¿Qué
pierdo realmente si dejo de tener razón?
A
primera vista, parece que dejar de tener razón es perder algo importante.
Creemos que tener razón nos protege, nos valida, nos da seguridad y nos permite
mantener intacta nuestra imagen personal. Cuando nos sentimos heridos o
juzgados, la razón parece convertirse en una especie de refugio: “Yo sé lo que
ocurrió”, “Yo sé quién se equivocó”, “yo sé por qué tengo derecho a sentirme
así”. Sin embargo, Un Curso de Milagros nos invita a mirar más profundamente y
a preguntarnos: ¿qué estoy defendiendo realmente cuando necesito tener razón?
Desde
la mirada del ego, tener razón parece una victoria. Pero esa victoria tiene un
precio: la paz. Para conservar mi razón, necesito mantener vivo un juicio. Y
para mantener vivo un juicio, necesito seguir viendo a mi hermano como
culpable, separado de mí y responsable de mi malestar. Así, lo que parecía una
defensa termina convirtiéndose en una prisión.
El Curso nos recuerda que «Los juicios son el arma que utilizo contra mí mismo a fin de mantener el milagro alejado de mí» (L-347). Esta frase revela algo esencial: cuando juzgo, creo que estoy atacando o corrigiendo a otro, pero en realidad estoy reforzando en mi propia mente la creencia en la separación. El juicio no me libera; me ata a la historia que digo querer superar.
¿Qué
pierdo, entonces, si dejo de tener razón? Desde el punto de vista del ego,
pierdo mi papel de víctima, mi necesidad de justificarme, mi superioridad
moral, mi control sobre la interpretación de los hechos. Pierdo la posibilidad
de seguir diciendo: “Yo soy inocente porque el otro es culpable”. Pero desde el
punto de vista del Espíritu Santo, no pierdo nada valioso. Sólo pierdo una
falsa identidad construida sobre el miedo.
Soltar
la razón no significa aprobar lo ocurrido, negar los hechos ni permitir abusos.
Éste es un matiz importante. El Curso no nos pide confundir perdón con
ingenuidad. Nos pide dejar de usar lo ocurrido para sostener una identidad
separada. Puedo actuar con claridad, poner límites o tomar decisiones prácticas
sin necesidad de alimentar odio, resentimiento o condena.
La
Lección 34 nos ofrece una salida sencilla y poderosa: «Podría ver paz en lugar
de esto» (L-34). No dice: “Debo negar esto”, ni “debo convencerme de que no
pasó nada”. Dice que puedo ver de otra manera. Puedo dejar de usar la situación
como prueba de culpa y empezar a verla como una oportunidad para elegir otro
maestro.
Tener
razón muchas veces significa seguir siendo fiel al ego. Significa preferir una
interpretación que me separa antes que una paz que me une. Y ahí se vuelve
evidente la elección: ¿quiero tener razón o quiero paz? Porque, en el sistema
del ego, ambas cosas rara vez caminan juntas.
Cuando
dejo de tener razón, no pierdo mi dignidad. La recupero. No pierdo mi fuerza.
La libero del ataque. No pierdo mi identidad. Dejo caer una máscara que me
mantenía preso de una historia antigua. Lo que pierdo es la necesidad de
defenderme constantemente. Lo que gano es espacio interior.
Quizá
el ego tenga miedo de esta pregunta porque intuye la respuesta: si dejo de
tener razón, pierdo al ego como guía. Pero si pierdo al ego, no pierdo mi Ser.
Al contrario, empiezo a recordarlo.
La
verdadera pregunta, entonces, no es: ¿qué pierdo si dejo de tener razón?
La verdadera pregunta es: ¿Estoy
dispuesto a perder mi conflicto para recordar la paz de Dios?

No hay comentarios:
Publicar un comentario