar el miedo?” No siempre tendremos
inmediatamente la respuesta, pero esta pregunta puede mostrar cuánto pesa el
temor en nuestra elección. Tal vez descubramos que queremos aceptar una
oportunidad, pero nos paraliza la incertidumbre. O que queremos decir “no”,
pero tememos decepcionar. O que sabemos que necesitamos poner un límite, pero
no queremos sentir culpa.
El Curso habla de pedir orientación. En la
práctica, esto no significa necesariamente escuchar una voz interior que nos
diga exactamente qué hacer. A veces esperamos algo demasiado espectacular: una
señal inequívoca, una frase, una coincidencia perfecta. Y si no llega, pensamos
que no hemos recibido respuesta. Pero la guía puede aparecer de una manera
mucho más sencilla: una idea que se aclara, una conversación que vemos de otra
manera, una resistencia que reconocemos, una sensación de que podemos esperar antes
de actuar. Podemos pedir interiormente: “Ayúdame a ver esta decisión sin el
miedo con el que la estoy mirando. Muéstrame lo que ahora no estoy viendo.”
Después necesitamos permitir espacio. Si hacemos
la pregunta y, dos segundos más tarde, empezamos otra vez a analizar
compulsivamente, quizá no estemos dejando lugar para nada nuevo. A veces, lo
mejor que podemos hacer es detenernos durante un tiempo. Dar un paseo. Dormir.
Hacer otra cosa. No porque estemos evitando decidir, sino porque una mente
agotada por el análisis no siempre ve con más claridad por pensar más.
También puede ayudarnos observar cuántas
opiniones externas estamos acumulando. Preguntamos a la pareja, a los hijos, a
los amigos, a compañeros de trabajo. Cada persona responde desde su propia
historia, sus miedos y sus preferencias. Escuchar puede ser útil, especialmente
cuando necesitamos información, pero llega un momento en que tantas voces
aumentan la confusión. Podemos preguntarnos: “¿Estoy buscando información o
estoy buscando a alguien que decida por mí?”
Hay decisiones en las que necesitamos
asesoramiento especializado. Una cuestión médica, económica, jurídica o
profesional puede requerir datos que no tenemos. Buscar esa ayuda no contradice
la práctica espiritual. Podemos pedir información, estudiar las opciones y
después decidir. UCDM no nos invita a abandonar el sentido común. Nos invita a
observar la mente desde la que utilizamos toda esa información.
Otra dificultad frecuente es creer que existe una
decisión perfecta que, si conseguimos descubrirla, evitará cualquier
consecuencia incómoda. Pero quizá ambas opciones incluyan algo que tendremos
que aceptar. Si dejamos un trabajo, puede aparecer incertidumbre. Si nos
quedamos, quizá renunciemos a una oportunidad. Si terminamos una relación,
habrá tristeza. Si continuamos, tendremos que afrontar determinados problemas.
Entonces la pregunta deja de ser “¿Qué opción no me hará sufrir nada?” y puede
convertirse en: “¿Qué opción puedo asumir con mayor honestidad y
responsabilidad?”
También podemos recordar que equivocarnos no
significa que nuestra vida quede arruinada. A veces la dificultad para decidir
nace del perfeccionismo: “Tengo que acertar.” Pero nuestra vida está llena de
decisiones tomadas con información incompleta. Algunas funcionaron como
esperábamos y otras no. Y de muchas aprendimos. Podemos decirnos: “Quiero tomar
la mejor decisión que pueda con la claridad que tengo ahora. No necesito
conocer todo el futuro.”
Esto puede liberarnos muchísimo. Porque una
decisión deja de convertirse en una prueba de nuestra capacidad espiritual o
personal. Elegimos, observamos y, si es necesario, corregimos. Un Curso de
Milagros nos recuerda constantemente la posibilidad de elegir de nuevo. Eso
también puede aplicarse a nuestra vida cotidiana. No todas las decisiones son
irreversibles. A veces podemos probar, revisar, ajustar y cambiar.
Cuando llevamos mucho tiempo dando vueltas a una
decisión, puede ser útil escribir cuatro preguntas: ¿Qué sé realmente? ¿Qué
temo? ¿Qué depende de mí? ¿Qué no puedo controlar? Después, una quinta: “¿Cuál
es el siguiente paso concreto?” Quizá todavía no necesitemos decidir toda la
cuestión. Tal vez el siguiente paso sea pedir información, tener una
conversación, visitar un lugar, revisar unas cuentas o esperar dos días.
El ego quiere resolver el camino entero. La
práctica puede consistir en mirar solo el próximo paso.
También podemos observar nuestro cuerpo, sin
convertir sus sensaciones en un oráculo infalible. Hay decisiones ante las que
sentimos tensión porque son equivocadas para nosotros, pero otras veces
sentimos tensión simplemente porque implican cambio. Por eso no todo miedo
significa “no lo hagas”. Podemos preguntarnos: “¿Este miedo me está advirtiendo
de algo concreto o aparece porque estoy saliendo de lo conocido?”
Cuando por fin decidamos, quizá siga existiendo
duda. Esto es importante. A veces pensamos que una decisión correcta debería
producir inmediatamente una paz absoluta. No siempre ocurre. Podemos haber
tomado una decisión razonable y seguir sintiendo miedo por sus consecuencias.
La presencia de miedo después de decidir no demuestra automáticamente que nos
hayamos equivocado.
Podemos decir interiormente: “Ésta es la decisión
que puedo tomar ahora con la claridad que tengo. No necesito seguir juzgándola
cada cinco minutos.” Después podremos observar cómo se desarrolla y corregir si
fuera necesario.
Quizá algunas preguntas puedan acompañarnos
cuando no sabemos qué hacer: ¿Estoy buscando una decisión o una garantía? ¿Qué
sé y qué estoy imaginando? ¿Qué parte de esta elección nace del miedo? ¿Estoy
intentando complacer a alguien? ¿Estoy buscando que otro decida por mí? ¿Qué
opción puedo asumir con mayor honestidad? ¿Cuál es el siguiente paso concreto?
¿Puedo aceptar que no conozco todas las consecuencias?
Porque desde la perspectiva de Un Curso de
Milagros, quizá aprender a decidir no consista en conseguir que el futuro nos
revele de antemano cuál es el camino perfecto, sino en aprender a elegir con la
mayor claridad posible en el presente y confiar en que, si volvemos a necesitar
elegir, podremos hacerlo de nuevo.
Práctica final: cinco minutos para decidir con más claridad:
Cuando te sientas atrapado entre dos opciones,
toma una hoja y escribe, sin extenderte demasiado:
5. ¿Qué no puedo controlar?
La reacción de los demás, el resultado final, lo que ocurrirá dentro de seis
meses o todas las consecuencias de la decisión.
Después deja la hoja unos instantes, respira y
pregúntate: “Si durante un momento no necesitara garantizar el resultado, ¿qué
paso me parecería más honesto dar ahora?”
No preguntes todavía qué decisión te asegura que
todo saldrá bien. Pregunta cuál es el siguiente paso que puedes dar con mayor
claridad.
Y termina con una petición sencilla: “Espíritu
Santo, no quiero decidir únicamente desde mi miedo. Ayúdame a distinguir los
hechos de mis temores, a reconocer lo que me corresponde hacer y a soltar el
resultado que no puedo controlar. Muéstrame el siguiente paso.”
Después haz algo muy importante: deja de analizar
durante un rato. Sal a caminar, continúa con tu día o duerme antes de decidir
si puedes hacerlo. Si aparece una nueva información, la incorporarás. Si no
aparece, vuelve a tu hoja y observa qué opción sigue pareciéndote más honesta y
responsable.
La práctica no pretende garantizar que nunca te equivocarás. Pretende ayudarte a que el miedo no decida solo por ti.


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