jueves, 2 de febrero de 2017

Principio 20: Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad.

PRINCIPIO 20

Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo.


El dolor es dormir; el júbilo, despertar.

Los milagros, al despertar nuestra consciencia y revelarnos el Ser que Somos, realmente, lo que está haciendo es indicarnos que el camino que ha de conducirnos al Estado de júbilo-despertar es perdonar.

Esta idea se desarrolla en el Libro de Ejercicios, concretamente en la Lección 198:

“El perdón desvanece todos los demás sueños, y aunque en sí es un sueño, no da lugar a más sueños. Todas las ilusiones, salvo ésta, no pueden sino multiplicarse de mil en mil. Pero con ésta, a todas las demás les llega su fin. El perdón representa el fin de todos los sueños, ya que es el sueño del despertar. No es en sí la verdad. No obstante, apunta hacia donde ésta se encuentra, y provee dirección con la certeza de Dios Mismo. Es un sueño en el que el Hijo de Dios despierta a su Ser y a su Padre, sabiendo que Ambos son uno”. (L.pI.198.3)

Así lo expresa Kenneth Wapnick al referirse a este Principio: “Ahí está, otra vez, la misma idea, de que la verdad y la santidad no se encuentran en el cuerpo, se encuentran en nuestras mentes. Cuando nuestras mentes se sanen totalmente recordaremos que la verdad está en nuestra Identidad como espíritu”.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar en la idea de sueño y despertar. Vamos a dedicar las siguientes líneas a recoger lo que el Curso tiene que aportar sobre este particular.

Habrá que remontarse a los “inicios” para rescatar el significado del Estado llamado “El jardín del Edén” -la condición que existía antes de la separa­ción- era un estado mental en el que no se necesitaba nada.
Nos refiere los Textos Sagrados que cuando Adán prestó oídos a "las mentiras de la serpiente", lo único que oyó fueron falsedades. Algo que no se recoge en dicho Texto, es que no tenemos la obligación de continuar cre­yendo lo que no es verdad, a no ser que así lo elijamos.

Es importante que sepamos, que la realidad a la que nos invitó “la serpiente” puede literalmente desaparecer en un abrir y cerrar de ojos por­que no es más que una percepción falsa. Lo que se ve en sueños parece ser muy real. La Biblia nos refiere que sobre Adán se abatió un sueño profundo, mas no se hace mención en ninguna parte a que haya despertado. El mundo no ha experimentado todavía ningún despertar o renacimiento com­pleto. Un renacer así es imposible mientras sigamos proyectando o creando falsamente. No obstante, la capacidad de extender tal como Dios nos extendió Su Espíritu permanece todavía dentro de nosotros. En realidad, ésta es nuestra única alternativa, pues se nos dio el libre albedrío para que nos deleitáramos creando lo perfecto.

Me pregunto, ¿por qué el Hijo de Dios eligió soñar a estar despierto?

Me abordan, otras muchas reflexiones. En el mundo de la ilusión, utilizamos el sueño como un periodo para descansar. Sin embargo, Un Curso de Milagros nos indica que el descanso no se deriva de dormir sino de despertar.

El Texto del Curso dedica un Capítulo en el que habla de las base del sueño y que considero importante para comprender el significado del estado que estamos analizando.

¿No es acaso cierto que de los sueños surge un mundo que parece ser muy real? Mas examina lo que es ese mundo. Obvia­mente no es el mundo que viste antes de irte a dormir. Es más bien una distorsión de él, urdida exclusivamente en torno a lo que tú hubieses preferido que ocurriese. En él eres "libre" para reconstruir lo que parecía atacarte, y convertirlo en un tributo a tu ego, que se indignó por el "ataque". Ése no sería tu deseo a menos que no te identificases a ti mismo con el ego, que siempre se ve a sí mismo, y, por lo tanto, a ti, como sometido a un cons­tante ataque y sumamente vulnerable a él.

Los sueños son caóticos porque están regidos por tus deseos conflictivos, y así, lo que es verdad les trae sin cuidado. Son el mejor ejemplo de cómo se puede utilizar la percepción para sus­tituir a la verdad por ilusiones. Al despertar no los tomas en serio, pues el hecho de que la realidad se viola tan radicalmente en ellos resulta evidente. Sin embargo, son una manera de ver el mundo y de cambiarlo para que se adapte mejor al ego. Son ejemplos impresionantes, tanto de la incapacidad del ego para tolerar la realidad, como del hecho de que tú estás dispuesto a cambiar la realidad para beneficiarlo a él.

La diferencia entre lo que ves en sueños y lo que ves al desper­tar no te resulta inquietante. Reconoces que lo que ves al desper­tar se desvanece en los sueños. Al despertar, no obstante, no esperas que haya desaparecido. En los sueños eres tú quien determina todo. Las personas se convierten en lo que tú quieres que sean y hacen lo que tú les ordenas. No se te impone ningún límite en cuanto a las sustituciones que puedes llevar a cabo. Por algún tiempo parece como si se te hubiese dado el mundo para que hicieses de él lo que se te antojase. No te das cuenta de que lo estás atacando y tratando de subyugarlo para que se avenga a tus deseos.

Los sueños son desahogos emocionales en el nivel de la percep­ción en los que literalmente profieres a gritos: "¡Quiero que las cosas sean así!" Y aparentemente lo consigues. Mas los sueños son inseparables de su fuente. La ira y el miedo los envuelven, y en cualquier instante la ilusión de satisfacción puede ser invadida por la ilusión de terror. Pues el sueño de que tienes la capacidad de controlar la realidad y de sustituirla por un mundo que pre­fieres es aterrante. Tus intentos de eliminar la realidad son aterra­dores, pero no estás dispuesto a aceptar esto. Por lo tanto, lo sustituyes con la fantasía de que la realidad es lo que es aterra­dor, y no lo que tú quieres hacer de ella. Y de este modo la culpa­bilidad se vuelve real.

Los sueños te muestran que tienes el poder de construir un mundo a tu gusto, y que por el hecho de desearlo lo ves. Y mien­tras lo ves no dudas de que sea real. Mas he ahí un mundo, que aunque claramente existe sólo en tu mente, parece estar afuera. No reaccionas ante él como si tú mismo lo hubieses construido, ni te das cuenta de que las emociones que el sueño suscita no pueden sino proceder de ti. Los personajes del sueño y sus accio­nes parecen dar lugar al sueño. No te das cuenta de que eres tú el que los hace actuar por ti, ya que, si fueses tú el que actuase, la culpa no recaería sobre ellos, y la ilusión de satisfacción desapare­cería. Estos hechos no son ambiguos en los sueños. Pareces des­pertar, y el sueño desaparece. Pero lo que no reconoces es que lo que dio origen al sueño no desapareció con él. Tu deseo de cons­truir otro mundo que no es real sigue vivo en ti. Y pareces des­pertar a lo que no es sino otra forma de ese mismo mundo que viste en tus sueños. Estás soñando continuamente. Lo único que es diferente entre los sueños que tienes cuando duermes y los que tienes cuando estás despierto es la forma que adoptan, y eso es todo. Su contenido es el mismo. Constituyen tu protesta contra la realidad, y tu idea fija y demente de que la puedes cambiar. En los sueños que tienes mientras estás despierto, la relación especial ocupa un lugar especial. Es el medio con el que tratas de que los sueños que tienes mientras duermes se hagan realidad. De esto no puedes despertar. La relación especial representa tu resolución de mantenerte aferrado a la irrealidad, y de impedirte a ti mismo despertar. Y mientras le otorgues más valor a estar dormido que a estar despierto, no querrás despertar”. (T.18.II.1:5)

El aprendizaje que verdaderamente corrige comienza siempre con el despertar del espíritu y con el rechazo de la fe en la visión física. Sin embargo, esto frecuentemente entraña temor, ya que tienes miedo de lo que tu visión espiritual te mostraría.

Debemos reconocer que somos el soñador del mundo de los sueños. Todo lo que aterrorizó al Hijo de Dios y le hizo pensar que había perdido su inocencia, repudiado a su Padre y entrado en guerra consigo mismo no es más que un sueño fútil. Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más dulce precediese su despertar y permi­tiese que su mente se calmara para poder acoger -no temer- la Voz que con amor lo llama a despertar; un sueño más dulce, en el que su sufrimiento cesa y en el que su hermano es su amigo. Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le pro­porcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo.

Esa Voz dispuesta a despertarnos con amor es el Espíritu Santo, el cual, siempre práctico en Su sabiduría, acepta nuestros sueños y los emplea en beneficio de nuestro despertar.

¿Cómo actúa el Espíritu Santo dentro del sueño para ayudarnos a despertar?

La respuesta a esta cuestión viene recogida en el punto V del capítulo 6 del Curso, el cual trata sobre las lecciones del Espíritu Santo:

“Como cualquier buen maestro, el Espíritu Santo sabe más de lo que tú sabes ahora, y sólo te enseña para que llegues a ser igual que Él. te enseñaste mal a ti mismo al creer lo que no era cierto. No creíste en tu propia perfección. ¿Iba acaso Dios a ense­ñarte que habías fabricado una mente dividida, cuando Él sabe que tu mente es íntegra? Lo que Dios sí sabe es que Sus canales de comunicación no están abiertos a Él, lo cual le impide impartir­les Su gozo y, así, saber que Sus Hijos son completamente dicho­sos. El dar de Su gozo es un proceso continuo, no en el tiempo sino en la eternidad. La extensión de Dios, aunque no Su comple­ción, se obstruye cuando la Filiación no se comunica con Él cual una sola. Así que Dios pensó: "Mis Hijos duermen y hay que despertarlos".
¿Qué podría despertar más dulcemente a un niño que una tierna voz que no lo asusta sino que simplemente le recuerda que la noche ya pasó y que la luz ha llegado? No se le dice que las pesadillas que lo estaban aterrorizando tanto no eran reales, pues los niños creen en la magia. Simplemente se le asegura que ahora está a salvo. Más tarde se le enseña a distinguir la diferencia entre estar dormido y estar despierto, para que entienda que no tiene que tener miedo de los sueños. Y así, cuando vuelva a tener pesa­dillas, él mismo invocará la luz para desvanecerlas.
Un buen maestro enseña mediante un enfoque positivo, no mediante uno negativo. No hace hincapié en lo que tienes que evitar para escapar de lo que te puede hacer daño, sino en lo que tienes que aprender para ser feliz. Piensa en el miedo y en la confusión que un niño experimentaría si le dijeran: "No hagas eso porque es muy peligroso y te puede hacer daño, pero si haces esto otro, no te harás daño, estarás a salvo y no tendrás miedo". Defi­nitivamente es mucho mejor usar tan solo tres palabras: "¡Haz sólo esto!" Esta simple afirmación es perfectamente inequívoca y muy fácil de entender y de recordar.
El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los erro­res porque Su intención no es asustar a los niños, y los que carecen de sabiduría son niños. Siempre responde, no obstante, a su lla­mada, y el hecho de que ellos puedan contar con Él los hace sen­tirse más seguros. Los niños ciertamente confunden las fantasías con la realidad, y se asustan porque no pueden distinguir la dife­rencia que hay entre ellas. El Espíritu Santo no hace distinción alguna entre diferentes clases de sueños. Simplemente los hace desaparecer con Su luz. Su luz es siempre la llamada a despertar, no importa lo que hayas estado soñando. No hay nada duradero en los sueños, y el Espíritu Santo, que refulge con la Luz de Dios Mismo, sólo habla en nombre de lo que perdura eternamente”. (T.6.V.1:4)

Toda clase de enfermedad, e incluso la muerte, son expresiones físicas del miedo a despertar. Son intentos de reforzar el sueño debido al miedo a despertar.
Dormir es aislarse; desper­tar, unirse.

La manera en que nos despertamos indica cómo usamos el tiempo que pasamos durmiendo. ¿A quién se lo ofrecimos? ¿Bajo qué maestro lo pusimos? Siempre que nos despertamos desanimados es que no se lo ofrecimos al Espíritu Santo. Sólo cuando nos despertamos felices utilizamos el tiempo que pasamos durmiendo en armonía con Su propósito. Podemos descansar en paz debido únicamente a que estamos despiertos.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor. (T.8.IX.3:2)

¿Hasta cuándo tendremos que permanecer dormidos?

Cuando hacemos alusión al estado del “sueño”, lo que realmente estamos diciendo es que el Hijo de Dios ha olvidado Su Origen y ha creído sustituirlo por otra identidad. Por lo tanto, despertará cuando recuerde su verdadera identidad.

Recordaremos todo en el instante en que lo deseemos de todo cora­zón, pues si desear de todo corazón es crear, nuestra voluntad habrá dispuesto el fin de la separación, y simultáneamente le habremos devuelto nuestra mente a nuestro Creador y a nuestras creaciones. Al conocerlos, ya no tendremos deseos de dormir, sino sólo el deseo de despertar y regocijarnos. Soñar será imposible porque sólo desearemos la verdad, y al ser ésa por fin nuestra voluntad, dispondremos de ella.

“Cuando despiertes, verás la verdad a tu alrededor y dentro de ti, y ya no creerás en los sueños porque éstos dejarán de ser reales para ti. El Reino, en cambio, y todo lo que allí has creado, será sumamente real para ti porque es hermoso y verdadero”. (T.6.IV.6:8)

Doy fin a esta introducción sobre el sueño y el despertar, con estas hermosas palabras:

“Acepta el sueño que Él te dio en lugar del tuyo. No es difícil cambiar un sueño una vez que se ha identificado al soñador. Des­cansa en el Espíritu Santo, y permite que Sus dulces sueños reem­placen a los que soñaste aterrorizado, temiéndole a la muerte. El Espíritu Santo te brinda sueños de perdón, en los que la elección no es entre quién es el asesino y quién la víctima. Los sueños que Él te ofrece no son de asesinatos ni de muerte. El sueño de culpa­bilidad está desapareciendo de tu vista, aunque tus ojos están cerrados. Una sonrisa ha venido a iluminar tu rostro durmiente. Duermes apaciblemente ahora, pues éstos son sueños felices”. (T.27.VII.14:8)

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