¿Y
si nunca ocurrió nada de lo que creo recordar?
Esta
pregunta toca una de las zonas más profundas —y también más delicadas— de Un
Curso de Milagros. No porque el Curso nos pida negar nuestra historia humana,
sino porque nos invita a cuestionar la autoridad que le hemos concedido al
pasado. Creemos recordar hechos, heridas, pérdidas, traiciones, errores y
culpas. Y, sobre esos recuerdos, hemos construido una identidad: “Yo soy quien
vivió aquello”, “Yo soy quien fue herido”, “Yo soy quien no puede olvidar”.
Pero el Curso nos pregunta en silencio: ¿y si lo que recuerdas no fuera la
verdad de lo que eres, sino la interpretación que el ego hizo de un sueño?
El
Curso no nos pide afirmar ingenuamente que, en el nivel de la experiencia, “no
pasó nada”. Sería cruel decirle eso a alguien que sufre. Lo que nos enseña es
algo más profundo: lo que ocurrió en el tiempo no tiene poder para cambiar lo
que somos en la eternidad. La memoria del ego puede hablarnos de daño, culpa y
pérdida; pero el Espíritu Santo nos recuerda que nuestra verdadera Identidad
permanece intacta.
Por
eso el Curso insiste tanto en que «sólo veo el pasado» (L-7). No vemos las
cosas tal como son ahora, sino a través de asociaciones antiguas. Cada
encuentro, cada conflicto y cada miedo quedan teñidos por memorias no sanadas.
Creemos responder al presente, pero muchas veces reaccionamos a una historia
que arrastramos en la mente.
La
pregunta “¿y si nunca ocurrió nada de lo que creo recordar?” no pretende borrar
los hechos del mundo, sino deshacer su interpretación culpable. Tal vez aquello
ocurrió en el sueño, pero no ocurrió en Dios. Tal vez dejó una huella
psicológica, pero no tocó la verdad del Ser. Tal vez mi personaje fue herido,
pero mi Identidad real no fue dañada.
Ahí
está la gran diferencia entre negar y perdonar. Negar sería decir: “Eso no
pasó”. Perdonar, desde UCDM, sería reconocer: “Eso no tiene el poder de definir
lo que soy ni de condenar a mi hermano eternamente”. El perdón no cambia el
pasado; cambia el propósito que le damos en nuestra mente.
El
ego usa la memoria para mantener vivo el conflicto. El Espíritu Santo usa todo
recuerdo doloroso como oportunidad de liberación. Allí donde el ego dice: “Mira
lo que te hicieron”, el Espíritu Santo pregunta: “¿Quieres seguir usando esto
para separarte o permites que sea reinterpretado desde el amor?”.
Quizá
el pasado no sea una cárcel, sino una lección pendiente de perdón. Quizá lo que
creo recordar no sea una prueba contra nadie, sino una invitación a elegir de
nuevo. Quizá mi memoria no necesite ser defendida, sino sanada.
Y
entonces la pregunta se vuelve más luminosa: ¿Estoy dispuesto a dejar que el
Espíritu Santo me muestre lo que realmente ocurrió más allá de mi
interpretación?

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