martes, 31 de enero de 2017

Principio 18: El milagro es un servicio.

PRINCIPIO 18

 El milagro es un servicio. Es el máximo servicio que le puedes prestar a otro. Es una manera de amar al prójimo como a ti mismo, en la que reconoces simultáneamente tu propia valía y la de él.

Existe una Regla de Oro, de la cual, el Curso de Milagros nos dice es la norma del comportamiento apropiado. La Regla de Oro nos pide que nos comportemos con los demás como quisiéramos que ellos se comportasen con nosotros. Esta Regla nos recuerda, que respondemos a lo que percibimos y tal como percibimos así nos comportamos. Por lo tanto, la percepción que tenemos de nosotros mismos, así como la que tenemos de los demás debe ser fidedigna.
Si nuestra percepción es incorrecta no podremos comportarnos de manera apropiada.

Desde la visión de la Unidad, en la que formamos parte de una misma familia, la percepción que tengamos con nosotros mismos y con los demás, condicionará el modo en cómo nos vamos a comportar con ambos, es decir, con nosotros mismos y con los demás.

Si en cambio nuestra visión es de separación, cuando atacamos el error que vemos en el otro, en verdad, nos estaremos haciendo daño a nosotros mismos. Como bien expresa el Curso, no podemos conocer a nuestro hermano, si lo atacamos. Atacamos aquello que consideramos extraño, y si atacamos a nuestro hermano, lo estamos considerando un extraño y no podremos conocerle, lo que está poniendo de manifiesto que, realmente, no nos conocemos a nosotros mismos.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar sobre la idea que hemos expuesto de inicio, el milagro es una manera de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Podemos partir diciendo, que la separación es la fuente de la culpabili­dad, y cuando recurrimos a ella para salvarnos, en verdad lo que estamos proclamando es nuestra creencia de que estamos solo. De ello se deduce que estar solo es ser culpable, pues al sentir que estamos solo, lo que estamos haciendo es negar la Unidad entre Padre e Hijo.

Sin embargo, no hay diferen­cias entre los Hijos de Dios y todo les pertenece a todos por igual. Arrebatarle algo a uno de ellos es desposeerlos a todos. Mas bendecir a uno de ellos, es bendecirlos a todos cual uno solo.

En el capítulo V del Curso, concretamente en su introducción nos revela la capacidad de expansión que tiene la luz cuando es manifestada a través del pensamiento amoroso:

Todo pensamiento benévolo que cualquiera de tus hermanos abrigue en cualquier parte del mundo te bendice. Deberías que­rer bendecirles a tu vez, como muestra de agradecimiento. No tienes que conocerlos personalmente ni ellos a ti. La luz es tan potente que irradia a través de toda la Filiación, la cual da gracias al Padre por irradiar Su dicha sobre ella. Únicamente los santos Hijos de Dios son canales dignos de Su hermosa dicha porque sólo ellos son lo suficientemente hermosos como para conservarla compartiéndola. Es imposible que un Hijo de Dios pueda amar a su prójimo de manera diferente de como se ama a sí mismo. De ahí que la plegaria del sanador sea:

Permíteme conocer a este hermano como me conozco a mí mismo.

Mientras dure la percepción, debemos agradecer el hecho de que nuestro hermano sea el espejo en el que vemos reflejada la imagen que tenemos de nosotros mismos. La percepción perdurará hasta que la Filiación reconozca que es íntegra.  Nosotros inventamos la percepción, y ésta perdurará mientras la sigamos deseando.

Sabemos por las enseñanzas del Curso, que es imposible apreciar la realidad parcialmente. En verdad, se ha dicho que no podemos servir a dos amos a la vez.
No podemos negar parte de la Filiación sólo en parte. Es tan imposible como lo es amarla sólo en parte. No es posible tampoco amarla totalmente sólo a veces. No podemos estar, totalmente comprometido sólo en algunas ocasiones. Si le negamos la bendición a un hermano, nos sentiremos desposeídos. Nos estaremos negando la bendición a nosotros mismos o lo que es lo mismo, nos estaríamos condenando.

Cuando un hermano actúa insensatamente, te está ofreciendo una oportunidad para que lo bendigas. Su necesidad es la tuya. Tú necesitas la bendición que puedes darle. No hay manera de que tú puedas disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Careces de aquello que niegas, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo has negado a otro, y, por lo tanto, no eres consciente de ello en ti. Lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres. Lo que deseas ser, entonces, determina forzosamente todas tus reacciones”. (T.8.VII.2)

Si aceptamos la percepción variable que nuestro hermano tiene de sí mismo, estaremos aceptando que su mente dividida es la nuestra, y no aceptaremos nuestra pro­pia curación sin la suya.

Debemos reforzar nuestra mente con la visión de que compartimos el mundo real de la misma manera en que compartimos el Cielo, y la curación de nuestro hermano es nuestra curación.

Si percibimos que un hermano nos ha ofendido debemos arrancar la ofensa de nuestra mente. Si lo que percibimos nos ofende, nos ofendemos a nosotros mismos y condenamos al Hijo de Dios a quien Dios no condena.

En estas ocasiones, el Curso nos dice: “deja que el Espíritu Santo elimine todas las ofensas que el Hijo de Dios comete contra sí mismo y no percibas a nadie si no es a través de Su consejo, pues Él quiere salvarte de toda condenación. Acepta Su poder sanador y extiéndelo a todos los que Él te envíe, pues Su Voluntad es sanar al Hijo de Dios, con respecto al cual Él no se engaña”.

No podemos entablar ninguna relación real con ninguno de los Hijos de Dios a menos que los amemos a todos, y que los amemos por igual. El amor no hace excepciones. Si otorgas tu amor a una sola parte de la Filiación exclusivamente, estarás sembrando culpabilidad en todas tus relaciones y haciendo que sean irreales. Sólo puedes amar tal como Dios ama. No intentes amar de forma diferente de como Él lo hace, pues no hay amor aparte del Suyo. Hasta que no reconozcamos que esto es verdad, no tendremos idea de lo que es el amor. Nadie que condena a un hermano puede considerarse inocente o que mora en la paz de Dios. Si es inocente y está en paz, pero no lo ve, se está engañando, y ello significa que no se ha contemplado a sí mismo.

“No es un sueño amar a tu hermano como a ti mismo, ni tu relación santa es tampoco un sueño. Lo único que aún le queda del mundo de los sueños es que todavía es una relación especial. Mas le es muy útil al Espíritu Santo, Quien tiene una función especial aquí. Tu relación se convertirá en el sueño feliz a través del cual Él podrá derramar Su alegría sobre miles y miles de personas que creen que el amor es miedo y no felicidad. Deja que Él lleve a cabo la función que Él le asignó a tu relación al aceptarla en tu nombre, y no habrá nada que no contribuya a ella para que se convierta en lo que Él quiere que sea”. (T.18.V.5)

¿Cómo podemos hacer del milagro un servicio para la Filiación?

Los milagros son simplemente la transformación de la negación en verdad. Si amarse uno a sí mismo significa curarse uno a sí mismo, los que están enfermos no se aman a sí mismos. Por lo tanto, están pidiendo el amor que los podría sanar, pero que se están negando a sí mismos. Si supiesen la verdad acerca de sí mismos no podrían estar enfermos. La tarea del obrador de mila­gros es, por lo tanto, negar la negación de la verdad. Los enfermos deben curarse a sí mismos, pues la verdad mora en ellos. Mas al haberla nublado, la luz de otra mente necesita brillar sobre la suya porque dicha luz es suya.
La luz brilla en todos ellos con igual intensidad independien­temente de cuán densa sea la niebla que la oculta. Si no le otor­gas a la niebla ningún poder para ocultar la luz, no tiene ninguno. Pues sólo tiene poder si el Hijo de Dios se lo confiere. Y debe ser él mismo quien le retire ese poder, recordando que todo poder es de Dios. Tú puedes recordar esto por toda la Filia­ción. No permitas que tu hermano se olvide, pues su olvido es también él tuyo. Pero cuando tú lo recuerdas, lo estás recordando por él también porque a Dios no se le recuerda solo. Esto es lo que has olvidado. Percibir la curación de tu hermano como tu propia curación es, por lo tanto, la manera de recordar a Dios. Pues te olvidaste de tus hermanos y de Dios, y la Respuesta de Dios a tu olvido no es sino la manera de recordar.

No percibas en la enfermedad más que una súplica de amor, y ofrécele a tu hermano lo que él cree que no se puede ofrecer a sí mismo. (T.12.II.1:3)

lunes, 30 de enero de 2017

Principio 17: Los milagros trascienden el cuerpo.

PRINCIPIO 17

Los milagros trascienden el cuerpo. Son cambios súbitos al dominio de lo invisible, más allá del nivel corporal. Por eso es por lo que curan.


La creencia de que somos un cuerpo necesita ser corregida, ya que es un error.

Me gustaría profundizar en esta idea y dedicar este artículo a la creencia de que somos un cuerpo y sus consecuencias en nuestro proceso espiritual.


Lo primero que tenemos que saber, es que Dios no creó el cuerpo porque el cuerpo es destructible, y, por consiguiente, no forma parte del Reino. Sin embargo, el cuerpo es el símbolo de lo que creemos ser. Al ser un  mecanismo de separación, podemos decir que no existe. A pesar de ello, el  Espíritu Santo, en la función que tiene encomendada dentro del sueño, utiliza nuestra creencia y logra que el cuerpo se  utilice como un recurso de aprendi­zaje.  El cuerpo no es real pero la mente sí lo es. La mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, lo que nos lleva a determinar que la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Nos revela el Curso que todo milagro es una demostración de esto.

La visión del ego le lleva a utilizar al cuerpo como un arma para atacar, para obtener placer y para vanagloriarse. En cambio, el Espíritu Santo ve el cuerpo solamente como un medio de comunicación, y puesto que comunicar es compartir, comunicar se vuelve un acto de comunión.

“El milagro es en gran medida como el cuerpo, en el sentido de que ambos son recursos de aprendizaje para facilitar un estado en el que finalmente se hacen innecesarios. Cuando se alcanza el estado original de comunicación directa con el espíritu, ni el cuerpo ni el milagro tienen objeto alguno. Pero mientras creas que estás en un cuerpo, puedes elegir entre canales de expresión sin amor o canales de expresión milagrosos. (T.C1.V.1)

¿Qué uso debemos dar al cuerpo, a pesar de conocer que no es real, mientras que permanezcamos en el sueño?

Es importante tener una respuesta clara sobre este particular, pues como bien se recoge en el Libro de Lecciones, Hay quienes odian al cuerpo y tratan de lastimarlo y humillarlo. Otros lo veneran y tratan de glorificarlo y exaltarlo. Pero mientras tu cuerpo siga siendo el centro del concepto que tienes de ti mismo, estarás atacando el plan de Dios para la salvación y abrigando resentimientos contra Él y contra Su creación, a fin de no oír la Voz de la verdad y acogerla como Amiga. El que has elegido como tu salvador ocupa Su lugar. Él es tu amigo; Dios, tu ene­migo. (L.pI.72.7)

Tanto el que odia al cuerpo como el que lo venera participa del mismo error, pues el cuerpo no puede proporcionarte ni paz ni desasosiego, ni alegría ni dolor. Es un medio, no un fin.

El mejor uso que podemos hacer del cuerpo es utilizarlo para que nos ayude a ampliar nuestra percepción, de forma que podamos alcanzar la verdadera visión de la que el ojo físico es incapaz. Aprender a hacer esto es la única utilidad real del cuerpo.

La Lección 199 del Libro de Ejercicios, nos anuncia que no podremos ser libres mientras nos percibamos como un cuerpo, pues el cuerpo es un límite. Nos refiere, que el que busca su libertad en un cuerpo la busca donde ésta no se puede hallar. La mente puede ser liberada cuando deja de verse a sí misma como que está den­tro de un cuerpo, firmemente atada a él y amparada por su pre­sencia.

Para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación.

El ego separa mediante el cuerpo. El Espíritu Santo llega a otros a través de él. No percibes a tus hermanos tal como el Espíritu Santo lo hace porque no crees que los cuerpos sean únicamente medios para unir mentes, y para unirlas con la tuya y con la mía. Esta interpretación del cuerpo te hará cambiar de parecer con respecto al valor de éste. El cuerpo, de por sí, no tiene ningún valor.
Si usas el cuerpo para atacar, éste se convierte en algo perjudicial para ti. Si lo usas con el solo propósito de llegar hasta las mentes de aquellos que creen ser cuerpos para enseñarles a través del mismo cuerpo que eso no es verdad, entenderás el poder de la mente que reside en ti. Si usas el cuerpo con este fin, y sólo con este fin, no lo podrás usar para atacar. Cuando se usa con el propósito de unir se convierte en una hermosa lección de comu­nión, que tiene valor hasta que la comunión se consuma. Ésta es la forma en que Dios hace que lo que tú has limitado sea ilimitado. El Espíritu Santo no ve el cuerpo como lo ves tú porque sabe que la única realidad de cualquier cosa es el servicio que le presta a Dios en favor de la función que Él le asigna.
La comunicación pone fin a la separación. El ataque la fomenta. El cuerpo es feo o hermoso, violento o apacible, perju­dicial  o útil, dependiendo del uso que se haga de él. Y en el cuerpo de otro verás el uso que has hecho del tuyo. Si tu cuerpo se convierte en un medio que pones a disposición del Espíritu Santo para que Él lo use en nombre de la unión de la Filiación, no verás lo físico excepto como es. Úsalo para la verdad y lo verás correctamente. Úsalo incorrectamente y lo interpretarás mal, lo cual habrás hecho ya al usarlo incorrectamente. Interpreta cual­quier cosa sin el Espíritu Santo y desconfiarás de ello. Eso te conducirá al odio y al ataque, y hará que pierdas la paz”. (T.C8.VII.1)

Es preciso que el cuerpo deje de atraernos y dejemos de prestarle ningún valor como medio de obtener algo, si queremos que nuestros pensamientos sean tan libres como los de Dios.

Debemos poner en manos del Espíritu Santo nuestra enseñanza en el uso del cuerpo. Debemos dejar de utilizar el cuerpo para fomentar la separación y el ataque y usarlo sólo como un medio de comunicación.

Alcanzado este punto, me gustaría transcribir lo que nos enseña el Libro de Ejercicios con relación a la idea que estamos tratando. Dedica un capítulo completo para explicar la visión de Un Curso de Milagros con relación al cuerpo.

¿Qué es el cuerpo?

1. El cuerpo es una cerca que el Hijo de Dios se imagina haber erigido para separar partes de su Ser de otras partes. 2Cree vivir dentro de esa cerca, para morir a medida que ésta se deteriora y se desmorona. 3Pues cree estar a salvo del amor dentro de ella. 4Al identificarse con lo que considera es su seguridad, cree ser lo que ésta es. 5¿De qué otro modo, si no, podría estar seguro de que permanece dentro del cuerpo, y de que mantiene al amor afuera?
2. El cuerpo no perdurará. 2Sin embargo, para él eso supone una doble seguridad. 3Pues la temporalidad del Hijo de Dios es la "prueba” de que sus cercas funcionan y de que están llevando a cabo la tarea que su mente les asignó. 4Pues si su unidad aún permaneciese intacta, ¿quién podría atacar y quién podría ser ata­cado? 5¿Quién podría ser el vencedor? 6¿Quién la presa? 7¿Quién podría ser la víctima? 8¿Quién el asesino? 9Y si él no muriese, ¿qué "prueba" habría de que el eterno Hijo de Dios puede ser des­truido?
3. El cuerpo es un sueño. 2Al igual que otros sueños, a veces pa­rece reflejar felicidad, pero puede súbitamente revertir al miedo, la cuna de todos los sueños. 3Pues sólo el amor puede crear de verdad, y la verdad jamás puede temer. 4Hecho para ser temeroso, el cuerpo no puede sino cumplir el propósito que le fue asignado. 5Mas podemos cambiar el propósito que el cuerpo obedece si cambiamos de parecer con respecto a su finalidad.
4. El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura. 2Aunque el cuerpo fue concebido para condenarlo al infierno para siempre, el objetivo del Cielo ha substituido a la búsqueda del infierno. 3El Hijo de Dios busca la mano de su her­mano para ayudarlo a marchar por la misma senda que él. 4Ahora el cuerpo es santo. 5Ahora su propósito es sanar la misma mente para dar muerte a la cual fue concebido.
5. Te identificarás con lo que pienses que te ha de dar seguridad. 2Sea lo que sea, creerás que ello es lo que tú eres. 3Tu seguridad reside en la verdad, no en las mentiras. 4El amor es tu seguridad. 5El miedo no existe. 6Identifícate con el amor, y estarás a salvo. 7Identifícate con el amor, y estarás en tu morada. 8Identifícate con el amor, y hallarás tu Ser.

A diferencia como piensa el ego, el cuerpo no puede hacer nada por su cuenta. Si lo consideramos como un medio de herir, será herido, si lo consideramos un medio para sanar, sanará.

Ya que hacemos mención a la salud, algunas consideraciones relacionadas con este tema y el papel del cuerpo. Pero antes veamos cómo se originó el cuerpo desde el punto de vista del ego.

Fue la capacidad de percibir la que hizo que el cuerpo fuese posible, ya que para poder percibir algo, tenemos que tener algo con el cual percibirlo. La propia capacidad de percibir, llevó al ego a la creencia de que lo percibido era fruto de su creación. Desde este punto de vista, el ego llegó a la conclusión de que era el cuerpo que percibía.

El cuerpo es el hogar que el ego ha elegido para sí. Ésta es la única identificación con la que se siente seguro, ya que la vulnera­bilidad del cuerpo es su mejor argumento de que nuestro origen no puede proceder de Dios. Ésta es la creencia que el ego apoya ferviente­mente. Sin embargo, odia al cuerpo porque no lo considera lo suficientemente bueno como para ser su hogar.

Cuando este Principio nos dice que el milagro trasciende el cuerpo, está indicándonos que no es en el cuerpo donde se encuentra la causa del error que hay que rectificar, sino en la mente.

La enfermedad es el resultado de una confusión de niveles, pues siempre com­porta la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro. Los milagros es un medio de corregir la confusión de niveles, ya que todos los errores tienen que corregirse en el mismo nivel en que se originaron. Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivo­cadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso. El cuerpo no puede crear y la creencia de que puede -error básico- ­da lugar a todos los síntomas físicos.


La curación es el resultado de usar el cuerpo exclusivamente para los fines de la comunicación y nunca para la separación. No obstante, “cuando el ego te tiente a enfermar no le pidas al Espíritu Santo que cure al cuerpo; pues eso no sería sino aceptar la creencia del ego de que el cuerpo es el que necesita curación. Pídele, más bien, que te enseñe cómo percibir correctamente el cuerpo, pues lo único que puede estar distorsionado es la percepción. Sólo la percep­ción puede estar enferma porque sólo la percepción puede estar equivocada”. (T.C8.IX.1)

domingo, 29 de enero de 2017

Principio 16: Los milagros son recursos de enseñanza para demostrar que dar es tan bienaventurado como recibir.

 PRINCIPIO 16


Los milagros son recursos de enseñanza para demostrar que dar es tan bienaventurado como recibir. Aumentan la fortaleza del que da y simultáneamente le dan fortaleza al que recibe.

Ya hemos tenido ocasión de reflexionar sobre la enseñanza de “dar y recibir”. En el Principio 9, veíamos como el milagro es una especie de intercambio, que brinda más amor tanto al que da como al que recibe.

Quiero aprovechar la oportunidad que nos ofrece este nuevo Principio para profundizar en la idea, controvertida e inusual desde el punto de vista del ego, de que cuando damos, recibimos.

La Lección 108 del Libro de Ejercicios, nos revela que “Dar y recibir son en verdad lo mismo” y nos propone un ejercicio para que adquiramos la certeza de esa afirmación.

Dicha Lección nos indica que la verdadera visión depende de la idea expuesta. No está haciendo referencia a la visión que obtenemos con los ojos del cuerpo, está refiriéndose a un estado mental que se ha unificado en tal grado que la oscuridad no se puede percibir en absoluto.

La oscuridad representa el mundo fabricado por el ego, mientras que la luz es el estado natural con el que se expresa el Espíritu Santo. La oscuridad es sinónimo del error, de la ilusión y de todas las emociones derivadas del miedo: la culpa, la ira, el dolor, la tristeza, la necesidad, el conflicto, etc. La luz, en cambio, es sinónimo de la verdad, del principio inteligible, del conocimiento y de todas las emociones derivadas del amor: la impecabilidad, la felicidad, la alegría, la abundancia, le dicha, la paz, etc.

Oscuridad es igual a separación. Luz es igual a Unidad. Por lo tanto, cuando nuestra mente se vincula con la luz, su visión nos lleva al estado en el que no se pueden ver opuestos, y la visión, al haber sanado, tiene el poder de sanar.

“Ésta es la luz que extiende tu paz interior hasta otras mentes, para compartirla y regocijarse de que todas ellas sean una contigo y una consigo mismas. Esta es la luz que sana porque genera una sola percepción, basada en un solo marco de referencia, del que procede un solo significado.
Ahí dar y recibir se ven como diferentes aspectos de un mismo Pensamiento, cuya verdad no depende de cuál de esos dos aspec­tos se vea primero, ni de cuál parezca estar en segundo lugar. Ahí se entiende que ambos ocurren simultáneamente, para que el Pensamiento conserve su integridad. Y este entendimiento es la base sobre la que se reconcilian todos los opuestos, ya que se perciben desde el mismo marco de referencia que unifica dicho Pensamiento”.

A veces esta afirmación no es bien entendida, pues nos lleva al acto de dar pensando en lo que vamos a recibir, es decir, condicionamos el dar con el recibir, o lo que es lo mismo, somos nosotros los que damos valor a lo que recibimos y el que fija el precio de acuerdo con lo que da. Como bien expresa el Curso, “Creer que es posible obtener mucho a cambio de poco es creer que puedes regatear con Dios”.

Cuando damos, recibimos, pero recibir es aceptar, no tratar de obtener algo. Dice UCDM, que es imposible no tener, pero es posible que no sepas que tienes.

Cuando estamos dispuestos a dar, estamos reconociendo que tenemos, y solo así, estando dispuesto a dar  y podemos reconocer lo que tenemos. Lo que damos, en definitiva, está estrechamente relacionado con el valor que le hemos adjudicado a lo que tenemos, pues ese es el valor exacto que le hemos adjudicado.

Esta reflexión debe llevarnos a cuestionarnos si realmente sabemos lo que tenemos y qué valor le estamos dando.

La visión del ego nos lleva a creer que dar, es perder. Por lo tanto, cuando menos da, menos recibe. De esta manera, se identifica con la tribulación y prefiere adoptar el rol de víctima antes de ver las cosas de otra manera.

La visión del Espíritu Santo nos lleva a la unicidad de la mente y creer que dar y recibir es lo mismo. En verdad, cuando damos al “otro” estamos dándonos a nosotros mismo, pues la separación no es real. Debemos estar dispuestos a dar al Espíritu Santo, para poder recibir su bendición, pues en el acto de dar, estamos dando el valor de lo que deseamos por encima de todas las cosas. Dar al Espíritu Santo, es reconocerle en todo momento como nuestra única realidad.

Así lo expresa el Curso:

“Así pues, sólo puedes pedirle algo al Espíritu Santo dándole algo, y sólo puedes darle algo allí donde lo reconoces. Si recono­ces al Espíritu Santo en todos, imagínate cuánto le estarás pidiendo y cuánto habrás de recibir. Él no te negará nada porque tú no le habrás negado nada a Él, y de este modo podrás compartirlo todo. Ésta es la manera, y la única manera, de disponer de Su respuesta porque Su respuesta es lo único que puedes pedir y lo único que puedes desear”.

Anteriormente, hice alusión a una idea que es completamente ajena al ego y a la manera de pensar del mundo. Dicha idea se desarrolla más extensamente en la Lección 126, donde se nos enseña que todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy.

Para el ego esta idea es descabellada y la negará con total firmeza, pues aceptarla significaría que ha dejado de creer en la separación.
En cambio, adoptar esa idea en nuestras creencias, nos llevará a la comprensión plena de lo que es nuestra función principal en este mundo, el perdón. Cuando perdonamos, no lo hacemos porque hayamos percibido la culpa en el otro, sino porque vemos nuestra propia inocencia reflejada en los demás.

Debemos aprender a dar tal como hemos recibido. Preguntémonos, ¿qué hemos recibido?, y no tendremos dudas sobre lo que tenemos que dar.

Somos tal y como Dios nos ha creado. Se nos ha dado el conocimiento de que somos una mente y de que nos encontramos en una Mente. Se nos ha dado la visión de la impecabilidad y la certeza de que hemos sido creados del Amor. Esa es la visión que debemos compartir y así la conservaremos.

Para finalizar este análisis sobre el Principio 15, me gustaría aludir a la enseñanza recogida en la Lección 159: “Doy los milagros que he recibido”.

Es una verdad obvia, que nadie puede dar lo que no ha recibido, o lo que es lo mismo, existe una condición previa al dar, el recibir. Mientras que la visión del ego cree que para poseer una cosa tiene que conservarla, la visión espiritual nos enseña todo lo contrario, al dar es como se reconoce que hemos recibido y que aquello que tienes es tuyo.

Hemos dicho anteriormente, que somos tal y como Dios nos ha creado, Hijos del Amor. Por lo tanto, estamos en condiciones de afirmar que podemos expandir esa Fuerza que es nuestra o lo que es lo mismo, estamos llamados a dar y compartir todos los milagros, pues todos son expresiones del amor.


La visión de la unicidad, es la visión de Cristo. Dicha visión es un milagro. Como expresa dicha Lección, “la visión de Cristo es el milagro del que emanan todos los demás milagros. Es su fuente, y aunque permanece con cada milagro que das, sigue siendo tuya. Es el vínculo mediante el cual el que da y el que recibe se unen en el proceso de extensión aquí en la tierra, tal como son uno en el Cielo”.

sábado, 28 de enero de 2017

Principio 15: Todos los días deberían consagrarse a los milagros.

 PRINCIPIO 15


Todos los días deberían consagrarse a los milagros. El propósito del tiempo es que aprendas a usarlo de forma constructiva. El tiempo es, por lo tanto, un recurso de enseñanza y un medio para alcanzar un fin. El tiempo cesará cuando ya no sea útil para facilitar el aprendizaje.


“Básicamente, este principio expone la meta fundamental del Curso, que es ayudarnos a que pasemos cada hora del día, todos los días de nuestras vidas, en una continua contemplación de todas las cosas como el Espíritu Santo nos pide que las contemplemos. Esto quiere decir que continuamente veamos todo lo que ocurre en nuestras vidas como lecciones que Él quiere que aprendamos que cada cosa que ocurre es una oportunidad de aprendizaje si nos aprovechamos de la misma. Así, todo lo que confrontamos debemos verlo como una oportunidad de escoger el agravio del ego o el milagro del Espíritu Santo”.

He querido compartir las palabras de Kenneth Wapnick como introducción a este artículo, en el que vamos a reflexionar sobre la utilidad del tiempo, que aun siendo una ilusión, se puede utilizar como un recurso de enseñanza y como el medio que ha de llevarnos a comprender que el tiempo no es real. Como bien establece este Principio, el final del tiempo llegará cuando ya no sea útil para nuestro aprendizaje.

¿Cómo debemos vivir el día a día?

No somos conscientes de ello, pero cada día, cada hora y cada minuto, e incluso cada segundo, estamos decidiendo entre el ego y el Espíritu Santo.  Cuando nuestra mente elige en favor de la culpa­bilidad, entonces servimos al ego; cuando la elección es a favor de la inocencia, servimos al Espíritu Santo. Como bien señala el Curso, “de lo único que disponemos es del poder de decisión”.

Las Lecciones del Libro de Ejercicios son de gran ayuda para entrenar nuestra mente y para señalar, de forma metódica, la orientación que debemos dar a nuestros pensamientos para que vayan, progresivamente, desvinculándose de su apego al ego y promoviendo el despertar dentro del sueño.
Mi experiencia sobre este particular, es que al tratarse de una técnica de entrenamiento, los resultados obtenidos estarán proporcionalmente relacionados con el esfuerzo realizado, es decir, con la perseverancia y concentración dedicada.

Existe una oración en el Libro de Ejercicios que define hacia dónde debemos orientar nuestra voluntad cada día:

“Padre mío, permanece en mi mente desde el momento en que me despierte, y derrama Tu luz sobre mí todo el día. Que cada minuto sea una oportunidad más de estar Contigo. Y que no me olvide de darte las gracias cada hora por haber estado conmigo y porque siempre estás ahí presto a escucharme y a contestarme cuando te llamo. Y al llegar la noche, que todos mis pensamientos sigan siendo acerca de Ti y de Tu Amor. Y que duerma en la confianza de que estoy a salvo, seguro de Tu cuidado y felizmente consciente de que soy Tu Hijo”. (L.pII.232.1)

Es bien cierto que vivir en el “mundanal ruido”, nos distrae en el objetivo propuesto, pero a pesar de ello, es muy importante recordar, que es muy posible escuchar la Voz de Dios durante todo el día sin que ello interrumpa para nada nuestras actividades normales. La parte de nuestra mente donde reside la verdad está en constante comunica­ción con Dios, tanto si somos conscientes de ello como si no. Es la otra parte de nuestra mente la que opera en el mundo y la que obedece sus leyes. Ésa es la parte que está constantemente distraída, y que es desorganizada y sumamente insegura. (L.pI.49.1)

El ego cree saber cómo resolver sus problemas, sus conflictos, pues necesita tener la convicción de que él dirige su vida. Pero aquel que ha fabricado un mundo ilusorio y erróneo, no puede mas que aportar soluciones ilusorias y erróneas, con lo cual, el único y verdadero problema no se soluciona jamás.

La Lección 242 del Libro de Ejercicios, nos insta a que no tratemos de dirigir la vida por nuestra cuenta, ya que al reconocer que no entendemos el mundo, tratar de dirigirlo es una locura. Al mismo tiempo, reconoce, que hay Alguien que sí sabe lo que más nos conviene, el cual se alegra de tomar por nosotros, únicamente, aquellas decisiones que nos conducen a Dios.
Debemos pues, poner en Sus manos todas las decisiones y todos los temas del día, teniendo la total certeza de que Él –Espíritu Santo-, conoce el camino que nos conducirá a Dios.

Y así, ponemos este día en Tus Manos. Venimos con mentes comple­tamente receptivas. No pedimos nada que creamos desear. Concédenos tan sólo lo que Tú deseas que recibamos. Tú conoces nuestros deseos y necesidades. Y nos concederás todo lo que sea necesario para ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva hasta Ti. (L.pII.242.2)

Recomiendo repasar el contenido del Capítulo 30 del Texto, el cual está dedicado a las reglas para tomar decisiones. Se trata de una metodología que nos ayuda a orientar nuestra actitud a lo largo del día.

Me gustaría terminar con dos oraciones extraídas del Libro de Ejercicios, que sin duda nos serán de inspiración:

Quiero pasar este día Contigo, Padre mío, tal como Tú has dispuesto que deben ser todos mis días. Y lo que he de experimentar no tiene nada que ver con el tiempo. El júbilo que me invade no se puede medir en días u horas, pues le llega a Tu Hijo desde el Cielo. Este día será Tu dulce recordatorio de que Te recuerde, la afable llamada que le haces a Tu santo Hijo, la señal de que se me ha concedido Tu gracia y de que es Tu Voluntad que yo me libere hoy”. (L.pII.310.1:2)


Padre, al despertar hoy los milagros corrigen mi percepción de todas las cosas. Y así comienza el día que voy a compartir Contigo tal como compartiré la eternidad, pues el tiempo se ha hecho a un lado hoy. No ando en pos de cosas temporales, por lo tanto, ni siquiera las veré. Lo que hoy busco trasciende todas las leyes del tiempo, así como las cosas que se perciben en él. Quiero olvidarme de todo excepto de Tu Amor. Quiero morar en Ti y no saber nada de ninguna otra ley que no sea Tu ley del amor. Quiero encontrar la paz que Tú creaste para Tu Hijo, y olvidarme, conforme contemplo Tu gloria y la mía, de todos los absurdos juguetes que fabriqué”. (L.pII.346.1:2)

martes, 24 de enero de 2017

Principio 14: Los milagros dan fe de la verdad.

PRINCIPIO 14

Los milagros dan fe de la verdad. Son convincentes porque proceden de la convicción. Sin convicción degeneran en magia, que es insensata, y, por lo tanto, destructiva; o más bien, el uso no creativo de la mente.


Quiero dedicar este artículo al término “verdad”. La afirmación expresada en este Principio, “Los milagros dan fe de la verdad”, me lleva a cuestionarme si la visión que tenemos de la verdad es compartida o, por lo contrario, cada uno es dueño de su verdad.

De las afirmaciones que nos define el diccionario de la Real Academia Española y que a continuación expongo, me quedo con la que determina que uno de los significados del término verdad es “Realidad”.

1. f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente.
2. f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa.
3. f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna.
4. f. Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente.
5. f. Cualidad de veraz. 
6. f. Expresión clara, sin rebozo ni lisonja, con que a alguien se le corrige o reprende. 
7. f. Realidad (‖ existencia real de algo).

Esta definición no lleva a una cuestión que ya hemos analizado en estos artículos (http://aprendiendouncursodemilagros.blogspot.com.es/2015/01/retomo-la-iniciativa-emprendida-de.html) y que nos obliga a definir, igualmente, el concepto “realidad”.
Para la visión del ego, con la cual nos encontramos identificados, lo real es lo que percibe, es decir, el mundo físico y sus leyes.
Sin embargo, a lo largo de los estudios que estamos realizando sobre Un Curso de Milagros, lo que el ego llama real, es precisamente lo contrario, es decir, lo irreal, lo ilusorio, pues todo lo físico está sujeto al cambio y es temporal, mientras que lo real, en este caso, la verdad, se mantiene siempre la misma sin mutación alguna.

Desde el punto de vista espiritual, desde la visión de la eternidad, la realidad es el mundo del cual procedemos, es decir, del Reino del Padre de cuya Mente hemos sido emanados y donde se encuentra nuestro verdadero hogar.

Por lo tanto, podemos decir, que nos encontramos entre dos tipos de pensamientos, uno que contribuye a la verdad y que tiene la cualidad de extenderla, y otro que contribuye a la ilusión y que tiene la propiedad de multiplicarla.

Tal vez te esté preguntando, al igual que yo, que te gustaría conocer dónde se encuentra la verdad.

Sobre este particular, el Curso nos refiere que la luz de la verdad está en nosotros, allí donde Dios la puso. Mientras que el cuerpo es lo que está fuera de nosotros, y no es lo que nos concierne. Nuestro estado natural, es estar sin un cuerpo. Cuando decimos que la verdad se encuentra en nosotros, lo que realmente estamos diciendo es que debemos reconocernos a nosotros mismos tal como somos.

El mundo fabricado por el ego, es el mundo de  la ilusión, pero para el Hijo de Dios ha supuesto la realización de un deseo, el de querer percibir. En ese estado de percepción, la verdad no tiene lugar, pues la verdad no puede percibir, tan solo se puede conocer. Por lo tanto, el mundo físico no tiene cabida en la verdad, tan solo puede tener sentido y ser real fuera de su presencia.

La verdad corregirá todos los errores de nuestra mente que nos induce a creer que estamos separados de Dios, nuestro Creador. Este es el papel que realiza el milagro, y  esta es la razón por la que da fe de la verdad.
El milagro sitúa a la realidad en el lugar que le corresponde. A la realidad le corresponde estar, únicamente en el espíritu, y el mila­gro reconoce únicamente la verdad. El milagro es siempre la negación de ese error –la separación- y la afirma­ción de la verdad –la unidad con Dios y Su creación-.

Podemos afirmar, que la verdad es la ausencia de ilusiones y las ilusiones, la ausen­cia de la verdad.

Aceptar la verdad es una decisión, una elección, un acto de voluntad. La única decisión posible es reconocerla, pues realmente nos pertenece, al ser una extensión de Dios.

La percepción ha dado lugar al error de la separación. A ese estado le hemos llamado sueño. Pero cuando despertemos, veremos la verdad a nuestro alrededor y en nuestro interior. A partir de ese momento, dejaremos de creer en los sueños, pues estos dejarán de ser reales para nosotros.

Nos dice el Curso, que nuestro punto de partida es la verdad y tenemos que retornar a ese origen.

¿Qué debemos hacer para retornar a la verdad?

Buscar primero el Reino de los Cielos porque ahí es donde las leyes de Dios operan verdaderamente, y no pueden sino operar verdaderamente porque son las leyes de la verdad.

La verdad es la Voluntad de Dios. Si compartimos Su Voluntad estaremos compar­tiendo Su conocimiento. Si negamos que Su Voluntad sea nuestra voluntad, estaremos negando Su Reino y el nuestro.

Sobre este particular, Un Curso de Milagros nos refiere lo siguiente:

“Los milagros están en armonía con la Voluntad de Dios, la cual tú no conoces porque estás confundido con respecto a lo que tú dispones. Esto significa que estás confundido con respecto a lo que eres. Si eres la Voluntad de Dios, y no aceptas Su Voluntad, estás negando la dicha. El milagro es, por lo tanto, una lección acerca de lo que es la dicha. Por tratarse de una lección acerca de cómo compartir es una lección de amor, que es a su vez dicha. Todo milagro es, pues, una lección acerca de lo que es la verdad, y al ofrecer lo que es verdad estás aprendiendo a distinguir entre la dicha y el dolor”. (T.C7.X.8:6)

El mejor modo de aprender la verdad, es enseñar a alguien que la verdad es verdad. La verdad simplemente es. La verdad siempre nos acompaña, pues se encuentra en nuestro interior. No se puede perder, buscar ni encontrar, y a pesar de ello, podemos no reconocerla y pensar que no es real para nosotros.

La verdad nos lleva a recordar, que donde Dios está, allí está Su Hijo.

“Mi verdadera Identidad es tan invulnerable, tan sublime e ino­cente, tan gloriosa y espléndida y tan absolutamente benéfica y libre de culpa, que el Cielo la contempla para que ella lo ilumine. Ella ilumina también al mundo. Mi verdadera Identidad es el regalo que mi Padre me hizo y el que yo a mi vez le hago al mundo. No hay otro regalo, salvo éste, que se puede dar o reci­bir. Mi verdadera identidad y sólo Ella es la realidad. Es el final de las ilusiones. Es la verdad. (L.p1.224.1)

Sabemos que el milagro colapsa la ley del tiempo, haciendo que la causa y el efecto se hagan presente en el ahora. En ese instante, el perdón deshace todo error y la mente errónea se convierte en la mente verdadera.
La verdad, al igual que el milagro, trans­ciende al tiempo en tal medida, que toda ella tiene lugar simultá­neamente. Pues al haber sido creada como una sola, su unicidad es completamente independiente del tiempo.

Esta es mi verdad:
  
Soy tal como Dios me creó.
Su Hijo no puede sufrir.
Y yo soy Su Hijo.
  
Recoge este Principio, igualmente, la afirmación de que los milagros sin convicción degeneran en magia, que es insensata, y, por lo tanto, destructiva; o más bien, el uso no creativo de la mente.

“La magia es el uso insensato o mal-creativo de la mente”. (T.C2-V.2:1)

Las enfermedades físicas implican la creencia en la magia. La distorsión que dio lugar a la magia se basa en la creencia de que existe una capacidad creativa en la materia que la mente no puede controlar. Este error puede manifestarse de dos formas: se puede creer que la mente puede crear falsamente en el cuerpo, o que el cuerpo puede crear falsa­mente en la mente. Cuando se comprende que la mente -el único nivel de creación- no puede crear más allá de sí misma, ninguno de esos dos tipos de confusión tiene por qué producirse.

Una de las formas en las que se manifiesta la magia son los medicamentos. Un Curso de Milagros nos refiere respecto a los medicamentos, que son una forma de “hechizo”, pero igualmente advierte, que si se tiene miedo a utilizar la mente para curar, es preferible recurrir a ellos.

Así lo expresa Kenneth Wapnick: “Si usted tiene un dolor de cabeza penetrante y se toma una aspirina, eso puede quitarle el dolor de cabeza, pero no eliminará el dolor de la culpa que lo llevó a producírselo. Por esa razón el Curso dice que use la magia si cree en ella, pero que no crea que ésta resuelve sus problemas”.

domingo, 22 de enero de 2017

Principio 13: Los milagros son a la vez comienzos y finales, y así, alteran el orden temporal.

PRINCIPIO 13


Los milagros son a la vez comienzos y finales, y así, alteran el orden temporal. Son siempre afirmaciones de renacimiento que parecen retroceder, pero que en realidad van hacia adelante. Cancelan el pasado en el presente, y así, liberan el futuro.


Debo reconocer, que este Principio se refiere a uno de los temas, metafísicos, que más me ha enseñado el Curso: el enfoque del tiempo y la ley de causa-efecto.

Si desarrollamos una de las aplicaciones de la ley de causación y la teoría de la reencarnación, observamos que las relaciones se basan en la creencia en la deuda, es decir, en la culpabilidad. Volvemos al mundo, una y otra vez, con la intención de cubrir nuestras necesidades, de pagar nuestras deudas, de rectificar la violación de las leyes que hayamos perturbado con nuestro comportamiento en una vida pasada. Es decir, trasladamos a nuestro presente, la carga de “destino” que hemos dejado pendiente y que ahora decidimos retomar para superar lo que en otro momento no superamos. Podríamos decir, que repetimos curso y nos encontramos con las mismas asignaturas que no fuimos capaces de aprobar.

Estamos considerando una situación que forma parte de la ilusión, que forma parte del sueño, pues el mundo físico, y la dimensión espacio-temporal, son fruto de la fabricación de la mente errónea, la cual, como señalábamos en el análisis del anterior Principio, colapsa las ondas existentes en el campo de las infinitas posibilidades convirtiéndola en partículas, la forma básica de la materia. Sin embargo, y a pesar de esta realidad, es necesario que analicemos una de las creencias más arraigadas en el ego, pues en verdad es su ilusoria creación: el tiempo.

Hagamos un breve recorrido sobre la idea del tiempo y analicemos lo que nos dice Un Curso en Milagros.

¿Cómo surge la creencia en el tiempo? 
Tuvo que surgir, tras el acto transgresor de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal, lo que llevó a Dios a expulsarle de esa tierra paradisiaca y mandarles al Este del Edén. Esta acción, dio lugar a la creencia en el pecado y a la falsa creencia de la “separación”. Ese tránsito de la consciencia, desde la Unidad a la separatividad, desde la Abundancia a la necesidad, originó la visión lineal de la ley de causa y efecto, es decir, un acto da lugar a un efecto, y este proceso se origina en lo que se ha llamado la secuencia del tiempo.

"Antes de la "separación", que es lo que sig­nifica la "caída", no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que tú te privas a ti mismo. Actúas de acuerdo con el orden particu­lar de necesidades que tú mismo estableces. Esto, a su vez, depende de la percepción que tienes de lo que eres.

La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto.

La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No te puedes comportar con eficacia mientras operes en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagas, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque crees que vives en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias". (T.C1.VI.1:6)

Podríamos decir que la eternidad es una idea de Dios, mientras que el tiempo es una creencia del ego. El único aspecto del tiempo que es eterno es el ahora.

Nos refiere el Curso que hemos elegido estar en el tiempo en vez de en la eternidad, y, por consiguiente, creemos estar en el tiempo. No nos corresponde estar en el tiempo. Nos corresponde estar únicamente en la eternidad, donde Dios Mismo nos ubicó para siempre. Son los sentimientos de culpabilidad los que perpetúan el tiempo.
En esto consiste la continuidad del ego, la cual le proporciona una falsa sensación de seguridad al creer que no podemos escaparnos de ella.

El Espíritu Santo hace uso del tiempo, pero no cree en, él.

Me pregunto, ¿qué utilidad tiene el tiempo? Dentro del sueño, ¿qué funcionalidad podría aportarnos?

“Tanto el tiempo como la eternidad se encuen­tran en tu mente, y estarán en conflicto hasta que percibas el tiempo exclusivamente como un medio para recuperar la eterni­dad. Tienes que aprender que el tiempo sólo existe para que hagas uso de él, y que nada en el mundo puede eximirte de esa responsabili­dad”. (T.C10.1:2-4)

El tiempo en sí es algo que tú elegiste. Si quie­res recordar la eternidad, debes contemplar sólo lo eterno. Si permites que lo temporal te preocupe, estarás viviendo en el tiempo. Como siempre, tu elección estará determinada por lo que valores. El tiempo y la eternidad no pueden ser ambos rea­les porque se contradicen entre sí. Sólo con que aceptes lo intem­poral como lo único que es real, empezarás a entender lo que es la eternidad y a hacerla tuya”. (T.C10.V.14)

¿Cómo usa el Espíritu Santo en tiempo, dentro del sueño, aun no creyendo en él?

“El Espíritu Santo es invisible, pero puedes ver los resultados de Su Presencia, y por ellos te darás cuenta de que Él está ahí. Es claro que lo que Él te capacita para hacer no es de este mundo, pues los milagros violan todas las leyes de la realidad tal como este mundo la juzga. Las leyes del tiempo y del espacio, del volumen y de la masa son transcendidas, pues lo que el Espíritu Santo te capacita para hacer está claramente más allá de todas ellas. Al percibir Sus resultados, comprenderás dónde debe estar Él, y sabrás por fin lo que Él es.
Los milagros son Sus testigos, y hablan de Su Presencia”. (T.C12.VII.3)
  
Retomando la idea original de este Principio, en el que se refiere que el milagro “cancela el pasado en el presente, y así, libera el futuro”,  lo que realmente nos está revelando es que el milagro nos lleva al estado original en el que aún conservábamos la visión de la inocencia, de la invulnerabilidad, pues carecíamos de todo pensamiento de culpabilidad.

“Sólo me­diante la culpabilidad puedes aferrarte al pasado. Pues la culpa­bilidad determina que serás castigado por lo que has hecho, y, por lo tanto, depende del tiempo unidimensional, que comienza en el pasado y se extiende hasta el futuro. Nadie que crea esto puede entender lo que significa "siempre", y de este modo la culpabilidad le impide apreciar la eternidad. Eres inmortal por­que eres eterno, y "siempre" no puede sino ser ahora. La culpa­bilidad, pues, es una forma de conservar el pasado y el futuro en tu mente para asegurar de este modo la continuidad del ego. Pues si se castiga el pasado, la continuidad del ego queda garan­tizada”. (T. C13.I.8)

El "ahora" no significa nada para el ego. El presente tan sólo le recuerda viejas heridas, y reacciona ante él como si fuera el pasado. El ego no puede tolerar que te liberes del pasado, y aunque el pasado ya pasó, el ego trata de proteger su propia imagen reaccionando como si el pasado todavía estuviese aquí.

Los milagros son a la vez comienzos y finales, y así, alteran el orden temporal, o dicho de otra manera, los milagros son a la vez causa y efecto, lo que significa que el tiempo se colapsa en un instante, y en ese instante el Espíritu Santo, deshace el error basado en la culpa y donde antes hubo antiguos odios, ahora todo es amor.

Así lo expresa Kenneth Wapnick en su obra “Los 50 Principios de los milagros”:

si tenemos un enorme problema de culpa que hemos expresado en cierta área de nuestras relaciones, hay algo que hacemos continuamente que refuerza el odio a nosotros mismos o nuestra creencia en la separación. En el lapso ordinario de tiempo, podría tomarnos diez vidas trascender esto, el regresar una y otra vez hasta que lo hayamos superado. No obstante, si elegimos solucionar este difícil problema, lo que generalmente significa una relación o una situación que el mundo juzga difícil, repleta de dolor, angustia y sufrimiento, y que en realidad podríamos mirar de un modo diferente, lo cual implica entender básicamente que no somos víctimas ni de esta otra persona ni de nosotros mismos, entonces podremos erradicar el problema en una sola vida. Esto es lo que quiere decir el Curso al afirmar que podríamos ahorrar tiempo o que podríamos ahorrar mil años. Eso es lo que significa que el milagro abole el tiempo, o que "altera el orden temporal." No abole el lapso de tiempo en su totalidad; no es eso lo que hace. Lo que sí hace es colapsar la cantidad de tiempo que nos tomaría erradicar el enorme problema de culpa que tenemos”.

Me gustaría terminar este artículo con una aportación extraída del Curso y que nos enseña cómo podemos hacer un uso correcto, dentro del sueño, del tiempo:

“Tú también interpretarás la función del tiempo según interpre­tes tu propia función. Si aceptas que tu función en el mundo del tiempo es curar, harás hincapié únicamente en el aspecto del tiempo en el que la curación puede tener lugar. La curación no se puede llevar a cabo en el pasado. Tiene que llevarse a cabo en el presente para así liberar el futuro. Esta interpretación enlaza el futuro con el presente, y extiende el presente en vez del pasado. Mas si crees que tu función es destruir, perderás de vista al pre­sente y te aferrarás al pasado a fin de asegurar un futuro destruc­tivo. Y el tiempo será tal como tú lo interpretes, pues, de por sí, no es nada”. (T.C13.IV.9)

El tiempo puede liberar así como aprisionar, dependiendo de quién es la interpretación de éste que eliges usar. El pasado, el presente y el futuro no son estados continuos, a no ser que impon­gas continuidad en ellos. Puedes percibirlos como que son conti­nuos, y hacer que lo sean para ti. Pero no te engañes y luego creas que realmente lo son. Pues creer que la realidad es lo que a ti te gustaría que fuese, de acuerdo con el uso que haces de ella, es ilusorio. Quieres destruir la continuidad del tiempo dividiéndolo en pasado, presente y futuro para tus propios fines. Quieres pre­ver el futuro basándote en tus experiencias pasadas, y hacer pla­nes de acuerdo con esas experiencias. Sin embargo, al hacer eso estás alineando el pasado con el futuro, y no estás permitiendo que el milagro, que podría intervenir entre ellos, te libere para que puedas renacer”. (T.C13.VI.4)

El presente existe desde antes de que el tiempo diese comienzo y seguirá existiendo una vez que éste haya cesado. En el presente se encuentran todas las cosas que son eternas, las cuales son una. La continuidad de esas cosas es intemporal y su comunicación jamás puede interrumpirse, pues no están separadas por el pasado. Sólo el pasado puede producir separación, pero el pasado no está en ninguna parte”. (T.C13.VI.6:5)

El ahora es el momento de la salvación, pues en el ahora es cuando te liberas del tiempo.