lunes, 16 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 47

LECCIÓN 47

Dios es la fortaleza en la que confío.

1. Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo para sentirte aprensivo, ansioso y atemorizado. 2¿Qué puedes predecir o controlar? 3¿Qué hay en ti con lo que puedas contar? 4¿Qué te podría capacitar para ser consciente de todas las facetas de un problema, y de resolverlos de tal manera que de ello sólo resultase lo bueno? 5¿Qué hay en ti que te permita poder reconocer la solución correcta, y garantizar su consecución?

2. Por ti mismo no puedes hacer ninguna de esas cosas. 2Creer que puedes es poner tu confianza en algo que no es digno de ella, y justificar el miedo, la ansiedad, la depresión, la ira y el pesar. 3¿Quién puede depositar su fe en la debilidad y sentirse seguro? 4Por otra parte, ¿quién puede depositar su fe en la fortaleza y sentirse débil?

3. Dios es tu seguridad en toda circunstancia. 2Su Voz habla por Él en toda situación y en todos los aspectos de cada situación, diciéndote exactamente qué es lo que tienes que hacer para invocar Su fortaleza y Su protección. 3En esto no hay excepciones porque en Dios no hay excepciones. 4Y la Voz que habla por Él piensa como Él.

4. Hoy trataremos de llegar más allá de tu debilidad hasta la Fuente de la verdadera fortaleza. 2Son necesarias hoy cuatro sesiones de práctica de cinco minutos cada una, aunque se te exhorta a que hagas más y a que les dediques más tiempo. 3Cierra los ojos y comienza como de costumbre repitiendo la idea de hoy. 4Luego dedica un minuto o dos a buscar situaciones en tu vida que hayas revestido de temor, y desecha cada una de ellas diciéndote a ti mismo:

5Dios es la fortaleza en la que confío.

5. Trata ahora de deslizarte más allá de todas las preocupaciones relacionadas con tu propia sensación de insuficiencia. 2Es obvio que cualquier situación que te causa inquietud está asociada con sentimientos de insuficiencia, pues, de lo contrario, creerías que puedes lidiar con la situación con éxito. 3Confiando en ti mismo no es la manera de adquirir confianza. 4Mas la fortaleza de Dios en ti tiene éxito en todo.

6. Reconocer tu propia debilidad es un paso necesario para la corrección de tus errores, pero no es suficiente para darte la confianza que necesitas, y a la que tienes derecho. 2Debes adquirir asimismo la conciencia de que confiar en tu verdadera fortaleza está plenamente justificado en relación con todo y en toda cir­cunstancia.

7. En la última fase de cada sesión de práctica, trata de llegar muy hondo dentro de tu mente a un lugar de verdadera seguridad. 2Reconocerás que has llegado cuando sientas una profunda sensación de paz, por muy breve que sea. 3Despréndete de todas las trivialidades que bullen y burbujean en la superficie de tu mente, y sumérgete por debajo de ellas hasta llegar al Reino de los Cielos. 4Hay un lugar en ti donde hay perfecta paz. 5Hay un lugar en ti en el que nada es imposible. 6Hay un lugar en ti donde mora la fortaleza de Dios.

8. Repite la idea frecuentemente en el transcurso del día. 2Úsala como respuesta a cualquier cosa que te perturbe. 3Recuerda que tienes derecho a la paz porque estás depositando tu confianza en la fortaleza de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección nos confronta con una idea radical: la verdadera fortaleza no está fuera de nosotros.

La personalidad identificada con el ego vive en permanente estado de búsqueda. Cuando se siente débil, confundida o amenazada, corre hacia el exterior: personas, recursos, reconocimientos, seguridades materiales. Busca apoyos, validaciones, soluciones visibles.

Pero ese movimiento tiene una raíz muy clara: la creencia en la separación.

El ego parte de una premisa falsa: “Estoy solo y soy insuficiente”. Desde ahí, toda su estrategia consiste en compensar esa supuesta carencia. Si me siento débil, necesito que otro me sostenga. Si me siento inseguro, necesito acumular. Si me siento vacío, necesito poseer. Y así nace el “dios de la posesión”.

El ego confunde fortaleza con control. Confunde seguridad con acumulación. Confunde poder con dominio. Desde su lógica, tener es ser. Y dar es perder.

Por eso atesora, protege, compite y teme. Porque si su identidad depende de lo que posee —bienes, relaciones, prestigio, poder— entonces cualquier amenaza externa pone en peligro su existencia misma.

Sin embargo, esta búsqueda jamás conduce a la paz. El mundo de la forma es inestable por naturaleza. Todo cambia. Todo se pierde. Todo es temporal.

El ego deposita su confianza en lo efímero y luego se sorprende cuando esa base se desmorona. Y ahí vuelve a empezar el ciclo: más búsqueda, más posesión, más miedo.

La lección nos invita a cambiar completamente de dirección. La fortaleza que buscamos no se encuentra en el exterior porque no es algo que tengamos que adquirir, sino algo que tenemos que recordar.

Nuestra verdadera identidad no es el yo frágil que necesita defenderse. Somos Espíritu. Somos extensión de la Mente de Dios. Nuestra Fuente no es limitada ni vulnerable.

Cuando establecemos comunión con nuestra naturaleza divina —cuando dejamos de identificarnos con el personaje que cree estar solo— descubrimos que el poder que buscábamos siempre estuvo en nosotros.

No es el poder de controlar. Es el poder de permanecer en paz.

No es el poder de imponerse. Es el poder de no ser afectado por la ilusión.

No es el poder de poseer. Es el poder de extender.

El ego se siente escaso. El Espíritu es plenitud.

El ego teme perder. El Espíritu sabe que nada real puede perderse.

El ego busca apoyo fuera. El Espíritu descansa en la Unidad.

Cuando dejamos de buscar fuera lo que sólo puede encontrarse dentro, algo se aquieta. La ansiedad disminuye. La dependencia emocional se suaviza. La necesidad de aprobación pierde fuerza.

Descubrimos que la verdadera confianza nace de sabernos sostenidos por Algo mayor que el mundo de las formas.

Esta lección nos conduce a una reflexión esencial: ¿En qué estoy depositando mi confianza?

Si mi confianza está en las personas, sufriré cuando cambien.
Si está en el dinero, temeré perderlo.
Si está en mi cuerpo, temeré su deterioro.

Pero si mi confianza está en Dios, en la Unidad, en la naturaleza eterna de mi Ser, entonces nada externo puede arrebatarme la paz.

Y esa es la verdadera fortaleza. No la que impresiona.  No la que domina. No la que acumula. Sino la que descansa.

Hoy se nos invita a dejar de buscar salvadores externos y a reconocer que el poder que anhelamos es inherente a lo que somos. Cuando recordamos eso, el mundo deja de ser un campo de batalla y se convierte en un aula. Y la fortaleza ya no es algo que perseguimos. Es lo que somos.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que la confianza puede depositarse en algo externo o personal: el cuerpo, las capacidades individuales, las circunstancias, las personas o el futuro.

Hasta ahora, el ego se ha sostenido sobre otra premisa básica: “Estoy seguro si controlo, si me defiendo, si anticipo, si me esfuerzo.”

Desde esa idea surge la ansiedad, la vigilancia constante y la sensación de vulnerabilidad. El Curso corrige esta creencia afirmando que la verdadera fortaleza no es algo que el yo deba construir, sino algo que ya está dado en Dios.

Esta lección no niega la experiencia de confiar, sino que corrige su fundamento. No se trata de aprender a confiar mejor, sino de reconocer en qué estoy confiando realmente.

Cuando acepto que Dios es la fortaleza en la que confío, la confianza deja de ser una estrategia mental y se convierte en reposo interior.

Instrucciones prácticas:

La práctica mantiene la sencillez característica del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes durante el día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • miedo,
    • inseguridad,
    • sensación de debilidad,
    • necesidad de protegerse,
    • preocupación por el futuro.

La lección no pide analizar las causas del miedo ni demostrar valentía.

La práctica consiste en recordar la Fuente de la fortaleza y permitir que la mente deje de apoyarse en defensas ilusorias.

No se nos pide que seamos fuertes, sino que dejemos de buscar fortaleza donde no existe.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente arraigada: “Debo ser fuerte por mí mismo.”

Desde esta creencia surge el agotamiento emocional, la hipervigilancia y el miedo a fallar. El ego confunde fortaleza con resistencia y control, y por eso vive en tensión permanente.

Aceptar que Dios es la fortaleza en la que confío produce un efecto psicológico inmediato:

  • Disminuye la presión interna.
  • Se relaja la necesidad de control.
  • Aparece una sensación de sostén.

No porque desaparezcan los desafíos, sino porque ya no se viven como amenazas personales.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: La fortaleza no pertenece al yo separado, sino a la Fuente.

Confiar en Dios no significa delegar responsabilidades externas, sino retirar la fe puesta en el ego. La verdadera fortaleza no defiende, no ataca y no se justifica; simplemente es.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: la debilidad es una ilusión nacida de la creencia en la separación. Al recordar nuestra unión con Dios, la debilidad pierde todo fundamento.

Cuando la mente deja de identificarse con su fragilidad imaginada, la fortaleza se revela como algo natural.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono
  • 47 → Dios es la fortaleza en la que confío

Después de corregir desde dónde me sostengo, desde dónde veo, desde dónde pienso, desde dónde perdono, el Curso consolida ahora desde dónde confío.

Aquí se deshace otra defensa esencial del ego: la creencia de que la seguridad depende del esfuerzo personal.

Consejos para la práctica:

  • No intentar “sentirse fuerte”.
  • No negar el miedo.
  • No usar la idea como afirmación defensiva.
  • No evaluar si la confianza “funciona”.

Aplicar la idea especialmente cuando aparezcan pensamientos como:

  • “No puedo con esto”,
  • “Tengo que protegerme”,
  • “Y si sale mal…”,
  • “No soy suficiente”.

La lección no pide valentía, pide rendición de la falsa autosuficiencia.

Conclusión final:

La Lección 47 enseña que la inseguridad no proviene de lo que ocurre, sino de haber puesto la confianza en una fuente equivocada.

Cuando acepto que Dios es la fortaleza en la que confío, el miedo pierde su base, la tensión se disuelve, y la mente descansa.

Aquí el Curso consolida otra verdad profundamente liberadora: No necesito protegerme, porque no soy el origen de mi propia fortaleza.

Y en ese reconocimiento, la confianza deja de ser un acto mental y se convierte en un estado natural.

Frase inspiradora: “Cuando dejo de sostenerme solo, la fortaleza que siempre estuvo ahí se hace evidente”.


Ejemplo-Guía: ¿Cómo podemos resolver nuestros problemas?

La pregunta parte, inevitablemente, de la conciencia de ego. Y esto no es un error; es simplemente el punto desde el que creemos estar. Para el ego, un “problema” es algo externo que debe corregirse en el nivel donde fue percibido.

Si el conflicto es de relación, intenta cambiar al otro.
Si el problema es económico, intenta modificar las circunstancias.
Si el problema es emocional, intenta controlar los efectos.

Pero el ego siempre trabaja sobre los síntomas, nunca sobre la causa. Y por eso sus soluciones son temporales, parciales o directamente generadoras de nuevos conflictos.

El Curso nos recuerda con claridad que nuestra percepción está profundamente equivocada:

“No sabes cuál es el significado de nada de lo que percibes. Ni uno solo de los pensamientos que albergas es completamente verdadero… Reconoce esto, pero no lo aceptes, pues el entendimiento es tu herencia” (T-11.VIII.3:1-6).

Este reconocimiento es el punto de partida. No entendemos lo que creemos entender. No vemos donde creemos ver. Y mientras intentemos resolver desde esa base, perpetuaremos el error.

¿Dónde está realmente el problema? Todo problema, según las enseñanzas del Curso, tiene una única raíz: la creencia en la separación.

La dificultad no está en la situación externa, sino en el pensamiento que la interpreta. El conflicto nace en la mente y es allí donde debe deshacerse.

Por eso no se trata de poner la solución en manos del ego —que defiende la separación— sino en manos del Espíritu Santo, que corrige desde la Unidad.

El Espíritu Santo responde a cada problema específico mientras aún creemos en problemas específicos. Pero Su respuesta es siempre la misma en esencia: deshacer el error en la mente.

¿Cómo sabemos que una solución proviene del Espíritu? El Curso nos da un criterio inequívoco:

Aquello que resuelva será siempre una solución en la que nadie pierde. Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie. Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida, no habrá resuelto el problema” (T-25.IX.3:1-3).

Esta es la piedra angular: si alguien pierde, no es una verdadera solución.

El ego siempre plantea escenarios de ganadores y perdedores. Divide, compara, calcula cuánto conserva uno y cuánto cede el otro:

“El ego… ve la solución a cualquier problema como un estado en el que se ha decidido quién ha de ganar y quién ha de perder” (T-25.IX.4:4-5).

Desde esa lógica, incluso cuando “ganamos”, el conflicto continúa latente.

En cambio, el Espíritu Santo jamás puede considerar la injusticia como solución:

“Es imposible que el Espíritu Santo pueda ver cualquier clase de injusticia como la solución” (T-25.IX.3:4).

Y añade el Curso:

“Ver la inocencia hace que el castigo sea imposible y la justicia inevitable… Él no ve pérdidas de ninguna clase” (T-25.IX.4:1-3).

La justicia del mundo se basa en compensaciones y castigos. La justicia del Espíritu se basa en la inocencia.

“La forma en que el Espíritu Santo resuelve todo problema es la manera de solventarlo… El principio según el cual la justicia significa que nadie puede perder es crucial para el objetivo de este curso” (T-25.IX.5:1-3).

El problema se repite mientras no sea resuelto en su causa. Y la causa es siempre una percepción errónea acerca de quién somos y quién es nuestro hermano.

El ego responde con venganza. Pero el Curso lo afirma sin ambigüedad: “Ningún problema se puede resolver mediante la venganza” (T-25.IX.4:7).

Entonces… ¿cómo resolvemos nuestros problemas?

  1. Reconociendo que no entendemos la situación.

  2. Retirando nuestra interpretación egoica.

  3. Entregando la percepción al Espíritu Santo.

  4. Aceptando una solución donde nadie pierda.

Resolver un problema no es cambiar el mundo exterior, sino permitir que se corrija la percepción interna.

Cuando la mente deja de ver ataque, deja de necesitar defensa. Cuando deja de ver pérdida, deja de luchar. Cuando deja de ver culpa, deja de castigar. Y entonces, el problema desaparece porque nunca estuvo donde creíamos.

En definitiva, no resolvemos problemas combatiéndolos, sino deshaciendo el pensamiento que los fabricó. Y esa es la verdadera fortaleza que esta lección nos enseña.

Reflexión: ¿Crees que para que una situación de conflicto de relación se solucione, alguien tiene que perder o ganar?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (12ª parte).

VII. La roca de la salvación (12ª parte).

12. La salvación es el renacimiento de la idea de que nadie tiene que perder para que otro gane. 2todo el mundo tiene que ganar, si es que uno solo ha de ganar. 3Con esto queda restaurada la cordura. 4sobre esta única roca de verdad la fe puede descansar con perfecta confianza y en perfecta paz en la eterna cordura de Dios. 5La razón queda satisfecha, pues con esto todas las creen­cias dementes pueden ser corregidas. 6si esto es verdad, el pecado no puede sino ser imposible. 7Ésta es la roca sobre la que descansa la salvación, el punto estratégico desde el que el Espí­ritu Santo le confiere significado y dirección al plan en el que tu función especial tiene un papel que jugar. 8Pues aquí tu función especial se vuelve íntegra porque comparte la función de la tota­lidad. 

Este párrafo define con absoluta precisión qué es la salvación, desmontando cualquier interpretación sacrificial, moral o competitiva. La salvación no es rescate, premio ni excepción: es el renacimiento de una idea. No algo nuevo, sino algo recordado.

Esa idea es radical y simple: nadie tiene que perder para que otro gane.

Aquí se corrige de raíz la lógica del mundo. La ganancia deja de estar asociada al sacrificio, y la pérdida queda revelada como una premisa falsa. La salvación ocurre cuando esta idea vuelve a ocupar el lugar que le corresponde en la mente.

El texto va aún más lejos: todo el mundo tiene que ganar, si es que uno solo ha de ganar.

Esto excluye toda posibilidad de salvación parcial, individual o selectiva. Si la ganancia no es total, no es real. La salvación es necesariamente inclusiva, o no es salvación en absoluto.

A partir de esta idea, se afirma algo decisivo: Con esto queda restaurada la cordura.

La cordura no se restaura mediante corrección conductual ni esfuerzo moral, sino cuando se abandona la creencia en la pérdida. La locura consistía precisamente en creer que el sacrificio era necesario.

Sobre esta idea —y solo sobre ella— la fe puede descansar. No luchar, no buscar, no defenderse. La roca de la salvación es descrita como la eterna cordura de Dios, lo que indica que esta verdad no es negociable ni provisional.

El texto afirma que la razón queda satisfecha. Esto es clave: la salvación no contradice la razón, sino que la libera de premisas dementes. Cuando esta idea se acepta, todas las creencias basadas en sacrificio, culpa y castigo pueden ser corregidas sin conflicto.

De ahí se deduce una consecuencia inevitable: si esto es verdad, el pecado no puede sino ser imposible.

El pecado no se combate; se vuelve lógicamente imposible cuando se elimina la necesidad de pérdida.

El párrafo culmina integrando todo el capítulo: esta idea es la roca, el punto estratégico del plan del Espíritu Santo, y el lugar donde la función especial recupera su verdadera naturaleza.

Aquí se produce la integración final: la función especial deja de ser “especial” en sentido exclusivo y se vuelve íntegra, porque comparte la función de la totalidad. Ya no sirve a la separación, sino a la inclusión.

Mensaje central del punto.

  • La salvación es el renacimiento de una idea.
  • Nadie tiene que perder para que otro gane.
  • Si uno gana, todos ganan.
  • Esta idea restaura la cordura.
  • Sobre ella la fe puede descansar en paz.
  • La razón queda satisfecha.
  • El pecado se vuelve imposible.
  • La función especial se integra en la totalidad.

Claves de comprensión:

  • La salvación no es un evento, sino un cambio de premisa.
  • La pérdida es incompatible con la verdad.
  • La inclusión total es el criterio de realidad.
  • La fe descansa cuando no hay amenaza.
  • La razón no es enemiga de la verdad, sino su aliada.
  • La función especial solo es verdadera cuando sirve al todo.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa cuándo interpretas una situación como ganancia/pérdida.
  • Practica recordar que la ganancia real no excluye.
  • Deja de medir el progreso en términos de sacrificio.
  • Permite que la paz sea el criterio de verdad.
  • Reconoce que tu función beneficia a todos o no es real.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué áreas sigo creyendo que alguien debe perder?
  • ¿Qué sacrificios sigo justificando?
  • ¿Puedo concebir una ganancia que incluya a todos?
  • ¿Descansa mi fe o sigue defendiéndose?
  • ¿Sirve mi función al todo o a una identidad separada?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo establece el fundamento definitivo de la salvación. Todo el capítulo converge aquí. Cuando se abandona la creencia en la pérdida, la cordura se restaura, la razón descansa, el pecado se vuelve imposible y la función especial se integra en la totalidad.

La salvación no es un logro individual, sino el recuerdo compartido de que la ganancia real no excluye a nadie. Sobre esta roca, la paz es inevitable.

Frase inspiradora:

“Cuando uno gana, todos ganan.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier situación de conflicto o comparación, repite lentamente:

“Nadie tiene que perder para que yo gane.”

Y deja que esa idea haga el trabajo de la salvación.

domingo, 15 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 46

LECCIÓN 46

Dios es el Amor en el que perdono.

1. Dios no perdona porque nunca ha condenado. 2primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. 3El per­dón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. 4Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. 5De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo.

2. Pero si bien Dios no perdona, Su Amor es, no obstante, la base del perdón. 2El miedo condena y el amor perdona. 3El perdón, pues, des-hace lo que el miedo ha producido, y lleva de nuevo a la mente a la conciencia de Dios. 4Por esta razón, al perdón puede llamársele verdaderamente salvación. 5Es el medio a través del cual desaparecen las ilusiones.

3. Los ejercicios de hoy requieren por lo menos tres sesiones de práctica de cinco minutos completos, y el mayor número posible de las más cortas. 2Como de costumbre, comienza las sesiones de práctica más largas repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 3Cierra los ojos mientras lo haces, y dedica un minuto o dos a explorar tu mente en busca de aquellas personas a quienes no has perdonado. 4No importa en qué medida no las hayas perdonado. 5O las has perdonado completamente o no las has perdonado en absoluto.

4. Si estás haciendo los ejercicios correctamente no deberías tener ninguna dificultad en encontrar un buen número de personas a quienes no has perdonado. 2En general, se puede asumir correctamente que cualquier persona que no te caiga bien es un sujeto adecuado. 3Menciona cada una de ellas por su nombre, y di:

4[Nombre], Dios es el Amor en el que te perdono.

5. El propósito de la primera fase de las sesiones de práctica de hoy es colocarte en una posición desde la que puedes perdonarte a ti mismo. 2Después que hayas aplicado la idea a todas las personas que te hayan venido a la mente, di para tus adentros:

3Dios es el Amor en el que me perdono a mí mismo.

4Dedica luego el resto de la sesión a añadir ideas afines tales como:

5Dios es el Amor con el que me amo a mí mismo.
6Dios es el Amor en el que me alzo bendecido.

6. El modelo a seguir en cada aplicación puede variar considerablemente, pero no se debe perder de vista la idea central. 2Podrías decir, por ejemplo:

3No puedo ser culpable porque soy un Hijo de Dios.
4Ya he sido perdonado.
5El miedo no tiene cabida en una mente que Dios ama.
6No tengo necesidad de atacar porque el amor me ha perdonado.

7La sesión de práctica debe terminar, no obstante, con una repetición de la idea de hoy en su forma original.

7. Las sesiones de práctica más cortas pueden consistir ya sea en una repetición de la idea de hoy en su forma original, o en una afín, según prefieras. 2Asegúrate, no obstante, de aplicar la idea de manera más concreta si surge la necesidad. 3Esto será necesa­rio en cualquier momento del día en el que te percates de cual­quier reacción negativa hacia alguien, tanto si esa persona está presente como si no. 4En tal caso, dile silenciosamente:

5Dios es el Amor en el que te perdono.

¿Qué me enseña esta lección?

Nada es real si está fuera de Dios.Y como nada puede estar fuera de Dios, lo único real es aquello que permanece en Él.

La Unidad no es un concepto poético, es la condición misma de la Realidad. Todo lo verdadero participa de esa Unidad, porque procede de la Mente de Dios y permanece en Ella. Nosotros, como Su Hijo, compartimos Su capacidad creadora; pero nuestras creaciones sólo serán reales cuando extiendan la Unidad, cuando den testimonio del Amor y no de la separación.

El ego, en cambio, es la identificación con la creencia en la separación. Desde esa percepción fragmentada, el mundo se convierte en un escenario de ataque y defensa. El ego ataca porque teme. Teme porque cree haber atacado. Se siente culpable y proyecta esa culpa fuera. Castiga y espera castigo. Se cree pecador y busca redimirse mediante el sufrimiento.

Pero aquí el Curso introduce una corrección radical: Dios no perdona porque nunca ha condenado.

Si Dios no ve pecado en Su Hijo, sino impecabilidad, entonces el perdón verdadero no puede consistir en “pasar por alto” un pecado real, sino en reconocer que el pecado nunca tuvo realidad.

¿A quién debo perdonar?  A veces creemos que debemos perdonar a determinadas personas: aquellas que “nos hicieron daño”. Cerramos los ojos y desfilan por nuestra mente rostros, escenas, heridas.Pero la lección nos invita a un giro interior más profundo, no es al otro a quien debemos perdonar, sino a nuestra percepción.

Es mi juicio condenatorio el que me mantiene prisionero. Es mi interpretación la que convierte un error en pecado. Es mi creencia en la separación la que fabrica la ofensa.

El Curso lo expresa con claridad:

“El Hijo de Dios debe corregir que la traición que cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus ‘pecados’ no son sino el producto de su propia imaginación. De hecho, su realidad es eternamente inmaculada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar realmente” (T-17.I.1:1-5).

El perdón, por tanto, no es indulgencia moral. Es despertar del sueño.

¿Puede el ego perdonar? Aquí surge una pregunta honesta. ¿Se puede perdonar desde la visión del ego?

El Curso responde sin ambigüedad: “Nadie puede perdonar un pecado que considere real” (T-27.II.2:4).

Si creo que el daño es real en el sentido absoluto, si creo que el otro ha cometido un pecado verdadero contra mí, entonces cualquier perdón será condescendencia, superioridad o represión.

Y el Curso lo desenmascara así:

“El perdón no es piedad, la cual no hace sino tratar de perdonar lo que cree que es verdad. El verdadero perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: ‘Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado’. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa” (T-27.II.2:6-10).

Mientras haya dolor sostenido como realidad, el perdón no ha sido completo. Porque el verdadero perdón deshace la causa del dolor: la percepción errónea.

Tal vez te estés preguntando, ¿qué corrige el perdón? La respuesta es esta: El perdón corrige la percepción de separación.

“El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas” (T-3.V.9:1-2).

No corrige el comportamiento externo primero. Corrige la mente que interpreta.

El milagro —que el Curso define como expresión natural de perdón— es precisamente ese cambio de percepción. En el Principio 21 de los Milagros se nos recuerda que al extender el perdón aceptamos el perdón de Dios. No porque Dios nos estuviera condenando, sino porque dejamos de condenarnos a nosotros mismos.

Desde la perspectiva del ego, esta enseñanza puede producir miedo: ¿Debo pasar por alto el daño? ¿Debo tolerar la injusticia? ¿Debo negar el sufrimiento?

El Curso no propone negar la experiencia perceptiva, sino reinterpretarla. El error no se corrige atacándolo ni justificándolo, sino entregándolo al Espíritu Santo para que lo reinterprete.

Perdonar no es justificar el ataque. Es reconocer que el ataque procede de una mente que sueña. Y si el otro sueña, yo también. Por eso el perdón me libera a mí tanto como a él.

Perdonar es reconocer la impecabilidad eterna del Hijo de Dios, más allá de las imágenes del sueño.Perdonar es retirar el juicio condenatorio. Perdonar es no convertir el error en identidad. Perdonar es recordar que nada real puede ser amenazado.

La culpa exige castigo. El amor corrige.

Cuando el perdón es verdadero, trae curación. Si no sana a ambos, no ha sido completo. Porque el perdón auténtico restablece la Unidad.

Y en esa Unidad, descubrimos algo profundamente liberador: Nunca fuimos expulsados. Nunca fuimos condenados. Nunca dejamos de ser tal como Dios nos creó.

Propósito y sentido de la lección

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que el perdón es un acto personal, moral o psicológico. Hasta ahora, el ego ha sostenido otra premisa básica: “Yo decido a quién perdono y cuándo.”

Desde esa idea, el perdón se convierte en un esfuerzo, una concesión, un sacrificio, o una forma sutil de superioridad moral.

El Curso corrige esta visión mostrando que el perdón verdadero no procede del yo individual, sino del Amor de Dios. Si Dios es la Fuente, la Fortaleza, la Luz y la Mente, también es el Amor desde el que se perdona.

Esta lección no invalida la experiencia de perdonar, sino que corrige su origen.
No se trata de aprender a perdonar mejor, sino de reconocer desde dónde perdono.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el perdón deja de ser una tarea personal y se convierte en un efecto natural de la sanación.

Instrucciones prácticas:

La práctica conserva la simplicidad radical del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes a lo largo del día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • resentimiento,
    • irritación,
    • juicio,
    • recuerdo de una ofensa,
    • sensación de haber sido tratado injustamente.

La lección no pide analizar el pasado ni justificar el daño, ni tampoco forzar un sentimiento de amor.

La práctica consiste en recordar la Fuente del perdón y permitir que la percepción sea reinterpretada.

No se nos pide que perdonemos “desde nuestra capacidad”, sino que dejemos de perdonar solos.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia muy arraigada: “Perdonar es difícil porque lo que pasó fue real.”

Desde esta creencia, el perdón se vive como pérdida, renuncia o negación del dolor. El ego intenta perdonar sin sanar, y eso genera resistencia, culpa, agotamiento emocional, perdón parcial o condicionado.

Aceptar que Dios es el Amor en el que perdono tiene un efecto psicológico inmediato: la carga emocional disminuye, el recuerdo pierde fuerza y el conflicto deja de ser personal.

No porque se niegue la experiencia, sino porque ya no se la interpreta desde la culpa.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: El perdón no es un acto humano, sino una función del Amor.

Perdonar con Dios no significa excusar el error, sino reconocer que el error no tuvo efectos reales en la verdad. El perdón verdadero no juzga, no compara ni evalúa; simplemente deshace la ilusión de ataque.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: el Espíritu Santo no nos pide que fabriquemos perdón, sino que retiremos la creencia en la culpa.

Cuando la mente deja de atribuir realidad al daño, el perdón surge sin esfuerzo.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y profundamente coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono

Después de corregir, desde dónde me sostengo, desde dónde veo, y desde dónde pienso, el Curso llega a una consecuencia inevitable: ¿desde dónde perdono?

Aquí se desmonta otra defensa esencial del ego, la idea de que el perdón es una decisión personal basada en el mérito o la gravedad de la falta.

Consejos para la práctica:

  • No intentar “sentir amor” por quien juzgas.
  • No forzar el perdón.
  • No usar el perdón como herramienta de control o superioridad.
  • No evaluar si “ya has perdonado”.

Aplicar la idea especialmente cuando surjan pensamientos como:

  • “No debería sentir esto”.
  • “Esto no es perdonable”.
  • “Aún me duele”.
  • “No puedo perdonar”.

La lección no pide que perdones mejor, sino que entregues el perdón al Amor que no juzga.

Conclusión final:

La Lección 46 enseña que el conflicto relacional no procede de lo que el otro hizo, sino de la creencia de que yo debo perdonar desde mi propio yo.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el resentimiento pierde su fundamento, el juicio se disuelve, y la memoria deja de atacar.

Aquí el Curso consolida otra verdad liberadora: No tengo que aprender a perdonar, tengo que dejar de perdonar solo.

Y cuando el perdón deja de ser personal, la paz se extiende sin esfuerzo.

Frase inspiradora: Cuando no perdono desde mi miedo, sino desde el Amor que me sostiene, el perdón ocurre y la paz se revela”.


Ejemplo-Guía: "No puedo perdonar el daño que me han causado mis padres"

Esta afirmación nace de una herida que parece muy real. Y no se trata de negarla ni de minimizarla. El Curso nunca nos pide que reprimamos el dolor, sino que lo reinterpretamos.

Después de las lecciones anteriores, ya hemos comenzado a entrenar la mente para reconocer que lo que vemos es una percepción, no la realidad última. Hoy se nos invita a dar un paso más profundo: aplicar el perdón como medio de sanar la percepción.

Ante una experiencia como esta, la primera corrección no es hacia los padres, sino hacia la mente que interpreta el pasado como una ofensa real e irreversible.

El Curso nos recuerda que el perdón es la llave de la paz:

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el ‘sacrificio’ que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Fíjate bien: la pregunta no es si el otro merece ser perdonado. La pregunta es cuánto deseas la paz.

Cuando digo: “No puedo perdonar el daño que me hicieron”, estoy afirmando tres cosas desde la mente del ego:

  1. Que el daño es absolutamente real.

  2. Que el otro es culpable.

  3. Que mi identidad está determinada por lo que ocurrió.

El perdón, según el Curso, no consiste en decir: “Sí, me dañaste, pero te perdono”. Eso sería piedad, no liberación. El verdadero perdón reconoce que lo que ocurrió pertenece al ámbito del sueño, no a la realidad eterna del Hijo de Dios. Y en ese reconocimiento se produce la sanación.

Si mi mente está sana, no negará lo que percibió, pero dejará de convertirlo en identidad. No verá ataque real, sino una petición de amor. No verá culpables, sino miedo.

Nuestros padres, como nosotros, actuaron desde el nivel de conciencia que creían real. Si actuaron desde el miedo, fue porque creían en el miedo. Si proyectaron culpa o dolor, fue porque vivían identificados con la separación.

Perdonar no es justificar comportamientos. Es retirar la condena. Y al retirarla, algo se libera en nosotros.

El Curso nos invita a mirar al hermano —en este caso, a los padres— con el deseo de verlo tal como es, no como el ego lo ha interpretado. Curar es hacer íntegro. Y no podemos sanar excluyendo partes de nuestra percepción.

Cuando perdono, no sólo libero a mis padres del papel de agresores; me libero a mí del papel de víctima. El ataque pierde su poder cuando dejo de sostenerlo como realidad.

Hay una promesa profundamente conmovedora en el Curso:

“¡Imagínate cuán hermosos te parecerán todos aquellos a quienes hayas perdonado! En ninguna fantasía habrás visto nunca nada tan bello. Nada de lo que ves aquí, ya sea en sueños o despierto, puede compararse con semejante belleza. (…) Pues gracias a ella podrás ver al Hijo de Dios. Contemplarás la belleza que el Espíritu Santo adora contemplar, y por la que le da gracias al Padre. Él fue creado para ver esto por ti hasta que tú aprendas a verlo por tu cuenta. Y todas Sus enseñanzas conducen a esa visión y a dar gracias con Él” (T-17.II.1:1-9).

Esta no es una metáfora poética. Es una descripción de lo que ocurre cuando la percepción se corrige. Donde antes veías dolor, ves inocencia. Donde antes veías herida, ves ignorancia. Donde antes veías culpa, ves miedo pidiendo amor. Y en ese instante, algo se reordena dentro de ti.

¿Y si todavía duele? Si aún duele, no te condenes por ello. El dolor no es fracaso espiritual; es señal de que todavía estás interpretando desde el pasado. El perdón no se impone. Se aprende.

Cada vez que el recuerdo aparezca, puedes elegir de nuevo: ¿quiero tener razón o quiero paz?

Perdonar a los padres es, en última instancia, aceptar que tu verdadera identidad no fue dañada. El cuerpo pudo haber experimentado dolor. La personalidad pudo haber sido herida. Pero el Hijo de Dios permanece intacto. Y cuando eliges ver eso, no sólo sanas la relación con tus padres. Sanás la relación contigo mismo.

Reflexión: ¿Cómo entiendes el perdón?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 47

LECCIÓN 47 Dios es la fortaleza en la que confío. 1. Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo p...