sábado, 28 de enero de 2017

Principio 15: Todos los días deberían consagrarse a los milagros.

 PRINCIPIO 15


Todos los días deberían consagrarse a los milagros. El propósito del tiempo es que aprendas a usarlo de forma constructiva. El tiempo es, por lo tanto, un recurso de enseñanza y un medio para alcanzar un fin. El tiempo cesará cuando ya no sea útil para facilitar el aprendizaje.


“Básicamente, este principio expone la meta fundamental del Curso, que es ayudarnos a que pasemos cada hora del día, todos los días de nuestras vidas, en una continua contemplación de todas las cosas como el Espíritu Santo nos pide que las contemplemos. Esto quiere decir que continuamente veamos todo lo que ocurre en nuestras vidas como lecciones que Él quiere que aprendamos que cada cosa que ocurre es una oportunidad de aprendizaje si nos aprovechamos de la misma. Así, todo lo que confrontamos debemos verlo como una oportunidad de escoger el agravio del ego o el milagro del Espíritu Santo”.

He querido compartir las palabras de Kenneth Wapnick como introducción a este artículo, en el que vamos a reflexionar sobre la utilidad del tiempo, que aun siendo una ilusión, se puede utilizar como un recurso de enseñanza y como el medio que ha de llevarnos a comprender que el tiempo no es real. Como bien establece este Principio, el final del tiempo llegará cuando ya no sea útil para nuestro aprendizaje.

¿Cómo debemos vivir el día a día?

No somos conscientes de ello, pero cada día, cada hora y cada minuto, e incluso cada segundo, estamos decidiendo entre el ego y el Espíritu Santo.  Cuando nuestra mente elige en favor de la culpa­bilidad, entonces servimos al ego; cuando la elección es a favor de la inocencia, servimos al Espíritu Santo. Como bien señala el Curso, “de lo único que disponemos es del poder de decisión”.

Las Lecciones del Libro de Ejercicios son de gran ayuda para entrenar nuestra mente y para señalar, de forma metódica, la orientación que debemos dar a nuestros pensamientos para que vayan, progresivamente, desvinculándose de su apego al ego y promoviendo el despertar dentro del sueño.
Mi experiencia sobre este particular, es que al tratarse de una técnica de entrenamiento, los resultados obtenidos estarán proporcionalmente relacionados con el esfuerzo realizado, es decir, con la perseverancia y concentración dedicada.

Existe una oración en el Libro de Ejercicios que define hacia dónde debemos orientar nuestra voluntad cada día:

“Padre mío, permanece en mi mente desde el momento en que me despierte, y derrama Tu luz sobre mí todo el día. Que cada minuto sea una oportunidad más de estar Contigo. Y que no me olvide de darte las gracias cada hora por haber estado conmigo y porque siempre estás ahí presto a escucharme y a contestarme cuando te llamo. Y al llegar la noche, que todos mis pensamientos sigan siendo acerca de Ti y de Tu Amor. Y que duerma en la confianza de que estoy a salvo, seguro de Tu cuidado y felizmente consciente de que soy Tu Hijo”. (L.pII.232.1)

Es bien cierto que vivir en el “mundanal ruido”, nos distrae en el objetivo propuesto, pero a pesar de ello, es muy importante recordar, que es muy posible escuchar la Voz de Dios durante todo el día sin que ello interrumpa para nada nuestras actividades normales. La parte de nuestra mente donde reside la verdad está en constante comunica­ción con Dios, tanto si somos conscientes de ello como si no. Es la otra parte de nuestra mente la que opera en el mundo y la que obedece sus leyes. Ésa es la parte que está constantemente distraída, y que es desorganizada y sumamente insegura. (L.pI.49.1)

El ego cree saber cómo resolver sus problemas, sus conflictos, pues necesita tener la convicción de que él dirige su vida. Pero aquel que ha fabricado un mundo ilusorio y erróneo, no puede mas que aportar soluciones ilusorias y erróneas, con lo cual, el único y verdadero problema no se soluciona jamás.

La Lección 242 del Libro de Ejercicios, nos insta a que no tratemos de dirigir la vida por nuestra cuenta, ya que al reconocer que no entendemos el mundo, tratar de dirigirlo es una locura. Al mismo tiempo, reconoce, que hay Alguien que sí sabe lo que más nos conviene, el cual se alegra de tomar por nosotros, únicamente, aquellas decisiones que nos conducen a Dios.
Debemos pues, poner en Sus manos todas las decisiones y todos los temas del día, teniendo la total certeza de que Él –Espíritu Santo-, conoce el camino que nos conducirá a Dios.

Y así, ponemos este día en Tus Manos. Venimos con mentes comple­tamente receptivas. No pedimos nada que creamos desear. Concédenos tan sólo lo que Tú deseas que recibamos. Tú conoces nuestros deseos y necesidades. Y nos concederás todo lo que sea necesario para ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva hasta Ti. (L.pII.242.2)

Recomiendo repasar el contenido del Capítulo 30 del Texto, el cual está dedicado a las reglas para tomar decisiones. Se trata de una metodología que nos ayuda a orientar nuestra actitud a lo largo del día.

Me gustaría terminar con dos oraciones extraídas del Libro de Ejercicios, que sin duda nos serán de inspiración:

Quiero pasar este día Contigo, Padre mío, tal como Tú has dispuesto que deben ser todos mis días. Y lo que he de experimentar no tiene nada que ver con el tiempo. El júbilo que me invade no se puede medir en días u horas, pues le llega a Tu Hijo desde el Cielo. Este día será Tu dulce recordatorio de que Te recuerde, la afable llamada que le haces a Tu santo Hijo, la señal de que se me ha concedido Tu gracia y de que es Tu Voluntad que yo me libere hoy”. (L.pII.310.1:2)


Padre, al despertar hoy los milagros corrigen mi percepción de todas las cosas. Y así comienza el día que voy a compartir Contigo tal como compartiré la eternidad, pues el tiempo se ha hecho a un lado hoy. No ando en pos de cosas temporales, por lo tanto, ni siquiera las veré. Lo que hoy busco trasciende todas las leyes del tiempo, así como las cosas que se perciben en él. Quiero olvidarme de todo excepto de Tu Amor. Quiero morar en Ti y no saber nada de ninguna otra ley que no sea Tu ley del amor. Quiero encontrar la paz que Tú creaste para Tu Hijo, y olvidarme, conforme contemplo Tu gloria y la mía, de todos los absurdos juguetes que fabriqué”. (L.pII.346.1:2)

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