miércoles, 11 de enero de 2017

Principio 5: Los milagros son hábitos, y deben ser involuntarios.

PRINCIPIO 5

Los milagros son hábitos, y deben ser involuntarios. No deben controlarse conscientemente. Los milagros seleccionados conscientemente pueden proceder de un falso asesoramiento.

“Siembra un pensamiento y cosecharás una acción; siembra una acción y cosecharás un hábito; siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino”

He elegido esta frase a título de introducción, pues me permite desarrollar un aspecto de este quinto Principio que considero importante reflejar. Me estoy refiriendo al término “hábito”.
En la cadena de acciones desde el inicio, con un pensamiento, hasta el destino, observamos que el hábito adquiere protagonismo cuando hemos desarrollado una acción, es decir, hemos llevado el pensamiento a la práctica y la repetición de dicha acción nos lleva a adquirir la habilidad o cualidad adquirida, de tal modo que forma parte de nuestros hábitos cotidianos.

Alcanzado este punto, podríamos hablar de que el hábito se convierte en carácter, esto es, forma parte de nuestra condición. Aplicar esta reflexión en el contexto que nos enseña Un Curso de Milagros, nos lleva a afirmar, que el hábito, al igual que el carácter forman parte de la ilusión del mundo físico, que como sabemos es una creación del ego y no es real.

Cuando este Principio recoge que “los milagros son hábitos”, realmente lo que nos está enseñando es que forma parte de nuestra condición, es decir, de nuestra realidad espiritual. El milagro es amor y nosotros somos Hijos del Amor.

En la Lección 77 del libro de ejercicios, se nos dice que tenemos derecho a los milagros:

1. Tienes derecho a los milagros debido a lo que eres. 2Recibirás milagros debido a lo que Dios es. 3Y ofrecerás milagros debido a que eres uno con Dios. 4Una vez más, ¡cuán simple es la salva­ción! 5Es sencillamente una afirmación de tu verdadera Identi­dad…

2. Tu derecho a los milagros no se basa en las ilusiones que tienes acerca de ti mismo. 2No depende de ningún poder mágico que te hayas adscrito ni de ninguno de los rituales que has ingeniado. 3Es inherente a la verdad de lo que eres. 4Está implícito en lo que Dios, tu Padre, es. 5Tu derecho a los milagros quedó establecido en tu creación y está garantizado por las leyes de Dios.

Pero nuestra conciencia actual nos mantiene identificado con una realidad que no somos. Estamos dando vida a un sueño  del que ni siquiera somos conscientes de que estamos soñando. Vivimos en el mundo de la ilusión fabricado por nuestra mente. Desde esta percepción, desde esta perspectiva errónea, se hace necesario que encontremos un puente que nos permita cruzar la distancia que separa lo ilusorio de lo verdadero.
Para realizar esa travesía, añorada por el alma, Dios ha expandido una parte de Sí Mismo y le ha permitido formar parte de nuestro sueño. El Espíritu Santo es el mediador entre las ilusiones y la verdad. El objetivo de las enseñanzas del Espíritu Santo es precisamente acabar con los sueños.

Podemos decir que el Espíritu Santo es la Fuente de donde emana el milagro dentro de nuestro sueño. A este respecto, la Lección 106, nos describe lo siguiente:

“El Portador de todos los milagros necesita que tú los recibas primero, para que así te conviertas en el feliz dador de lo que has recibido”.

De esta manera, recibiéndolo, recordaremos dentro del sueño lo que verdaderamente somos, por lo que podemos decir, que el principal objetivo del milagro es favorecer nuestro despertar y hacernos conscientes de que estamos soñando.

Cuando este despertar se produzca, es señal de que estamos preparados para dar los milagros que hemos recibido, aunque sería más correcto decir, que estamos preparados para compartir el milagro que siempre hemos sido, pero que habíamos olvidado.

Este instante, es verdaderamente un instante santo. Cuando hacemos consciente el milagro en nuestra vida, se produce la visión de Cristo. La visión de Cristo es el milagro del que emanan todos los demás milagros. Es su fuente, y aunque permanece con cada milagro que das, sigue siendo tuya. (L.pI.l159.5)

Tal vez hayamos visto ese puente que nos ha de permitir cruzar a la otra orilla, donde lo ilusorio adquiere una identidad real. Tal vez, en ese camino, decidamos hacer uso del milagro y nos dispongamos a compartirlo con los demás. Es frecuente, que en dicha travesía, decidamos resolver los problemas que percibimos desde la perspectiva del ego, esta es, identificándonos con ellos, es decir, queriendo cambiar los efectos, las formas, la vida de los demás. Identificándonos con su dolor, sus penalidades e injusticias. Con ello, lo único que estamos haciendo real es el error y la ilusión, pues no podemos olvidar, que el mundo que percibimos no es real.

La causa del error está en la mente y es en ese nivel donde debemos rectificar.  Pero si nos encontramos identificados con el mundo fabricado por ese error, ¿cómo podremos rectificar? La respuesta es una: no podremos por nosotros mismos. Tenemos que entregar en manos del Espíritu Santo la situación en sí. El conoce la Voluntad de nuestro Padre y conoce la magnitud de nuestros errores.

Cuando este Principio nos enseña que el milagro debe ser un acto involuntario, es esto lo que quiere decir. Debemos dejar de participar en la búsqueda de la solución de aquello que hemos identificado como un problema y pedir al Espíritu Santo, que sea Él, el que nos guíe hasta la solución.

Sobre este particular, Kenneth Wapnick  en su obra “Los 50 principios del milagro” nos dice:

“Lo que dice este principio es que no debemos confiar en nuestras propias percepciones y, por lo tanto, no debemos escoger cómo tenemos que reaccionar a lo que percibimos. Eso es lo que quiere decir "los milagros seleccionados conscientemente pueden proceder de un falso asesoramiento". Aquí se usa la palabra "milagro" en el sentido popular de los milagros como cosas que nosotros hacemos. Dice, repito, que no debemos ser nosotros los que escojamos lo que hacemos. Podemos estar frente a alguien que esté sufriendo, y podríamos apresurarnos a hacer algo para sanar o aliviar el sufrimiento de la persona, y eso finalmente puede no ser la acción más amorosa que podamos realizar. Esto podría surgir de la lástima; podría proceder de la culpa; podría proceder de nuestro sufrimiento; podría no emanar del amor. Y así lo que Jesús nos dice aquí es: "No elijan conscientemente lo que será el acto de amor. Déjenme hacerlo por ustedes." Este es un punto muy claro, y muy importante. Una tentación en la que pueden caer muchas personas que trabajan con el Curso, así como personas que están en otros caminos espirituales, es convertirse en benefactores espirituales. Por ejemplo, usted va a traer paz al mundo; usted le va a mostrar la verdad a la gente; usted va a ayudar a mitigar el sufrimiento, etc. Todo lo que hace realmente es hacer el sufrimiento real porque lo está percibiendo afuera. Tampoco se percata de que si lo ve afuera, tiene que ser únicamente porque lo ve dentro de sí mismo. Si usted percibe el dolor en otra persona, y se identifica con el dolor, sólo puede ser porque lo ve en usted mismo. Podría ser un ejemplo de reacción-formación: Siento que soy terrible y, por lo tanto, psicológicamente me defiendo de mi culpa tratando de ayudar a todos los demás, tratando de expiar mi pecado después de haberlo hecho real.

Esto no significa que usted niegue lo que ve. Si alguien se ha roto un brazo y grita de dolor, no quiere decir que usted niegue que esa persona siente dolor y que le vuelva la espalda. Lo que sí significa es que usted cambie su manera de mirar ese dolor. Usted se percata de que el verdadero dolor no procede del cuerpo; el verdadero dolor surge de la creencia en la separación que está en la mente. Si verdaderamente quiere ser un instrumento de curación, usted se une con esa persona, lo cual quiere decir, quizás, que usted se apresure a llevarla al hospital. Pero lo que realmente hace a través de la forma de su conducta es unirse con esa persona, y darse cuenta de que usted está sanando tanto como ella.

El asunto aquí es que esta no es una decisión que debemos hacer por nuestra cuenta. Muchas veces cuando tratamos de ayudar, realmente hacemos otra cosa, que a menudo es una extensión de nuestra propia culpa. La lástima no es una respuesta amorosa, la conmiseración no es una respuesta amorosa. Lo ve a usted distinto a la otra persona. En el Capítulo 16, el Curso establece una distinción entre la falsa y la verdadera empatía (T-16.I). La falsa empatía es identificarse o empatizar con el cuerpo de la otra persona -bien sea que hablemos del cuerpo físico o del cuerpo psicológico- lo cual significa que usted hace débil a esa persona al hacer el cuerpo real. La verdadera empatía es identificarse con la fortaleza de Cristo en la persona, al percatarse de que el pedido de ayuda de esa persona es el suyo y, por lo tanto, ambos están unidos más allá del cuerpo”.

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