Si no hay paz en tu mente, no la verás fuera de ti. Si no deseas la paz, no la percibirás.
Esta
afirmación señala una de las enseñanzas más constantes y más desafiantes del
Curso: la percepción no es neutra. No vemos el mundo tal como es, sino tal como
está organizada nuestra mente.
La
paz no es algo que se encuentre, ni algo que el mundo conceda cuando las
circunstancias se alinean. La paz es un estado interno previo, y el mundo que
percibimos actúa como un espejo fiel de ese estado.
La inversión que
propone el Curso.
El
Curso invierte completamente esta lógica: “Cuando tu mente esté en paz, verás
paz.”
No
porque el mundo cambie mágicamente, sino porque la mente deja de proyectar
conflicto y, por tanto, deja de interpretarlo en todo.
Esta
inversión no es intuitiva, pero es central. Mientras se crea que la paz depende
de factores externos, la mente se coloca en una posición de espera, impotencia
o lucha constante.
La paz no es ausencia
de problemas.
Una de las confusiones más comunes es asociar la
paz con la ausencia de dificultades. El Curso no define la paz como que no haya
conflictos, que todo salga como espero o que los demás se comporten de cierta
manera.
Define
la paz como ausencia de guerra interna.
Por
eso puede haber personas en medio de situaciones complejas que mantienen una
serenidad profunda, y otras rodeadas de comodidad que viven en tensión
constante. La diferencia no está en el mundo, sino en el sistema de pensamiento
desde el que se interpreta.
“Si no deseas la paz,
no la percibirás”.
Esta
segunda parte de la reflexión es especialmente reveladora.
El Curso no afirma que no queramos la paz en
absoluto, sino que muchas veces queremos otras cosas más que la paz, como por
ejemplo, tener razón, defender una identidad, confirmar una historia de
injusticia, mantener el juicio o no soltar el control.
Cuando
estos deseos ocupan el primer lugar, la paz queda relegada. Y la percepción se
organiza para sostener esos deseos, no para traer serenidad.
La
mente no es incoherente: siempre ve aquello que prioriza.
El deseo como causa
de la percepción.
Aquí el Curso introduce
una idea muy precisa: la percepción sigue al deseo, no a los hechos.
Si el deseo principal es protegerse, se perciben
amenazas. Si es justificarse, → se perciben ataques. Si es controlarlo todo, se
perciben errores y, si es defender el ego,
se perciben enemigos.
La
paz no puede aparecer mientras no sea el deseo principal, aunque
conscientemente se afirme que se la quiere.
La Lección 34 no acusa
ni exige. Pide honestidad interna.
Nos
invita a observar con suavidad qué deseo estoy protegiendo ahora, qué creo que
perdería si eligiera la paz, qué conflicto interno estoy sosteniendo sin darme
cuenta.
No para corregirnos,
sino para ver con claridad. Ver es siempre el primer paso del cambio.
El mundo como espejo,
no como causa.
Desde
esta lección, el mundo deja de ser el origen del malestar y pasa a ser un indicador.
Si no veo paz, no es porque el mundo me la esté
negando, es porque la mente no está alineada con ella.
Esto
no genera culpa, sino responsabilidad consciente. Ya no necesito esperar a que
todo cambie fuera para empezar a descansar.
Elegir la paz es una
práctica, no una meta.
La paz no se logra de una vez ni se mantiene por
fuerza de voluntad. Se elige momento a momento, a menudo en decisiones muy
pequeñas, como por ejemplo, no responder desde el ataque, no alimentar un
pensamiento recurrente, no seguir una historia que me altera o pausar antes de
reaccionar.
Cada
vez que la mente elige la paz por encima de otro deseo, la percepción se
reordena un poco más.
Esta reflexión nos devuelve siempre al mismo punto: la mente es la causa, no el efecto.
Si
no hay paz en la mente, no puede verse fuera. Si no se desea la paz, no puede
percibirse.
No
porque falte algo en el mundo, sino porque la mente está ocupada sosteniendo
otra prioridad.
El
Curso no nos pide perfección, solo una disposición creciente a desear la paz
más que cualquier otra cosa. Y cuando ese deseo se vuelve sincero, la
percepción —sin esfuerzo— empieza a reflejarlo.
Aplicación
práctica de la Lección 34: Cuando a mi hijo le diagnostican un trastorno de
conducta.
Recibir el
diagnóstico de un trastorno de conducta en un hijo suele remover muchas cosas a
la vez: miedo, culpa, incertidumbre, cansancio y una sensación profunda de no
saber cómo ayudar. La mente se llena de preguntas sobre el futuro, sobre lo que
se ha hecho mal o sobre lo que puede empeorar.
Desde este
lugar, es comprensible que la paz parezca imposible.
El Curso no
niega esta reacción humana. Pero sí invita a mirar con honestidad dónde se está
situando la causa del sufrimiento.
Lo que parece
evidente… y lo que no lo es tanto.
Desde la
percepción inmediata, el razonamiento suele ser: “No hay paz porque mi hijo
tiene este problema.”
La Lección 34
introduce una inversión suave pero decisiva: “No veo paz porque mi mente está
en guerra con lo que está ocurriendo.”
Esto no
significa que el diagnóstico no sea real, ni que no haya dificultades
objetivas. Significa que el sufrimiento que vivo no procede solo del
diagnóstico, sino de la interpretación que la mente hace de él.
El conflicto
interno que suele activarse.
Ante una
situación así, es habitual que la mente empiece a desear muchas cosas antes que
la paz:
- Que el diagnóstico no sea
cierto.
- Que el problema
desaparezca rápido.
- Que el niño cambie ya.
- Que el miedo se vaya.
- Que el futuro esté
garantizado.
Estos deseos
son comprensibles, pero generan una tensión constante, porque ninguno puede
cumplirse de inmediato. Y mientras estos deseos ocupan el primer lugar, la paz
queda relegada.
El Curso no
condena esto. Solo lo hace visible.
Qué significa
“desear la paz” en esta situación.
Desear la paz no
significa resignarse, ni dejar de actuar, ni ignorar el diagnóstico. Significa
algo mucho más concreto y accesible:
- Dejar de luchar
mentalmente contra lo que ya está ocurriendo.
- Dejar de usar el
diagnóstico como una identidad fija del niño.
- Dejar de vivir cada
conducta como una amenaza al futuro.
- Dejar de interpretarte a
ti misma como una madre “fallida”.
Cuando la
mente empieza a soltar estas guerras internas, la percepción cambia, aunque la
situación externa siga siendo la misma.
La paz como
base para ayudar de verdad.
Aquí hay un
punto clave desde el Curso: Sin paz interna, la ayuda se vuelve reactiva. Con
un poco de paz interna, la ayuda se vuelve clara.
Cuando la
mente está en conflicto:
- Reacciono más de lo que
acompaño.
- Interpreto cada dificultad
como un fracaso.
- Transmito mi ansiedad al
niño.
- Me muevo desde el miedo.
Cuando la
mente encuentra pequeños espacios de paz:
- Escucho mejor.
- Pongo límites con menos
dureza.
- Puedo pedir ayuda sin
sentir derrota.
- Veo al niño más allá del
diagnóstico.
El diagnóstico
no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio mental.
El niño no es
el trastorno.
Desde la
mirada del Curso, tu hijo no es su conducta, su diagnóstico, ni su dificultad
actual.
Y tú no eres la
causa de todo, la responsable absoluta y quien tiene que saberlo todo ahora.
Cuando esta
idea empieza a asentarse, la relación se suaviza. Y muchas veces, esa suavidad
es más terapéutica que cualquier intervención aislada.
Gestionar la
situación desde la Lección 34.
Aplicada de forma muy concreta,
esta lección puede sostenerte así:
- Atiende el plano práctico: profesionales,
terapia, orientación, límites claros.
El Curso no sustituye nada de esto. - Cuida el plano interno: observa cuándo estás
deseando control, certeza o perfección en lugar de paz.
- Recuérdate:
“Puedo actuar sin estar en guerra.”
“Puedo acompañar sin anticipar el desastre.”
“Puedo elegir la paz incluso aquí.”
Cada vez que eliges esto, aunque
sea por instantes, la percepción se reordena.
La Lección 34
no promete que las circunstancias cambien rápidamente. Promete algo más
profundo: que no necesitas esperar a que todo esté bien para empezar a estar en
paz.
Si no hay paz
en tu mente, no la verás fuera. Pero si empiezas a desear la paz —no como
huida, sino como base—, tu manera de ver a tu hijo, a ti misma y a la situación
se transforma.
Y desde ahí, la ayuda que ofreces deja de nacer del miedo y empieza a nacer del Amor.

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