lunes, 21 de septiembre de 2015

Principio 46: "El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado".

PRINCIPIO 46

El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado. Los milagros no entrañan ese tipo de comunicación, debido a que son medios temporales de comunicación. Cuando retornes a la forma original de comunicación con Dios, por revelación directa, los milagros dejarán de ser necesarios.


Dios creó a cada mente comunicándole Su Mente, y estableciéndola así para siempre como un canal para Su Mente y Su Voluntad”.

“Tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comuni­cación”.

Con estas dos afirmaciones, doy comienzo al estudio de un tema que considero de gran interés, la comunicación, cuya interpretación bajo las enseñanzas de Un Curso de Milagros, adquiere un significado muy diferente al que le otorga el saber convencional. A lo largo de este análisis tendremos ocasión de hablar de los distintos rostros de la comunicación.

La primera frase con la que hemos dado comienzo a este artículo, nos enseña que somos frutos de la comunicación, pues fue la vía elegida por nuestro Creador para dar lugar a nuestra existencia y a nuestro estado de ser.
Podemos decir, que el estado natural de relación con nuestro Creador es la comunicación directa o revelación.

Sin embargo, esa comunicación directa se interrumpió al inventar, el Hijo de Dios, otra voz.

Es importante que recordemos que Dios no está dentro de nosotros en un sentido literal, más bien, nosotros formamos parte de Él. Cuando elegimos abandonarlo nos dio una Voz para que hablase por Él, pues ya no podía compartir Su conocimiento con nosotros libre­mente. Esa Voz es el Espíritu Santo.
Dios no guía porque lo único que puede hacer es compartir Su perfecto conocimiento. Guiar entraña evaluación, ya que implica que hay una manera correcta de proceder y otra incorrecta, una que se debe escoger y otra que se debe evitar. Al escoger una, renunciamos a la otra. Elegir al Espíritu Santo es elegir a Dios.

El Espíritu Santo es nuestro Guía a la hora de elegir. Reside en la parte de nuestra mente que siempre habla en favor de la elección correcta porque habla por Dios. Él es el último nexo de comuni­cación que nos queda con Dios, comunicación que podemos inte­rrumpir, pero no destruir.

Hablemos de la comunicación desde la perspectiva del ego.

El ego es aquella parte de la mente que cree que lo que define nuestra existencia es la separación. Lo único que el ego percibe es un todo separado, desprovisto de las relaciones que presupone el estado de ser. El ego, por lo tanto, está en contra de la comunicación, excepto cuando se utiliza para establecer separación en vez de para abolirla. El sistema de comunicación del ego se basa en su propio sistema de pensa­miento, al igual que todo lo demás que él impone. Su comunica­ción está controlada por la necesidad que tiene de protegerse, e interrumpirá la comunicación siempre que se sienta amenazado. Esta interrupción es una reacción hacia una o varias personas determinadas. El carácter específico de la manera de pensar del ego da lugar, entonces, a generalizaciones falsas que no son realmente abstractas en absoluto. El ego simplemente responde, de ciertas formas específicas, a todo lo que percibe como relacionado.

Decíamos al principio, que tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comunicación. La existencia, sin embargo, es específica en cuanto a qué, cómo y con quién vale la pena entablar comunicación. El estado de ser carece por completo de estas distinciones. Es un estado en el que la mente está en comunicación con todo lo que es real. En la medida en que permitamos que ese estado se vea coartado, en esa misma medida estaremos limitando la idea que tenemos acerca de nuestra propia realidad, la cual se vuelve total únicamente cuando reconocemos a toda la realidad en el glorioso contexto de la verdadera relación que tiene con nosotros.

Podemos leer en el Texto de UCDM  con respecto a Dios, que a menos que desempeñemos el papel que nos corresponde en la creación, Su gozo no será total porque el nuestro no lo es. Y Él ciertamente sabe esto. Lo sabe en Su Propio Ser y en la experiencia que Su Ser tiene de la experiencia del Hijo. El constante fluir de Su Amor se obstruye cuando Sus canales están cerrados, y se siente solo cuando las mentes que Él creó no se comunican plenamente con Él.

La revelación no es suficiente porque es una comunicación de Dios hacia nosotros solamente. Dios no tiene necesidad de que se le devuelva la revelación, lo cual sería claramente imposible, pero sí desea que se transmita a otros. Esto no se puede hacer con la revelación en sí, pues su contenido no puede ser expresado debido a que es algo sumamente personal para la mente que lo recibe. No obstante, dicha mente la puede extender a otras men­tes, mediante las actitudes generadas por la sabiduría que se deriva de la revelación.

Para el ego, la comunicación es separación, pues separa mediante el cuerpo, el único referente de su identidad. El Espíritu Santo, en cambio, utiliza el cuerpo para llegar a otros a través de él.

Para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación. Al ser el nexo de comunicación entre Dios y Sus Hijos separados, el Espíritu Santo interpreta todo lo que hemos hecho a la luz de lo que Él es.
No percibimos a nuestros hermanos tal como el Espíritu Santo lo hace porque no creemos que los cuerpos sean únicamente medios para unir mentes.

¿Qué características tiene las vías de comunicación fabricadas por el ego?

Hablamos haciendo uso de símbolos turbios y engañosos y no entendemos el lenguaje que hemos inventado. No tiene sentido, pues su propósito no es facilitar la comunicación, sino interrum­pirla. Si el propósito del lenguaje es facilitar la comunicación, ¿cómo puede tener sentido dicha lengua? Mas incluso este extraño y tergiversado esfuerzo de querer comunicar no comunicando, contiene suficiente amor como para hacer que tenga sen­tido si su intérprete no es su hacedor. Nosotros que la inventamos sólo estamos expresando conflictos, y el Espíritu Santo quiere liberarnos de ellos.

Por lo tanto, pongamos en Sus manos lo que queremos comunicar. Él lo inter­pretará con perfecta claridad, pues sabe con Quién estás en per­fecta comunicación.

Otra peculiaridad es que no sabemos lo que decimos, y, por lo tanto, no sabemos lo que se nos dice, pero nuestro Intérprete se da cuenta de lo que queremos decir en nuestro extraño lenguaje. Él no intentará comunicar lo que no tiene sen­tido, sino que separará todo lo que lo tiene, descartando el resto, y les transmitirá a aquellos que verdaderamente quieran comunicarse con nosotros lo que en verdad queremos comunicarles. Hablamos dos lenguajes al mismo tiempo, lo cual no puede sino ser algo ininte­ligible. Mas si uno de ellos no tiene sentido y el otro lo tiene, sólo este último puede utilizarse para la comunicación. El otro no haría sino obstruirla.

La comunicación desde la perspectiva del milagro.

El milagro es en gran medida como el cuerpo, en el sentido de que ambos son recursos de aprendizaje para facilitar un estado en el que finalmente se hacen innecesarios. Cuando se alcanza el estado original de comunicación directa con el espíritu, ni el cuerpo ni el milagro tienen objeto alguno. Es por ello, que el título de este Principio nos enseña que el milagro son medios temporales de comunicación.

Por otro lado, para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.


La comunicación directa: la revelación.

La revelación produce una suspensión completa, aunque tem­poral, de la duda y el miedo. Refleja la forma original de comuni­cación entre Dios y Sus creaciones, la cual entraña la sensación extremadamente personal de creación que a veces se busca en las relaciones físicas.

La revelación nos une directamente a Dios.

La revelación es algo intensamente personal y no puede trans­mitirse de forma que tenga sentido. De ahí que cualquier intento de describirla con palabras sea inútil. La revelación induce sólo a la experiencia.

La revelación es literalmente inefable porque es una experiencia de amor inefable.

Las revelaciones son indirectamente inspiradas por Jesús debido a su proximidad al Espíritu Santo y a que se mantiene alerta para cuando, nosotros, sus hermanos estemos listos para recibir la revelación. De esta manera puede obtener para nosotros más de lo que podríamos obtener para nosotros mismos.

El Espíritu Santo es el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia nosotros. La revelación no es recíproca. Procede de Dios hacia nosotros, pero no de nosotros hacia Dios.

Pongo punto final a este estudio compartiendo con todos vosotros el contenido que se recoge en las Lecciones del Libro de Ejercicios de UCDM:

La revelación de que el Padre y el Hijo son uno alboreará en toda mente a su debido tiempo. Sin embargo, ese momento lo determina la mente misma, pues es algo que no se puede enseñar.
Ese momento ya ha sido fijado. Esto parece ser bastante arbi­trario. No obstante, no hay nadie que dé ni un solo paso al azar a lo largo del camino. Todos lo han dado ya, aunque todavía no hayan emprendido la jornada. Pues el tiempo tan sólo da la impresión de que se mueve en una sola dirección. No hacemos sino emprender una jornada que ya terminó. No obstante, parece como si tuviera un futuro que todavía nos es desconocido”.
(Lección 158. Libro de Ejercicios)

Sea cual sea el momento que la mente haya fijado para la revelación ello es com­pletamente irrelevante para lo que no puede sino ser un estado constante, eternamente como siempre ha sido, y como ha de seguir siendo eternamente. Nosotros simplemente asumimos el papel que se nos asignó hace mucho, y que Aquel que escribió el guión de la salvación en el Nombre de Su Creador y en el Nombre del Hijo de Su Creador, reconoció como perfectamente realizado”. (Lección 169. Libro de Ejercicios)

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Principio 45: "Un milagro nunca se pierde"

PRINCIPIO 45

Un milagro nunca se pierde. Puede afectar a mucha gente que ni siquiera conoces, y producir cambios inimaginables en situaciones de las que ni siquiera eres consciente.


Encontramos en el estudio de este Principio, una similitud con lo expresado en el Principio 35, “Los milagros son expresiones de amor, pero puede que no siempre tengan efectos observables”, si bien, cuando lo analizamos, nos centramos especialmente en desarrollar, principalmente, la idea del amor.

Hoy, vamos a tocar el aspecto que nos quedó “pendiente” en aquella ocasión y que, este nuevo Principio, nos ofrece la oportunidad de analizar.

 A título de introducción, me gustaría compartir la siguiente frase:

“Cuando le ofreces un milagro a cualquiera de mis hermanos, te lo ofreces a ti mismo y me lo ofreces a mí”.

Ya hemos dicho, a lo largo de estos estudios, que los milagros se dan en la mente que está lista para ellos, es decir, dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello.

Podemos leer en el Texto del Curso, que la naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador.

He sido testigo, en más de una ocasión, de la preocupación mostrada por muchos estudiantes al desconocer el resultado que alcanza su actitud milagrosa.

En respuesta a ello, el Curso nos indica que el hecho de que el milagro pueda tener efectos en nuestros herma­nos de los que ni siquiera somos conscientes no debe preocuparnos.  Ahondando en este mensaje, debemos recordar que el milagro siempre nos bendice. Los milagros que no se nos haya pedido hacer no dejan de tener valor, ya que son expre­siones de nuestro estado de gracia, pero no podemos olvidar entregárselo a nuestro Hermano Mayor, Jesús, cuyo absoluto conocimiento del plan en su totalidad, le permite controlar su ejecución.
Si bien es cierto, que la naturaleza impersonal de la mentalidad milagrosa asegura nuestra gracia, pero sólo Él está en posición de saber dónde pueden concederse.

El Curso nos advierte, que los milagros son selectivos únicamente en el sentido de que se canalizan hacia aquellos que los pueden usar en beneficio propio.

En la medida que nos dejamos curar, nos damos cuenta de que junto a nosotros se curan todos los que nos rodean, los que nos vienen a la mente, aquellos que están en contacto con nosotros y los que parecen no estarlo.

Tal vez no los reconozcamos a todos, ni comprendamos cuán grande es la ofrenda que le hacemos al mundo cuando permitimos que la curación venga a nosotros.

Nunca nos curamos solos. Legiones y legiones de hermanos recibirán el regalo que recibimos cuando nos curamos.

Lo que acabamos de indicar, viene a dar respuesta a muchas almas inquietas que se preguntan cómo pueden ayudar a los demás a sanar. En este sentido, se cuestionan si el uso de la plegaria es efectiva.  Sobre este particular, os dejo, la aportación de Kenneth Wapnick, en su obra “Los 50 Principios del Milagro”:

“(…) lo único que Un curso en milagros nos pide es que aceptemos la Expiación para nosotros mismos, lo que significa que pongamos de nuestra parte para que nuestra mente se cure de estos pensamientos. La extensión de ese milagro -Expiación o perdón- no es de nuestra incumbencia, porque nosotros no tenemos idea de lo que es verdaderamente útil. Nuestra única responsabilidad -aceptar la Expiación para nosotros mismos- es escoger el perdón o el milagro.

Pregunta: ¿Qué hay con la oración intercesora? ¿Cómo se ajusta a esto?
Respuesta: No se ajusta, por lo menos en la manera corriente de pensar en ella. Primero, a Dios no hay que decirle lo que tiene que hacer; es sencillamente una locura pensar así. Segundo, y aún más importante, como dije antes, una vez oramos por los demás, estamos diciendo que hay un problema allá afuera, y caemos de nuevo en la trampa del ego. No rezamos por los demás, lo hacemos por nosotros mismos, que nuestras mentes, que creían que había una forma de oscuridad afuera, se sanen. Las primeras secciones del Canto de la oración plantean esto muy claramente. En verdad oramos por ayuda para salirnos de en medio, de modo que el Espíritu Santo pueda extenderse a otras mentes a través de nosotros”.

No quiero poner fin a este análisis sin compartir algunas de las joyas con la que nos regala la obra “Psicoterapia y el Canto de Oración”. Son algunas pinceladas, pues el tema del terapeuta y de la oración, lo considero de una gran importancia como para ocupar un tema monográfico.
  
“La oración es el mayor regalo con el cual Dios bendijo a Su Hijo al crearlo.  Era ésta entonces lo que ha de llegar a ser: la única voz que el Creador y la creación comparten; el canto que el Hijo entona al Padre, Quien devuelve a Su Hijo las gracias que el canto Le ofrece. Perpetua la armonía, y perpetua también la feliz concordia del amor que eternamente se profesan uno a otro.  Y en esto la creación se extiende.  Dios da gracias a Su extensión en Su Hijo. Su Hijo da gracias por su creación, en el canto de su crear en Nombre de Su Padre.  El amor que comparten es lo que toda oración habrá de ser por toda la eternidad, cuando el tiempo termine.  Porque así era antes de que el tiempo pareciese existir”.

“Para ti que te encuentras brevemente en el tiempo, la oración toma la forma que mejor se ajusta a tu necesidad.  Sólo tienes una. Lo que Dios creó uno debe reconocer su unidad, y alegrarse de que lo que las ilusiones parecían separar es por siempre uno en la Mente de Dios.  La oración debe ser ahora el medio por el cual el Hijo de Dios abandona las metas e  intereses separados, y vuelve en sagrada alegría a la verdad de la unión en su Padre y en sí mismo”.

“La oración es un camino que el Espíritu Santo ofrece para alcanzar a Dios.  No es sólo una pregunta o una súplica. No puede tener éxito hasta que te des cuenta de que no pide nada. ¿De qué otra forma podría cumplir su propósito?  Es imposible orar pidiendo ídolos y tener esperanzas de alcanzar a Dios.
La verdadera oración debe evitar la trampa de la súplica.  Pide, en su lugar, recibir lo que ya se ha dado; aceptar lo que ya está ahí”.

“El secreto de la verdadera oración es olvidar las cosas que crees necesitar.   Pedir lo específico es muy similar a reconocer el pecado y luego perdonarlo.  De la misma manera, también en la oración pasas por encima de tus necesidades específicas tal como tú las ves, y las abandonas en Manos de Dios. Allí se convierten en tus regalos para Él, pues Le dicen que no antepondrías otros dioses a ÉI; ningún  Amor  que  no sea  el Suyo. ¿Cuál otra podría ser Su Respuesta sino tu recuerdo de Él?
¿Puede  esto  cambiarse  por  un  trivial  consejo  acerca  de  un problema  de  un  instante  de  duración?
Dios responde únicamente por la eternidad. Pero aun así todas las pequeñas  respuestas  están contenidas en ésta”.

“Orar es hacerse a un lado; es abandonarse, es un sereno instante para escuchar y amar.   No debe confundirse  con  súplica  alguna,  porque es una manera de recordar tu santidad. ¿Por qué debería suplicar la santidad, si tiene pleno derecho a todo lo que el amor puede ofrecer? Y es al Amor adonde vas en la oración. La oración es una ofrenda; es renunciar a ti mismo para ser uno con el Amor. No hay nada que pedir porque no queda nada que desear. Esa nada se convierte en el altar de Dios. Desaparece en Él”.

“También es posible alcanzar una forma más elevada de pedir -desde la necesidad-, puesto que en este mundo la oración es reparativa, y por lo tanto debe establecer niveles de aprendizaje. Aquí, la petición puede ser dirigida a Dios con creencia sincera, aunque aún sin comprensión. Un vago y usualmente inestable sentido de identificación se ha alcanzado generalmente, pero tiende a opacarlo un sentimiento de pecado de profundo arraigo. Es posible en este nivel continuar pidiendo cosas de este mundo en varias formas, y también es posible pedir regalos como la honestidad o la bondad, y particularmente el perdón de las muchas fuentes de culpa que inevitablemente yacen bajo cualquier oración de necesidad. Sin culpa no existe escasez. Los que no han pecado no tienen necesidades”.

“En este nivel viene también la curiosa contradicción de términos conocida como -orar por nuestros enemigos-. La contradicción  no se encuentra en las palabras mismas, sino más bien en la manera como usualmente se interpretan.   Mientras creas que tienes enemigos, has limitado la oración a las leyes del mundo, y también has limitado tu habilidad de recibir y aceptar a los mismos estrechos márgenes. Y aun así, si tienes enemigos tienes necesidad de oración, y una muy grande por cierto.
¿Qué significa la frase realmente? Ora por ti mismo, para que no busques aprisionar a Cristo y de esa manera pierdas el reconocimiento de tu propia Identidad.  No le seas traidor a nadie, o te traicionarás a ti mismo”.

“Que nunca  se olvide  que la oración  en cualquier  nivel  es siempre  por ti mismo. Si te unes a cualquiera en oración, lo haces parte de ti. El enemigo eres tú, lo mismo que el Cristo. Antes de que pueda tornase santa, pues, la oración se vuelve una decisión.  Tú no decides por otro. Sólo puedes escoger por ti mismo. Ora verdaderamente por tus enemigos, puesto que aquí radica tu salvación. Perdónalos por tus pecados, y serás realmente perdonado”.

Con esta termino:

“Ahora la oración se eleva del mundo de las cosas, de los cuerpos, y de los dioses de toda clase, y puedes descansar en santidad al fin.  La humildad ha venido a enseñarte cómo entender tu gloria como Hijo de Dios, y reconocer la arrogancia del pecado. Un sueño te ha velado la faz de Cristo. Ahora puedes contemplar Su impecabilidad. Alto se ha elevado la escalera. Has llegado casi hasta el Cielo. Hay poco más que aprender antes de completar el viaje. Ahora puedes decir a todo aquel que venga a unirse en oración contigo:

No puedo ir sin ti, pues eres parte de mí.

Y así lo es en verdad. Ahora puedes orar sólo por lo que verdaderamente compartes con él. Pues has comprendido que jamás se fue, y que tú, que parecías solo, eres uno con él”.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Principio 44: "Los milagros son expresiones de una conciencia interna de Cristo ,,,"

PRINCIPIO 44

Los milagros son expresiones de una conciencia interna de Cristo y de haber aceptado Su Expiación.

He observado, que la descripción del título de este Principio difiere en la transcripción de la palabra conciencia, con la que nos aporta Kenneth Wapnick en su obra "Los 50 Principios de Un Curso en Milagros", en la cual utiliza el término consciencia. Podría tratarse de un lapsus ortográfico, de hecho, en el Texto del Curso tan sólo se utiliza la palabra conciencia, en ningún caso, "consciencia".

Sin embargo, he podido comprobar que existen publicaciones que desarrollan las diferencias existentes entre ambos términos. Yo he mismo, he participado en conversaciones y debates sobre este particular y he argumentado a favor de esa diferenciación.
En verdad, en el Curso tan sólo he encontrado una referencia al concepto conciencia escrita en mayúscula:

Si te entregases tal como tu Padre entrega Su Ser, entenderías lo que es la Conciencia de Ser. Y con ello entenderías el significado del amor”.

Si bien es cierto, que el Curso nos define claras diferencias cuando se hace alusión a la conciencia del cuerpo y la conciencia del cielo:

Mas por encima de todo, pierdes toda conciencia del cuerpo y dejas de dudar acerca de si todo esto es posible o no”.

La creencia de que puedes dar u obtener otra cosa -algo externo a ti- te ha costado la conciencia del Cielo y la de tu Identidad”.

Creo que merece la pena dedicar este espacio a desarrollar las posibles diferencias de enfoque que podemos encontrarnos al utilizar los términos “conciencia” y “consciencia”. Para ello, voy a presentar dos trabajos que se ocupan de ese propósito.


CONCIENCIA Y CONSCIENCIA

A veces son términos intercambiables, pero no siempre. Con el sentido general de “percepción o conocimiento”, se usan ambas formas.

Conciencia: Conocimiento de lo que nos rodea, en base a los órganos de los sentidos. En sentido moral, como “capacidad de distinguir entre el bien y el mal” (el Pepito Grillo de Pinocho), sólo se usa la forma conciencia. También tener mala conciencia, remorderle a alguien la conciencia, no tener conciencia.

Consciencia: Conocimiento de sí mismo. La consciencia define al ser. Se es consciente de sí mismo y de lo que nos rodea en base a lo que uno Es. Otra definición es la que asocia la consciencia a un estado de unión con la vida universal. Es una expansión continua, igual que el universo.

¿Se puede ser consciente, sin conciencia?

Parece que si apagamos la conciencia, no estamos en el aquí y en el ahora, difícilmente llegaremos a elevar la consciencia. Es lo que nos da a entender el cuento del maestro zen que recibía muchas visitas de personas en busca de consejos:

“Un día recibió a un joven que se tomaba muy en serio su camino espiritual. Se sentía preparado para convertirse en la mano derecha de cualquier gran maestro.

Ese día había llovido cuando el joven llegó a la casa del maestro. El joven se quitó los zapatos y dejó el paraguas antes de entrar en la habitación. Se inclinó ante el maestro y le dijo que le gustaría convertirse en su discípulo.

El maestro sonrió, pero no dijo ni una palabra.

El joven, un poco incomodado por el silencio, le dijo que había estudiado mucho. Que pensaba que estaba llamado a convertirse en uno de los “iluminados”.

El maestro le preguntó: ¿sabes a qué lado de la puerta has dejado el paraguas y a qué lado de la puerta has dejado los zapatos?

N-n-no, tartamudeó el joven, desconcertado, ¿Por qué?

El maestro le respondió de forma muy calmada: “Porqué lo que tu buscas es la consciencia” ¿Y cómo puedes estar consciente si ni siquiera sabes dónde has dejado los zapatos y el paraguas?”

¿Cuál es la diferencia entre una persona que no es consciente y otra que sí lo es?

Si no soy consciente considero que mis límites son fronteras inexpugnables, acumulo límites… En cambio, un ser consciente conoce sus límites y sin embargo aspira a la totalidad, quiere ir más allá de los mismos. (www.karmayoga.es)


La diferencia entre: conciencia, consciencia y Consciencia.
(Extracto del libro: La realización del espíritu. I. Portilla. Editorial Mirlo)

Tener conciencia, ser consciente y la Consciencia en sí misma, son tres conceptos relacionados pero diferentes:

Tener conciencia se relaciona con la ética, la moral y las virtudes humanas. Así, cuando se dice que alguien “tiene conciencia”, significa que es consciente de los valores morales e intenta vivir de acuerdo a los mismos. Por ello, cuando alguien dice que “tiene la conciencia tranquila” se refiere a que no ha hecho nada en contra de dichos valores o que se ha redimido de sus “faltas”, por lo que se encuentra en paz con la existencia.

Ser consciente se utiliza con respecto a algo. Una persona puede ser consciente de muchas cosas: de lo que sucede a su alrededor, de sus emociones y pensamientos, de sus virtudes y defectos, de lo que sucede en su organismo, etc. 
En las prácticas de realización, el concepto de consciencia se asocia a la atención. Por ejemplo, se puede dar la siguiente instrucción: “Prestar atención a las cosas que se ven, sin juzgarlas”, lo cual sirve para tomar consciencia de la percepción visual sin que intervenga el intelecto para su interpretación. Si a esta instrucción, se añade, “…y tomar consciencia del espacio que hay entre las cosas que se ven y en ellas mismas”, entonces se está ligando la consciencia con la Consciencia en sí misma, la cual se describe a continuación:

La Consciencia, en su forma más absoluta, es el espíritu universal, inmutable (constante o que no cambia), presente en todo y en todo momento (eterno). También se puede llamar realidad no-dual (o no-polar) por ser independiente de los cambios o alteraciones que suceden en todo lo que está formado por materia y energía (lo cual es dual o polar -por existir dos polos opuestos que interactúan-). 

La Consciencia se da al mismo tiempo que la conciencia y la consciencia. Así, una persona solo es consciente de algo cuando pone su atención en ello (solo cuando se mira un árbol se toma consciencia de este), sin embargo, la Consciencia siempre está presente independientemente de las cosas que uno perciba (de las que uno sea consciente).

Por ejemplo, una persona puede decirle a otra, “soy consciente de que estás aquí y al mismo tiempo, la percepción de la Consciencia (del espíritu universal) es simultánea y no está localizada solo en ti. Además, cuando miro a otro lado ya no soy consciente de que tú estés aquí, y sin embargo la percepción de la Consciencia sigue siendo obvia independientemente de donde pongo mi atención”.

Con respecto al vínculo entre la conciencia y la Consciencia, hay que diferenciar entre la conciencia ética y la conciencia espiritual. La primera es respecto a los valores propios en condiciones óptimas, y la segunda respecto a los valores que se expresan cuando el espíritu (la Consciencia) es realizado e integrado en el cuerpo-mente. La conciencia ética puede estar más o menos alineada con la consciencia espiritual, y solo es posible su completa alineación, mediante la realización del espíritu universal, y el proceso de alineación espiritual.

Como se puede comprobar, existen evidentes matices que establecen una diferenciación a la hora de utilizar un término u otro. A partir de este punto voy a centrarme en las aportaciones que hace Un Curso de Milagros sobre el término conciencia. No lo hemos dicho aún, pero la descripción del título del Principio alude a la “conciencia interna de Cristo”, lo que, sin haber entrado en mayores profundidades, me lleva a pensar que estamos hablando de Consciencia.

Comenzaré con la siguiente frase:

“La conciencia -el nivel de la percepción- fue la primera divi­sión que se introdujo en la mente después de la separación, con­virtiendo a la mente de esta manera en un instrumento preceptor en vez de en un instrumento creador. La conciencia ha sido correctamente identificada como perteneciente al ámbito del ego. El ego es un intento erróneo de la mente de percibirte tal como deseas ser, en vez de como realmente eres. Sin embargo, sólo te puedes conocer a ti mismo como realmente eres, ya que de eso es de lo único que puedes estar seguro. Todo lo demás es cuestionable”. (T.3.IV.2:5)

Estamos ante el nacimiento de la conciencia del cuerpo.

Sin embargo, los milagros despiertan nuevamente la conciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconoci­miento es lo que le confiere al milagro su poder curativo.

Nos refiere el Curso, que la revelación nos une directamente a Dios, mientras que los milagros nos unen directamente a nuestro hermano. Ni la revelación ni los milagros emanan de la con­ciencia, aunque ambos se experimentan en ella. La conciencia es el estado que induce a la acción, aunque no la inspira

Y añade: “Cuando se te haya restituido la conciencia de tu estado original pasarás naturalmente a formar parte de la Expiación”.

Sin duda, esta última aportación nos acerca a la idea de la Consciencia, ya que nos indica que recuperaremos nuestra verdadera identidad, es decir, dejaremos de tener una conciencia corporal, para tener una consciencia celestial o espiritual.

En este sentido, el milagro tiene como objeto restable­cer la conciencia de la realidad.

“El propósito de la Expiación es devolvértelo todo, o más bien, devolvérselo a tu conciencia”.

Todo lo que resulta de la conciencia espiritual simplemente se canaliza hacia la corrección.

Únicamente la percepción entraña una conciencia parcial. El verdadero conocimiento transciende las leyes que gobiernan la percepción porque un conocimiento parcial es imposible.

Ya hemos tenido ocasión de referirnos a la Expiación en el desarrollo de otros Principios, pero me gustaría recordar, que tener plena conciencia de la Expiación es, recono­cer que la separación nunca tuvo lugar.

Es cierto, que todo estudiante pasa por fases en las que duda sobre la certeza de su identidad. Las teorías le aportan una base cognoscitiva que ofrecen un nuevo marco para abordar nuevas creencias, pero a la hora de la verdad, a la hora de experimentar el mundo, de percibir, lo físico, que se muestra tan real a los sentidos, se convierte en una dura prueba, en una sutil tentación que pone en jaque nuestra integridad espiritual, nuestra consciencia espiritual.

Tal vez por ello, el Curso nos revela lo siguiente:

Sólo tu conciencia necesita protección, puesto que el estado de ser no puede ser atacado. No obstante, no podrás experimentar una auténtica sensación de que existes mientras sigas teniendo dudas con respecto a lo que eres. Por eso es por lo que es esencial que te mantengas alerta. No permitas que entre en tu mente nin­guna duda acerca de tu existencia o, de lo contrario, no podrás saber con certeza lo que eres. La certeza es el regalo que Dios te hace. La verdad no requiere vigilancia, pero las ilusiones sí”.

Si esto nos ocurre, has reemplazado tu conocimiento por una con­ciencia de sueños” (T10.II.1:5)

En esa conciencia de sueño, hemos perdido la conciencia de nuestra grandeza pues, hemos elegido reemplazarla con algo que hemos inventado.

“Todo ataque es un ataque contra uno mismo. No puede ser otra cosa. Al proceder de tu propia decisión de no ser quien eres, es un ataque contra tu identidad. Atacar es, por lo tanto, la manera en que pierdes conciencia de tu identidad, pues cuando atacas es señal inequívoca de que has olvidado quién eres. Y si tu realidad es la de Dios, cuando atacas no te estás acordando de Él. Esto no se debe a que Él se haya marchado, sino a que tú estás eligiendo conscientemente no recordarlo”.

Quizás nos ayude saber, que el espíritu sabe que la conciencia de todos sus hermanos está incluida en su propia conciencia, tal como está incluida en Dios.

Dentro del sueño, dentro del mundo que hemos elegido inventar, podemos percibir verdaderamente. ¿Qué significa percibir verdaderamente?

Percibir verdaderamente es ser consciente de toda la realidad a través de la conciencia de nuestra propia realidad. Pero para que esto tenga lugar no debemos ver ninguna ilusión, pues la realidad no da cabida a ningún error.

Ya sabemos, que para no caer en el error de identificarnos con la ilusión, contamos con inestimable ayuda del Espíritu Santo, la Voz que habla por Dios.

El Espíritu Santo es la Mente de Cristo, la cual es consciente del conocimiento que yace más allá de la percepción.

Cristo es la extensión del Amor y de la belleza de Dios, tan perfecto como Su Creador y en paz con Él.

Recordemos la frase que da título a este Principio: Los milagros son expresiones de una conciencia interna de Cristo y de haber aceptado Su Expiación”.

Kenneth Wapnick nos indica respecto a este Principio:

“Aquí vemos, una vez más, la idea de que el milagro es la expresión de Cristo, no la consciencia en sí. Esto es lo mismo que discutimos antes -que el milagro es un reflejo de la verdad, no la verdad misma. Aún existe y tiene sentido sólo en el mundo de la ilusión”.

Me gustaría añadir una aportación que podemos encontrar en el Texto y  que considero reconfortante:

Aprender de Cristo es fácil, pues percibir con Él no entraña nin­gún esfuerzo. Sus percepciones son tu conciencia natural, y lo único que te fatiga son las distorsiones que introduces en ésta. Deja que sea el Cristo en ti Quien interprete por ti, y no trates de limitar lo que ves con creencias pueriles indignas del Hijo de Dios. Pues hasta que Cristo no sea aceptado completamente, el Hijo de Dios se considerará a sí mismo huérfano”.

Cristo es el Hijo de Dios que no está en modo alguno separado de Su Padre y cuyos pensamientos son tan amorosos como el Pensa­miento de Su Padre, mediante el cual fue creado.

Cada Hijo de Dios es uno en Cristo porque su ser está en Cristo, al igual como el de Cristo está en Dios.

Si te preguntas, ¿cómo saber si has obtenido la visión de Cristo?, ten en cuenta esto:


La visión de Cristo se otorga en el mismo instante en que se percibe”.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Principio 43: "Los milagros surgen de un estado mental milagroso,.."

PRINCIPIO 43

Los milagros surgen de un estado mental milagroso, o de un estado de estar listo para ellos.



¿Qué nos quiere decir este Principio? ¿Cuál es el estado mental milagroso? ¿Cuándo sabremos que estamos listos para ser un obrador de milagros?

Ya hemos visto a lo largo del estudio que estamos desarrollando sobre los Principios de Un Curso de Milagros, que el Hijo de Dios, antes de adquirir la falsa creencia en la separación, gozaba de un estado mental en el que no se necesitaba nada (jardín del Edén).

Hemos visto, como la identificación con esa falsa creencia, con la ilusión, es una elección. No tenemos por qué continuar cre­yendo lo que no es verdad, a no ser que así lo elijamos.  Todo ello puede literalmente desaparecer en un abrir y cerrar de ojos por­que no es más que una percepción falsa.

El Curso nos enseña que los milagros son expresiones de una orienta­ción milagrosa, y una orientación milagrosa no es otra cosa que una mentalidad recta. Los que poseen una mentalidad recta no exaltan ni menosprecian la mente del que obra milagros ni la del que los recibe. En cuanto que medio de corrección, sin embargo, el milagro no tiene que esperar a que el que los ha de recibir goce de una mentalidad recta. De hecho, su propósito es restituirle su mente recta. Es esencial, no obstante, que el obrador de milagros esté en su mente recta, aunque sea brevemente, o, de lo contrario, será incapaz de re-establecer la mentalidad recta en otros.

No obstante, no debemos confundir a la mente que goza de conocimiento con la mentalidad recta, ya que sólo esta última está vinculada a la percepción verdadera. Podemos tener una mentalidad recta o una mentalidad errada, y aun esto es cuestión de grados, lo cual demuestra claramente que ninguna de ellas tiene nada que ver con el verdadero conocimiento. El término mentalidad recta se debe entender como aquello que corrige la mentalidad errada, y se refiere al estado mental que induce a una percepción fidedigna. Es un estado de mentalidad milagrosa porque sana la percep­ción errónea, lo cual es ciertamente un milagro en vista de como nos percibimos.

La percepción siempre entraña algún uso inadecuado de la mente, puesto que la lleva a áreas de incertidumbre. La mente es muy activa. Cuando elige estar separada, elige percibir. Hasta ese momento su voluntad es únicamente gozar de conocimiento. Una vez que ha elegido percibir, no puede sino elegir ambigua­mente, y la única forma de escaparse de la ambigüedad es me­diante una percepción clara. La mente retorna a su verdadera función únicamente cuando su voluntad es gozar de conoci­miento. Esto la pone al servicio del espíritu, donde la percepción cambia.

Muchos, comparten la pregunta, ¿por qué Dios no evita el “pensamiento erróneo” que conduce al sufrimiento? Esta creencia, al no verse satisfecha, al no encontrar la respuesta deseada, desemboca en la negación de la verdadera realidad, en la negación de Dios.

El curso nos indica sobre esta cuestión, lo siguiente: Si me interpusiese entre tus pensamientos y sus resultados, estaría interfiriendo en la ley básica de causa y efecto: la ley más fundamental que existe. De nada te serviría el que yo menospre­ciase el poder de tu pensamiento. Es mucho más eficaz que te recuerde que no ejerces suficiente vigilancia con respecto a tus pensamien­tos.
(…) No estás acostumbrado a pensar con una mentalidad milagrosa, pero se te puede enseñar a pensar de esa manera. Todos los obradores de milagros necesitan este tipo de instrucción.

Y en esa estamos. Aprendiendo a pensar con una mentalidad recta, con una mentalidad milagrosa. ¿Cómo?

No dejando de vigilar nuestra mente. Obrar milagros requiere el que uno se dé cuenta plenamente del poder de los pensamientos a fin de evitar las creaciones falsas. De lo contrario, sería necesario un milagro que rectificase a la mente misma, proceso circular éste que no propiciaría el colapso del tiempo que es para lo que el milagro se concibió. El obrador de milagros debe poseer un genuino respeto por la verdadera ley de causa y efecto como condición previa para que se produzca el milagro.

Tanto el milagro como el miedo proceden de pensamientos. Si no somos libres de elegir uno, tampoco seremos libres de elegir el otro. Al elegir el milagro, rechazamos el miedo aunque sólo sea temporal­mente.

Creemos que no podemos controlar el miedo porque lo hemos inventado, y nuestra creencia en él parece ponerlo fuera de nuestro control. Sin embargo, todo intento de resolver el error tratando de dominar el miedo es inútil. De hecho, eso no hace más que corroborar su poder, al asumir que necesita ser domi­nado. La verdadera solución descansa enteramente en alcanzar el dominio por medio del amor.

Un Curso de Milagros nos dice a este respecto:

“La nada y el todo no pueden coexistir. Creer en uno es negar el otro. El miedo no es nada realmente y el amor lo es todo. Siempre que la luz irrumpe en la oscuridad, la oscuridad de­saparece. Lo que tú crees, es cierto para ti. En este sentido la separación ha ocurrido, y negarlo sería utilizar incorrectamente la negación. Concentrarse en el error, no obstante, no es más que otro error. El procedimiento correctivo inicial consiste en reco­nocer temporalmente que hay un problema, mas sólo como señal de que tiene que ser corregido de inmediato. Esto da lugar a un estado mental en el que la Expiación puede ser aceptada sin demora”. (T.2.VII.5.9)

Por último, me gustaría recoger el significado que aporta el Curso al referirse al estado de “estar listo”:

“Estar listo es sólo el prerrequisito para que se pueda lograr algo. No se debe confundir una cosa con la otra. Tan pronto como se da la condición de estar listo, también se da, en cierta medida, el deseo de querer lograr algo, si bien éste no es necesa­riamente un deseo indiviso. Dicha condición de estar listo no es más que el potencial para que pueda tener lugar un cambio de mentalidad. La confianza no puede desarrollarse plenamente hasta que no se haya alcanzado un dominio total. Hemos tratado ya de corregir el error fundamental de que es posible dominar el miedo, y hemos enfatizado que el verdadero dominio sólo se puede alcanzar por medio del amor. Estar listo es sólo el comienzo de la confianza. Tal vez pienses que esto implica que tiene que transcurrir mucho tiempo entre el momento en que estás listo y aquel en el que alcanzas el dominio, pero permíteme recordarte que el tiempo y el espacio están bajo mi control”. (T.2.VII.7.9)