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jueves, 3 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 246

LECCIÓN 246

Amar a mi Padre es amar a Su Hijo.

1. Que no piense que puedo encontrar el camino a Dios si abrigo odio en mi corazón. 2Que no piense que puedo conocer a mi Padre o a mi ser, si trato de hacerle daño al Hijo de Dios. 3Que no deje de reconocerme a mí mismo, y siga creyendo que mi conciencia puede abarcar lo que mi Padre es o que mi mente puede concebir todo el amor que Él me profesa y el que yo le profeso a Él.

2. Aceptaré seguir el camino que Tú elijas para que yo venga a Ti, Padre mío. 2Y no podré por menos que triunfar porque así lo dispone Tu Volun­tad. 3Y reconoceré que lo que Tu Voluntad dispone, y sólo eso, es lo que la mía dispone también. 4Por lo tanto, elijo amar a Tu Hijo. 5Amén.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 246 de Un Curso de Milagros, «Amar a mi Padre es amar a Su Hijo», me enseña que el amor a Dios, a mí mismo y a mis hermanos es uno e indivisible. No existe una verdadera devoción al Padre si no reconozco Su Presencia en Su Creación. Amar a Dios implica aceptar mi propia santidad y reconocerla en toda la Filiación, pues el Hijo es una extensión de Su Amor eterno.

No podemos amar a nuestro Padre si no nos amamos a nosotros mismos. Esto es así porque el Hijo ha sido creado a semejanza de Dios, como una expresión de Su propia naturaleza divina. Tal como enseña el Curso: «Mi mente es parte de la de Dios. Soy muy santo» (L-pI.35). Reconocer esta verdad es aceptar que somos dignos de amor y que nuestra esencia es pura e inocente. Negarnos a nosotros mismos sería negar la obra perfecta de Dios.

De igual modo, no podemos amar a nuestros hermanos si ese amor no reside en nuestro interior. Cuando nos amamos, tomamos conciencia de la unidad que gobierna sobre todo lo creado. El amor no puede fragmentarse ni dividirse, pues su naturaleza es integradora. «El amor no abriga resentimientos» (L-pI.68). Por ello, no es posible amar una parte de nosotros y odiar otra, ya que la dualidad no forma parte del Amor que procede de Dios.

Sin embargo, en nuestra experiencia humana, solemos amar aquellos aspectos de nuestro ser que consideramos nobles y rechazar aquellos de los que no nos sentimos orgullosos. Este conflicto interior se proyecta hacia el exterior, llevándonos a sentir atracción por quienes reflejan nuestros ideales y aversión por quienes representan lo que tememos o negamos. El Curso nos recuerda que la percepción es un reflejo de la mente: «La proyección da lugar a la percepción» (T-13.V.3:5). Así comprendemos que toda relación es una oportunidad para sanar y perdonar.

Amar a Dios significa amar a nuestros hermanos y amarnos a nosotros mismos. Significa amar la Filiación y reconocer que todos compartimos una misma Fuente. En esta comprensión desaparecen las barreras de la separación y se restablece la conciencia de unidad. Como nos recuerda la propia lección: «Que no piense que puedo encontrar el camino a Dios si abrigo odio en mi corazón».

El deseo de sentirnos especiales se presenta como una prueba que nos ofrece la oportunidad de elegir entre la separación y la unidad. Al trascender la especialidad, aceptamos el Amor universal y recordamos nuestra verdadera Identidad. Hoy elijo amar a mi Padre amando a Su Hijo, reconociendo en todos la luz divina que nos une eternamente. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 246 enseña que:

• El amor a Dios no es separado del amor al prójimo.
• El odio bloquea la percepción de Dios.
• El otro es parte de tu Ser.
• El amor es una decisión consciente.
• La unidad es la verdad subyacente.

No es moralidad. Es metafísica aplicada.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Amar a mi Padre es amar a Su Hijo”.

Cada repetición suaviza la percepción de los demás, disuelve el juicio, abre el corazón y fortalece la conciencia de unidad.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja directamente sobre los resentimientos, los juicios, el rechazo y la separación.

Al practicarla, disminuye la hostilidad, aumenta la empatía, se reducen conflictos internos y aparece mayor coherencia emocional.

Porque dejas de dividir la experiencia.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que Dios y Su Hijo son inseparables, que el amor es la única vía de conocimiento, que la unidad es la realidad y que el otro es parte de ti.

Esto revela una verdad profunda, cada encuentro es una oportunidad de recordar a Dios.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Repite la idea al comenzar el día.
  2. Al ver a alguien, recuerda: “Es el Hijo de Dios”.
  3. Observa cualquier juicio o rechazo.
  4. Sustitúyelo por una intención de amor.
  5. Permite que la percepción cambie.

No necesitas sentir amor inmediato. Solo estar dispuesto.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES: 

❌ No forzar emociones.
❌ No negar lo que sientes.
❌ No intentar “ser perfecto”.

✔ Practicar la intención.
✔ Ser honesto contigo.
✔ Avanzar gradualmente.

El amor se revela, cuando dejas de bloquearlo.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

  • 245: Extiendo la paz.
  • 246: Extiendo el amor como unidad.

Aquí el proceso se profundiza: ya no solo das paz, reconoces al otro como tú mismo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 246 transforma completamente la forma de ver a los demás. El otro deja de ser alguien separado. Se convierte en un espejo, un puente, una oportunidad.

Amar deja de ser una emoción variable. Y pasa a ser un reconocimiento constante. Y en ese reconocimiento ocurre algo muy profundo: te acercas a Dios.

Porque amar al Hijo, es la única forma de recordar al Padre.

✨ FRASE INSPIRADORA: “Cada vez que elijo amar, recuerdo de dónde vengo”.


Ejemplo-Guía: "Reflexionando sobre el Amor".

Muchos decimos amar a Dios, pero todavía conservamos resentimiento, rechazo o incluso odio hacia aquellos hermanos que creemos que nos han dañado. La lección de hoy nos lleva a una verdad muy sencilla y, al mismo tiempo, profundamente transformadora: no podemos amar verdaderamente a Dios si excluimos de ese amor a Su Hijo.

Desde la percepción, desde la mirada de la separación y de la dualidad, parece posible amar un ideal elevado y, al mismo tiempo, rechazar aquello que nos incomoda, nos hiere o nos amenaza. Podemos decir que amamos a Dios mientras juzgamos a un hermano. Podemos hablar de amor mientras mantenemos una condena interna. Podemos afirmar que buscamos la paz mientras seguimos defendiendo la culpa. Pero esa visión pertenece al ego, porque el Amor verdadero no selecciona, no compara y no excluye.

El Amor se basa en la certeza de que todos formamos parte de una misma Filiación. No hay un Hijo de Dios más digno que otro. No hay una parte de la creación que pueda quedar fuera del Amor de su Creador. Amar a Dios implica amar lo que Dios creó, y Su creación no está fragmentada. Por eso, negar amor a un hermano es, en el fondo, negar el Amor que también nos sostiene a nosotros.

En nuestra experiencia humana, vemos con frecuencia cómo el amor se somete a una escala de valores. A veces los padres muestran preferencias por unos hijos frente a otros. A veces nosotros mismos amamos más fácilmente a quienes nos complacen y retiramos nuestro amor de quienes nos contradicen. Amamos lo que juzgamos bueno, agradable o beneficioso, y rechazamos lo que consideramos malo, incómodo o perjudicial. Así, el amor deja de ser reconocimiento y se convierte en elección condicionada.

Pero esa forma de amar no procede del Amor, sino del miedo.

La raíz de esta dinámica se encuentra en la creencia de que existe un “afuera” que puede amenazarnos. Desde esa creencia, proyectamos nuestras inseguridades sobre el mundo y sobre nuestros hermanos. El otro parece tener poder para dañarnos, quitarnos la paz, frustrar nuestros deseos o impedir nuestra felicidad. Entonces lo juzgamos, lo clasificamos, lo rechazamos o lo atacamos mentalmente, creyendo que así nos protegemos.

Sin embargo, lo que llamamos amenaza no es más que una proyección de nuestro mundo interno. La imagen del otro parece atacarnos porque nos hemos identificado con un cuerpo separado, vulnerable y necesitado de defensa. Las circunstancias parecen ir contra nosotros porque hemos puesto nuestra seguridad en lo externo. Y así terminamos viéndonos como víctimas de un destino adverso, cuando en realidad estamos contemplando los efectos de una percepción equivocada.

El Curso nos invita a mirar todo esto de otra manera. No se nos pide que forcemos emociones, ni que finjamos un amor que todavía no sentimos. Se nos pide algo más honesto: estar dispuestos a reconocer que el odio, el resentimiento y el juicio no nos conducen a Dios. No porque Dios nos castigue por ello, sino porque esos pensamientos nos impiden reconocer la unidad que ya compartimos con Él y con todos nuestros hermanos.

La lección nos ofrece una oración preciosa: “Aceptaré seguir el camino que Tú elijas para que yo venga a Ti, Padre mío”. Esta frase define con claridad la ruta de regreso. No somos nosotros quienes decidimos el camino desde nuestros juicios personales. No es el ego quien puede llevarnos a la plenitud. El camino que Dios elige pasa por el reconocimiento de Su Hijo, y ese Hijo está presente en cada hermano.

No importa tanto la forma externa del camino. Lo importante es que sea recorrido sin juicio, sin condena y sin exclusión. Cuando dejamos de usar nuestras relaciones para confirmar la separación, empiezan a convertirse en puertas hacia la salvación. Cada hermano deja de ser un obstáculo y se transforma en una oportunidad. Cada encuentro puede enseñarnos a amar de nuevo. Cada resentimiento entregado puede abrir un espacio de paz.

Si somos capaces de pronunciar desde el corazón esa oración, algo cambia en nuestra mente. Ya no pedimos llegar a Dios por el camino que más le conviene al ego, sino por el camino que el Amor ha dispuesto. Y ese camino siempre nos conduce a la unión. Nos lleva a mirar al hermano sin condena, a reconocer su inocencia más allá de sus errores y a recordar que el Amor de Dios no puede dividirse.

Hoy puedo elegir amar a Dios amando a Su Hijo. Puedo dejar a un lado mis preferencias, mis juicios y mis antiguas heridas. Puedo reconocer que ningún hermano queda fuera de la Filiación, y que al excluirlo de mi amor me excluyo también de la paz.

Hoy acepto seguir el camino que Dios ha elegido para mí. Y en ese camino, cada hermano se convierte en una señal del Amor que me llama de regreso a casa. 


Reflexión: ¿Hay diferencia entre querer y amar?

7 comentarios:

  1. Aceptaré seguir el camino que tú elijas para que yo venga a ti padre mio!☀️

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  2. Esta hermosa lección Amar a mi padre es amar a su hijo me induce nuevamente que todo está en el amor propio en cuanto pueda amarme a mi misma puedo amar a la creación de Dios, nadie puede dar lo que no tiene, es muy importante el autoamor, quererse, valorarse, respetarse, aceptarse tal cual como Dios te creo, y poder reconocer que la voluntad de mi padre es mi voluntad que es la felicidad perfecta, sin el temor a Dios que las religiones me inculcaron sin miedo puedo decir Padre hágase tú voluntad segura de que quieres lo mejor para mí. Gracias JJ te abrazo desde aquí que es allá, somos uno.

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  3. En respuesta a tu pregunta, una vez leí q quién quiere una rosa la corta para llevársela, pero el que ama a una rosa, la ve, la aprecia, aprecia su color, su fragancia, pero no la arranca

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