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sábado, 3 de octubre de 2026

¿Y si el despertar no estuviera en el futuro?

Las dudas de los estudiantes

¿Y si el despertar no estuviera en el futuro?

Esta pregunta toca una de las trampas más sutiles del camino espiritual. Podemos pasar años estudiando Un Curso de Milagros convencidos de que estamos avanzando hacia algo que todavía no hemos alcanzado. Pensamos que algún día perdonaremos completamente, algún día dejaremos de reaccionar con miedo, algún día comprenderemos de verdad el Curso y, finalmente, llegará ese momento extraordinario al que llamamos despertar. Sin darnos cuenta, hemos situado nuestra salvación en el mismo lugar donde el ego sitúa todas sus promesas: en el futuro.

Entonces el despertar puede convertirse en otro objetivo que perseguir. “Todavía me falta mucho”. “No estoy preparado”. “Tengo demasiados conflictos”. “Cuando haya trabajado suficientemente mis relaciones, mis miedos y mis resentimientos, estaré más cerca”. Parece una actitud humilde, pero puede esconder una idea profundamente engañosa: ahora mismo no puedo estar en paz porque todavía no he llegado al lugar espiritual al que debería llegar.

¿Y si fuera exactamente al contrario? ¿Y si el despertar no fuese algo que va a ocurrirme al final de un largo recorrido, sino una decisión que únicamente puedo empezar a aceptar ahora? El Curso no niega el proceso de aprendizaje que experimentamos dentro del tiempo, pero utiliza ese proceso para enseñarnos algo que está fuera del tiempo. No me conduce hacia un Ser que algún día llegaré a ser; me ayuda a retirar aquello que me impide reconocer el Ser que ya soy.

La Lección 308 lo expresa de una manera extraordinariamente directa: “Este instante es el único tiempo que existe”. Y añade que el único intervalo en el que puedo liberarme del tiempo es ahora mismo, porque “Cristo nace en el ahora, sin pasado ni futuro” y el Amor está siempre presente “aquí y ahora” (L-308.1:1-8). Esto cambia por completo la perspectiva. Si el único momento en el que puedo liberarme es ahora, entonces ningún futuro contiene una salvación que esté ausente del presente.

El ego tiene mucho interés en que piense lo contrario. Puede aceptar incluso que estudie espiritualidad, siempre que coloque el resultado suficientemente lejos. Me permite leer, practicar, analizar y hablar del despertar mientras mantenga la convicción de que todavía no puedo aceptarlo. Así, el futuro se convierte en una forma muy sofisticada de aplazamiento: “Sí, quiero la paz de Dios… pero todavía no”. “Sí, quiero perdonar… cuando esté preparado”. “Sí, quiero despertar… después de resolver algunas cosas”.

Y siempre hay algunas cosas más que resolver. Esto no significa que debamos obligarnos a experimentar un estado espiritual que todavía no sentimos ni repetirnos que estamos despiertos cuando seguimos identificados con el miedo. El Curso no propone fingir. Nos pide algo mucho más sencillo: dejar de utilizar el tiempo como argumento para posponer nuestra disponibilidad. Quizá hoy todavía experimente miedo, resentimiento o confusión, pero no necesito esperar a que desaparezcan para ofrecer este instante al Espíritu Santo.

El Texto afirma que el Espíritu Santo quiere deshacer el uso del tiempo que hace el ego “ahora”. No es el presente lo que produce miedo, sino el pasado y el futuro que proyectamos sobre él. Cuando el instante queda libre de esas sombras, se convierte en un nacimiento nuevo, y el Curso nos invita a elegir “este preciso instante, ahora mismo” como si fuese todo el tiempo que existe (T-13.VI.8:1-7; 9:1-7).

Esto significa que el despertar no consiste necesariamente en esperar una gran experiencia mística. Puede comenzar en algo muchísimo más cotidiano: estoy discutiendo con alguien y, en medio de la necesidad de tener razón, reconozco que no quiero seguir perdiendo mi paz. Estoy preocupado por el futuro y durante unos segundos dejo de intentar resolverlo mentalmente. Estoy resentido y admito que no sé cómo mirar esta situación, pero estoy dispuesto a recibir otra interpretación. En esos momentos no he alcanzado necesariamente el final del camino, pero he dejado de aplazar la elección.

El ego dice: “Cuando cambies lo suficiente, podrás elegir la paz”. El Espíritu Santo invierte la lógica: “Elige conmigo ahora y deja que esa elección cambie tu percepción”. El ego quiere que primero resolvamos perfectamente nuestra mente para después acudir a Dios. Pero el Curso señala que la salvación es fácil precisamente porque no nos exige nada que no podamos ofrecer ahora mismo. Nuestro papel no es terminar solos el trabajo, sino aportar nuestra disposición, aunque sea pequeña, para que el Espíritu Santo haga aquello que nosotros no sabemos hacer.

Quizá una de las razones por las que colocamos el despertar en el futuro sea que nos parece demasiado grande para este instante. Imaginamos un estado permanente sin miedo, sin ego, sin dudas y sin conflictos, y naturalmente pensamos: “Yo no estoy ahí”. Pero al compararnos con una imagen ideal del despertar, pasamos por alto lo único que realmente se nos pide ahora. No necesito resolver toda mi mente en este instante. Necesito dejar de defender, aunque sea durante un momento, aquello que me mantiene dormido.

Tal vez ahora mismo pueda soltar un juicio. Tal vez pueda reconocer que no sé. Tal vez pueda dejar de exigir que alguien cambie. Tal vez pueda permitir un instante sin anticipar el futuro. Eso basta para abrir una brecha en la continuidad del ego.

El Texto explica que el ego utiliza el tiempo intentando establecer una continuidad entre pasado y futuro y excluyendo precisamente el presente. El Espíritu Santo hace lo contrario: utiliza el ahora porque es lo que más se aproxima a la eternidad en este mundo, y es únicamente en el ahora donde se encuentran las oportunidades para la salvación. La curación no puede ocurrir en el pasado; tiene que realizarse en el presente para liberar el futuro (T-13.IV.7-9).

Aquí aparece una paradoja hermosa: cuanto menos intento llegar al despertar en el futuro, más disponible estoy para reconocerlo en el presente. No porque haya terminado todo el aprendizaje, sino porque dejo de convertir el aprendizaje en una distancia entre Dios y yo.

Puedo estudiar una lección mañana. Puedo comprender algo nuevo dentro de diez años. Puede haber todavía muchas capas de miedo que mirar. Todo eso pertenece al proceso temporal. Pero no necesito esperar diez años para preguntarme ahora: “¿Quiero la paz o quiero conservar este juicio?”. Esa decisión no necesita futuro.

Por eso el instante santo es tan central en UCDM. No exige que lleguemos a él después de haber eliminado todo miedo. Es precisamente el medio mediante el cual permitimos que nuestra percepción sea corregida. El instante santo contradice la idea del ego de que la salvación depende de reparar el pasado. En él, el pasado ha terminado y “la quietud y la paz del ahora” ocupan su lugar (T-15.VII.6:1-6).

Quizá también mantengamos el despertar en el futuro porque una parte de nosotros teme sus consecuencias. Si realmente aceptara ahora que mi paz no depende de los demás, perdería muchas justificaciones para acusar. Si aceptara ahora que mi valor no depende de los resultados, tendría que abandonar parte de mi necesidad de control. Si aceptara ahora que soy tal como Dios me creó, muchas de las historias con las que he explicado quién soy empezarían a perder importancia.

Entonces decir “algún día despertaré” puede ser mucho más cómodo que preguntar: “¿Qué estoy dispuesto a soltar ahora?”.

El futuro no puede perdonar por mí. El futuro no puede abandonar este resentimiento. El futuro no puede elegir al Espíritu Santo. Todo eso solo puede ocurrir aquí.

Y cuando vuelva a pensar: “Todavía estoy muy lejos”, puedo recordar algo esencial: el Curso afirma que haberse extraviado ha requerido tiempo, pero “ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto” (T-13.VI.9:1-4). No estoy tratando de fabricar mi verdadera Identidad. Estoy aprendiendo a dejar de ocultarla.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he colocado el despertar en el futuro porque creo que todavía tengo que convertirme en alguien diferente. He utilizado el tiempo para decirme que aún no estoy preparado para la paz. No quiero exigirme una experiencia que no siento, pero tampoco quiero seguir aplazando mi disposición. Muéstrame qué puedo entregar ahora. Ayúdame a recordar que no necesito resolver todo el camino; solo necesito permitir que este instante tenga otro propósito”.

Entonces comienzo a vivir el camino de otra manera. Ya no pregunto continuamente cuánto me falta. Pregunto qué estoy eligiendo ahora. No necesito saber cuándo despertaré. Necesito observar qué pensamiento estoy dispuesto a dejar de defender en este instante.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Cuándo despertaré?”, sino: “¿Qué estoy esperando que ocurra en el futuro para concederme la paz que podría aceptar ahora?”.

Y cuando dejo de esperar por un instante, comienzo a comprender algo sorprendente: el despertar no estaba al final del camino llamándome desde mañana.

Era la Presencia que, silenciosamente, me estaba llamando desde aquí.

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