sábado, 4 de julio de 2026

¿Qué pierdo realmente si dejo de tener razón?

¿Qué pierdo realmente si dejo de tener razón?

A primera vista, parece que dejar de tener razón es perder algo importante. Creemos que tener razón nos protege, nos valida, nos da seguridad y nos permite mantener intacta nuestra imagen personal. Cuando nos sentimos heridos o juzgados, la razón parece convertirse en una especie de refugio: “Yo sé lo que ocurrió”, “Yo sé quién se equivocó”, “yo sé por qué tengo derecho a sentirme así”. Sin embargo, Un Curso de Milagros nos invita a mirar más profundamente y a preguntarnos: ¿qué estoy defendiendo realmente cuando necesito tener razón?

Desde la mirada del ego, tener razón parece una victoria. Pero esa victoria tiene un precio: la paz. Para conservar mi razón, necesito mantener vivo un juicio. Y para mantener vivo un juicio, necesito seguir viendo a mi hermano como culpable, separado de mí y responsable de mi malestar. Así, lo que parecía una defensa termina convirtiéndose en una prisión.

El Curso nos recuerda que «Los juicios son el arma que utilizo contra mí mismo a fin de mantener el milagro alejado de mí» (L-347). Esta frase revela algo esencial: cuando juzgo, creo que estoy atacando o corrigiendo a otro, pero en realidad estoy reforzando en mi propia mente la creencia en la separación. El juicio no me libera; me ata a la historia que digo querer superar.

¿Qué pierdo, entonces, si dejo de tener razón? Desde el punto de vista del ego, pierdo mi papel de víctima, mi necesidad de justificarme, mi superioridad moral, mi control sobre la interpretación de los hechos. Pierdo la posibilidad de seguir diciendo: “Yo soy inocente porque el otro es culpable”. Pero desde el punto de vista del Espíritu Santo, no pierdo nada valioso. Sólo pierdo una falsa identidad construida sobre el miedo.

Soltar la razón no significa aprobar lo ocurrido, negar los hechos ni permitir abusos. Éste es un matiz importante. El Curso no nos pide confundir perdón con ingenuidad. Nos pide dejar de usar lo ocurrido para sostener una identidad separada. Puedo actuar con claridad, poner límites o tomar decisiones prácticas sin necesidad de alimentar odio, resentimiento o condena.

La Lección 34 nos ofrece una salida sencilla y poderosa: «Podría ver paz en lugar de esto» (L-34). No dice: “Debo negar esto”, ni “debo convencerme de que no pasó nada”. Dice que puedo ver de otra manera. Puedo dejar de usar la situación como prueba de culpa y empezar a verla como una oportunidad para elegir otro maestro.

Tener razón muchas veces significa seguir siendo fiel al ego. Significa preferir una interpretación que me separa antes que una paz que me une. Y ahí se vuelve evidente la elección: ¿quiero tener razón o quiero paz? Porque, en el sistema del ego, ambas cosas rara vez caminan juntas.

Cuando dejo de tener razón, no pierdo mi dignidad. La recupero. No pierdo mi fuerza. La libero del ataque. No pierdo mi identidad. Dejo caer una máscara que me mantenía preso de una historia antigua. Lo que pierdo es la necesidad de defenderme constantemente. Lo que gano es espacio interior.

Quizá el ego tenga miedo de esta pregunta porque intuye la respuesta: si dejo de tener razón, pierdo al ego como guía. Pero si pierdo al ego, no pierdo mi Ser. Al contrario, empiezo a recordarlo.

La verdadera pregunta, entonces, no es: ¿qué pierdo si dejo de tener razón?
La verdadera pregunta es: 
¿Estoy dispuesto a perder mi conflicto para recordar la paz de Dios?

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