sábado, 7 de enero de 2017

Principio 3: Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor.

PRINCIPIO 3

Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro.


Más adelante, en el Principio 24, se recoge “Tú mismo eres un milagro, capaz de crear a semejanza de tu Creador”. Esta afirmación es posible debido a que todo milagro es una expresión de amor y el Hijo de Dios, ha sido creado a Imagen y Semejanza de su Padre, la máxima representación del Amor.

Cada vez que extendamos, en el mundo del sueño, nuestra condición natural, nuestro amor, estamos compartiendo el milagro con el mundo.


En la Lección 77 del libro de ejercicios, cuyo enunciado es “Tengo derecho a los milagros”, se nos enseña que tenemos derecho a los milagros debido a lo que somos y que ofreceremos milagros debido a que somos uno con Dios.
Esta idea se complementa más adelante en la Lección 350 del libro de ejercicios, donde se nos indica que “Los milagros son un reflejo del eterno Amor de Dios”, y que ofrecerlos es recordarlo a Él.


En la medida en que afrontemos la vida expresando o expandiendo lo que Somos, es decir, compartiendo el Amor con el que hemos sido creados, y lo hagamos dándonos a los demás, en ese gesto, estaremos recordando la identidad divina de la que somos portadores, es decir, estaremos recordando a Dios y con ello, haciendo honor a los milagros.


En la medida que cada uno de nosotros encienda su luz y su consciencia esté dispuesta a compartir esa luz, podemos estar seguros que otras luces se encenderán, y esas otras luces, encenderán otras, y esas a otras…, y entre todos seremos capaces de prender una gran luz, que servirá de guía a aquellos que se encuentren sumidos, momentáneamente, en la oscuridad. Será como un faro, que anunciará donde se encuentra la realidad, esa realidad, donde podremos dar testimonio de lo que Somos.

En el Principio 32, Jesús deja muy claro que él es la fuente de los milagros. Desde el punto de vista de la función, el Espíritu Santo y Jesús son sinónimos. Ambos realizan la función de ser el Maestro interno o la Voz interior que nos conducirá a casa. Jesús nos dice que él es la manifestación del Espíritu Santo (C-6.1:1). El no es el Espíritu Santo sino la manifestación de Este. Decir que Jesús es la manifestación del Espíritu Santo es decir también que él es la manifestación del Amor de Dios.

“El verdadero milagro es el amor que lo inspira”, lo cual quiere decir que el milagro real, entonces, es Dios o el Espíritu Santo y Jesús Quienes hablan por Dios en nuestras propias mentes. Esto también aclara, como lo hacen estos principios repetidamente, que el milagro no proviene de nosotros. No somos nosotros los que podemos cambiar nuestra percepción egocéntrica por el milagro; ese es el papel del Espíritu Santo. Todo lo que podemos hacer es escoger el milagro en lugar del ego.

Es a esto que se refiere el Curso cuando habla de "la pequeña dosis de buena voluntad" (T-18.IV). Esto es lo único que el Curso espera de nosotros: la pequeña dosis de buena voluntad que nos permita empezar a cuestionar nuestro juicio acerca del mundo, y de lo que vemos en éste. Nos pide que por lo menos seamos capaces de cuestionar lo que hemos hecho realidad en términos de nuestras percepciones de los demás y de nosotros mismos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario