Viviendo Un Curso de Milagros
¿Cómo puede
ayudarnos UCDM ante la muerte de un ser querido?
La muerte de un ser querido es una de esas
experiencias ante las que cualquier explicación puede parecernos insuficiente.
Cuando alguien a quien amamos muere, no nos enfrentamos únicamente a una idea
sobre la vida y la muerte. Nos enfrentamos a una ausencia. A una silla vacía. A
una voz que ya no escuchamos. A unos hábitos que de repente desaparecen. A
recuerdos que aparecen en cualquier momento. A fechas, lugares, canciones,
objetos y pequeños detalles que pueden despertar de nuevo el dolor. Por eso, cuando
intentamos aplicar Un Curso de Milagros ante una pérdida, conviene empezar por
algo esencial: el Curso no necesita convertirse en una manera de negar lo que
estamos sintiendo. Si estamos tristes, estamos tristes. Si lloramos, lloramos.
Si sentimos rabia, desconcierto, vacío o incluso enfado con Dios, ésa es
nuestra experiencia en este momento. No tenemos que utilizar conceptos
espirituales para obligarnos a sentir una paz que todavía no sentimos.
A veces, quienes estudiamos UCDM podemos caer en una dificultad especial. Sabemos que el Curso cuestiona profundamente la realidad de la muerte, y entonces podemos pensar que no deberíamos sentir dolor. “Si la muerte no es real, ¿por qué estoy sufriendo tanto?” Pero esa pregunta puede convertirse fácilmente en una nueva forma de culpa. El hecho de comprender intelectualmente una enseñanza no significa que nuestra mente haya dejado de identificarse con el cuerpo, con la historia compartida y con la forma en la que conocimos a esa persona. Hemos amado su presencia, su voz, sus gestos, su manera de mirarnos. Por eso el duelo no demuestra que estemos haciendo mal el Curso. Simplemente muestra que todavía estamos aprendiendo a mirar más allá de la forma.
Desde una perspectiva práctica, quizá el primer
paso sea permitirnos reconocer: “Esto me duele.” No hace falta añadir nada más.
No tenemos que corregir inmediatamente la emoción. Podemos darle espacio.
Podemos llorar. Podemos recordar. Podemos hablar de esa persona. Podemos sentir
que la echamos de menos. Y después, cuando nuestra mente pueda abrirse un poco,
comenzar a preguntarnos: ¿qué estoy creyendo que he perdido realmente? Quizá
pensemos: “He perdido su amor”, “Ya no volveré a sentir su presencia”, “Todo lo
que compartimos ha desaparecido”, “Nunca volveré a estar bien”. Y ahí empieza a
aparecer el terreno en el que el Curso puede ayudarnos.
UCDM nos invita a cuestionar la idea de que el
amor pueda desaparecer porque desaparezca un cuerpo. Ésta es una enseñanza
profunda, pero puede hacerse muy sencilla: ¿puede morir aquello que realmente
amábamos de esa persona? El cuerpo ya no está. Eso es evidente para nosotros.
Pero ¿qué ocurre con el amor que sentimos? ¿Ha desaparecido? ¿Se ha borrado de
nuestra mente? ¿Deja de existir todo lo que esa relación despertó en nosotros?
Quizá no. Tal vez sigamos sintiendo ternura al recordarla. Tal vez una
enseñanza que nos dejó siga guiándonos. Tal vez podamos cerrar los ojos y
reconocer que el amor que compartimos continúa teniendo efectos en nuestra
vida.
Esto no elimina inmediatamente la tristeza por la
ausencia física. Pero introduce una diferencia importante: podemos empezar a
distinguir entre perder una forma y perder el amor. El ego nos dice: “Si el
cuerpo ya no está, lo has perdido todo.” El Curso intenta enseñarnos que el
amor no depende finalmente de la forma que utilizó para expresarse. Esa persona
estuvo presente en nuestra vida de una determinada manera, pero el contenido de
amor que compartimos no necesita convertirse en inexistente porque esa forma
haya terminado.
También podemos observar otra parte muy dolorosa
del duelo: la mente intentando volver una y otra vez al momento de la muerte.
“Si hubiera llamado antes”, “Si hubiéramos ido a otro médico”, “Si me hubiera
dado cuenta”, “Si le hubiera dicho aquello”, “Si hubiera pasado más tiempo con
él”. La culpa aparece con mucha facilidad después de una pérdida. Revisamos
conversaciones, decisiones y momentos del pasado buscando aquello que podríamos
haber hecho de otra manera. Y a veces hay cosas que sinceramente lamentamos.
Quizá no estuvimos presentes como nos habría gustado. Tal vez dijimos algo que
ahora nos pesa. Puede que quedaran conversaciones pendientes. En esos casos
podemos reconocerlo con honestidad. Pero una cosa es reconocer un error y otra
utilizarlo para castigarnos durante años.
Podemos preguntarnos: ¿puedo aprender algo de
esto sin convertirme en culpable para siempre? Quizá podamos decir
interiormente: “Ojalá hubiera actuado de otra manera. Hoy lo veo. Quiero
aprender de ello.” Eso es diferente de repetir: “No me lo perdonaré nunca.” El
primer pensamiento permite corrección. El segundo mantiene el sufrimiento. Y
quizá aquí podamos entregar también esa culpa: “No puedo cambiar el pasado,
pero no quiero seguir utilizándolo para castigarme.”
Hay otro dolor frecuente: todo lo que quedó por decir. “No pude despedirme.” “No le dije que lo quería.” “Nuestra última conversación fue una discusión.” “Quedaron cosas pendientes.” Esto puede pesar muchísimo. Desde la perspectiva del Curso podemos recordar algo muy sencillo: la comunicación no se reduce únicamente a las palabras que pronunciamos con el cuerpo. Tal vez no pudimos decir algo en aquel momento, pero podemos decirlo ahora en nuestra mente. Podemos sentarnos en silencio y expresar interiormente aquello que necesitamos expresar. “Te quiero.” “Perdóname.” “Ojalá hubiera sabido hacerlo mejor.” “Gracias.” No necesitamos saber exactamente qué ocurre después de la muerte para reconocer que esta práctica puede ayudarnos a liberar nuestra mente de aquello que quedó retenido.
También podemos permitirnos recibir interiormente
una respuesta. No como una fantasía que tengamos que convertir en una verdad
objetiva, sino como un espacio de amor. Podemos preguntarnos: “Si esta persona
pudiera hablarme ahora desde el amor y no desde el miedo, ¿qué creo que me
diría?” Tal vez imaginemos: “No quiero que sigas castigándote.” “Quiero que
vivas.” “No quiero que mi recuerdo se convierta en tu prisión.” A veces esta
sencilla pregunta puede abrir una puerta que la mente había mantenido cerrada.
El duelo también nos enfrenta al miedo a olvidar.
Podemos pensar que si dejamos de sufrir estamos traicionando a la persona. Nos
sentimos culpables la primera vez que reímos después de su muerte. Nos
sorprende disfrutar de algo y, de repente, aparece un pensamiento: “¿Cómo puedo
estar pasándolo bien si él ya no está?” Como si mantener el dolor fuera una
demostración de amor. Pero podemos preguntarnos: ¿realmente necesita el amor
que sigamos sufriendo para demostrar que fue verdadero?
Quizá podamos comenzar a comprender algo
diferente: sanar no significa olvidar. Reír de nuevo no significa querer menos.
Continuar con nuestra vida no elimina la relación que tuvimos. Podemos recordar
a alguien desde el dolor o podemos ir aprendiendo, poco a poco, a recordarlo
desde la gratitud. Al principio quizá sea imposible. Tal vez cada recuerdo
duela. Pero con el tiempo puede ocurrir que una fotografía que antes nos hacía
llorar empiece también a hacernos sonreír. El recuerdo sigue ahí, pero su función
empieza a cambiar.
Esto puede ser una hermosa forma de entender el
perdón aplicado al duelo: permitir que el recuerdo deje de ser únicamente una
prueba de pérdida y empiece también a convertirse en un recuerdo de amor.
El Curso puede ayudarnos especialmente con
nuestro miedo a la muerte porque nos invita a cuestionar la identidad que hemos
dado por supuesta toda nuestra vida. Si creemos que somos únicamente cuerpos,
la muerte parece necesariamente el final absoluto. Pero UCDM nos propone una
identidad diferente: somos mente, somos espíritu, somos algo que no puede
reducirse a una forma física temporal. Quizá todavía no podamos vivir esta
enseñanza con total certeza. No pasa nada. Podemos empezar simplemente
preguntándonos: ¿y si soy más que este cuerpo? ¿Y si la persona que amo era
también más que su cuerpo?
No necesitamos convertir esta pregunta en una
creencia forzada. Podemos dejarla abierta. Tal vez exista otra manera de
entender lo que ha ocurrido. Tal vez el amor que compartimos no haya sido
destruido. Tal vez la separación que ahora sentimos no sea tan absoluta como
nuestra percepción nos dice. A veces una pequeña apertura es suficiente.
También podemos observar cómo el ego utiliza la
muerte para reforzar su idea fundamental: “Todo termina. Todo se pierde. Nada
es seguro.” Después de una muerte cercana podemos empezar a temer que alguien
más muera. Miramos a nuestros hijos, nuestra pareja o nuestros padres y
pensamos: “Algún día también los perderé.” Entonces dejamos de disfrutar
plenamente de su presencia porque ya estamos imaginando su ausencia. En esos
momentos puede ser útil regresar al presente: “Esta persona está conmigo
ahora.” Quizá el mejor modo de honrar la fragilidad de la vida no sea vivir
aterrorizados por la pérdida, sino aprender a estar más presentes mientras
podemos compartir.
La muerte de alguien puede enseñarnos algo muy
incómodo pero profundamente valioso: muchas veces dejamos para mañana el amor
que podríamos expresar hoy. Postergamos una llamada. No pedimos perdón.
Mantenemos una discusión absurda durante meses. Damos por supuesto que habrá
tiempo. Una pérdida puede recordarnos que no necesitamos esperar. Podemos
llamar hoy. Podemos abrazar hoy. Podemos decir “te quiero” hoy. Podemos
resolver una diferencia hoy. No porque vivamos con miedo, sino porque hemos
comprendido que el amor merece ser expresado mientras tenemos la oportunidad.
¿Qué podemos hacer, entonces, cuando llega una
oleada de tristeza? Quizá estamos relativamente tranquilos y de repente
escuchamos una canción, vemos una fotografía o pasamos por un lugar y vuelve el
dolor. Podemos no luchar contra él. Reconocer: “Le echo de menos.” Respirar.
Permitir que la emoción esté ahí. Y después quizá decir interiormente: “Estoy
recordando una forma que ya no puedo ver, pero no quiero olvidar el amor que
compartimos.” No tenemos que elegir entre llorar y confiar. Podemos hacer ambas
cosas.
Otra práctica sencilla puede ser preguntarnos: ¿qué
necesito hoy? Quizá descansar. Hablar con alguien. Estar solos. Mirar
fotografías. Guardarlas durante un tiempo. Visitar un lugar especial. No
visitarlo todavía. El duelo no tiene una forma única. El Curso no nos pide que
lo vivamos según una plantilla espiritual. La práctica consiste más bien en no
añadir condena a lo que estamos sintiendo.
También conviene permitirnos recibir ayuda
humana. A veces pensamos que si somos espirituales deberíamos poder atravesarlo
solos. No es necesario. Podemos apoyarnos en familiares, amigos, grupos de
duelo, profesionales o personas capaces de escucharnos. Buscar ayuda no
contradice UCDM. Puede ser precisamente la forma que adopta la ayuda en ese
momento.
Quizá una de las preguntas más útiles sea: ¿quiero
utilizar esta pérdida para demostrar que el amor termina o puedo permitir que
me enseñe algo sobre la permanencia del amor? Tal vez todavía no sepamos
responder. Quizá hoy solo podamos decir: “No lo sé.” Eso también está bien.
Podemos dejar la pregunta abierta.
Podemos utilizar algunas preguntas sencillas en
nuestro proceso: ¿Estoy permitiéndome sentir lo que siento sin juzgarme? ¿Estoy
confundiendo la ausencia del cuerpo con la desaparición del amor? ¿Estoy
utilizando la culpa para castigarme por el pasado? ¿Puedo expresar ahora lo que
quedó por decir? ¿Estoy creyendo que dejar de sufrir significaría olvidar?
¿Puedo recordar a esta persona también desde la gratitud? ¿Estoy dispuesto a
considerar, aunque todavía no lo comprenda plenamente, que la vida y el amor
pueden ser más grandes que el cuerpo?
No tenemos que llegar rápidamente a ninguna
conclusión. El duelo necesita su tiempo. Tal vez hoy solo podamos llorar. Quizá
mañana podamos recordar algo hermoso. Otro día volverá la tristeza. Esto no
significa que estemos retrocediendo. El proceso no es lineal. Y quizá la
práctica del Curso aquí no consista en eliminar el duelo, sino en permitir que
poco a poco vaya cambiando su significado.
Tal vez podamos cerrar los ojos y decir
interiormente: “Te echo de menos. Todavía me duele que ya no estés de la manera
en que estabas. No voy a negar lo que siento. Pero tampoco quiero creer que el
amor que compartimos ha desaparecido. Estoy dispuesto a aprender que el amor no
puede perderse.”
Quizá todavía lloremos al decirlo. No importa. La
paz no siempre llega como ausencia de lágrimas. A veces llega como una pequeña
certeza detrás de ellas. La certeza de que amar a alguien nunca fue inútil. La
certeza de que lo compartido no puede reducirse únicamente a una presencia
física. La certeza de que podemos continuar viviendo sin abandonar el amor.
Y tal vez ésa sea una de las maneras más profundas en que Un Curso de Milagros puede acompañarnos ante la muerte de un ser querido: ayudarnos a pasar, poco a poco, de la idea “lo he perdido” a una pregunta diferente: “¿puede realmente perderse aquello que fue amor?”


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