viernes, 24 de marzo de 2017

Principio 35: Los milagros son expresiones de amor...

PRINCIPIO 35

Los milagros son expresiones de amor, pero puede que no siempre tengan efectos observables.


Este Principio, repite la misma idea expuesta en el Principio 3, cuyo contenido recordamos:

Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro”.

El hecho de esta repetición nos está indicando la importancia de su enseñanza. Me atrevería a decir, sin el menor temor a caer en la simplicidad, que todo el Curso de Milagros podríamos sintetizarlo como la invitación a extender lo que verdaderamente Somos: Amor.

Sin embargo, no podemos olvidar lo que nos refiere el Texto, “este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está más allá de lo que se puede enseñar. Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural”.

El amor no es algo que se pueda aprender. Su significado re­side en sí mismo. Y su aprendizaje finaliza una vez que hemos reco­nocido todo lo que no es amor. Ésa es la interferencia, eso es lo que hay que eliminar. El amor no es algo que podamos aprender porque jamás ha habido un solo instante en que no lo conociésemos.

Pretender dedicar este Principio para hacer un monográfico sobre el amor, sería prácticamente una tarea que excedería los límites que estamos destinando a estos artículos, aparte de que dicha iniciativa nos llevaría a versionar casi al completo el Curso, pues, su contenido nos habla permanentemente del amor.

A pesar de ello, me he propuesto presentar alguna de las ideas que he considerado más interesantes para el propósito que nos anima, desarrollar el contenido de este Principio.

Me gusta pensar, que nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él.

Se deduce del párrafo anterior, que el amor no es un valor externo a nosotros, sino que forma parte de nuestro verdadero Ser.

En este sentido, el Curso nos indica, que el Amor de Dios está en todo lo que Él creó, pues Su Hijo está en todas partes. Lo que quiere decir, que Dios Es Amor y Su Hijo, creado a Su Imagen y Semejanza, también lo es.

Somos única­mente amor, mas cuando lo negamos hacemos de lo que somos algo que tenemos que aprender a recordar. Si pasamos por alto el amor nos estamos pasando por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado a nosotros mismo.

Cuando despertamos al amor, estamos simplemente olvidando lo que no somos, lo cual nos capacita para recordar lo que sí somos.

El hecho de que Dios es Amor no requiere que se crea en ello, pero sí requiere aceptación. Podemos cierta­mente negar los hechos, pero no podemos hacer que cambien.

Hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor y ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. Si nuestra mente percibe sin amor, percibe tan sólo un armazón vacío y no se da cuenta del espíritu que mora adentro. Pero la Expiación restituye el espíritu al lugar que le corresponde. La mente que sirve al espíritu es invulnerable. Cuando la Expiación se haya completado, todos los Hijos de Dios compartirán todas las aptitudes. Dios es imparcial. Todos Sus Hijos disponen de todo Su Amor, y Él da todos Sus dones libremente a todos por igual.

Me pregunto, ¿por qué siendo Amor en Esencia, nuestra mente elige no amar?

El Curso en el Capítulo 12, en el apartado IV “Buscar y hallar”, nos refiere lo siguiente:

El ego está seguro de que el amor es peligroso, y ésta es siem­pre su enseñanza principal. Nunca lo expresa de este modo. Al contrario, todo el que cree que el ego es la salvación parece estar profundamente inmerso en la búsqueda del amor. El ego, sin embargo, aunque alienta con gran insistencia la búsqueda del amor, pone una condición: que no se encuentre. Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: "Busca, pero no halles". Esta es la única promesa que el ego te hace y la única que cumplirá. Pues el ego persigue su objetivo con fanática insistencia, y su juicio, aunque seriamente menoscabado, es completamente coherente”.

Cuando despertemos al verdadero Amor, dejaremos de creer en la separación; en el especialismo; en la individualidad; en el cuerpo; en la muerte… dejaremos de creer, en todos los ídolos en los que el ego ha otorgado poder y realidad. Esa es la razón por la que el ego piensa que el amor es peligroso. Aparentemente busca el amor, pero siempre le impone límites. El verdadero Amor no tiene límites y es Universal y Eterno. Así lo expresa el Curso:

“El amor es libertad. Ir en su busca encadenándote a ti mismo es separarte de él. ¡Por el Amor de Dios, no sigas buscando la unión en la separación ni la libertad en el cautiverio! Según concedas libertad, serás liberado. No te olvides de esto, o, de lo contrario, el amor será incapaz de encontrarte y ofrecerte consuelo”.

Tener al amor por objetivo es algo a lo que tenemos derecho, y ello es así a pesar de nuestros sueños. Mientras creamos que estamos en un cuerpo, podemos elegir entre canales de expresión sin amor o canales de expresión milagrosos.

Estar consciente del cuerpo es lo único que hace que el amor parezca limitado, pues el cuerpo es un límite que se le impone al amor. La creencia en un amor limitado fue lo que dio origen al cuerpo, que fue concebido para limitar lo ilimitado. No creamos que esto es algo meramente alegórico, pues el cuerpo fue concebido para limitarnos.

El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. Su absoluta falta de límites es su significado. Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar.

Todo pensamiento amoroso que el Hijo de Dios jamás haya tenido es eterno. Los pensamientos amorosos que nuestra mente per­cibe en este mundo constituyen nuestra única realidad. Siguen siendo percepciones porque todavía creemos estar separados. Mas son eternos porque son amorosos. Y al ser amorosos son semejantes al Padre, y, por lo tanto, no pueden morir.

Cuando lo único que deseemos sea amor no veremos nada más.

He aprendido una lección importante gracias a las enseñanzas del Curso de Milagros, con relación al sacrificio y el amor. Desde pequeño, me han enseñado que para amar hay que sacrificarse. Sin embargo, el Curso nos revela en este sentido:

Tú que crees que el sacrificio es amor debes aprender que el sacrificio no hace sino alejarnos del amor. Pues el sacrificio conlleva culpabilidad tan inevitablemente como el amor brinda paz. La culpabilidad es la condición que da lugar al sacrificio, de la misma manera en que la paz es la condición que te permite ser consciente de tu relación con Dios”.

Mientras que el Espíritu Ama, el ego teme. Mientras que el Espíritu es Inocente e Impecable, el ego, hace el miedo y de la culpa su principales aliados para mantener y conservar su credibilidad.
El Curso en el Capítulo 19, dedica un apartado dedicado a la atracción de la culpabilidad. Veamos su contenido, pues resulta de gran interés:

La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.
El amor envía a sus mensajeros tiernamente, y éstos retornan con mensajes de amor y de ternura. A los mensajeros del miedo se les ordena con aspereza que vayan en busca de culpabilidad, que hagan acopio de cualquier retazo de maldad y de pecado que puedan encontrar sin que se les escape ninguno so pena de muerte, y que los depositen ante su señor y amo respetuosa­mente. La percepción no puede obedecer a dos amos que piden distintos mensajes en lenguajes diferentes. El amor pasa por alto aquello en lo que el miedo se cebaría. Lo que el miedo exige, el amor ni siquiera lo puede ver. La intensa atracción que la culpa­bilidad siente por el miedo está completamente ausente de la tierna percepción del amor. Lo que el amor contempla no signi­fica nada para el miedo y es completamente invisible”.

¿Por qué no creemos en el Amor de Dios?

Al estar identificada nuestra mente con el ego no podemos creer que Dios nos ame. No amamos lo que hemos hecho, y lo que hicimos no nos ama. El ego, que fue engendrado como resultado de haber negado al Padre, no nos guarda lealtad. No podemos ni imaginarnos la relación real que existe entre Dios y Sus creaciones debido al odio que le tenemos al ser que fabricamos. Proyectamos  sobre el ego nuestra decisión de estar separados, y esto entra en conflicto con el amor que, por ser su hacedor, sentimos por él. No hay amor en este mundo que esté exento de esta ambivalencia, y puesto que ningún ego ha experimentado amor sin ambivalencia, el amor es un con­cepto que está más allá de su entendimiento. El amor aflorará de inmediato en cualquier mente que de verdad lo desee, pero tiene que desearlo de verdad. Esto quiere decir desearlo sin ninguna ambivalencia, y esta forma de desear está completamente despro­vista de la "compulsión de obtener" del ego.

El ego, que es un producto del miedo, reproduce miedo. Le es leal a éste, y esa lealtad le hace traicionar al amor porque nosotros somos amor. El amor es nuestro poder, que el ego tiene que negar.

En el amor no hay cabida para el miedo. En el amor perfecto no hay cabida para el miedo porque el amor perfecto no conoce el pecado y sólo puede ver a los demás como se ve a sí mismo.

¿Cómo podemos amar en este mundo?

El Amor del Espíritu Santo es nuestra fortaleza, pues el nuestro está dividido y, por lo tanto, no es real. No podemos confiar en nuestro pro­pio amor cuando lo atacamos.  No podemos aprender lo que es el amor perfecto con una mente dividida, porque una mente dividida se ha convertido a  sí misma en un mal estudiante.

Me encanta este consejo del Curso:

Hazte a un lado y deja pasar al amor, el cual tú no creaste, pero sí puedes extender. En la tierra eso quiere decir perdonar a tu hermano, para que las tinieblas desaparezcan de tu mente”.

¿Podemos hablar de varios tipos de amor?

Para responder a esta cuestión, permítanme compartir el contenido de la Lección 127 del Libro de Ejercicios, el que tiene como título: “No hay otro amor que el de Dios”:

Lección 127: “No hay otro amor que el de Dios”

1. Tal vez creas que hay diferentes clases de amor. 2Tal vez creas que hay un tipo de amor para esto y otro para aquello; que es posible amar a alguien de una manera y a otra persona de otra. 3El amor es uno. 4No tiene partes separadas ni grados; no hay ­diferentes clases de amor ni tampoco diferentes niveles; en él no hay divergencias ni distinciones. 5Es igual a sí mismo, sin ningún cambio en ninguna parte de él. 6Ninguna persona o circunstancia puede hacer que cambie. 7Es el Corazón de Dios y también el de Su Hijo.

2.  El significado del amor queda velado para todo aquel que crea que el amor puede cambiar, 2pues no se da cuenta de que un amor cambiante es algo imposible. 3Y así, cree que algunas veces puede amar y otras odiar. 4Cree también que se puede profesar amor sólo a una persona, y que el amor puede seguir siendo lo que es aunque se le niegue a los demás. 5El que crea estas cosas acerca del amor demuestra que no entiende su significado. 6Si el amor pudiese hacer tales distinciones, tendría que discernir entre justos y pecadores, y percibir al Hijo de Dios fragmentado.

3. El amor no puede juzgar. 2Puesto que en sí es uno solo, contempla a todos cual uno solo. 3Su significado reside en la unici­dad*. 4Y no puede sino eludir a la mente que piensa qué el amor es algo parcial o fragmentado. 5No hay otro amor que el de Dios, y todo amor es de Él. 6Ningún otro principio puede gobernar allí donde no hay amor. 7El amor es una ley que no tiene opuestos. 8Su plenitud es el poder que mantiene a todas las cosas unidas, el vínculo entre Padre e Hijo que hace que Ambos sean lo mismo eternamente.

4. Ningún curso cuyo propósito sea enseñarte a recordar lo que realmente eres podría dejar de subrayar que no puede haber dife­rencia entre lo que realmente eres y lo que es el amor. 2El significado  del amor es tu propio significado, el cual Dios Mismo comparte. 3Pues lo que tú eres es lo que Él es. 4No hay otro amor que el Suyo, y lo que Él es, es lo único que existe. 5Nada lo limita, y, por lo tanto, tú eres tan ilimitado como Él.

5. Ninguna ley que el mundo obedezca puede ayudarte a enten­der el significado del amor. 2Las creencias del mundo fueron con­cebidas para ocultar el significado del amor y para mantenerlo oculto y secreto. 3No hay ni un solo principio de los que el mundo defiende que no viole la verdad de lo que es el amor, y de lo que, por ende, eres tú también.

6. No busques tu Ser en el mundo. 2El amor no se puede encontrar en las tinieblas ni en la muerte. 3Sin embargo, es perfectamente evidente, para los ojos que ven y para los oídos que oyen la Voz del amor. 4La práctica de hoy consiste en liberar a tu mente de todas las leyes que crees que debes obedecer, de todas las limita­ciones que rigen tu vida y de todos los cambios que crees forman parte del destino humano. 5Hoy vamos a dar el paso más ambi­cioso de los que requiere este curso en tu avance hacia el objetivo que ha establecido.

7. Si hoy consigues tener el más leve vislumbre de lo que signi­fica el amor, habrás salvado una distancia inconmensurable hacia tu liberación y te habrás ahorrado un tiempo que no se puede medir en años. 2Juntos, pues, regocijémonos de dedicarle algún tiempo a Dios y de comprender que no hay mejor manera de emplear el tiempo que ésa.

He dejado para el final de este artículo, la coletilla que acompaña a la afirmación que recoge este Principio y que expresa lo siguiente: “pero puede que no siempre tengan efectos observables”.

Quisiera compartir lo que Kenneth Wapnick escribe con respeto a este tema:

“Esto es muy importante. Una de las trampas en las cuales cae la gente, como he dicho ya, bien sea que trabaje con Un curso en milagros o que siga cualquier otra forma de curación, es que quiere resultados. Si no obtengo resultados, si su catarro no desaparece, si la herida no se sana, si este tumor no desaparece, entonces quiere decir que no soy un buen sanador. Todo lo que ha ocurrido es que hemos caído en la misma trampa de hacer real el cuerpo.
Una de las advertencias principales que el Curso expresa consistentemente es: No hagan el error real. Un curso en milagros no cree en el pecado; pero si creyera, el pecado en contra del Curso sería hacer el error real. Hacemos el error real cuando creemos que debemos hacer algo al respecto o en contra del error. Una vez creamos que hay un problema en el nivel del cuerpo que tiene que curarse, estamos entonces haciendo el error real. Tratar de proyectar un círculo de luz alrededor de usted o alrededor de otra persona es un ejemplo de hacer el error real, porque entonces usted afirma que la luz tiene que proteger a esta persona o a mí mismo en contra de la oscuridad. Obviamente, pues, usted hace la oscuridad real. Usted no tiene que luchar en contra de algo que es irreal. Usted sólo lucha o se protege en contra de éste cuando cree que es real. La protección de que habla el Curso es la de nuestro sistema de pensamiento, lo cual quiere decir que corrijamos los pensamientos erróneos que tenemos”.

El Curso nos refiere lo siguiente sobre esta cuestión:

“Los milagros se dan en la mente que está lista para ellos. Dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello. La naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador. Como expresión de lo que verdaderamente eres, el milagro sitúa a la mente en un estado de gracia. La mente, entonces, naturalmente da la bienvenida tanto al Huésped interno como al desconocido externo. Al invitar adentro al desco­nocido, éste se convierte en tu hermano.
El hecho de que el milagro pueda tener efectos en tus herma­nos de los que ni siquiera eres consciente no debe preocuparte. El milagro siempre te bendecirá. Los milagros que no se te ha pedido que hagas no dejan de tener valor. Siguen siendo expre­siones de tu estado de gracia, pero dado mi absoluto conoci­miento del plan en su totalidad, yo debo controlar su ejecución. La naturaleza impersonal de la mentalidad milagrosa asegura tu gracia, pero sólo yo estoy en posición de saber dónde pueden concederse”. (T. 1.III.7:8)


En otra parte de la enseñanza, se nos dice que los milagros demuestran que el aprendizaje ha tenido lugar bajo la debida dirección, pues el aprendizaje es invisible y lo que se ha aprendido sólo se puede reconocer por sus resultados.

viernes, 17 de marzo de 2017

Principio 34: Los milagros le devuelven a la mente su plenitud.


PRINCIPIO 34

Los milagros le devuelven a la mente su plenitud. Al expiar su sensación de carencia establecen perfecta protección. La fortaleza del espíritu no da cabida a intromisiones.


He de reconocer, que el tema de debate que nos ofrece este Principio, la plenitud y la carencia, es para mí verdaderamente significativo, pues me resuena de una manera especial, despertando sensaciones y emociones que alimenta mi vinculación con el ego, el miedo.

Seréis muchos los que se identifiquéis conmigo y descubráis vuestro caballo de batalla en la ilusoria emoción del miedo a la escasez, procedente de la falsa creencia en la carencia y en la separación.

El Curso, lo llama la ilusión de las necesidades y lo desarrolla en el Capítulo I, en el apartado VI:

“La idea de carencia implica que crees que estarías mejor en un estado que de alguna manera fuese diferente de aquel en el que ahora te encuentras. Antes de la "separación", que es lo que sig­nifica la "caída", no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que tú te privas a ti mismo. Actúas de acuerdo con el orden particu­lar de necesidades que tú mismo estableces. Esto, a su vez, depende de la percepción que tienes de lo que eres.
La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto”.

Cuando hacemos  algo para remediar lo que percibimos como una insuficiencia, estamos afirmando tácitamente que creemos en la separación.

Cualquier división en la mente conlleva por fuerza el rechazo de una parte de ella misma, y eso es lo que es la creencia en la separación. La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador”. (T.6.II.1:3)

Es curioso, que experimentemos la carencia, la escasez, en el mundo fabricado por el ego, el mundo de la forma, y encontremos la causa de la creencia en la necesidad, precisamente en la división de la mente que da lugar al error de estar separado del Creador. Con esto queremos decir, que mientras pensemos en términos de división, la abundancia que seamos capaces de almacenar será efímera, pues no está sustentada por la fuerza que da cohesión a todo, el amor o lo que es lo mismo, la Unidad.

El secreto de la abundancia (condición natural del Espíritu) se encuentra en la visión de la Unidad, de la Inocencia y de la Impecabilidad.

Dios creó a Sus Hijos extendiendo Su Pensamiento y conser­vando las extensiones de Su Pensamiento en Su Mente. Todos Sus Pensamientos están, por lo tanto, perfectamente unidos den­tro de sí mismos y entre sí. El Espíritu Santo nos capacita para poder percibir esta plenitud ahora. Dios nos creó para que creásemos. No podemos extender Su Reino hasta que no conozcamos la plenitud de éste.

Con relación al párrafo anterior, quisiera hacer referencia a un punto expresado en el Curso que considero relevante de cara a las aportaciones que vamos a hacer sobre el término “plenitud”. Es el siguiente: “Debe observarse con especial atención que Dios tiene solamente un Hijo. Si todas las creaciones de Dios son Hijos Suyos, cada una de ellas tiene que ser parte integral de toda la Filiación. La Filia­ción, en su unicidad, transciende la suma de sus partes. Este hecho, no obstante, queda velado mientras falte una sola de ellas. Por eso es por lo que, en última instancia, el conflicto no se puede resolver hasta que todas las partes de la Filiación hayan retor­nado. Sólo entonces podrá comprenderse lo que, en el verdadero sentido de la palabra, significa la plenitud. Cualquier parte de la Filiación puede creer, en el error o en la incompleción si así lo elige. Sin embargo, si lo hace, estará creyendo en la existencia de algo que no existe. Lo que corrige este error es la Expiación”.

Efectivamente, la plenitud, la abundancia, no es posible mientras que percibamos a nuestros hermanos de filiación separados de nosotros. Comprender este punto, nos permitirá comprender, igualmente, que cuando damos a otro, no perdemos. Dios tiene solamente un Hijo, y aquello que demos a uno de nuestros hermanos, es como si nos lo diésemos a nosotros mismos.

El egoísmo es cosa del ego, pero la plenitud del Ser pertenece al ámbito del espí­ritu porque así es como Dios lo creó.

Nuestra plenitud es ilimitada por­que el estado de ser es infinito. Sin embargo, desconocemos la plenitud de nuestro propio Ser.

Una mente dividida no puede percibir su lle­nura, y necesita que el milagro de su plenitud alboree en ella y la cure. Esto vuelve a despertar la plenitud en dicha mente y al aceptar dicha plenitud se reincorpora al Reino. Cuando apreciamos por completo la llenura de Ser de nuestra mente, el egoísmo se vuelve imposible y la extensión inevitable. El poder de la plenitud es la extensión.

La plenitud es indi­visible, pero no podemos saber de la plenitud que gozamos hasta que no la veamos por todas partes. No podremos entender  lo que es la Plenitud a menos que seamos pleno, y ninguna parte del Hijo puede ser excluida si su deseo es conocer la Plenitud de su Padre.

Lo que el ego da nunca emana de una sensación de abundancia porque él fue engendrado precisa­mente como un sustituto de ésta. Por eso es por lo que el concepto de "obtener" surgió en su sistema de pensamiento. Los apetitos son mecanismos para "obtener" que representan la nece­sidad del ego de ratificarse a sí mismo. Esto es cierto tanto en el caso de los apetitos corporales como en el de las llamadas "necesi­dades más elevadas del ego". El origen de los apetitos corporales no es físico. El ego considera al cuerpo como su hogar, y trata de satisfacerse a sí mismo a través de él. Pero la idea de que eso es posible es una decisión de la mente, que está completamente con­fundida acerca de lo que realmente es posible.

El Curso nos insta a compartir  nuestra abundancia libre­mente y enseñar a nuestros hermanos a conocer  la suya.  A no compartir sus ilusiones de escasez, pues, de lo contrario, nos percibiremos a nosotros mismo como alguien necesitado.

El Espíritu Santo sabe que lo "tenemos" todo y que lo "somos" todo. Cualquier distinción al respecto es significativa solamente cuando la idea de "obtener", que implica carencia, ha sido previa­mente aceptada.

Nuestro Hermano Mayor, Jesús, nos indica a través del Curso: “Aquellos que dan testimonio de mí están expresando, por medio de los mila­gros que obran, que han dejado de creer en la carencia en favor de la abundancia que han aprendido les pertenece”.

La plenitud cura porque es algo propio de la mente. La curación es señal de que quieres reinstaurar la plenitud. Y el hecho de que estés dispuesto a ello es lo que te permite oír la Voz del Espíritu Santo, Cuyo mensaje es la plenitud.

Todas las capacidades deben entregársele, al Espí­ritu Santo, Quien sabe cómo usarlas debidamente. Las usa exclu­sivamente para curar porque únicamente te conoce en tu plenitud. Al curar aprendes lo que es la plenitud, y al aprender lo que es la plenitud, aprendes a recordar a Dios. Te has olvidado de Él, pero el Espíritu Santo entiende que tu olvido tiene que ser transfor­mado en una forma de recordar.

La Expiación no es el precio de tu plenitud; es, no obstante, el precio de ser consciente de tu plenitud.

martes, 14 de marzo de 2017

Principio 33: Los milagros te honran porque eres digno de ser amado.

 PRINCIPIO 33 

Los milagros te honran porque eres digno de ser amado. Desvanecen las ilusiones que albergas acerca de ti mismo y perciben la luz en ti. De esta forma, al liberarte de tus pesadillas, expían tus errores. Al liberar a tu mente de la prisión de tus ilusiones te restauran la cordura.


Este Principio nos ofrece la oportunidad de abordar un tema esencial como es el de las “ilusiones”.

De las definiciones que nos aporta el diccionario de la Real Academia Española sobre el término “ilusión”, me quedo con la siguiente: “Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”.

Tanto el Texto del Curso de Milagros, como el Libro de Ejercicios prestan una especial atención al tema de la “realidad” y de la “ilusión”, de hecho, ambos, dan comienzo refiriéndose a dichos conceptos:

Texto UCDM – Introducción:

2. Este curso puede, por lo tanto, resumirse muy simplemente de la siguiente manera:
           
2Nada real puede ser amenazado.
3Nada irreal existe.
4En esto radica la paz de Dios

Libro de Ejercicios:

Lección 1
Nada de lo que veo en esta habitación [en esta calle, desde esta ventana, en este lugar] significa nada.

La definición dada por la RAE, nos aclara que la ilusión es una representación “sin verdadera realidad”, o lo que es lo mismo, irreal. Podemos determinar, que tan solo lo real es verdad y que lo irreal es ilusión. Si consultamos el término “verdad” en el diccionario de la RAE, entre sus significados, nos gustaría resaltar el siguiente: “Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna”.

Diremos pues que una cosa es real, es verdad, cuando no cambia.

Entonces, la pregunta, qué debemos hacernos es: el mundo, ¿es real o una ilusión?

Veamos qué nos aporta el Libro de Ejercicios sobre esta cuestión.

¿Qué es el mundo?

1. El mundo es una percepción falsa. 2Nació de un error, y no ha abandonado su fuente. 3Persistirá mientras se siga abrigando el pensamiento que le dio vida. 4Cuando el pensamiento de separa­ción haya sido sustituido por uno de verdadero perdón, el mundo se verá de una manera completamente distinta; de una manera, que conduce a la verdad en la que el mundo no puede sino desaparecer junto con todos sus errores. 5Ahora su fuente ha desaparecido, al igual que sus efectos.
2. El mundo se fabricó como un acto de agresión contra Dios. 2Es el símbolo del miedo. 3Mas ¿qué es el miedo sino la ausencia de amor? 4El mundo, por lo tanto, se fabricó con la intención de que fuese un lugar en el que Dios no pudiese entrar y en el que Su Hijo pudiese estar separado de Él. 5Esa fue la cuna de la percep­ción, pues el conocimiento no podría haber sido la causa de pen­samientos tan descabellados. 6Mas los ojos engañan, y los oídos oyen falsedades. 7Ahora es muy posible cometer errores porque se ha perdido la certeza.
3. Y para sustituirla nacieron los mecanismos de la ilusión, 2que ahora van en pos de lo que se les ha encomendado buscar. 3Su finalidad es servir el propósito para el que se fabricó el mundo, de modo que diese testimonio de él y lo hiciera real. 4Dichos meca­nismos ven en sus ilusiones una sólida base donde existe la ver­dad y donde se mantiene aparte de las mentiras. 5No obstante, no informan más que de ilusiones, las cuales se mantienen separadas de la verdad.
4. Del mismo modo en que el propósito de la vista fue alejarte de la verdad, puede asimismo tener otro propósito. 2Todo sonido se convierte en la llamada de Dios, y Aquel a quien Dios designó como el Salvador del mundo puede conferirle a toda percepción un nuevo propósito. 3Sigue Su Luz, y verás el mundo tal como Él lo ve. 4Oye sólo Su Voz en todo lo que te habla. 5Y deja que Él te conceda la paz y la certeza que tú desechaste, pero que el Cielo salvaguardó para ti en Él.
5. No nos quedemos tranquilos hasta que el mundo se haya unido a nuestra nueva percepción. 2No nos demos por satisfechos hasta que el perdón sea total. 3Y no intentemos cambiar nuestra función. 4Tenemos que salvar al mundo. 5Pues nosotros que lo fabricamos tenemos que contemplarlo a través de los ojos de Cristo, de modo que aquello que se concibió para que muriese pueda ser restituido a la vida eterna.

La mente que ve ilusiones piensa que éstas son reales. Existen en cuanto que son pensamientos. Sin embargo, no son reales porque la mente que piensa estos pensamientos se encuentra separada de Dios.

El perdón es lo único que representa a la verdad en medio de las ilusiones del mundo. El perdón ve su insustancialidad, y mira más allá de las miles de formas en que pueden presentarse. Ve las mentiras, pero no se deja engañar por ellas. No hace caso de los alaridos auto-acusadores de los pecadores enloquecidos por la culpabilidad. Los mira con ojos serenos, y simplemente les dice: "Hermano mío, lo que crees no es verdad".

Las ilusiones forjan más ilusiones. Excepto una: Pues el perdón es la ilusión que constituye la res­puesta a todas las demás ilusiones.
El perdón desvanece todos los demás sueños, y aunque en sí es un sueño, no da lugar a más sueños. Todas las ilusiones, salvo ésta, no pueden sino multiplicarse de mil en mil. Pero con ésta, a todas las demás les llega su fin.

La verdad está exenta de ilusiones y, por lo tanto, mora dentro  del Reino. Todo lo que está fuera del Reino es ilusorio.


Las ilusiones son inversiones. Perdurarán mientras les sigamos atribuyendo valor. Todos los valores son relativos, mas todos son poderosos porque son juicios mentales. La única manera de desvanecer las ilusiones es retirando de ellas todo el valor que les hemos otorgado. Al hacer eso dejan de tener vida para nosotros porque las hemos expulsado de nuestra mente. Mientras sigamos incluyéndolas en nuestra mente estaremos infundiéndoles vida.

La única manera de liberarse de las ilusiones es dejando de creer en ellas. Las ilusiones no son sino creencias en algo que no existe. Y el aparente conflicto entre la verdad y la ilusión solo puede ser resuelto separándonos de la ilusión y no de la verdad.

Nadie puede escapar de las ilusiones a menos que las examine, pues no examinarlas es la manera de protegerlas. No hay necesi­dad de sentirse amedrentado por ellas, pues no son peligrosas. Estamos listos para examinar más detenidamente el sistema de pensamiento del ego porque juntos disponemos de la lámpara que lo desvanecerá, y, puesto que te has dado cuenta de que no lo deseas, debes estar listo para ello. Mantengámonos muy calma­dos al hacer esto, pues lo único que estamos haciendo es bus­cando honestamente la verdad. La "dinámica" del ego será nuestra lección por algún tiempo, pues debemos primero exami­narla para poder así ver más allá de ella, ya que le has otorgado realidad. Juntos desvaneceremos calmadamente este error, y después miraremos más allá de él hacia la verdad”. (T.11.V.1:6)

Podemos decir, que el primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. En este sentido, el milagro -la res­puesta correcta- lo corrige.

Mientras que la negación del Ser da lugar a ilusiones, la corrección del error nos libera de ellas. El propósito de la Expiación es desvanecer las ilusiones, no considerarlas reales y luego per­donarlas.

El milagro sitúa a la realidad en el lugar que le corresponde. A la realidad le corresponde estar, únicamente en el espíritu, y el mila­gro reconoce únicamente la verdad. De este modo desvanece las ilusiones que albergamos con respecto a nosotros mismo, y nos pone en comunión con nosotros mismo y con Dios. El milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. Así se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor. Nuestra mente puede estar poseí­da por ilusiones, pero nuestro espíritu es eternamente libre.

El amor no es una ilusión. Es un hecho. Si ha habido desilu­sión es porque realmente nunca hubo amor, sino odio, pues el odio es una ilusión y lo que puede cambiar nunca pudo ser amor.

El núcleo de la ilusión de la separación reside simplemente en la fantasía de que es posible destruir el significado del amor. Y a menos que se restaure en nosotros el significado del amor, no podremos conocernos a nosotros mismo. La separa­ción no es más que la decisión de no conocernos. Todo este sistema de pensamiento es una experiencia de aprendizaje cuidadosamente urdida, diseñada para apartarnos de la verdad y conducirnos a las fantasías.

¿Cómo llevar las fantasías ante la verdad?

Para dar respuesta a esta interesante cuestión, nos remitiremos al Capítulo 17 del Curso, dedicado al Perdón y la Relación Santa:

La traición que el Hijo de Dios cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus "pecados" no son sino el producto de su propia imaginación. Su realidad es eternamente inmacu­lada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar real­mente. Es imposible convencer al que sueña de que esto es así, pues los sueños son lo que son debido a la ilusión de que son rea­les. Sólo al despertar se libera uno completamente de ellos, pues sólo entonces resulta perfectamente evidente el hecho de que no afectaron en modo alguno la realidad y de que no la han cam­biado. Las fantasías cambian la realidad. Ese es su propósito. En realidad no lo pueden hacer, pero sí pueden hacerlo en la mente que quiere que la realidad sea diferente.
Tu deseo de cambiar la realidad es, por lo tanto, lo único que es temible, pues al desear que la realidad cambie crees que tu deseo se ha cumplido. En cierto sentido, esta extraña perspectiva da testimonio de tu poder. Mas cuando lo distorsionas y lo utili­zas en favor del "mal", haces también que sea algo irreal para ti. No puedes serle fiel a dos amos que te piden cosas contradicto­rias. Lo que usas en beneficio de las fantasías, se lo niegas a la verdad. Mas lo que le entregas a la verdad para que ésta lo use en tu beneficio, se encuentra a salvo de las fantasías”.

La verdad no tiene significado dentro de lo ilusorio. El marco de referencia para entender su significado tiene que ser ella misma. Cuando tratamos de llevar la verdad ante las ilusiones, estamos tratando de hacer que las ilusiones sean reales y de conser­varlas justificando nuestra creencia en ellas. Llevar las fantasías ante la verdad, no obstante, es permitir que la verdad nos muestre que las ilusiones son irreales, lo cual nos permite entonces liberarnos de ellas.

No hay conexión alguna entre la verdad y las ilusiones. Esto será así eternamente, por mucho que intentemos que haya conexión entre ellas. Pero las ilusiones están siempre conectadas entre sí, tal como lo está la verdad. Tanto las ilusiones como la verdad gozan de cohesión interna y constituyen un sistema de pensa­miento completo en sí mismo, aunque totalmente desconectado del otro. Percibir esto es reconocer dónde se encuentra la separa­ción, y dónde debe subsanarse. El resultado de una idea no está nunca separado de su fuente. La idea de la separación dio lugar al cuerpo y permanece conectada a él, haciendo que éste enferme debido a la identificación de la mente con él. Creemos que estamos protegiendo al cuerpo, al ocultar esta conexión, ya que ocultarla parece mantener nuestra identificación a salvo del "ataque" de la ver­dad.

La ilusión es un pensamiento erróneo, una decisión errónea y en este sentido me gustaría referir lo que el Curso nos enseña sobre este particular al expresar lo siguiente:

El deseo de ser especial es el gran dictador de las decisiones erróneas. He aquí la gran ilusión de lo que tú eres y de lo que tu hermano es. Y he aquí también lo que hace que se ame al cuerpo y se le considere algo que vale la pena conservar. Ser especial es una postura que requiere defensa. Las ilusiones la pueden atacar y es indudable que lo hacen. Pues aquello en lo que tu hermano se tiene que convertir para que tú puedas seguir siendo especial es una ilusión”. (T.24.I.5:6)

Hemos dicho anteriormente, que el Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. Las ilusiones son sueños precisamente porque no son verdad. El hecho de que la verdad esté ausente de todas ellas por igual es la base del milagro, lo cual quiere decir que hemos entendido que los sueños, sueños son, y que escaparnos de ellos depende, no del sueño en sí, sino de que despertemos.

El milagro establece que estamos teniendo un sueño y que su con­tenido no es real. Éste es un paso crucial a la hora de lidiar con ilusiones. Nadie tiene miedo de ellas cuando nos damos cuenta de que fuimos quien las inventamos.

¿Cómo se superan las ilusiones?

Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. Las ilusiones se opo­nen a lo que no puede sino ser verdad. La oposición procede de ellas, no de la realidad. La realidad no se opone a nada. Lo que simplemente "es" no necesita defensa ni ofrece ninguna. Sólo las ilusiones necesitan defensa debido a su debilidad. Mas ¿cómo podría ser difícil recorrer el camino de la verdad cuando la debi­lidad es el único obstáculo? Tú eres el fuerte en este aparente conflicto y no necesitas ninguna defensa. Tampoco deseas nada que necesite defensa, pues cualquier cosa que necesite defensa te debilitará”.  (T.22.V.1:12)

Nunca te olvides de que cuando sientes surgir la necesidad de defenderte de algo es que te has identificado a ti mismo con una ilusión. Consecuentemente, crees ser débil porque estás solo. Ése es el costo de todas las ilusiones. No hay ninguna que no esté basada en la creencia de que estás separado; ninguna que no pa­rezca interponerse, densa, sólida e inamovible, entre tu hermano y tú; ni ninguna que la verdad no pueda pasar por alto felizmente y con tal facilidad, que tienes que quedar convencido de que no es nada, a pesar de lo que pensabas que era. Si perdonas a tu hermano, esto es lo que inevitablemente sucederá. Pues es tu renuen­cia a pasar por alto aquello que parece interponerse entre vosotros lo que hace que parezca impenetrable y lo que defiende la ilusión de su inamovilidad”. (T.22.V.6:8)

Para poner fin a este artículo quisiera compartir unos párrafos extraídos del Capítulo 16 del Texto del Curso y de la Lección 272 del Libro de Ejercicios, respectivamente. Prometo que os gustarán:

Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y ayúdanos a aceptar nuestra verdadera relación Contigo, en la que no hay ilusiones y en la que jamás puede infiltrarse ninguna. Nuestra santidad es la Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que necesite perdón si Tu perdón es perfecto? El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar Tu perdón y Tu amor. No nos dejes caer en la tentación, pues la tentación del Hijo de Dios no es Tu Voluntad. Y déjanos recibir únicamente lo que Tú has dado, y aceptar sólo eso en las mentes que Tú creaste y que amas. Amén”. (T.16.VII.12:7)

“Padre, la verdad me pertenece. Mi hogar se estableció en el Cielo mediante tu voluntad y la mía. ¿Podrían contentarme los sueños? ¿Podrían brindarme felicidad las ilusiones? ¿Qué otra cosa sino Tu recuerdo podría satisfacer a Tu Hijo? No me contentaré con menos de lo que Tú me has dado. Tu Amor, por siempre dulce y sereno, me rodea y me mantiene a salvo eternamente. El Hijo de Dios no puede sino ser tal como Tú lo creaste.


Hoy dejamos atrás las ilusiones. Y si oímos a la tentación lla­marnos e invitarnos a que nos entretengamos con un sueño, nos haremos a un lado y nos preguntaremos si nosotros, los Hijos de Dios, podríamos contentarnos con sueños cuando podemos ele­gir el Cielo con la misma facilidad que el infierno. Y el amor reemplazará gustosamente todo temor”. (L.pII.272.1:8;2:2)

lunes, 13 de marzo de 2017

Principio 32: Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones.


PRINCIPIO 32

Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones. Interceden en favor de tu santidad y santifican tus percepciones. Al ubicarte más allá de las leyes físicas te elevan a la esfera del orden celestial. En ese orden tú eres perfecto.



Jesús deja muy claro, en este Principio, que él es la fuente de los milagros. Desde el punto de vista de la función, el Espíritu Santo y Jesús son sinónimos. Ambos realizan la función de ser el Maestro interno o la Voz interior que nos conducirá a casa. Jesús nos dice que él es la manifestación del Espíritu Santo (T-6.1:1). Él no es el Espíritu Santo sino la manifestación de Este. Decir que Jesús es la manifestación del Espíritu Santo es decir también que él es la manifestación del Amor de Dios.


El desarrollo de este Principio, me sugiere varios temas en los que me gustaría profundizar. En primer lugar, me gustaría acercarme a la figura de Jesús y para ello, me remitiré a la aportación que se recoge en el texto El Manual del Maestro.

Por otro lado, me gustaría tratar el concepto “perfecto”, el estado natural del orden celestial donde nos eleva los milagros.

Por último, quisiera analizar el término “inspiración”, el cual se utiliza en algunas ocasiones a lo largo del Curso, como por ejemplo en el Capítulo I, en el punto II: 

“El resultado de una dedicación genuina es la inspiración, pala­bra que, si se entiende correctamente, es lo opuesto a la fatiga. Estar fatigado es estar des-animado, mas estar inspirado es estar en el espíritu. Ser egocéntrico es estar des-animado, mas estar centrado en Sí Mismo, en el buen sentido de la expresión, es estar inspirado o en el espíritu. Los verdaderamente inspirados están iluminados y no pueden morar en las tinieblas.

Puedes hablar desde el espíritu o desde el ego, según elijas. Si hablas desde el espíritu es que has decidido acatar las palabras "Detente y reconoce que yo soy Dios". Éstas son palabras inspi­radas porque reflejan conocimiento. Si hablas desde el ego estás renegando del conocimiento en vez de ratificándolo, y, por lo tanto, estás des-animándote. No te embarques en viajes inútiles, pues ciertamente no llevan a ninguna parte. Puede que el ego los desee, pero el espíritu no puede emprenderlos porque nunca está dispuesto a apartarse de sus Cimientos”.

Como bien nos enseña el párrafo anterior, estar inspirado es estar en el espíritu, la propia esencia de Dios.

El mismo Jesús, nos revela que “como hombre, y también como una de las creaciones de Dios, su recto pensar, que procedió del Espíritu Santo o Inspiración Universal, le enseñó en primer lugar y ante todo, que esta Inspiración es para todos”. 

Podemos decir pues, que “la inspiración procede del Espíritu Santo, y la cer­teza de Dios, tal como lo estipulan Sus leyes. Ambas cosas, por lo tanto, proceden de la misma Fuente, porque la inspiración pro­cede de la Voz que habla en favor de Dios, y la certeza, de las leyes de Dios”.

Dando continuidad a la idea de la inspiración con relación al espíritu, me gustaría enlazarlo con la idea de la perfección. En este sentido, debemos referir, que todo lo que es verdadero es eterno y no puede cambiar ni ser cambiado. El espíritu es, por lo tanto, inalterable porque ya es perfecto, pero la mente puede elegir a quién desea servir. El único límite en su elección es que no puede servir a dos amos.

Si consultamos el texto del Curso en el Capítulo 2, párrafo I, podemos leer: “En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto”.

Entre Dios y Sus creaciones existe una perfecta interdependencia. ÉI depende de ellas porque las creó perfectas. Les dio Su paz para que nada las pudiese alterar ni engañar.

Los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y nosotros no podemos experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que somos. 
En el Capítulo 10 del Curso, concretamente en el punto IV, dedicado al fin de la enfermedad, se expresa lo siguiente: 

“La enfermedad y la perfección son irreconcilia­bles. Si Dios te creó perfecto, eres perfecto. Si crees que puedes estar enfermo, has antepuesto otros dioses a Él. Dios no está en guerra con el dios de la enfermedad que inventaste, pero tú sí. Este dios es el símbolo de tu decisión de oponerte a Dios, y tienes miedo de él porque no se le puede reconciliar con la Voluntad de Dios. Si lo atacas, harás que sea real para ti. Pero si te niegas a adorarlo, sea cual sea la forma en que se presente ante ti, o el lugar donde creas verlo, desaparecerá en la nada de donde provino”.

Si Dios creó a Su Hijo perfecto, así es como debemos aprender a consi­derarlo para que podamos conocer su realidad. Y como parte de la Filiación, así es como tenemos que considerarnos a nosotros mismo para que podamos conocer la nuestra.

Para finalizar las aportaciones del Curso sobre el tema de la perfección, me gustaría hacer referencia a lo recogido en el Capítulo 30, en el punto VI, dedicado a la justificación del perdón:

“El Hijo de Dios es perfecto, ya que de otro modo no podría ser el Hijo de Dios. Y no lo podrás conocer mientras creas que no merece librarse de todas las consecuencias y manifestaciones de la culpabilidad. De la única forma que debes pensar acerca de él si quieres conocer la verdad acerca de ti mismo es así:

Te doy las gracias, Padre, por Tu perfecto Hijo, pues en su gloria veré la mía propia.

He aquí la jubilosa afirmación de que no hay ninguna forma de mal que pueda prevalecer sobre la Voluntad de Dios, el feliz reconocimiento de que la culpabilidad no ha triunfado porque tú hayas deseado que las ilusiones sean reales. ¿Y qué es esto sino una simple afirmación de la verdad?”

Paso a continuación al tercero de los aspectos que quiero exponer en el desarrollo de este Principio, la figura de Jesús.

Como adelanté al comienzo de este escrito, recurriré al Manual del Maestro para extraer la información que nos ilustrará sobre la figura de Jesús.

“No necesitas ayuda para entrar en el Cielo, pues jamás te ausentaste de él. Pero sí necesitas una ayuda que proceda de más allá de ti, pues te encuentras limitado por falsas creencias con respecto a tu Identidad, la cual sólo Dios estableció en la realidad. Los ayudantes que se te proveen varían de forma, aunque ante el altar son uno Solo. Más allá de cada uno de ellos se encuentra un Pensamiento de Dios, y esto jamás ha de cambiar. Pero sus nombres difieren por un tiempo, puesto que el tiempo necesita símbolos, siendo de por sí irreal. Sus nombres son legión, pero no nos extenderemos más allá de los nombres que el curso en sí emplea. Dios no provee ayuda, pues no sabe de necesidades. Sin embargo, Él crea todos los Ayudantes que Su Hijo pueda necesitar, mientras éste siga creyendo que sus fantasías son reales. Dale gracias a Dios por ellos, pues son quienes te conducirán de regreso a tu hogar.

El nombre de Jesús es el nombre de uno que, siendo hombre, vio la faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios. Al identificarse con Cristo, dejó de ser un hombre y se volvió uno con Dios. El hombre era una ilusión, pues parecía ser un ser separado que caminaba por su cuenta, dentro de un cuerpo que aparentemente mantenía a su ser separado de su Ser, como hacen todas las ilusiones. Pero ¿quién puede salvar a menos que, al ver las ilusiones, las identifique como lo que son? Jesús sigue siendo un Salvador porque vio lo falso y no lo aceptó como la verdad. Cristo necesitó su forma para poder presentarse ante los hombres y salvarlos de sus ilusiones.

En su completa identificación con el Cristo - el perfecto Hijo de Dios, Su única creación y Su felicidad, por siempre como Él y uno con Él - Jesús se convirtió en lo que todos vosotros no podéis sino ser. Mostró el camino para que le siguieras. Él te conduce de regreso a Dios porque vio el camino ante sí y lo siguió. Jesús hizo una clara distinción, todavía velada para ti, entre lo falso y lo verdadero. Te ofreció una demostración palpable de que es imposible matar al Hijo de Dios, y de que el pecado, la maldad, la malicia, el miedo o la muerte no pueden alterar su vida en modo alguno.

Todos tus pecados, por lo tanto, te han sido perdonados, ya que jamás tuvieron consecuencia alguna. Y así, no fueron más que sueños. Levántate con aquel que te mostró esto, ya que se lo debes por haber compartido contigo tus sueños para que pudieran ser disipados, y todavía los comparte, para mantenerse en unión contigo.

¿Es él el Cristo? Por supuesto que sí, junto contigo. Su vida en la tierra no fue lo suficientemente larga como para poder enseñar la poderosa lección que aprendió por todos vosotros. Más él permanecerá contigo para conducirte desde el infierno que tú hiciste hasta Dios. Y cuando unas tu voluntad a la suya, verás a través de su visión, pues los ojos de Cristo se comparten. Caminar con él es algo tan natural como caminar con un hermano al que conoces desde que naciste, pues eso es en verdad lo que él es. Se han hecho amargos ídolos de aquel que sólo quiere ser un hermano para el mundo. Perdónale tus fantasías, y comprende lo mucho que amarías a un hermano así. Pues él por fin le brindará descanso a tu mente y la llevará contigo ante tu Dios.

¿Es él el único Ayudante de Dios? ¡Por supuesto que no! Pues Cristo adoptará muchas formas con diferentes nombres hasta que se reconozca la unicidad de todas ellas. Mas para ti, Jesús es el portador del único mensaje de Cristo acerca del Amor de Dios. No tienes necesidad de ningún otro. Es posible leer sus palabras y beneficiarse de ellas sin aceptarle en tu vida. Mas él te ayudaría todavía más si compartieses con él tus penas y alegrías, y renunciases a ambas para hallar la paz de Dios. Con todo, lo que él quiere que aprendas más que nada sigue siendo la lección que vino a enseñar, la cual reza así:

La muerte no existe porque el Hijo de Dios es como su Padre. No puedes hacer nada que pueda alterar el Amor Eterno. Olvida tus sueños de pecado y de culpabilidad, y en su lugar ven conmigo a compartir la resurrección del Hijo de Dios. Y trae contigo todos aquellos que Él te ha enviado para que cuides de ellos como yo cuido de ti”.

Una cuestión que suele plantearse el estudiante del Curso es la siguiente:

¿Hay diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo? ¿Importa a quién de ellos voy a buscar ayuda?

“La diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo es de tipo teológico, no de tipo práctico. Conforme a la teoría del Curso, Dios creó al Espíritu Santo en respuesta a la idea de la separación en la mente de Su Hijo. Naturalmente, en realidad, tal descripción en Un Curso de Milagros es metafórica pues ¿cómo puede Dios dar respuesta a lo que nunca ha ocurrido? En todo caso, se puede entender más propiamente al Espíritu Santo como el recuerdo del Amor de Dios y de la verdadera Identidad del Hijo como Cristo que él llevó consigo en su sueño. El Espíritu Santo es, por tanto, un principio o idea en la mente del Hijo que le recuerda que lo que cree de sí mismo y de su Creador es falso. Esta corrección es lo que se conoce en Un Curso de Milagros como el principio de la Expiación.

Jesús, por otra parte, forma parte de la Filiación, y es tan tangible y tan específico como la creencia del Hijo sobre sí mismo. Es la parte de la mente única del Hijo que se acordó de reírse, de la idea diminuta y enloquecida. Y por lo tanto Jesús se convierte en una manifestación del principio de la Expiación, o de la presencia más abstracta del Espíritu Santo. Esto es lo que quiere decir la clarificación de términos con la afirmación ya citada de que el Espíritu Santo ha designado a Jesús como el líder para llevar a cabo Su plan; (C-6.2:2), y lo que significa el pasaje del texto que se refiere directamente a Jesús:

El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor [el Espíritu Santo] y la Expiación fue un acto de amor [Jesús]; (T-2.II.4:2-3).

No hay diferencia, sin embargo, al nivel práctico. Tanto Jesús como el Espíritu Santo sirven como nuestros Maestros internos a quienes acudir en busca de ayuda para aprender a perdonar. El Espíritu Santo ofrece al estudiante un Maestro más abstracto si Jesús es un problema, mientras que Jesús es una forma más específica y personal con quien relacionarse. Cualquiera de los dos es válido, pues Su función sigue siendo la misma. No obstante, si Jesús es, en efecto, un personaje problemático para los estudiantes de su Curso, estaría muy en línea con los propios principios del Curso que los estudiantes miren a ver por qué no quieren perdonarlo. Así pueden explorar las raíces más profundas de esa ausencia de perdón para que puedan ser deshechas, igual que cualquier ausencia de perdón que esté presente dentro de sus mentes”.