¿Hice
yo el mundo o solo hice las ilusiones?
Una de las frases de la Lección 184 puede despertar una duda muy legítima en el estudiante: “No creas que fuiste tú quien hizo el mundo. ¡Las ilusiones, sí!” (L-184.8:1-2).
A
primera vista, parece contradecir otras afirmaciones del Curso en las que se
nos dice que hemos inventado, fabricado o construido el mundo que vemos. De
hecho, el Libro de Ejercicios ya nos había presentado ideas como: “He inventado
el mundo que veo” (L-32), y más adelante afirma: “No es el orgullo el que te
dice que fuiste tú quien construyó el mundo que ves y que ese mundo cambia
según tú cambias de mentalidad” (L-132.5:5). Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Hemos
hecho el mundo o no lo hemos hecho?
Pero
en la Lección 184 el Curso está señalando algo más fino. Está hablando del uso
de los nombres y de cómo, al nombrar las cosas, creemos darles realidad propia.
Nombramos cuerpos, objetos, lugares, acontecimientos, identidades,
enfermedades, pérdidas, vínculos y conflictos. Y al nombrarlos, pensamos que
existen por sí mismos, separados unos de otros y separados de nosotros. El
Curso dice: “Tú les diste esos nombres, dando lugar a la percepción tal como
querías que fuese” (L-184.3:2). Es decir, no creamos la verdad de las cosas,
sino una manera fragmentada de percibirlas.
Por
eso, cuando la Lección 184 afirma: “No creas que fuiste tú quien hizo el mundo.
¡Las ilusiones, sí!”, no está diciendo que Dios haya creado el mundo de la
separación. Tampoco está negando la responsabilidad de la mente respecto al
mundo que percibe. Lo que está corrigiendo es una confusión más profunda: no
debemos creer que nuestra mente separada haya creado algo real. Lo único que ha
fabricado son ilusiones, nombres, etiquetas, interpretaciones y significados
falsos superpuestos sobre lo que no puede ser nombrado desde la separación.
Dicho
de forma sencilla: no hicimos la Realidad; hicimos una interpretación ilusoria
de la Realidad.
Aquí
conviene distinguir entre crear y fabricar. En el Curso, crear pertenece a Dios
y a Su Hijo en la verdad. Crear es extender amor, compartir la vida, prolongar
lo eterno. Fabricar, en cambio, pertenece al sistema de pensamiento del ego.
Fabricar es intentar hacer una realidad alternativa, separada de Dios, basada
en la percepción, la diferencia y la carencia. La creación es verdad; la
fabricación es sueño.
Cuando
el Curso dice que “hice” el mundo, se refiere al mundo que veo desde la
separación. No al mundo como creación verdadera, sino al mundo tal como lo
percibo: un escenario de cuerpos separados, intereses en conflicto y
significados privados. Ese mundo no está fuera de mi mente. La Lección 132 lo
expresa con claridad: “El mundo no existe aparte de tus ideas porque las ideas
no abandonan su fuente, y tú mantienes el mundo intacto en tu mente mediante
tus pensamientos” (L-132.10:3).
Sin
embargo, esa afirmación no debe interpretarse como si el Hijo de Dios, tal como
Dios lo creó, hubiese producido realmente algo opuesto a Dios. El Hijo de Dios
en su verdadera Identidad no puede crear contra su Padre. No puede fabricar lo
que no comparte la naturaleza de Dios. Por eso la misma Lección 132 dice: “Mas
si tú eres tal como Dios te creó no puedes pensar estando separado de Él, ni
fabricar lo que no comparte Su intemporalidad y Su Amor” (L-132.11:1). Y añade
que el mundo que vemos, si no crea como Dios crea, no puede ser real ni tener
existencia alguna (L-132.11:3-4).
Aquí
aparece el punto esencial: el “tú” verdadero no hizo el mundo. El “tú” que Dios
creó no hizo ilusiones. El Ser real no ha fabricado un universo separado. Lo
que hizo ilusiones fue la mente dormida, la mente que pareció separarse, la
mente que aceptó el pensamiento de estar aparte de Dios. El Curso habla a esa
mente para devolverle la responsabilidad de su percepción, pero no para
cargarla de culpa, sino para liberarla.
Por
eso puede decirnos, en un lugar, que hemos construido el mundo que vemos; y en
otro, que no creamos el mundo, sino las ilusiones. No hay contradicción. Hay
una corrección gradual de nuestra comprensión.
Primero,
el Curso nos saca de la posición de víctima: no he venido a un mundo ajeno a
mí, independiente de mi mente, capaz de determinar mi estado interior. El mundo
que veo está ligado a mis pensamientos. Cambiar de mentalidad cambia mi
percepción. Esto me devuelve poder.
Después,
el Curso corrige el orgullo espiritual de creer que yo, como Ser real, pude
fabricar una realidad opuesta a Dios. No pude. La verdad no puede ser alterada.
Lo real no puede ser amenazado. Lo que Dios crea no puede convertirse en otra
cosa. Esto me devuelve inocencia.
Responsabilidad
sin culpa. Esa es la clave.
Si
digo: “Yo hice el mundo”, desde el ego puedo caer en una culpa enorme, como si
hubiese cometido un pecado cósmico. Pero el Curso no enseña eso. Nos dice que
el mundo de la separación es un pensamiento falso, no una creación verdadera.
No es pecado, sino error. No es realidad, sino ilusión. No necesita castigo,
sino corrección.
Si
digo: “Yo no hice el mundo”, desde el ego puedo caer en otra trampa: creer que
soy víctima de un mundo exterior que me condiciona, me ataca y decide por mí.
El Curso tampoco enseña eso. Nos dice que el mundo que percibo no está separado
de mi mente. Si lo mantengo con mis pensamientos, puedo entregarlo al Espíritu
Santo para que sea reinterpretado.
La
Lección 184 se sitúa dentro de una enseñanza sobre los nombres. Nombrar es
separar. Cuando digo “esto es mi hermano”, pero en realidad me estoy dirigiendo
a su cuerpo, he sustituido su Identidad por una etiqueta. Cuando digo “esto es
una pérdida”, “esto es una amenaza”, “esto es una enfermedad”, “esto es mi
enemigo”, estoy usando nombres para fijar significados. Y esos significados
parecen convertir las ilusiones en hechos.
Pero
lo que es cierto está más allá de mi capacidad de nombrar. La Lección 184 dice
que “lo que es cierto en la tierra y en el Cielo está más allá de tu capacidad
de nombrar” (L-184.8:3). Esto es precioso. Quiere decir que la verdad no
depende de mis conceptos. La realidad de mi hermano no cabe en el nombre que le
doy. La presencia de Dios no puede ser reducida a una etiqueta. La creación no
se convierte en fragmentos porque yo la nombre de forma fragmentada.
Entonces,
¿qué hice? Hice nombres. Hice categorías. Hice separaciones. Hice juicios. Hice
interpretaciones. Hice un sistema de percepción en el que lo uno parece
múltiple, lo eterno parece temporal, lo ilimitado parece encerrado en cuerpos,
y el Hijo de Dios parece dividido en millones de identidades separadas. Eso es
la ilusión.
Pero
no hice la verdad. No hice el Amor. No hice la Vida. No hice la santidad de mi
hermano. No hice la realidad de Dios.
Esta
distinción es fundamental para no malinterpretar el Curso. El mundo que Dios no
creó no puede tener realidad. Pero lo que Dios creó permanece intacto detrás de
todas nuestras ilusiones. El perdón no destruye el mundo real; deshace la
percepción falsa. No elimina la verdad; elimina los obstáculos que nos impedían
reconocerla. No nos dice que no exista nada, sino que lo único real no es lo
que nuestros sentidos, nombres y juicios nos han enseñado a ver.
Cuando
el Curso afirma que “el mundo no existe”, no pretende sumirnos en una negación
fría o nihilista. Quiere liberarnos de la idea de que la separación sea real.
Quiere que dejemos de tomar nuestras imágenes mentales como si fueran la
creación de Dios. Quiere que comprendamos que la mente ha proyectado un mundo
de diferencias para no recordar la unidad.
El
Texto también lo expresa con mucha claridad cuando dice que Dios nos dio el
mundo real a cambio del mundo que fabricamos como resultado de la división de
nuestra mente (T-12.III.8:4). Ese “mundo real” no es todavía el Cielo, pero sí
es la percepción corregida. Es el mundo visto sin culpa, sin ataque, sin
separación real. Es el mundo perdonado. Es lo que aparece cuando las ilusiones
dejan de ocupar el lugar de la verdad.
Por
tanto, podríamos resumirlo así:
El
Hijo de Dios no creó el mundo de la separación, porque el Hijo de Dios, en su
verdad, solo puede crear como Dios crea.
La
mente separada fabricó una percepción ilusoria del mundo, basada en nombres,
diferencias y juicios.
Dios
no creó ese mundo, porque Dios no crea lo efímero, lo culpable, lo temeroso ni
lo separado.
El
Espíritu Santo no destruye la verdad del mundo, sino que deshace nuestras
ilusiones acerca de él.
La
frase de la Lección 184 no contradice al resto del Curso; lo precisa. Nos dice:
no confundas tu poder de fabricar ilusiones con el poder creador que compartes
con Dios. No te atribuyas la creación de la realidad. No creas que tus nombres,
tus categorías y tus juicios han podido modificar lo que Dios creó. Hiciste
ilusiones, sí; pero no hiciste la verdad.
Y
esta enseñanza, lejos de ser confusa, es profundamente liberadora. Porque si
solo hice ilusiones, entonces no destruí nada real. Si solo fabriqué una
percepción falsa, entonces puede ser corregida. Si solo soñé separación,
entonces puedo despertar. Si solo puse nombres sobre lo innombrable, puedo
aprender a mirar más allá de ellos.
La
pregunta del estudiante, entonces, puede transformarse en una práctica: “¿Estoy
viendo lo que Dios creó, o estoy viendo los nombres y significados que yo he
fabricado?” “¿Estoy reconociendo la verdad de mi hermano, o estoy reduciéndolo
al cuerpo, al pasado, al juicio o al papel que le he dado?” “¿Estoy usando el
mundo para confirmar la separación, o para permitir que el Espíritu Santo me
enseñe otra manera de ver?”
Ahí
se encuentra el propósito de la Lección 184. El Nombre de Dios es mi herencia
porque me recuerda que mi verdadera Identidad no depende de los nombres del
mundo. No soy lo que el mundo dice que soy. No soy el cuerpo que puede ser
nombrado. No soy la historia que puede ser definida. No soy el personaje que
ocupa un lugar entre otros personajes.
Soy
el Hijo de Dios. Y mi hermano también.
Cuando
esto empieza a recordarse, el mundo de los nombres pierde su autoridad. Las
ilusiones dejan de parecer definitivas. La percepción se vuelve más suave. Y
allí donde antes veía fragmentos separados, empiezo a presentir una unidad que
nunca fue rota.
No
hice el mundo verdadero. Hice ilusiones acerca de él. Y ahora puedo permitir
que esas ilusiones sean deshechas, para recordar lo que siempre fue verdad.

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