Viviendo Un Curso de Milagros
¿Qué hacer
cuando estamos muy enfadados con alguien?
Hay momentos en los que el enfado aparece con
tanta fuerza que parece ocuparlo todo. Alguien nos ha hablado mal, nos ha
traicionado, nos ha tratado injustamente, ha incumplido algo importante o
simplemente ha cruzado un límite que para nosotros era muy claro. Entonces la
mente empieza a encenderse: “No tenía derecho.” “Esto no se lo voy a perdonar.”
“Tengo que decirle lo que pienso.” “Quiero que entienda lo que me ha hecho.” Y
cuanto más pensamos, más crece la ira. A veces incluso dejamos de estar con la
persona, pero la discusión continúa dentro de nosotros durante horas. Desde Un
Curso de Milagros, el primer paso no consiste en negar el enfado ni en
obligarnos a sentir amor por alguien que en ese momento nos irrita
profundamente. Consiste en reconocer con honestidad: “Estoy muy enfadado y,
ahora mismo, estoy viendo esta situación a través de ese enfado.”
El enfado suele venir acompañado de una fuerte
necesidad de tener razón. Queremos demostrar que el otro se equivocó, que
nosotros somos la parte herida y que nuestra reacción está plenamente
justificada. Y quizá tengamos razón en muchos aspectos. Pero puede ser útil
hacernos una pregunta incómoda: ¿quiero tener razón o quiero recuperar la paz?
Esto no significa renunciar a nuestra postura ni aceptar algo injusto.
Significa reconocer que, mientras nuestra prioridad sea condenar al otro,
nuestra mente seguirá unida al conflicto.
Supongamos que alguien nos ha faltado al respeto.
Podemos decir con claridad: “No acepto que me hables así.” Eso es poner un
límite. Pero después nuestra mente puede seguir durante horas imaginando lo que
deberíamos haber contestado, recordando otras ocasiones, deseando que la otra
persona se sienta mal o pensando cómo demostrarle que se equivocó. Ahí el hecho
ya ha terminado, pero el conflicto continúa dentro de nosotros. Podemos
preguntarnos: “¿Quiero seguir alimentando esta conversación en mi mente?” Quizá
la respuesta honesta sea sí. A veces queremos seguir enfadados porque sentimos
que el enojo nos protege o nos da fuerza. El ego nos dice: “No lo sueltes. Si
lo sueltas, estarás permitiendo lo que ocurrió.” Pero mantener el enojo no
siempre nos protege. Muchas veces simplemente nos mantiene atados a la persona
o situación que queremos dejar atrás.
Una de las ideas más útiles que podemos aplicar
desde UCDM es que el enfado puede mostrarnos qué creemos que está en peligro.
Tal vez nuestra dignidad. Quizá nuestra seguridad. Puede que sintamos que no
nos respetan, que no nos valoran, que nos han quitado algo o que hemos perdido
control. Debajo de muchas formas de ira hay miedo. Por eso, cuando la
intensidad baje un poco, podemos preguntarnos: “¿Qué siento que esta persona me
ha quitado o amenazado?” La respuesta puede ayudarnos a ir más allá de la
superficie.
También puede servir preguntarnos: “¿Qué estoy
pidiendo que ocurra para poder estar en paz?” Tal vez queremos que la otra
persona pida perdón. Quizá esperamos que reconozca su error. Puede que deseemos
que cambie, que nos dé la razón o que sufra alguna consecuencia. Pero si
nuestra tranquilidad depende de que el otro haga algo, entonces hemos colocado
nuestra paz fuera de nosotros. Y quizá esa persona nunca haga lo que esperamos.
UCDM nos invita a recuperar esa elección. Podemos
empezar diciendo interiormente: “No sé cómo ver esto de otra manera, pero no
quiero seguir dependiendo de la reacción del otro para estar en paz.” Esto no
elimina automáticamente el enfado, pero introduce una posibilidad diferente.
Cuando estamos muy enfadados, también es
importante no obligarnos a hablar inmediatamente. Hay veces en que creemos que
tenemos que resolver el conflicto en ese mismo instante, pero cuando nuestra
mente está demasiado alterada solemos escuchar peor, interpretar peor y decir
cosas que después lamentamos. En ese momento, detenernos puede ser una práctica
profundamente útil. Podemos decir: “Ahora mismo no puedo hablar de esto con
claridad. Prefiero continuar más tarde.” Eso no es huir. Es reconocer que desde
el ataque rara vez resolvemos bien.
Podemos utilizar una frase interior muy sencilla:
“No quiero que mi enfado decida por mí lo que voy a decir o hacer.” Tal vez
sigamos enfadados, pero podemos esperar. Respirar. Salir a caminar. Escribir lo
que sentimos sin enviarlo. Dar tiempo a que baje la intensidad. Luego decidir
qué necesita realmente la situación.
Esto es especialmente importante porque el ego
utiliza el enfado para justificar el ataque. Cuando estamos heridos pensamos
que tenemos derecho a herir. “Se lo merece.” “Tenía que decírselo.” “Que sepa
lo que se siente.” Pero una cosa es expresar con firmeza lo que ha ocurrido y
otra muy distinta utilizar nuestras palabras para castigar. Podemos
preguntarnos: “¿Quiero comunicar algo o quiero hacer daño?” La diferencia puede
cambiar por completo nuestra manera de responder.
También podemos revisar el lenguaje que usamos.
“Eres un egoísta.” “Nunca piensas en nadie.” “Siempre haces lo mismo.” Estas
frases suelen convertir una conducta en una identidad. El Curso nos invita a no
confundir lo que alguien hizo con la totalidad de lo que esa persona es.
Podemos decir: “Lo que hiciste me dolió” sin convertir al otro en “una persona
horrible”. Podemos reconocer un error sin transformar ese error en una condena
completa.
Esto no significa volvernos ingenuos. Si alguien
repite conductas dañinas, podemos reconocerlo y actuar en consecuencia. Podemos
poner límites. Podemos alejarnos. Podemos decir que no. Podemos tomar
decisiones firmes. Pero podemos intentar hacerlo desde la claridad, no desde el
deseo de destruir.
Otra práctica útil es observar qué ocurre cuando
el enfado vuelve. Porque volverá. Quizá pensemos que ya lo habíamos soltado y,
de repente, alguien menciona el tema y sentimos la misma rabia. No necesitamos
interpretar eso como un fracaso. Podemos decir: “Ahí está otra vez.” Y
observar: “Estoy reconstruyendo la historia.” “Estoy imaginando otra vez lo que
debería haber dicho.” “Estoy intentando demostrar mentalmente que yo tenía
razón.” No hace falta discutir con esos pensamientos. Podemos simplemente
reconocerlos y decir: “No quiero seguir alimentándolos ahora.”
A veces el enfado se mantiene porque creemos que
perdonar significa renunciar a la justicia. Pero no es así. Podemos defender
nuestros derechos sin odio. Podemos reclamar algo sin convertir al otro en
enemigo. Podemos incluso acudir a instancias legales si fuera necesario. La
cuestión es desde qué estado mental actuamos. Justicia y venganza no son lo
mismo. Una busca resolver. La otra busca castigar.
Desde UCDM, también podemos intentar mirar al
otro más allá de su conducta. No para justificarlo, sino para recordar que una
persona que ataca suele estar actuando desde miedo, confusión o necesidad de
defenderse. Esto no convierte su conducta en correcta, pero puede ayudarnos a
suavizar nuestra condena. Podemos pasar de “es una mala persona” a “ha actuado
de una manera que me ha hecho daño”. Ese pequeño cambio ya abre espacio para
otra percepción.
Una pregunta especialmente poderosa puede ser: “¿Qué
haría ahora si mi prioridad fuera recuperar la paz sin negar lo ocurrido?”
Quizá hablaríamos más tarde. Tal vez pondríamos un límite. Puede que pidiéramos
una explicación. Quizá decidiríamos alejarnos. O quizá descubriríamos que no
necesitamos hacer nada más. La respuesta dependerá de cada situación, pero la
pregunta cambia el propósito.
También podemos pedir ayuda interiormente: “Ayúdame
a ver esto sin añadir más ataque. Ayúdame a responder con claridad. Ayúdame a
no convertir mi dolor en una nueva forma de hacer daño.” No necesitamos sentir
amor inmediatamente. A veces basta con estar dispuestos a no empeorar el
conflicto.
Cuando el enfado se vuelva muy intenso, podemos
utilizar una práctica sencilla: primero reconocer “estoy muy enfadado”. Después
preguntarnos “¿qué ocurrió realmente?”. Luego “¿qué estoy interpretando?”. Y
después “¿qué quiero hacer con esto?”. Si la respuesta es atacar, quizá sea
mejor esperar. Si hay algo que comunicar, podemos intentar hacerlo cuando la
mente esté más tranquila.
Podemos utilizar también algunas preguntas: ¿Qué
siento que esta persona ha amenazado en mí? ¿Estoy intentando resolver o
castigar? ¿Necesito que el otro cambie para poder estar en paz? ¿Estoy
reaccionando solo a lo que ocurrió ahora o a toda una historia pasada? ¿Puedo
poner un límite sin atacar? ¿Qué haría si no necesitara demostrar que tengo
razón?
No tenemos que hacerlo perfectamente. Habrá
momentos en que reaccionaremos mal. Quizá levantemos la voz, digamos algo que
no queríamos o volvamos a entrar en una discusión. Entonces podemos corregir.
No necesitamos añadir culpa. Podemos reconocer: “Eso no ayudó. Quiero hacerlo
de otra manera la próxima vez.”
Tal vez podamos decir interiormente: “Sí, estoy
enfadado. No voy a fingir lo contrario. Pero tampoco quiero entregar mi paz a
este enfado. No necesito resolverlo todo ahora. Estoy dispuesto a ver esta
situación de otra manera y a responder cuando pueda hacerlo con más claridad.”
Y quizá ésa sea una de las formas más prácticas de aplicar Un Curso de Milagros cuando estamos muy enfadados con alguien: no negar lo que sentimos, pero tampoco permitir que el enfado se convierta en el maestro que decida por nosotros cómo mirar, qué decir y cómo actuar.


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