¿Cómo perdonarme a mí mismo?: Aplicando la lección 93.
Hay una forma
muy sutil —y muy persistente— en la que intentamos perdonarnos: tratamos de
hacerlo sin soltar la culpa.
Queremos
sentir alivio… pero sin dejar de creer que, en el fondo, sí hicimos algo
imperdonable.
Y ahí empieza
el círculo:
- Me equivoco.
- Me juzgo.
- Intento perdonarme.
- Pero en secreto sigo
creyendo que “algo en mí está mal”.
Así, el perdón se vuelve un gesto superficial, una especie de consuelo temporal que nunca llega a tocar la raíz.
El Curso
propone algo que, al principio, puede resultar casi ofensivo para la mente:
No tienes que
perdonarte por lo que hiciste, sino por lo que crees que eres.
Porque el
verdadero problema no es la acción, sino la identidad que has construido a
partir de ella.
Nos hemos
acostumbrado a pensar así:
“Si hice daño, entonces soy
culpable.”
“Si fallé, entonces soy defectuoso.”
“Si repetí el error, entonces hay algo roto en mí.”
Pero esta
lógica, aunque parece coherente, parte de una premisa falsa: que lo que haces
define lo que eres.
La Lección 93
desarma completamente esa idea: “El ser que tú fabricaste… no es nada.” “Tu
impecabilidad está garantizada por Dios.”
Esto no
significa que no hayas tenido experiencias, ni que no haya consecuencias dentro
del mundo que percibes.
Significa algo
mucho más profundo: que nada de eso ha alterado lo que eres en verdad.
Entonces, ¿qué
es perdonarte?
No es justificarte.
No es minimizar lo ocurrido.
No es decir “no pasa nada”.
Perdonarte es
algo más radical: dejar de identificarte con el “yo” que crees que cometió el
error.
Esto suele
generar resistencia.
Porque la
mente pregunta:
“¿Entonces no soy responsable?”
“¿Estoy escapando de lo que hice?”
“¿No es esto una forma de negación?”
Pero el Curso
no te invita a negar la experiencia, sino a cuestionar la interpretación que
haces de ella.
Responsabilidad,
en este camino, no significa cargar con culpa.
Significa
reconocer que elegiste desde la confusión, que viste desde una percepción
distorsionada, que actuaste desde una identidad equivocada. Y que puedes elegir
de nuevo.
El perdón
verdadero no mira hacia atrás para condenar, ni hacia adelante para temer.
Se sitúa en un
punto más silencioso donde reconoces que el “yo culpable” que estás defendiendo
es, en realidad, una construcción.
Y que, debajo
de esa construcción, hay algo que no ha sido tocado.
Por eso,
perdonarte no es un acto emocional. Es un cambio de identidad.
Es pasar de: “Soy
alguien que cometió un error” a “Soy alguien que creyó ser lo que no es”.
Con el tiempo,
esto trae una consecuencia inesperada: la culpa empieza a aflojarse. No porque
la hayas combatido, sino porque ya no tiene dónde sostenerse.
Y entonces
descubres algo que antes parecía imposible: que puedes reconocer un error sin
convertirlo en una condena, que puedes reparar sin castigarte, que puedes
aprender sin atacarte.
Perdonarte, en
última instancia, no es volverte inocente. Es darte cuenta de que nunca dejaste
de serlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario