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sábado, 8 de agosto de 2026

¿Qué parte de mí no quiere despertar?

¿Qué parte de mí no quiere despertar?

Esta pregunta puede resultar inquietante. Todo estudiante de Un Curso de Milagros cree que desea despertar. Lee el Curso para recordar la verdad, practica las lecciones para alcanzar la paz e intenta perdonar para liberarse de la culpabilidad. Entonces, ¿cómo es posible que una parte de su mente no quiera despertar?

La respuesta no es cómoda: porque despertar no significa únicamente dejar de sufrir. Significa también renunciar al personaje que creemos ser. Y aunque ese personaje viva limitado, amenazado y en conflicto, es el único yo que actualmente nos resulta familiar.

Una cosa es querer que desaparezcan mis problemas, y otra muy distinta es abandonar la identidad desde la que los interpreto. Una cosa es desear una vida más tranquila dentro del sueño, y otra permitir que se ponga en duda al soñador que creo ser.

Por eso la pregunta debe formularse con mayor profundidad: ¿quiero despertar del sueño o solo quiero que mi personaje tenga un sueño más agradable?

Desde la perspectiva de UCDM, no es nuestro verdadero Ser el que se resiste a despertar. El Ser que Dios creó permanece despierto, íntegro y unido a Él. La resistencia procede de la parte de la mente que se ha identificado con el ego y cree que la separación es su verdadera identidad.

Esta es la parte de mí que no quiere despertar: la que cree que dejar de ser un ego equivaldría a dejar de existir.

El ego no interpreta el despertar como liberación, sino como aniquilación. Piensa que, si la separación desaparece, desaparecerá también todo aquello que utiliza para definirse: su historia, su cuerpo, sus opiniones, sus logros, sus pérdidas, sus relaciones especiales, sus heridas y su manera particular de diferenciarse de los demás.

Por eso el despertar puede producir temor. No porque la verdad sea peligrosa, sino porque amenaza todo aquello que hemos confundido con nosotros mismos.

El Curso afirma que no es la crucifixión lo que verdaderamente nos aterra, sino la redención (T-13.III.1:10-11). Creemos temer el dolor, el rechazo, la enfermedad o la pérdida, pero detrás de esos miedos puede esconderse otro mucho más profundo: el miedo a descubrir que somos amados de una manera tan total que ninguna de nuestras historias de separación puede seguir siendo cierta.

El ego teme al Amor porque el Amor no reconoce su existencia. No lo castiga ni lucha contra él. Simplemente revela que nunca fue real. Y para una identidad construida sobre la separación, ser reconocido como inexistente parece una sentencia de muerte.

Por eso puedo decir que deseo a Dios y, al mismo tiempo, mantenerlo a distancia. Puedo afirmar que quiero la paz, pero conservar pensamientos que la excluyen. Puedo pedir ayuda al Espíritu Santo y decidir de antemano cómo debe responderme. Puedo hablar de entrega mientras intento controlar el desenlace.

El ego puede convertir incluso el camino espiritual en otra forma de sueño.

Puede hacer que quiera ser el estudiante que comprende mejor, el que perdona más, el que conoce todas las citas o el que parece haber alcanzado un nivel superior. De esta manera, aparenta avanzar hacia el despertar, pero conserva intacto el deseo de ser especial.

Entonces no busca despertar del personaje, sino perfeccionarlo.

El especialismo es uno de los refugios más profundos del ego porque permite conservar la idea de que soy diferente. Puedo considerarme especialmente bueno o especialmente malo, especialmente avanzado o especialmente retrasado, especialmente amado o especialmente abandonado. Al ego le importa menos si la valoración es positiva o negativa que mantener la diferencia.

Incluso una identidad dolorosa puede convertirse en especial: “Nadie ha sufrido como yo”. “Nadie puede comprenderme”. “Mi situación es distinta”. “Mi herida es demasiado profunda”. Estas frases pueden parecer simples descripciones, pero también pueden proteger una frontera: mi dolor me separa y me proporciona una identidad.

Despertar significa renunciar a esa diferencia como fundamento de lo que soy.

El Curso enseña que la muerte de nuestro especialismo no es nuestra muerte, sino nuestro despertar a la vida eterna. Solo emergemos de una ilusión acerca de nosotros mismos para aceptar lo que Dios creó (T-24.II.14:4-5).

La parte de mí que no quiere despertar también desea conservar determinadas relaciones tal como el ego las concibió. Necesita que alguien la ame de una manera concreta, reconozca su valor, satisfaga sus expectativas, repare su pasado o confirme que es importante.

Cuando mi paz depende de que alguien cumpla la función que le he asignado, no estoy viendo verdaderamente a mi hermano. Estoy viendo un personaje dentro de mi sueño.

Si cumple su papel, digo que me hace feliz. Si no lo cumple, digo que me hace sufrir. Pero, en ambos casos, continúo utilizándolo para sostener la identidad que he fabricado.

Esto no significa que debamos abandonar nuestras relaciones. El Espíritu Santo no las destruye; cambia su propósito. Allí donde el ego veía un medio para obtener algo, Él ve una oportunidad para compartir. Allí donde el ego buscaba completar una carencia, Él enseña que la plenitud ya está presente.

El problema no es amar a alguien. El problema es llamar amor a la exigencia de que alguien sostenga el yo que creo ser.

También existe una resistencia más sutil: quiero despertar de los sueños dolorosos, pero deseo conservar los agradables.

Quiero dejar de sentir culpa, pero mantener algunos juicios. Quiero abandonar el conflicto, pero no renunciar a tener razón. Quiero perdonar, pero deseo que antes el otro reconozca lo que hizo. Quiero experimentar unidad, siempre que nadie cuestione mis preferencias.

Esta es una negociación con el despertar.

Es como decir: “Espíritu Santo, puedes deshacer mi pesadilla, pero no toques esta parte del sueño porque todavía me gusta”. Sin embargo, no podemos despertar de unos sueños y conservar otros. Aunque sus formas parezcan diferentes, todos mantienen a la mente identificada con el soñador separado.

El ego responde: “Eso es demasiado”. Pero el Curso no nos pide que abandonemos violentamente las cosas del mundo. Nos invita a retirar de ellas el propósito de separación. Despertar no significa dejar físicamente el mundo, sino dejar de utilizarlo para demostrar que estamos separados de Dios y de nuestros hermanos.

La parte de mí que no quiere despertar es también la que teme mirar dentro. Cree que, si observa su mente con sinceridad, encontrará culpa, odio o pecado. Por eso proyecta hacia fuera y atribuye la causa de su malestar a otras personas, a las circunstancias o al pasado.

Sin embargo, el ego no teme realmente que mire dentro y encuentre pecado. Eso confirmaría su sistema de pensamiento. Lo que verdaderamente teme es que mire y no encuentre ninguno.

“¿Qué pasaría si mirases en tu interior y no vieses ningún pecado?”, pregunta el Curso (T-21.IV.3:1).

¿Qué ocurriría si detrás de la culpa no hubiera condenación? ¿Qué ocurriría si debajo del miedo encontrara amor? ¿Qué ocurriría si mi hermano no fuese culpable? ¿Qué ocurriría si mi pasado no hubiese modificado lo que soy?

El ego teme estas preguntas porque, si la inocencia es verdad, deja de tener función. Si Dios no es una amenaza, ya no necesito sus defensas. Si mi hermano no es mi enemigo, ya no necesito atacarlo. Si la separación no ocurrió realmente, toda la estructura de culpa, castigo y sacrificio pierde su fundamento.

La culpa duele, pero proporciona una identidad. Me dice quién soy, qué hice, qué me hicieron y qué merezco. La inocencia, en cambio, deshace esa historia. No mejora al personaje culpable; revela que ese personaje no es mi realidad.

Por eso la parte de mí que no quiere despertar prefiere una culpa conocida a una inocencia que todavía no comprende.

Esta resistencia aparece de maneras muy concretas: cuando prefiero la acusación a la paz; cuando repito una conversación para demostrar que tenía razón; cuando no quiero soltar un resentimiento porque creo que hacerlo liberaría al otro; cuando pido orientación, pero rechazo la respuesta porque no coincide con mis planes.

No tengo que condenarme por descubrir esta resistencia. Verla ya indica que no estoy completamente identificado con ella. Si puedo observarla, hay en mí otra manera de mirar.

Tampoco necesito vencerla por la fuerza. Si ataco al ego, lo hago real. Si me avergüenzo de mi resistencia, vuelvo a utilizarla para demostrar que soy culpable. El despertar no se impone. Dios no arranca de nuestras manos los ídolos que todavía valoramos. Espera pacientemente a que reconozcamos que no pueden ofrecernos lo que buscamos.

La pregunta “¿Qué parte de mí no quiere despertar?” no debe responderse únicamente diciendo: “el ego”. Necesito observar cómo se manifiesta hoy. ¿Qué pensamiento no quiero entregar? ¿Qué identidad sigo defendiendo? ¿Qué relación quiero mantener bajo mis condiciones? ¿Qué sueño considero demasiado valioso para ponerlo en manos del Espíritu Santo?

La resistencia se vuelve útil cuando deja de estar oculta.

Puedo comenzar con una oración sencilla:

“Espíritu Santo, hay una parte de mi mente que todavía teme despertar. Cree que la paz le quitará algo y que el Amor hará desaparecer su identidad. No quiero juzgar esta resistencia ni ocultarla. Te la entrego para que me muestres qué estoy tratando de conservar. Ayúdame a reconocer que nada verdadero puede perderse”.

Tal vez hoy no esté dispuesto a abandonar todos los sueños. Pero puedo mirar honestamente uno de ellos. Tal vez no sepa quién sería sin mis defensas y mi historia. Pero puedo permitir que el Espíritu Santo me muestre que debajo de todo ello no hay vacío, sino plenitud.

Entonces comprendo que la parte de mí que no quiere despertar no es malvada. Está asustada porque ha confundido el despertar con su muerte. Cree que Dios viene a quitarle algo, cuando solo viene a devolverle el recuerdo de lo que es.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Qué parte de mí no quiere despertar?”, sino: “¿Qué creo que perdería si despertase?”

Y cuando me atrevo a contemplar esa pregunta junto al Espíritu Santo, descubro que todo aquello que temo perder pertenece al sueño, mientras que todo lo que realmente amo despertará conmigo.

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