Si el
ego no existe, ¿quién está pensando ahora mismo?
Esta es una de las preguntas más desconcertantes para el estudiante de Un Curso de Milagros. Porque el Curso habla del ego como si fuera una ilusión, como si no tuviera realidad propia, como si no hubiese sido creado por Dios y, por lo tanto, no pudiera existir verdaderamente. Pero entonces aparece una duda muy natural: si el ego no existe, ¿quién está pensando todos estos pensamientos? ¿Quién se preocupa, se defiende, juzga, compara, teme, desea, se culpa y se justifica? ¿Quién es esa voz que parece hablar dentro de mí todo el tiempo?
El ego no
existe como realidad creada por Dios. No tiene ser propio, no tiene vida
verdadera, no tiene fundamento eterno. Pero sí parece existir como sistema de
pensamiento mientras la mente cree en él. Esta distinción es esencial. Una
ilusión no necesita ser real para ser experimentada. Solo necesita ser creída.
Por eso,
cuando el Curso dice que el ego no existe, no está diciendo que no
experimentemos pensamientos egoicos. Está diciendo que esos pensamientos no
proceden de nuestra verdadera identidad. No son la voz de lo que somos. Son el
eco de una creencia equivocada acerca de nosotros mismos. El propio Texto
señala que el ego “no es nada en absoluto” (T-4.VI.1:3).
Podríamos
decirlo así: el ego no es una entidad, sino una interpretación.
Es la
interpretación de la mente que se cree separada. Es la manera en que la mente
piensa cuando ha olvidado su unidad con Dios. No es un ser dentro de ti, aunque
a veces parezca tener voluntad propia. No es una criatura oscura escondida en
la conciencia. Es simplemente un sistema de pensamiento basado en una premisa
falsa: “Estoy separado”. El Curso lo expresa de forma directa: “El ego es la
idea de la separación” (T-5.V.3:5).
A partir de
esa premisa, todo lo demás parece seguir con una lógica implacable. Si estoy
separado, puedo ser atacado. Si puedo ser atacado, debo defenderme. Si debo
defenderme, los demás pueden ser amenaza. Si los demás son amenaza, tengo que
juzgar. Si juzgo, me siento culpable. Si me siento culpable, temo el castigo. Y
así se construye todo un mundo interior que parece muy real, aunque esté
sostenido por una idea imposible.
El ego,
entonces, piensa como piensa un sueño. Tiene coherencia dentro de su propio
marco, pero no tiene verdad fuera de él.
Esto puede
verse en una experiencia muy cotidiana. A veces despiertas por la mañana y la
mente comienza enseguida a hablar: “No voy a poder”, “Esto saldrá mal”, “Ayer
dije algo inapropiado”, “Esa persona está molesta conmigo”, “Tengo que
controlar esto”. Una voz parece adelantarse a todo. Comenta, interpreta,
anticipa, acusa. Si no la observas, la tomas por ti. Pero si te detienes un
instante, puedes advertir algo importante: hay una parte de ti que escucha esos
pensamientos. Hay algo en ti que puede darse cuenta de ellos.
Y lo que
puede darse cuenta de un pensamiento no es el pensamiento.
Aquí comienza
una separación interior muy sana: no la separación del ego, sino el
discernimiento entre la mente que observa y los pensamientos que pasan por
ella. El estudiante empieza a descubrir que no todo lo que aparece en la mente
merece ser obedecido. No todo pensamiento expresa verdad. No toda voz interior
procede del mismo lugar.
Esto es muy
liberador, porque el ego pierde autoridad cuando deja de confundirse con el
“yo”.
Mientras creo
que soy la voz que teme, el miedo parece definirme. Mientras creo que soy la
voz que juzga, el juicio parece inevitable. Mientras creo que soy la voz que se
culpa, la culpa parece una prueba de mi identidad. Pero cuando empiezo a ver
que esos pensamientos son objetos de observación, algo cambia. Ya no soy
enteramente absorbido por ellos. Aparece un espacio.
Ese espacio
es el comienzo de la libertad.
El Curso no
nos pide pelear contra el ego. Eso sería darle realidad. Tampoco nos pide
analizarlo interminablemente, como si fuera una estructura profunda que hubiera
que comprender en todos sus detalles. Nos invita a reconocerlo como un error, y
a llevar ese error a la corrección. “El ego es un error que necesita
corrección” (T-4.II.4:1).
No se trata
de destruir una identidad real, sino de dejar de identificarnos con una
identidad fabricada.
Por eso la
pregunta “¿quién está pensando ahora mismo?” puede llevarnos a una comprensión
muy fina. En realidad, no hay un “quién” separado produciendo pensamientos con
existencia propia. Hay mente. Y la mente puede elegir con qué sistema de
pensamiento se identifica. Puede escuchar al ego o al Espíritu Santo. Puede
interpretar desde la separación o desde la unidad. Puede usar sus pensamientos
para reforzar el miedo o para permitir la corrección.
El ego parece
pensar porque la mente le presta su poder.
Esta idea
está en el corazón de la enseñanza: “El ego no tiene poder propio; depende de
tu mente para su existencia” (T-7.VI.11:1). El ego, por sí mismo, no puede
crear, ni sostenerse, ni imponerse. Solo parece activo mientras la mente cree
en él.
Es como una
sombra: parece tener forma, pero depende completamente de que algo bloquee la
luz. Si la luz se reconoce, la sombra no necesita ser atacada; simplemente
pierde consistencia.
En la vida
cotidiana, esto se hace muy claro en los momentos de reacción. Alguien dice
algo y de inmediato aparece un pensamiento: “Me está faltando al respeto”.
Luego aparece otro: “Tengo que defenderme”. Después, otro: “Si no respondo,
quedaré como débil”. En pocos segundos, la mente ha construido una identidad
amenazada y una respuesta defensiva. Parece que “yo” estoy pensando eso. Pero
si aparece un instante de conciencia, puedo preguntarme: “¿Es esto verdad? ¿O
estoy escuchando al miedo?”
Esa pregunta
cambia el lugar desde el que miro.
No elimina
necesariamente la reacción de inmediato, pero la desautoriza. Ya no estoy
completamente fusionado con ella. Ya no digo: “esto soy yo”. Empiezo a decir:
“Esto es un pensamiento que estoy creyendo”. Y esa diferencia, aunque parezca
pequeña, es inmensa.
También
ocurre con la culpa. El ego piensa en forma de acusación. Si acusa a otro,
parece protegerse. Si se acusa a sí mismo, parece volverse honesto. Pero en
ambos casos sostiene la misma idea: alguien es culpable. El Curso lo deja
claro: “La culpa es siempre totalmente demente y no tiene razón alguna”
(T-13.X.6:1).
Cuando el
estudiante empieza a observar esto, puede sentir cierta inestabilidad. Si no
soy mis pensamientos de miedo, si no soy mis juicios, si no soy mi narrativa
personal, entonces ¿quién soy? Y aquí la pregunta se vuelve más profunda.
Porque el ego teme justamente ese espacio. Prefiere una identidad dolorosa
antes que ninguna identidad conocida.
Pero el Curso
no nos deja en el vacío. Nos lleva más allá de una identidad falsa hacia una
identidad recordada. Lo que eres no es la voz que comenta todo. No eres la
corriente de pensamientos cambiantes. No eres la historia que la mente repite.
No eres la defensa ni la culpa ni el temor. Eres la mente capaz de elegir de
nuevo. Y más allá de esa elección, eres tal como Dios te creó: “Tú eres tal
como Dios te creó” (T-31.VIII.10:5).
El ego
pregunta: “¿Quién sería yo sin mis pensamientos?”
El Espíritu
Santo responde en silencio: “Precisamente ahí podrías empezar a recordarlo”.
No se trata,
por tanto, de dejar la mente en blanco ni de combatir cada pensamiento. Se
trata de observar de dónde procede lo que pensamos y hacia dónde nos conduce.
Un pensamiento puede llevar a la paz o al conflicto. Puede unir o separar.
Puede liberar o encerrar.
Esto hace que
la práctica sea muy concreta. Cuando aparezca un pensamiento de miedo, no
necesitas discutir con él durante horas. Puedes mirarlo con honestidad y
preguntarte: “¿Este pensamiento me trae paz o me separa? ¿Me ayuda a recordar
el amor o refuerza la amenaza?”
Porque el ego
no se deshace mediante lucha, sino mediante falta de interés. Se debilita
cuando dejamos de concederle el rango de verdad. Se desvanece cuando ya no lo
usamos para definirnos. Se aquieta cuando dejamos de alimentarlo con nuestra
fe.
Y entonces
algo muy sencillo empieza a notarse. Los pensamientos siguen apareciendo, pero
no todos tienen el mismo peso. Algunas reacciones surgen, pero pasan con más
facilidad. Ciertos juicios se presentan, pero ya no parecen tan convincentes.
Ésta es una
forma muy profunda de perdón interior.
Perdonar aquí
es dejar de sostener la falsa identidad. Es reconocer que aquello que parecía
pensar por nosotros era solo un hábito de separación sostenido por nuestra
creencia.
Por eso, la
pregunta inicial empieza a transformarse.
“Si el ego no
existe, ¿quién está pensando ahora mismo?” deja de ser una paradoja imposible y
se convierte en una invitación al discernimiento.
Lo que piensa
desde el miedo no es tu Ser. Lo que juzga no es tu verdad.
Lo que se defiende no es tu identidad.
Son
pensamientos que pasan por la mente cuando ésta olvida lo que es.
Y si pueden
ser observados, pueden ser entregados. Si pueden ser cuestionados, pueden ser
corregidos. Si pueden cambiar, no pueden ser lo que eres.
Tal vez no
necesites descubrir quién está pensando cada pensamiento. Tal vez baste con
empezar a notar qué pensamientos estás dispuesto a creer.
Porque ahí,
en esa pequeña elección, comienza el recuerdo.
No eres la
voz que teme. No eres la historia que se defiende.
No eres el juicio que aparece.
Eres la luz
ante la cual todo pensamiento falso pierde finalmente su autoridad.

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