Viviendo Un Curso de Milagros
¿Qué hacer
cuando nuestra mente no deja de imaginar desgracias?
Hay momentos en los que nuestra mente parece
incapaz de detenerse. Todo empieza con una pequeña preocupación y, casi sin
darnos cuenta, terminamos imaginando una cadena completa de desgracias. Nuestro
hijo tarda en llegar y pensamos que ha tenido un accidente. Nos llaman para
repetir una prueba médica y damos por hecho que será algo grave. Nuestra pareja
está más distante y pensamos que quiere dejarnos. Cometemos un error en el
trabajo y nos imaginamos despedidos. Tenemos un gasto inesperado y enseguida
pensamos que vendrán muchos más y que no podremos afrontarlos. El hecho real
puede ser pequeño o incluso todavía desconocido, pero nuestra mente se adelanta
y construye una historia que termina pareciéndonos completamente verdadera.
Entonces sentimos miedo no por lo que está ocurriendo, sino por lo que estamos
imaginando que podría ocurrir.
El primer paso puede ser muy sencillo: separar el
hecho del pensamiento. Preguntarnos: “¿Qué está ocurriendo realmente ahora?”
Quizá la respuesta sea: “Mi hijo todavía no ha llegado.” Eso es un hecho. “Ha
tenido un accidente” es una interpretación. “Me han pedido que repita una
prueba” es un hecho. “Tengo una enfermedad grave” es una interpretación. “Mi
pareja está más callada hoy” es un hecho. “Ya no me quiere” es una
interpretación. Esta distinción no pretende decir que nunca vaya a ocurrir
aquello que tememos, sino ayudarnos a reconocer que en este momento estamos
sufriendo por una posibilidad que nuestra mente ha convertido en certeza.
Podemos preguntarnos entonces: “¿Qué sé y qué
estoy imaginando?” Esta pregunta puede convertirse en una práctica muy útil.
Muchas veces descubriremos que sabemos mucho menos de lo que creemos. Sabemos
que tenemos una cita médica, pero no sabemos el resultado. Sabemos que una
persona no ha contestado, pero no sabemos por qué. Sabemos que existe un
problema, pero no sabemos cómo terminará. El miedo suele llenar esos espacios
vacíos con la peor explicación posible. Y después reaccionamos a esa
explicación como si ya fuera un hecho.
Aquí aparece uno de los hábitos más frecuentes
del ego: creer que preocuparse nos protege. Pensamos que si imaginamos todos
los escenarios negativos, estaremos preparados. “Tengo que pensar en todo lo que
podría salir mal.” “Así no me cogerá por sorpresa.” “Si me preocupo, estaré
preparado.” Pero conviene preguntarnos con honestidad: ¿la preocupación me está
preparando o me está haciendo vivir hoy un sufrimiento que quizá nunca ocurra? Hay
una diferencia entre prever algo razonablemente y vivir permanentemente en la
anticipación. Podemos contratar un seguro, ahorrar, hacernos una revisión
médica o tomar una precaución. Eso es actuar. Pero pasar horas imaginando
desgracias no suele añadir ninguna protección real.
Un Curso de Milagros nos invita a volver al
presente porque el miedo vive casi siempre en otro tiempo. Puede vivir en el
pasado: “Ya ocurrió una vez, volverá a ocurrir.” O en el futuro: “¿Y si pasa
esto?”. Pero ahora mismo, en este instante, quizá podamos respirar, mirar
alrededor y reconocer: “Eso que temo no está ocurriendo ahora.” Esta frase no
garantiza que nunca vaya a ocurrir. Simplemente devuelve nuestra atención al
único lugar en el que podemos elegir cómo responder.
Supongamos que una persona espera los resultados
de una prueba médica. Su mente empieza: “¿Y si es cáncer? ¿Y si necesito un
tratamiento? ¿Y si no funciona? ¿Qué pasará con mi familia?”. En pocos minutos
ha recorrido meses o años imaginarios. En ese momento puede detenerse y decir:
“Ahora mismo estoy esperando un resultado. Eso es lo que sé.” Quizá siga
sintiendo miedo, pero habrá dejado de confundir una posibilidad con una
realidad presente. Puede incluso añadirse: “Cuando tenga nueva información,
decidiré qué hacer. No necesito resolver hoy algo que todavía no ha sucedido.”
Esto es importante porque muchas veces queremos
solucionar mentalmente el futuro. Intentamos responder preguntas para las que
todavía no existen respuestas. ¿Qué haré si pierdo el trabajo? ¿Qué haré si mi
hijo se separa? ¿Qué haré si mi enfermedad empeora? ¿Qué haré si mi pareja me
deja? Algunas previsiones pueden ser útiles, pero hay un momento en el que
dejamos de planificar y empezamos a torturarnos. Podemos reconocerlo
preguntándonos: “¿Hay algo concreto que pueda hacer ahora?” Si lo hay,
hagámoslo. Si no lo hay, quizá podamos dejar de darle vueltas durante un rato.
Ésta puede ser una práctica muy clara en tres
pasos. Primero: “¿Qué está ocurriendo realmente?” Segundo: “¿Qué estoy
imaginando?” Tercero: “¿Hay algo útil que pueda hacer ahora?” Si la respuesta a
la tercera pregunta es sí, podemos actuar. Si es no, quizá lo único que podamos
hacer sea soltar temporalmente el problema y volver al presente.
No siempre será fácil. A veces el pensamiento
vuelve cinco minutos después. “¿Y si…?” Entonces no necesitamos enfadarnos con
nuestra mente. Podemos simplemente reconocer: “Ahí está otra vez.” Estamos
imaginando el futuro. No hace falta discutir con el pensamiento ni demostrar
que es falso. Basta con recordar: “No sé si eso ocurrirá.” Después regresamos
al presente. Y si vuelve, repetimos. Ésta puede ser la práctica. No eliminar
para siempre todos los pensamientos de miedo, sino aprender a no seguirlos cada
vez que aparecen.
También podemos observar que muchas de nuestras
desgracias imaginadas tienen algo en común: contienen la idea de que no
podremos soportar lo que ocurra. “Si pasa esto, no podré con ello.” Tal vez
detrás del miedo al futuro exista también una falta de confianza en nosotros
mismos. Hemos superado muchas situaciones difíciles a lo largo de nuestra vida,
pero cuando aparece una nueva incertidumbre, olvidamos todos nuestros recursos.
Podemos preguntarnos: “¿Por qué estoy dando por hecho que, si ocurriera algo
difícil, no recibiría ayuda o no encontraría una manera de atravesarlo?”
Esto no significa pensar: “Todo saldrá bien” como
una fórmula mágica. Quizá no sabemos cómo saldrá. El Curso nos invita más bien
a una confianza diferente: no necesito conocer todo el futuro para atravesar
este instante. Puedo dar el siguiente paso cuando llegue. Podemos decir: “No sé
qué va a pasar, pero tampoco necesito saberlo todo ahora.”
Otra dificultad aparece cuando buscamos
constantemente tranquilidad externa. Preguntamos una y otra vez: “¿Seguro que
no pasa nada?”, “¿Seguro que todo irá bien?”. Revisamos mensajes, síntomas,
noticias, cuentas bancarias. Buscamos una certeza que el mundo rara vez puede
ofrecernos por completo. Y aunque alguien nos tranquilice, la paz dura poco
porque aparece otra pregunta. “Sí, pero ¿y si…?” El ego siempre puede inventar
una nueva posibilidad.
Aquí puede ayudarnos reconocer que la certeza
absoluta sobre el futuro no es una condición necesaria para estar en paz ahora.
Podemos no saber qué ocurrirá mañana y, sin embargo, aprender a no vivir hoy
como si ya hubiera ocurrido lo peor.
También conviene observar nuestras fuentes de
información. A veces alimentamos la mente con noticias, testimonios o búsquedas
que incrementan continuamente el miedo. Una persona siente un síntoma y busca
en internet durante dos horas hasta convencerse de que padece la enfermedad más
grave posible. Alguien lee noticias durante todo el día y termina sintiendo que
el mundo es un lugar en el que en cualquier momento ocurrirá una tragedia.
Podemos preguntarnos: “¿Esto que estoy leyendo me está ayudando a tomar una
decisión o simplemente está alimentando mi miedo?” Informarnos puede ser
responsable. Consumir miedo sin límite no lo es.
Desde UCDM también podemos observar qué maestro
estamos escuchando. La voz del miedo dice: “Prepárate para lo peor. No te
relajes. Si bajas la guardia, ocurrirá algo.” La otra voz puede decir: “Mira lo
que está ocurriendo ahora. Haz lo que puedas hacer. No inventes el resto.”
Podemos pedir interiormente: “Ayúdame a distinguir entre una acción útil y una
preocupación inútil. Ayúdame a ver lo que está ocurriendo sin añadirle todo lo
que temo.”
A veces bastará con algo muy cotidiano:
levantarnos, dar un paseo, ducharnos, cocinar, trabajar, llamar a alguien,
escuchar música. No como una forma de escapar permanentemente, sino como una
manera de recordar que la vida continúa sucediendo mientras nuestra mente
intenta encerrarnos en un futuro imaginario. Podemos pensar: “Tengo esta
preocupación, pero ahora voy a hacer esto.” No necesitamos resolver todos
nuestros miedos antes de vivir el día.
Cuando el miedo se vuelve intenso, podemos
utilizar una frase muy sencilla: “Ahora mismo estoy a salvo de aquello que
estoy imaginando.” No siempre será literalmente aplicable en cualquier
situación, pero muchas veces sí. Estamos en casa imaginando algo que todavía no
ha sucedido. Podemos respirar y volver a este instante.
Quizá también podamos decir: “No sé qué va a
ocurrir. No quiero negar que tengo miedo, pero tampoco quiero entregar todo
este día a una desgracia que todavía solo existe en mi mente.” Esta frase no
nos exige sentir paz inmediatamente. Solo introduce una elección.
Podemos utilizar algunas preguntas como práctica:
¿Qué está ocurriendo realmente ahora? ¿Qué estoy imaginando? ¿Estoy tratando
una posibilidad como si fuera una certeza? ¿Hay algo útil que pueda hacer? ¿Mi
preocupación me está protegiendo o simplemente me está haciendo sufrir antes de
tiempo? ¿Estoy intentando resolver mentalmente algo que todavía no puede
resolverse? ¿Puedo atravesar únicamente este momento y dejar que el siguiente
llegue cuando tenga que llegar?
No tenemos que conseguir que nuestra mente deje
de imaginar para siempre. Probablemente seguirá intentando hacerlo. La práctica
consiste en reconocer cada vez antes cuándo nos hemos marchado al futuro y
regresar. A veces lo conseguiremos enseguida. Otras veces llevaremos una hora
atrapados en pensamientos cuando nos demos cuenta. No importa. Podemos volver
en ese momento.
Tal vez la próxima vez que nuestra mente empiece
a construir una desgracia completa, podamos detenernos y decir: “Esto es lo que
temo, no lo que sé.” Después preguntarnos: “¿Qué puedo hacer ahora?” Y si no
hay nada que hacer, permitirnos continuar con el día.
Quizá ahí encontremos una de las aplicaciones más sencillas y útiles de Un Curso de Milagros frente a la preocupación: no intentar garantizar que nunca ocurrirá nada difícil, sino aprender a no sufrir hoy por todas las desgracias que nuestra mente es capaz de imaginar para mañana.


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