sábado, 11 de abril de 2026

Si Dios es amor, ¿por qué experimento miedo constantemente?

Si Dios es amor, ¿por qué experimento miedo constantemente?

Una de las dudas más hondas que surgen al estudiar Un Curso de Milagros aparece casi desde el comienzo, aunque no siempre se formule con estas palabras. Si Dios es amor, si Su naturaleza es perfecta paz, si fuimos creados por Él y en Él, ¿por qué la experiencia humana está tan llena de miedo? ¿Por qué tememos perder, ser rechazados, enfermarnos, equivocarnos, quedarnos solos o no ser suficientes? ¿Cómo puede convivir la idea de un Dios de amor con una vida interior tan frecuentemente atravesada por la ansiedad, la defensa y la inseguridad?

La fuerza de esta pregunta proviene de que no es abstracta. No nace de una inquietud filosófica, sino de una experiencia íntima. El estudiante no duda porque quiera discutir una doctrina, sino porque siente miedo de verdad. Lo siente en el cuerpo, en los pensamientos, en las relaciones, en la anticipación del futuro y en el peso del pasado. Y mientras ese miedo se experimenta como real, las afirmaciones del Curso pueden parecer lejanas o incluso contradictorias. Si Dios es amor, el miedo parecería desmentirlo. O, al menos, parecería exigir una explicación.

El Curso comienza precisamente aclarando este punto con una sencillez radical. Dice que no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está más allá de lo que puede enseñarse; su propósito es despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, que es nuestra herencia natural. Y añade una frase decisiva: “Lo opuesto al amor es el miedo” (T-In.1:6-8) . Esta afirmación no quiere decir que amor y miedo tengan el mismo rango de realidad, como si fuesen dos fuerzas equivalentes que luchan entre sí. Quiere decir que, en la experiencia humana, el miedo aparece allí donde el amor parece haberse oscurecido. El miedo no es una creación de Dios, sino el signo de que algo ha sido malpercibido.

Aquí conviene detenerse con mucha delicadeza. El Curso no dice que el miedo no se sienta. No niega la vivencia del estudiante. No se burla de ella ni la minimiza. Lo que dice es algo más profundo: que el miedo no procede de la verdad de lo que somos. No nace de Dios, ni de la realidad, ni del amor. Nace de un error en la mente, de una percepción invertida, de una creencia en la separación. Por eso el miedo puede parecer tan constante sin ser por ello verdadero. Su persistencia en la experiencia no demuestra su realidad; solo demuestra cuán intensamente ha sido creído.

Esto resulta más comprensible si pensamos en algo cotidiano. Una persona puede despertarse en mitad de la noche sobresaltada por una pesadilla. El corazón late rápido, el cuerpo suda, la sensación de amenaza es intensa. En ese instante, el miedo es completamente real para quien lo está sintiendo. Pero cuando despierta del todo, comprende que no había una causa real detrás de esa angustia. La experiencia fue vivida, sí, pero no estaba fundada en la verdad. Algo semejante propone el Curso respecto al miedo: no dice que no lo sintamos, sino que su causa pertenece al sueño de separación, no a la realidad de Dios.

En la vida diaria esto puede observarse continuamente. Basta con que alguien nos hable con frialdad para que, en apenas unos segundos, aparezca una cadena entera de interpretaciones: “he hecho algo mal”, “ya no me quiere”, “me están rechazando”. El miedo brota enseguida, y con él la necesidad de defendernos, justificarnos o retirarnos. Sin embargo, si más tarde descubrimos que la otra persona estaba preocupada por un asunto completamente ajeno a nosotros, vemos con claridad lo que ocurrió: el miedo no nació del hecho, sino del significado que la mente le atribuyó. El hecho fue pequeño; la interpretación, inmensa. Y fue esa interpretación la que generó la perturbación.

Algo parecido sucede cuando pensamos en el futuro. A veces no está ocurriendo nada amenazante en el presente, y aun así la mente se llena de imágenes: lo que podría salir mal, lo que podríamos perder, lo que no sabremos sostener. El miedo aparece antes que los hechos, y muchas veces incluso en ausencia de ellos. Esto muestra algo muy importante: el miedo no depende únicamente de las circunstancias, sino de la estructura de pensamiento desde la que las contemplamos. El estudiante de Un Curso de Milagros empieza a descubrir, poco a poco, que vive no tanto en contacto con lo que es, sino con las interpretaciones que ha hecho de ello.

Por eso el problema no es que Dios sea amor y, sin embargo, haya creado también el miedo. El problema es que hemos creído posible apartarnos del amor y fabricar una experiencia opuesta. Desde la verdad eso no puede suceder, pero dentro de la percepción parece haber sucedido, y de esa apariencia nace todo el sistema del miedo. El Curso enseña que respondemos a lo que percibimos y que, tal como percibamos, así nos comportaremos. La percepción errónea genera una experiencia errónea, y la mente luego toma esa experiencia como prueba de que su interpretación era correcta. De este modo, el miedo se retroalimenta y parece confirmarse a sí mismo.

La dificultad del estudiante está en que suele tomar el miedo como una evidencia. “Si lo siento, debe ser verdad.” Pero el Curso invita a una revisión mucho más profunda. Sentir algo no garantiza que lo que lo causa sea real. Se puede sentir miedo ante una sombra creyendo que es un intruso. Se puede sentir culpa por una intención que nunca se llevó a cabo. Se puede sentir rechazo sin que el otro haya rechazado nada. La experiencia subjetiva existe, pero no por eso certifica la verdad de su interpretación. El Curso quiere llevarnos justamente a ese punto de honestidad interior en el que podamos decir: “Lo que siento es innegable para mí en este momento, pero tal vez no comprendo su causa”.

Esa apertura ya es enormemente sanadora. Porque mientras el miedo se atribuya a causas externas y reales, la mente seguirá buscando seguridad donde no puede encontrarla: en el control, en la vigilancia, en la defensa, en el intento de asegurar el comportamiento de los otros o el rumbo de los acontecimientos. Pero si el miedo proviene de una percepción equivocada, entonces la salida no consiste en dominar el mundo, sino en dejar que la mente sea corregida. Y eso cambia por completo el enfoque espiritual. La paz ya no depende de que el mundo se vuelva manejable, sino de aprender a ver de otra manera.

En ese sentido, el Curso no responde a la pregunta “Si Dios es amor, ¿por qué experimento miedo constantemente?” diciendo que Dios envía pruebas, o que el miedo tiene un propósito divino oculto, o que sufrir sea parte necesaria del crecimiento. Su respuesta es mucho más desarmante: experimentas miedo porque has creído en lo que no es verdad. Has dado realidad a una interpretación basada en la separación. Has tomado por identidad algo que no eres. Y, al hacerlo, el amor ha quedado velado, no destruido. La paz no se ha perdido, sino que ha sido recubierta.

Esto explica por qué el miedo puede parecer tan íntimo y tan habitual. No lo vivimos como una emoción pasajera, sino muchas veces como el clima de fondo de la conciencia. Tememos no merecer amor, no estar a salvo, no tener valor, no ser capaces de sostener la vida. Debajo de formas muy distintas, suele latir una misma creencia: la idea de estar separados, solos y expuestos. Desde ahí, el miedo parece inevitable. Pero el Curso no lo considera inevitable, sino aprendido. Y lo que ha sido aprendido puede ser desaprendido.

Tal vez aquí convenga recordar una frase inicial del propio Curso que resume toda su metafísica en una línea de una belleza sobrecogedora: “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe” (T-In.2:2-3). Si esto es cierto, el miedo solo puede surgir de creer que lo real puede perderse o de creer que lo irreal tiene poder. Tememos porque hemos confundido ambos órdenes. Tememos por el cuerpo como si fuese el yo. Tememos por las relaciones especiales como si en ellas se jugara nuestro valor. Tememos por la imagen personal como si fuera nuestra identidad. Tememos por el futuro como si la vida dependiera del control. Y, en cada caso, el miedo señala no una verdad amenazada, sino una confusión acerca de qué es lo verdadero.

De ahí que el propósito del camino espiritual no sea reprimir el miedo, avergonzarse de él ni fingir una paz que todavía no se siente. Se trata, más bien, de llevar el miedo a la luz de una mirada distinta. Reconocerlo sin hacerlo sagrado. Observarlo sin obedecerlo ciegamente. Preguntarnos, con humildad, qué estamos creyendo para sentirlo. En muchas ocasiones, basta un instante de quietud para advertir que, detrás de una reacción intensa, hay una interpretación antigua: la idea de que no somos amados, de que no estamos sostenidos, de que debemos defendernos solos. Y es precisamente ahí donde la enseñanza del Curso empieza a volverse viva.

Cuando una persona descubre, por ejemplo, que su temor a ser ignorada proviene de una vieja asociación entre silencio y abandono, algo empieza a aflojarse. El hecho externo tal vez no cambie de inmediato, pero la carga interior comienza a desplazarse. Ya no se trata tanto de “qué está haciendo el otro” como de “qué estoy creyendo yo acerca de mí”. Ese cambio de foco es esencial. Devuelve la mente al lugar donde puede recibir corrección. Porque el miedo no se sana persiguiendo circunstancias perfectas, sino permitiendo que la falsa creencia que lo alimenta sea deshecha.

Por eso podría decirse que el miedo no es una prueba de que Dios esté ausente, sino una señal de que hemos olvidado dónde mirar. No habla del fracaso del amor, sino del velo que la mente ha levantado ante él. El amor sigue siendo lo que somos. La paz sigue siendo nuestra herencia. Pero mientras demos crédito a la separación, experimentaremos los efectos de esa creencia como si fueran nuestra realidad. El miedo, entonces, no es un misterio teológico; es el eco de una identidad equivocada.

La pregunta inicial, mirada así, cambia de sentido. “Si Dios es amor, ¿por qué experimento miedo constantemente?” deja de ser una acusación contra Dios o una objeción al Curso. Se convierte en una puerta interior. La respuesta no es que el amor haya fallado, sino que el miedo no procede de la verdad. No es la voz de Dios, sino la sombra de una percepción errada. Y si esto es así, entonces el miedo no tiene que ser combatido como una fuerza real, sino iluminado como una confusión.

Tal vez ese sea el comienzo de una comprensión más profunda. No necesitas negar el miedo para empezar a liberarte de él. Basta con dejar de considerarlo una autoridad. Basta con admitir que su intensidad no prueba su verdad. Basta con recordar, aunque sea tenuemente, que lo que Dios crea no puede vivir en conflicto con Él. Y si fuiste creado por el Amor, entonces el miedo, por habitual que parezca, no puede ser tu hogar.

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