domingo, 26 de abril de 2026

Si el ego no existe, ¿quién está pensando ahora mismo?

Si el ego no existe, ¿quién está pensando ahora mismo?

Esta es una de las preguntas más desconcertantes para el estudiante de Un Curso de Milagros. Porque el Curso habla del ego como si fuera una ilusión, como si no tuviera realidad propia, como si no hubiese sido creado por Dios y, por lo tanto, no pudiera existir verdaderamente. Pero entonces aparece una duda muy natural: si el ego no existe, ¿quién está pensando todos estos pensamientos? ¿Quién se preocupa, se defiende, juzga, compara, teme, desea, se culpa y se justifica? ¿Quién es esa voz que parece hablar dentro de mí todo el tiempo?

La dificultad nace de que solemos confundir actividad mental con identidad. Hay pensamientos, y porque hay pensamientos, asumimos que debe haber un “yo” real que los produce. Hay miedo, y creemos que hay alguien verdaderamente amenazado. Hay culpa, y suponemos que existe un culpable. Hay juicio, y concluimos que hay una entidad interior que juzga. Pero el Curso nos invita a mirar esta cadena con mucha más profundidad.

El ego no existe como realidad creada por Dios. No tiene ser propio, no tiene vida verdadera, no tiene fundamento eterno. Pero sí parece existir como sistema de pensamiento mientras la mente cree en él. Esta distinción es esencial. Una ilusión no necesita ser real para ser experimentada. Solo necesita ser creída.

Por eso, cuando el Curso dice que el ego no existe, no está diciendo que no experimentemos pensamientos egoicos. Está diciendo que esos pensamientos no proceden de nuestra verdadera identidad. No son la voz de lo que somos. Son el eco de una creencia equivocada acerca de nosotros mismos. El propio Texto señala que el ego “no es nada en absoluto” (T-4.VI.1:3).

Podríamos decirlo así: el ego no es una entidad, sino una interpretación.

Es la interpretación de la mente que se cree separada. Es la manera en que la mente piensa cuando ha olvidado su unidad con Dios. No es un ser dentro de ti, aunque a veces parezca tener voluntad propia. No es una criatura oscura escondida en la conciencia. Es simplemente un sistema de pensamiento basado en una premisa falsa: “Estoy separado”. El Curso lo expresa de forma directa: “El ego es la idea de la separación” (T-5.V.3:5).

A partir de esa premisa, todo lo demás parece seguir con una lógica implacable. Si estoy separado, puedo ser atacado. Si puedo ser atacado, debo defenderme. Si debo defenderme, los demás pueden ser amenaza. Si los demás son amenaza, tengo que juzgar. Si juzgo, me siento culpable. Si me siento culpable, temo el castigo. Y así se construye todo un mundo interior que parece muy real, aunque esté sostenido por una idea imposible.

El ego, entonces, piensa como piensa un sueño. Tiene coherencia dentro de su propio marco, pero no tiene verdad fuera de él.

Esto puede verse en una experiencia muy cotidiana. A veces despiertas por la mañana y la mente comienza enseguida a hablar: “No voy a poder”, “Esto saldrá mal”, “Ayer dije algo inapropiado”, “Esa persona está molesta conmigo”, “Tengo que controlar esto”. Una voz parece adelantarse a todo. Comenta, interpreta, anticipa, acusa. Si no la observas, la tomas por ti. Pero si te detienes un instante, puedes advertir algo importante: hay una parte de ti que escucha esos pensamientos. Hay algo en ti que puede darse cuenta de ellos.

Y lo que puede darse cuenta de un pensamiento no es el pensamiento.

Aquí comienza una separación interior muy sana: no la separación del ego, sino el discernimiento entre la mente que observa y los pensamientos que pasan por ella. El estudiante empieza a descubrir que no todo lo que aparece en la mente merece ser obedecido. No todo pensamiento expresa verdad. No toda voz interior procede del mismo lugar.

Esto es muy liberador, porque el ego pierde autoridad cuando deja de confundirse con el “yo”.

Mientras creo que soy la voz que teme, el miedo parece definirme. Mientras creo que soy la voz que juzga, el juicio parece inevitable. Mientras creo que soy la voz que se culpa, la culpa parece una prueba de mi identidad. Pero cuando empiezo a ver que esos pensamientos son objetos de observación, algo cambia. Ya no soy enteramente absorbido por ellos. Aparece un espacio.

Ese espacio es el comienzo de la libertad.

El Curso no nos pide pelear contra el ego. Eso sería darle realidad. Tampoco nos pide analizarlo interminablemente, como si fuera una estructura profunda que hubiera que comprender en todos sus detalles. Nos invita a reconocerlo como un error, y a llevar ese error a la corrección. “El ego es un error que necesita corrección” (T-4.II.4:1).

No se trata de destruir una identidad real, sino de dejar de identificarnos con una identidad fabricada.

Por eso la pregunta “¿quién está pensando ahora mismo?” puede llevarnos a una comprensión muy fina. En realidad, no hay un “quién” separado produciendo pensamientos con existencia propia. Hay mente. Y la mente puede elegir con qué sistema de pensamiento se identifica. Puede escuchar al ego o al Espíritu Santo. Puede interpretar desde la separación o desde la unidad. Puede usar sus pensamientos para reforzar el miedo o para permitir la corrección.

El ego parece pensar porque la mente le presta su poder.

Esta idea está en el corazón de la enseñanza: “El ego no tiene poder propio; depende de tu mente para su existencia” (T-7.VI.11:1). El ego, por sí mismo, no puede crear, ni sostenerse, ni imponerse. Solo parece activo mientras la mente cree en él.

Es como una sombra: parece tener forma, pero depende completamente de que algo bloquee la luz. Si la luz se reconoce, la sombra no necesita ser atacada; simplemente pierde consistencia.

En la vida cotidiana, esto se hace muy claro en los momentos de reacción. Alguien dice algo y de inmediato aparece un pensamiento: “Me está faltando al respeto”. Luego aparece otro: “Tengo que defenderme”. Después, otro: “Si no respondo, quedaré como débil”. En pocos segundos, la mente ha construido una identidad amenazada y una respuesta defensiva. Parece que “yo” estoy pensando eso. Pero si aparece un instante de conciencia, puedo preguntarme: “¿Es esto verdad? ¿O estoy escuchando al miedo?”

Esa pregunta cambia el lugar desde el que miro.

No elimina necesariamente la reacción de inmediato, pero la desautoriza. Ya no estoy completamente fusionado con ella. Ya no digo: “esto soy yo”. Empiezo a decir: “Esto es un pensamiento que estoy creyendo”. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, es inmensa.

También ocurre con la culpa. El ego piensa en forma de acusación. Si acusa a otro, parece protegerse. Si se acusa a sí mismo, parece volverse honesto. Pero en ambos casos sostiene la misma idea: alguien es culpable. El Curso lo deja claro: “La culpa es siempre totalmente demente y no tiene razón alguna” (T-13.X.6:1).

Cuando el estudiante empieza a observar esto, puede sentir cierta inestabilidad. Si no soy mis pensamientos de miedo, si no soy mis juicios, si no soy mi narrativa personal, entonces ¿quién soy? Y aquí la pregunta se vuelve más profunda. Porque el ego teme justamente ese espacio. Prefiere una identidad dolorosa antes que ninguna identidad conocida.

Pero el Curso no nos deja en el vacío. Nos lleva más allá de una identidad falsa hacia una identidad recordada. Lo que eres no es la voz que comenta todo. No eres la corriente de pensamientos cambiantes. No eres la historia que la mente repite. No eres la defensa ni la culpa ni el temor. Eres la mente capaz de elegir de nuevo. Y más allá de esa elección, eres tal como Dios te creó: “Tú eres tal como Dios te creó” (T-31.VIII.10:5).

El ego pregunta: “¿Quién sería yo sin mis pensamientos?”

El Espíritu Santo responde en silencio: “Precisamente ahí podrías empezar a recordarlo”.

No se trata, por tanto, de dejar la mente en blanco ni de combatir cada pensamiento. Se trata de observar de dónde procede lo que pensamos y hacia dónde nos conduce. Un pensamiento puede llevar a la paz o al conflicto. Puede unir o separar. Puede liberar o encerrar.

Esto hace que la práctica sea muy concreta. Cuando aparezca un pensamiento de miedo, no necesitas discutir con él durante horas. Puedes mirarlo con honestidad y preguntarte: “¿Este pensamiento me trae paz o me separa? ¿Me ayuda a recordar el amor o refuerza la amenaza?”

Porque el ego no se deshace mediante lucha, sino mediante falta de interés. Se debilita cuando dejamos de concederle el rango de verdad. Se desvanece cuando ya no lo usamos para definirnos. Se aquieta cuando dejamos de alimentarlo con nuestra fe.

Y entonces algo muy sencillo empieza a notarse. Los pensamientos siguen apareciendo, pero no todos tienen el mismo peso. Algunas reacciones surgen, pero pasan con más facilidad. Ciertos juicios se presentan, pero ya no parecen tan convincentes.

Ésta es una forma muy profunda de perdón interior.

Perdonar aquí es dejar de sostener la falsa identidad. Es reconocer que aquello que parecía pensar por nosotros era solo un hábito de separación sostenido por nuestra creencia.

Por eso, la pregunta inicial empieza a transformarse.

“Si el ego no existe, ¿quién está pensando ahora mismo?” deja de ser una paradoja imposible y se convierte en una invitación al discernimiento.

Lo que piensa desde el miedo no es tu Ser. Lo que juzga no es tu verdad.
Lo que se defiende no es tu identidad.

Son pensamientos que pasan por la mente cuando ésta olvida lo que es.

Y si pueden ser observados, pueden ser entregados. Si pueden ser cuestionados, pueden ser corregidos. Si pueden cambiar, no pueden ser lo que eres.

Tal vez no necesites descubrir quién está pensando cada pensamiento. Tal vez baste con empezar a notar qué pensamientos estás dispuesto a creer.

Porque ahí, en esa pequeña elección, comienza el recuerdo.

No eres la voz que teme. No eres la historia que se defiende.
No eres el juicio que aparece.

Eres la luz ante la cual todo pensamiento falso pierde finalmente su autoridad.

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