Cuando vemos imágenes de una guerra, resulta difícil no sentirnos profundamente afectados. Ciudades destruidas, familias que abandonan sus hogares, niños que sufren, personas que pierden a sus seres queridos y miles de vidas alteradas por la violencia. Entonces pueden aparecer sentimientos de tristeza, miedo, indignación e impotencia. Nos preguntamos cómo es posible que los seres humanos sigamos enfrentándonos de esta manera y, si somos estudiantes de Un Curso de Milagros, quizá también nos surja una duda especialmente difícil: «¿Cómo puedo aplicar las enseñanzas del Curso ante algo tan terrible como una guerra?» Porque una cosa es practicar el perdón cuando alguien nos ofende y otra muy distinta intentar comprenderlo cuando contemplamos el sufrimiento de tantas personas.
Lo primero que conviene aclarar es que UCDM no necesita convertirse en una justificación para permanecer indiferentes. Cuando el Curso habla de que el mundo que percibimos es una ilusión, no nos está proponiendo utilizar esa enseñanza para ignorar las experiencias humanas. Sería profundamente insensible contemplar a una familia que acaba de perder su hogar y responderle simplemente que su sufrimiento no es real. La metafísica del Curso no debería utilizarse para negar el dolor que experimentan las personas, sino para ayudarnos a descubrir una manera diferente de responder a él. Podemos reconocer la gravedad de los acontecimientos, ayudar a quienes sufren y trabajar, al mismo tiempo, para que nuestra mente no quede dominada por el odio.
Desde la
perspectiva de Un Curso de Milagros, la guerra representa una expresión extrema
del sistema de pensamiento del ego. El ego se fundamenta en la creencia en la
separación: existen unos y otros, nosotros y ellos, amigos y enemigos, quienes
merecen nuestra comprensión y quienes merecen nuestra condena. Cuando esta
manera de pensar gobierna nuestras relaciones, el miedo comienza a justificar
el ataque y el ataque provoca nuevas defensas. Ésta es una dinámica que podemos
reconocer también en nuestra vida cotidiana, aunque sus consecuencias sean
incomparablemente diferentes. La misma mente que necesita convertir a alguien
en enemigo para justificar su propio ataque está utilizando el sistema de
pensamiento que el Curso nos invita a cuestionar. Esto no significa equiparar
una discusión doméstica con una guerra, ni atribuir las mismas
responsabilidades a quienes agreden y a quienes sufren la agresión. Significa
reconocer que el pensamiento basado en la separación puede manifestarse de
muchas maneras.
Pero quizá la
pregunta más importante no sea únicamente por qué existen las guerras, sino
«¿Qué está ocurriendo en mi propia mente cuando contemplo una?» Tal vez
sentimos miedo y comenzamos a imaginar que el conflicto llegará hasta nosotros.
Quizá sentimos tanta indignación que deseamos que determinadas personas sufran
aquello que están causando. Puede que empecemos a considerar enemigos a pueblos
enteros por las decisiones de sus dirigentes. O quizá, ante tanto dolor,
terminamos desconectándonos emocionalmente porque creemos que no podemos
soportarlo. El Curso nos invita a observar estas reacciones sin condenarnos por
tenerlas. Podemos reconocer: «Estoy sintiendo miedo», «Estoy lleno de rabia»,
«Estoy deseando castigo», «Me siento impotente». Ese reconocimiento puede ser
el comienzo de nuestra práctica.
Una pregunta
especialmente útil puede ser: «¿Mi indignación me está ayudando a responder con
amor y responsabilidad o está alimentando dentro de mí el mismo deseo de atacar
que rechazo en los demás?» Podemos considerar intolerable una conducta violenta
y reclamar que se detenga. Podemos exigir protección para quienes sufren y
responsabilidades por los actos cometidos. Pero quizá también podamos observar
cuándo nuestra mente deja de buscar una solución y empieza a disfrutar
imaginando la destrucción del adversario. Ahí aparece una oportunidad de
perdón, no porque los actos violentos deban justificarse, sino porque podemos
empezar a distinguir entre reconocer una conducta destructiva y reducir la identidad
de una persona exclusivamente a ella.
Ésta es una de
las enseñanzas más difíciles de UCDM: reconocer que la inocencia espiritual de
un ser no significa que todas sus conductas sean aceptables. Podemos
identificar errores graves, proteger a las víctimas y reclamar las medidas
necesarias para detener la violencia sin necesitar que el odio se convierta en
nuestra única respuesta. El Curso nos invita a recordar que, detrás de las
identidades, las fronteras y los enfrentamientos, existe una realidad
espiritual compartida que el ego nos impide reconocer. Tal vez todavía no
podamos contemplar desde esa perspectiva a alguien responsable de actos
terribles. No necesitamos fingirlo. Podemos comenzar simplemente diciendo: «No
sé cómo mirar esto sin condena, pero estoy dispuesto a aprender».
También conviene observar qué ocurre cuando seguimos las noticias constantemente. Queremos estar informados, conocer los acontecimientos y comprender lo que sucede. Pero a veces terminamos viendo imágenes dolorosas durante horas, consultando continuamente las últimas informaciones e imaginando escenarios cada vez más preocupantes. Podemos preguntarnos: «¿Estoy informándome para comprender y actuar o estoy alimentando un miedo que ya no me permite hacer nada útil?» Estar informados puede ayudarnos a responder responsablemente. Vivir atrapados en una sucesión interminable de imágenes angustiosas, en cambio, puede dejarnos emocionalmente agotados.
Aquí podemos
practicar algo sencillo: elegir conscientemente cuándo y cuánto informarnos, acudir a fuentes fiables y permitirnos después regresar a nuestras
responsabilidades cotidianas. Esto no significa olvidarnos del sufrimiento
ajeno. Significa comprender que no necesitamos permanecer angustiados durante
todo el día para demostrar que nos importa lo que ocurre en el mundo. Podemos
sentir compasión y continuar viviendo. Podemos preocuparnos por quienes sufren
sin convertir nuestra preocupación en una vigilancia permanente sobre todas las
desgracias posibles.
Otra
dificultad frecuente es sentirnos impotentes. Pensamos: «¿Qué puedo hacer yo
ante una guerra?». Y como no podemos detenerla individualmente, terminamos
creyendo que no podemos hacer nada. Pero quizá convenga cambiar la pregunta:
«¿Qué pequeña contribución puedo realizar desde el lugar en el que me
encuentro?» Tal vez podamos colaborar con una organización humanitaria fiable,
ayudar a personas desplazadas, apoyar iniciativas de asistencia, ofrecer
nuestro tiempo o compartir información contrastada. Quizá podamos escuchar con
respeto a alguien que está sufriendo las consecuencias del conflicto. No
necesitamos resolver toda la situación para realizar una acción útil.
Desde UCDM,
esto conecta con una enseñanza fundamental: nuestra manera de dar está
relacionada con nuestra manera de percibir. Cuando miramos únicamente desde el
miedo, podemos sentirnos paralizados. Cuando permitimos que aparezca la
compasión, quizá descubramos una posibilidad concreta de ayudar. No podemos
controlar todas las circunstancias del mundo, pero sí podemos aprender a no
utilizar nuestra impotencia como una razón para renunciar a aquello que podemos
ofrecer.
También
podemos llevar esta práctica a nuestras conversaciones. Las guerras suelen
despertar opiniones muy enfrentadas. A veces discutimos con familiares, amigos
o conocidos y terminamos tratando como enemigos a quienes interpretan los
acontecimientos de manera diferente. Podemos preguntarnos: «¿Estoy intentando
comprender y expresar lo que pienso o necesito derrotar a esta persona en la
conversación?» No tenemos que renunciar a nuestras convicciones ni fingir que
todas las afirmaciones tienen el mismo fundamento. Podemos discrepar, corregir
informaciones equivocadas y defender con claridad nuestros principios. Pero
quizá podamos hacerlo sin despreciar a quien tenemos delante. Esa pequeña
decisión también forma parte de nuestra práctica del Curso.
Y aquí aparece
una cuestión especialmente importante: ¿podemos conservar la paz interior
cuando contemplamos situaciones que necesitan cambiar? A veces pensamos que
estar en paz significa aceptar pasivamente cualquier acontecimiento. Pero la
paz que propone UCDM no tiene por qué convertirse en inacción. Podemos sentir
serenidad y actuar. Podemos reconocer una injusticia y procurar corregirla. Podemos
acompañar a quienes sufren sin alimentar odio hacia pueblos enteros. La paz
interior no garantiza que nuestras acciones consigan siempre el resultado
deseado, pero puede ayudarnos a responder con mayor claridad.
Una práctica
cotidiana puede comenzar cuando una noticia sobre una guerra despierte una
emoción intensa. Primero podemos detenernos y reconocer: «¿Qué estoy sintiendo
realmente?» Después preguntarnos: «¿Qué pensamientos están alimentando ese
sentimiento? ¿Estoy anticipando desgracias? ¿Estoy generalizando mi condena a
personas que no son responsables de lo ocurrido? ¿Estoy deseando ayudar o
únicamente castigar?» Finalmente, podemos hacernos dos preguntas: «¿Hay algo
concreto que pueda hacer para aliviar el sufrimiento?» y «¿Qué necesito
entregar porque no está bajo mi control?» Si podemos ayudar, hagámoslo. Si en
ese momento no podemos intervenir, quizá podamos dejar de alimentar
pensamientos que únicamente aumentan nuestra angustia.
Podemos pedir
interiormente: «Espíritu Santo, lo que estoy contemplando me duele y me resulta
difícil comprenderlo. No quiero negar el sufrimiento ni permanecer indiferente.
Pero tampoco quiero que el miedo y el odio decidan por mí. Ayúdame a mirar con
compasión, a reconocer lo que puedo hacer y a no convertir a otros seres
humanos en enemigos dentro de mi mente».
Quizá el
conflicto continúe. Tal vez las noticias sigan siendo dolorosas. Nuestra
práctica individual no nos permite controlar las decisiones que desencadenan o
prolongan una guerra. Pero sí podemos observar qué estamos fortaleciendo en
nuestra propia mente y cómo eso influye en nuestra manera de relacionarnos y
actuar.
Y quizá ésa
sea una de las aplicaciones más profundas de Un Curso de Milagros ante las
guerras: comprender que no necesitamos elegir entre reconocer la gravedad del
sufrimiento humano y trabajar para deshacer el odio en nuestra propia mente.
Podemos defender la vida sin desear la destrucción de nadie. Podemos ayudar sin
desesperarnos. Podemos buscar justicia sin convertir la venganza en nuestro
propósito.
Porque
practicar la paz no significa cerrar los ojos ante las guerras.
Significa aprender a mantenerlos abiertos sin permitir que el odio sea quien nos enseñe a mirar.
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