Viviendo Un Curso de Milagros
Discutir alguna vez con nuestra pareja es algo
bastante normal. Dos personas conviven, tienen historias distintas, necesidades
diferentes, maneras distintas de comunicarse y, tarde o temprano, aparecen
desacuerdos. El problema comienza cuando la discusión deja de ser algo puntual
y se convierte en una forma habitual de relacionarnos. Entonces, cualquier
pequeña diferencia puede transformarse en conflicto. Una frase mal entendida,
un tono de voz, una decisión doméstica, el dinero, los hijos, la familia, los horarios,
el reparto de responsabilidades… y de pronto estamos otra vez en el mismo
lugar, diciendo casi las mismas cosas y sintiendo que la otra persona nunca nos
comprende.
Un Curso de Milagros nos invita continuamente a
distinguir entre lo que ocurre y la interpretación que hacemos de ello. Esto
puede resultar tremendamente práctico dentro de una relación. Podemos empezar
preguntándonos: ¿Qué ha ocurrido realmente y qué estoy añadiendo yo? Por
ejemplo, el hecho puede ser: “Ha llegado tarde.” Nuestra interpretación puede
ser: “No me respeta.” El hecho puede ser: “No me ha preguntado cómo estoy.”
Nuestra interpretación puede ser: “No le importo.” El hecho puede ser: “No está
de acuerdo conmigo.” Nuestra interpretación puede ser: “Nunca me apoya.” Esta
distinción no significa que nuestra interpretación sea necesariamente falsa,
pero sí nos ayuda a reconocer que estamos haciendo algo más que describir un
hecho. Estamos dándole un significado.
Muchas discusiones de pareja se alimentan de una
necesidad profundamente humana: queremos que el otro confirme nuestra manera de
ver las cosas. No nos basta con que piense diferente. Queremos que reconozca
que nosotros tenemos razón. Y cuando no lo hace, sentimos que no nos está
respetando. Entonces comenzamos a defender nuestra postura con más fuerza. El
otro se siente atacado y se defiende también. A partir de ahí ya no estamos
intentando comprendernos. Estamos intentando ganar. Y cuando una relación se
convierte en un combate por tener razón, incluso si uno gana la discusión,
ambos suelen perder la paz. Aquí puede ser muy útil una pregunta sencilla: ¿Qué
quiero realmente en este momento: demostrar que tengo razón o recuperar la paz
y entendernos? No significa que tengamos que abandonar nuestra opinión ni
aceptar lo que consideramos injusto. Significa preguntarnos qué propósito tiene
la conversación. Si nuestro propósito es demostrar que el otro está equivocado,
probablemente buscaremos argumentos para vencer. Si nuestro propósito es
comprender y resolver, escucharemos de otra manera.
El ego utiliza mucho las relaciones para
confirmar sus propias historias. Si creemos que nadie nos valora, veremos
cualquier despiste de nuestra pareja como una prueba. Si creemos que siempre
nos abandonan, interpretaremos cualquier distancia como una amenaza. Si creemos
que debemos defendernos para que no nos hagan daño, entraremos rápidamente en
posición de ataque. Por eso algunas discusiones parecen repetirse aunque cambie
el tema. Un día discutimos por dinero, otro por los hijos, otro por una visita
familiar, pero el conflicto de fondo puede ser siempre el mismo: “No me tienes
en cuenta”, “No me valoras”, “No puedo confiar en ti”, “Tengo que protegerme de
ti”. Ésta puede ser una práctica muy útil: después de una discusión, cuando
estemos algo más tranquilos, preguntarnos: ¿Qué creía que estaba en peligro?
Quizá nuestra dignidad. Quizá nuestra seguridad. Tal vez nuestro control. Quizá
nuestra necesidad de sentirnos queridos. Descubrir esto puede ayudarnos mucho,
porque empezamos a comprender que debajo de la ira suele haber miedo.
Cuando discutimos constantemente, también solemos
acumular un archivo mental de errores. Recordamos aquello que ocurrió hace tres
meses, el comentario de hace un año, aquella discusión familiar, aquella
ocasión en la que no nos apoyaron. Y cuando aparece un nuevo conflicto, sacamos
todo el expediente. “Y además, acuérdate de cuando…” La discusión deja de
tratar sobre lo que está ocurriendo y se convierte en un juicio completo sobre
la relación. El Curso nos recuerda constantemente que el pasado condiciona nuestra
percepción cuando lo llevamos al presente. En una relación esto es
especialmente evidente. Podemos estar mirando a nuestra pareja de hoy a través
de todo lo que creemos que hizo ayer. Entonces ya no vemos realmente a la
persona que tenemos delante. Vemos nuestra historia sobre ella. Esto no
significa que debamos olvidar los problemas reales ni permitir que se repitan
conductas dañinas. Significa que, si queremos resolver un conflicto,
necesitamos intentar no convertir cada conversación en un juicio sobre toda la
vida de la otra persona. Podemos decir: “Quiero hablar de esto que ha ocurrido”
en lugar de “Tú siempre haces lo mismo”. Ese pequeño cambio ya puede
transformar mucho la conversación.
También puede ayudarnos reconocer cuándo estamos
entrando en una discusión desde un estado emocional demasiado alterado. Cuando
estamos muy enfadados, nuestra capacidad para escuchar disminuye. Interpretamos
peor, exageramos y decimos cosas que quizá después lamentamos. En esos
momentos, una de las aplicaciones más sencillas del Curso puede ser detenernos.
No para huir del problema, sino para evitar convertirlo en algo mayor. Podemos
decir: “Ahora mismo estoy demasiado enfadado para hablar bien de esto. Necesito
un poco de tiempo y después seguimos.” Eso puede ser una decisión profundamente
amorosa, porque detener una discusión no siempre significa evitarla. A veces
significa elegir no continuar alimentando el conflicto desde el miedo. Podemos
utilizar una frase interior muy sencilla: “No sé mirar esto en paz ahora mismo.
Ayúdame a verlo de otra manera.” Quizá no sintamos inmediatamente serenidad,
pero ya hemos interrumpido el automatismo. Ya no estamos reaccionando
únicamente desde el impulso.
Otra cuestión importante es distinguir entre
perdonar y ceder siempre. UCDM no nos pide convertirnos en personas pasivas ni
aceptar cualquier conducta. Podemos expresar nuestras necesidades. Podemos
decir que algo nos ha dolido. Podemos poner límites. Podemos incluso decidir
que una relación necesita cambios importantes. La cuestión no es tanto qué
decimos, sino desde qué estado mental lo decimos. Podemos decir: “Esto no me
parece bien y necesito que cambie” desde el ataque, intentando hacer sentir
culpable al otro. O podemos decir lo mismo desde la claridad: “Esto me está
haciendo daño y necesito que encontremos otra manera de relacionarnos.” El
contenido interior cambia completamente.
También podemos aprender a observar las palabras
que utilizamos. “Siempre.” “Nunca.” “Todo.” “Nada.” Son términos muy frecuentes
durante las discusiones y suelen convertir un problema concreto en una condena
global. “Nunca me escuchas.” “Siempre haces lo que quieres.” “Todo te da
igual.” Normalmente no son descripciones exactas. Son expresiones de nuestra
emoción. Pero cuando las utilizamos, el otro suele defenderse inmediatamente.
Una práctica sencilla puede ser intentar hablar desde nuestra experiencia en
lugar de definir al otro. En vez de decir “Eres un egoísta”, podemos decir:
“Cuando ocurre esto me siento poco tenido en cuenta.” En lugar de “Nunca me
escuchas”, quizá: “Ahora mismo necesito sentir que puedes escucharme antes de
responder.” No se trata solamente de una técnica de comunicación. También es
una forma de dejar de convertir al otro en una identidad condenada.
El Curso nos invita a ir transformando esa manera
de relacionarnos. No porque dejemos de tener necesidades humanas, sino porque
empezamos a reconocer que el otro no puede ser responsable de nuestra paz
interior. Esto no significa que una pareja no deba cuidarse, escucharse,
respetarse o comprometerse. Claro que sí. Pero una cosa es pedir respeto y otra
creer que nuestra identidad depende de recibirlo. Una cosa es expresar una
necesidad y otra exigir que el otro nos complete.
Cuando una discusión termina, también podemos
practicar algo muy importante: revisar nuestra propia participación sin
convertirlo en culpa. Podemos preguntarnos: ¿Qué dije que empeoró la situación?
¿En qué momento dejé de escuchar? ¿Dónde intenté herir? ¿Qué quería conseguir
realmente? Esta revisión no tiene como objetivo castigarnos. Tiene como
objetivo aprender. Quizá descubramos que levantamos la voz, que utilizamos algo
íntimo para atacar, que hicimos una generalización injusta, que no dejamos
hablar o que queríamos ganar. Entonces podemos corregir: “Lo que te dije estuvo
mal.” “Te hablé desde el enfado.” “No era necesario atacarte de esa manera.”
Pedir perdón no nos hace perder. Nos libera de la necesidad de defender siempre
nuestra imagen. Y puede cambiar profundamente la dinámica de una relación
cuando al menos una de las dos personas deja de alimentar continuamente la
defensa.
¿Qué ocurre si nuestra pareja no hace lo mismo?
Ésta es una pregunta importante. Tal vez nosotros intentemos aplicar el Curso,
pero el otro siga atacando, culpando o negándose a dialogar. No podemos
controlar eso. Nuestra práctica no consiste en conseguir que nuestra pareja se
comporte como nosotros queremos. Consiste en aprender qué hacemos nosotros con
lo que ocurre. Podemos intentar responder de otra manera, podemos establecer
límites, podemos decidir que determinadas conversaciones deben tener lugar en otro
momento, podemos pedir ayuda profesional si la relación lo necesita y, en
algunas situaciones, podemos incluso reconocer que la relación no puede
continuar de la misma manera. UCDM no nos obliga a permanecer en cualquier
relación. Nos invita a no convertir al otro en enemigo mientras tomamos
nuestras decisiones. Ésta es una distinción esencial.
También podemos incorporar una pequeña práctica
antes de iniciar una conversación difícil. Detenernos unos segundos y
preguntarnos: “¿Qué quiero que salga de esta conversación?” Si la respuesta es
“que reconozca que yo tengo razón”, ya sabemos que probablemente vamos hacia el
conflicto. Si podemos cambiar el propósito por algo como “quiero comprender y
ser comprendido”, nuestra manera de hablar puede cambiar. Podemos incluso pedir
interiormente: “Ayúdame a ver a esta persona más allá de mi enfado. Ayúdame a
escuchar antes de responder. Ayúdame a no utilizar esta conversación para
atacar.” Eso es llevar el Curso a la práctica.
No necesitamos convertir cada discusión en una
experiencia mística. A veces el milagro puede ser mucho más pequeño: callarnos
una frase que sabemos que va a herir, no sacar un error del pasado, esperar
diez minutos antes de responder, reconocer que hemos exagerado, escuchar
realmente, decir “entiendo por qué te has sentido así”, pedir perdón o no
insistir en tener la última palabra. Esas pequeñas decisiones cambian el
contenido de la relación.
Cuando discutimos constantemente con nuestra
pareja, quizá podamos empezar a utilizar algunas preguntas sencillas: ¿Qué
estoy interpretando ahora? ¿Qué estoy intentando defender? ¿Estoy viendo lo que
ocurre hoy o estoy trayendo todo el pasado? ¿Quiero resolver o quiero ganar?
¿Estoy escuchando o preparando mi respuesta mientras el otro habla? ¿Estoy
expresando una necesidad o condenando a la persona? ¿Qué haría si mi prioridad
fuera recuperar la paz sin negar el problema? No tenemos que hacerlo
perfectamente. Seguramente volveremos a discutir. Volveremos a reaccionar.
Quizá incluso después de leer esto tengamos una nueva discusión. Eso no
significa que hayamos fracasado. Podemos volver a mirar. Porque quizá la
verdadera práctica no consiste en no discutir nunca, sino en aprender a
reconocer cada vez antes el momento en que dejamos de relacionarnos desde el
amor y empezamos a hacerlo desde el miedo.
Y entonces podemos elegir de nuevo. Tal vez la
próxima vez que una discusión comience podamos detenernos y recordar algo
sencillo: “Esta persona no tiene que convertirse en mi enemigo para que yo
pueda expresar lo que necesito.” Podemos hablar. Podemos discrepar. Podemos
poner límites. Podemos decir que algo nos duele. Pero también podemos intentar
recordar que frente a nosotros no hay solamente alguien que se equivoca. Hay
otra persona que, igual que nosotros, probablemente también está intentando
protegerse, ser comprendida y sentirse segura. Y quizá ahí empiece a cambiar la
conversación. No necesariamente porque el problema desaparezca, sino porque
dejamos de utilizarlo para atacarnos.
Ese puede ser uno de los grandes aprendizajes que una relación de pareja nos ofrece desde la perspectiva de Un Curso de Milagros: dejar de preguntarnos únicamente quién tiene razón y empezar a preguntarnos qué manera de mirar puede ayudarnos a recuperar la paz sin dejar de afrontar honestamente lo que necesita ser resuelto.


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